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Entre tus brazos y mi silencio.

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Blurb

SINOPSISCreí que lo más difícil había sido sobrevivir. Huir. Cargar con mis hijos en silencio y empezar de nuevo en un país desconocido.Pero me equivoqué.Lo más difícil fue tenerlo entre mis brazos… y dejarlo ir.Matías Soler fue mi refugio y mi caos, la persona que me devolvió el aliento cuando ya no me quedaba nada. Estar con él fue un accidente maravilloso. Amarlo, inevitable. Pero sabía que no podía retenerlo, no sin arrastrarlo a mis sombras.Así que lo dejé libre. Le devolví su vida. Lo dejé marchar creyendo que esa sería nuestra despedida.Lo que jamás imaginé fue que ese adiós… sería solo el comienzo.El comienzo de una nueva vida.La mía.La nuestra.

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capítulo 1
Y mientras Matías ardía de deseo, frunció el rostro y murmuró con voz ronca: —¿Qué tenía esto?... ¿Me drogaste? Isabella se levantó del otro lado de la mesa y, con una mirada triste, respondió: —Te cité aquí no solo para darte lo que tú quieres… sino para que me concedas un último deseo. La joven caminó con decisión hasta su esposo, se sentó sobre sus piernas y rodeó su cuello con los brazos. Sintiendo que las lágrimas estaban a punto de brotar, susurró: —Por favor… ámame esta noche. Aunque sea solo una vez, hazme sentir mujer. Matías quiso apartarla de inmediato, pero sus deseos más profundos ya se habían desatado. Incapaz de controlar sus impulsos, se abalanzó sobre ella y, poco a poco, se apoderó de su cuerpo. No fue romántico, ni delicado. Fue puro instinto. Solo satisfizo sus deseos más oscuros con la mujer que había despreciado por años. Cuando el efecto del afrodisíaco abandonó su cuerpo, cayó rendido en la cama. *** A la mañana siguiente, Isabel lo observó dormir profundamente. Con sumo cuidado, se levantó de la cama, soportando el dolor en su cuerpo. Caminó hasta el ropero, tomó la maleta que había dejado lista días atrás y, de la caja fuerte, sacó el acuerdo de divorcio ya firmado. Lo dejó sobre la mesita de noche, junto a una carta escrita a mano… y se marchó sin mirar atrás. Isabella había amado toda su vida a un solo hombre: su esposo, Matías Soler. Ambos habían asistido a la universidad juntos. Se preparaban para heredar los negocios familiares cuando ella lo conoció de verdad. Matías era un hombre atractivo, de rasgos finos, porte elegante y un impecable sentido de la moda. Era difícil no fijarse en él. Isabella intentó acercarse a él de todas las formas posibles. Al final, lo logró. Pero cuando por fin consiguió volverse su amiga… todo se complicó. Las empresas Soler estaban al borde de la quiebra. Nadie confiaba ya en su reputación y ningún inversor quería arriesgar su capital. Al enterarse de esto, Isabel, desesperada por ayudar al amor de su vida, acudió a su hermano mayor, Gabriel Rivas. Él era su única familia tras la muerte de sus padres en un accidente. Había sido como un padre para ella desde entonces. Le explicó la situación. Gabriel se mostró reticente. También creía que no era un negocio rentable. Pero cuando escuchó a su hermana suplicar con voz temblorosa: —Hermano, por favor… yo lo amo... Gabriel se quedó en silencio. Isabella jamás le había pedido nada. Finalmente accedió, pero puso una condición: un acuerdo matrimonial entre ambas familias. Si iban a salvar a los Soler, su hermana tendría que casarse con Matías. Así, él se aseguraba de que Isabel también obtuviera algo a cambio: la posibilidad de estar con el hombre que amaba. Lo que nunca imaginó fue que, gracias a esa decisión, Matías desarrollaría un profundo odio hacia su hermana. La familia Soler, sin más opciones, aceptó la propuesta. Y aunque Matías tenía una relación sentimental con otra mujer, Valentina Duarte, fueron sus padres quienes decidieron por él. Lo obligaron a casarse con Isabel para salvar la empresa. Cuando Isabella se enteró del acuerdo y del rol que su hermano había jugado, quiso hablar con Matías. Le explicó