La nana no pudo escuchar las súplicas de Leonardo; en su lugar, observó por la ventana y vio a dos personas mirándola con expresión de total terror. Los lentes de Leonardo, demasiado grandes para su rostro, se deslizaban hacia un lado. —Hola —exclamó la nana, sacando la lengua y haciendo el gesto característico de los metaleros. En el momento en que el semáforo cambió, la pareja aceleró como si estuvieran huyendo del mismísimo demonio. Sin embargo, su carro no fue rival para el vehículo de Leonardo; este los alcanzó e incluso los rebasó por completo. —Bien, hemos llegado —ella se bajó del carro y miró a unos enfermeros —¡Necesito ayuda por acá, hay un enfermo! Cuando la nana abrió la puerta se encontró con el trasero de Leonardo, él jadeaba totalmente cansado mientras sostenía su estóm

