Abril no quería hacer lo que Alejandro le había pedido. Los minutos iban pasando y ella trataba de ignorarlo, más no pudo hacer nada cuando él le envió un mensaje de texto que decía:
—Dos minutos y te quiero en el auto.
Ella tembló cuando lo miró despedirse de sus amigos con el pretexto de que al día siguiente tenía una reunión a primera hora en la empresa y necesitaba descansar.
—Diez minutos de retraso. ¿Acaso prefieres que vaya y te saque en mi hombro como una niña pequeña y malcriada?— volvió a decir en un segundo mensaje de texto.
—Vete a la mierda, Alejandro. Ni siquiera soy tu empleada para que me des órdenes—. Dijo ella sin pensarlo, luego su sonrisa de triunfo se borró al recordar que, en efecto, ella siempre trabaja para el idiota, aunque ahora como sirvienta en su casa.
Abril le comentó al chico que la invitó, que saldría a tomar aire fresco por unos minutos. Él se ofreció a acompañarla, pero ella lo detuvo aduciendo que estará bien. El chico aceptó, en su interior sonrió al imaginar que los mensajes de texto que han estado llegando al teléfono de ella se tratan del pendejo de Alejandro.
Y es que, el grupo de amigos varones no quieren que Alejandro se case con su actual prometida y, ahora que han conocido a Abril y al ver que son muy cercanos, se han puesto de acuerdo en unirlos. Y digo que el grupo de varones lo está haciendo así porque con las chicas no cuentan, a ellas dos se les nota que se les cae la baba cuando se trata del guapo Alejandro. Aunque sean sus amigas y se conozcan desde hace mucho tiempo, no hay motivos para no enamorarse de él.
—Ah, pequeña. Estaba a punto de cumplir mi palabra. Juro que no me importaría si mis amigos me ven cargando tu lindo trasero—. Le dijo cuando ella llegó y se sentó a su lado.
—¡Cállate, idiota!
—Me encanta cuando me insultas, tu boca es tan linda que hasta los insultos se escuchan hermosos.
—No mereces ni mis insultos. Eres un ser repugnante que trata de controlar mi vida social y personal.
—Abril… ¿Por qué?— titubeó —¿Por qué has venido con él?— preguntó, tragándose su orgullo y celos.
—Él me invitó y yo no me pude negar, sabes que ya nos conocimos muy bien desde la vez que me entregaste a él.
Alejandro pasó saliva por su garganta. Cerró los ojos, recostó su cabeza en el asiento y alborotó su cabello.
—¡He, qué haces!—exclamó ella cuando de repente él se posicionó cerca de sus labios.
—Me debes un beso, ¿no lo recuerdas?— expresó, observando directo a los ojos y luego los labios.
—Era durante el juego, ahora somos punto y aparte.
—No importa, yo quiero mi beso.
—¿Estás loco? Ya te dejé claro que no quiero tener nada contigo, por favor, no permitas que tus padres nos malinterpreten.
—Está bien, si así lo deseas, no me queda más que respetarte.
—Quita el seguro del auto, bajaré.
—Te llevaré a casa. Es tarde y seguramente tu madrina no sabe que la pequeña que tanto cuida se le ha escapado.
Alejandro comenzó a manejar. Su mente solo se enfoca en que la mujer que le gusta ya está saliendo con otro y precisamente es su propio amigo. Desde hace un par de minutos, Abril le está hablando, ella pide que baje la velocidad, pero él no escucha… su mente está maquinando cómo afrontar la tristeza del desamor.
—¡Alejandro!—gritó ella de pronto. Solo de esa manera él le puso atención y bajó la velocidad, luego se disculpó por asustarla.
—Estacionaré un momento, no me siento bien— comentó segundos después.
Abril se preocupó. Él se nota distinto… su voz parece muy triste y su mirada apagada.
—¿Qué te sucede?
—No es nada.
—Alejandro…
—Lo siento, pero si no lo hago, no podré dejarte en paz.
Sin que la chica lo esperara, él la besó con pasión. A ella le encantó y casi cayó en la tentación.
—Alejandro, prometiste no hacerlo… prometiste respetarme—. Le recordó ella, alejándolo por completo.
—Lo lamento, no podía quedarme con las ganas—. Dijo con su voz cargada de nostalgia.
Retomaron el viaje, sin imaginar la tragedia que estaba destinada para ellos esa noche cargada de sentimientos, celos, dolor y lágrimas.