que sí lo amaba, pero que jamás quiso atarlo a ella por la fuerza. Que no era parte de ningún plan para manipularlo. Pero Matías, cegado por la rabia y la traición que sentía, no la escuchó. Se casó con ella solo para hacerla sufrir. El día de la boda la dejó esperando dos horas en la iglesia. Cuando apareció, llevaba marcas en el cuello y restos de labial ajeno en el rostro. Eso fue solo el principio de todo lo que vendría después. Durante años, Matías se dedicó a serle infiel con cuanta mujer se cruzaba en su camino. A pesar de eso, Isabella seguía intentando que las cosas funcionaran. Le preparaba la cena cada noche, el desayuno cada mañana. Le organizaba su ropa, lo esperaba despierta. Se dedicó a él por completo. Quería que viera que ella era una mujer ejemplar, digna de su amor. Pero Matías solo veía en ella un esfuerzo patético… y eso lo enfurecía aún más. Así pasaron seis años. Durante ese tiempo, Isabella cortó contacto con su hermano. No quería que Gabriel supiera por lo que estaba pasando. No lo culpaba y tampoco quería que él lo hiciera. Había tomado sus propias decisiones. Pero la situación con Matías se volvió insostenible. Más aún cuando Valentina Duarte, el gran amor de su esposo, reapareció. Valentina había sido la pareja de Matías antes del matrimonio. Se había alejado cuando la familia Soler cayó en desgracia, y al enterarse del acuerdo con los Rivas, fingió sentirse traicionada y lo abandonó. Se marchó al extranjero… y nadie volvió a saber de ella durante años. Hasta que regresó. Regresó con la esperanza de recuperar a Matías. Y él, que nunca la había olvidado, comenzó a verla de nuevo. Asistían juntos a eventos, cenas, cócteles. Las fotos aparecían en todos los medios. La alta sociedad murmuraba, compadeciendo a Isabella cada vez que su esposo la humillaba públicamente. Cansada, Isabel decidió terminar con su infierno. Marcó un número que no llamaba desde hacía años. —Gabriel... —¿Estás lista para volver? —respondió él, como si hubiese estado esperando esa llamada desde siempre. —Yo… lo siento... —No ahora. Mañana en la noche estaré en Barcelona. Prepara tus cosas. Isabel dejó escapar un suspiro tembloroso. Las lágrimas corrían silenciosas por su rostro. —Gracias, hermano. Gabriel, siempre tan frío y firme, suavizó un poco su tono. —Te veré mañana. —Sí... Fue lo último que dijo antes de cortar. Ya lo tenía todo organizado. Solo faltaba un paso final. El más egoísta… pero también el más humano. Isabella no podía irse sin haber sentido, aunque fuera una sola vez, que Matías la deseaba. Aunque tuviera que robarlo. Aunque al día siguiente todo terminara. Así fue como lo invitó a cenar. Le dijo que había algo importante que necesitaba hablar con él. Matías, intrigado, fue hasta la mansión situada en lo alto de las colinas de Horta. Nunca solía ir, y menos cuando ella lo pedía. Cuando la vio bajar las escaleras con ese vestido n***o y ese aire resignado pero hermoso… algo en su interior se tensó. —¿Para qué me llamaste? —preguntó con desdén. Ella sonrió con tristeza. —Por favor… primero cenemos. Y el resto… ya lo conoces. Matías iba a negarse, pero notó algo extraño en la actitud de la chica. Llevaban meses sin verse y, sin embargo, ella parecía tranquila. Demasiado tranquila. Antes solía reclamarle por todo, lo enfrentaba con rabia y lágrimas, pero hoy... hoy parecía otra persona. Sin decir palabra, caminó hacia el gran salón y se encontró con una mesa digna de un banquete real. Todos sus platillos favoritos estaban servidos con una perfección casi inquietante. Miró todo con recelo, pero aun así tomó asiento. Ella también lo hizo, frente a él, y sin rodeos soltó: —Esta será nuestra última cena juntos. Matías la miró fijamente, directo a los ojos, y fue entonces cuando lo entendió: no estaba bromeando. Había una determinación serena en su voz que lo desarmó. —No estoy para juegos —masculló—. Tuve un día largo y preferiría irme a... —No es un juego —interrumpió ella bajando la mirada—. He visto las noticias, los portales de farándula... tú y Valentina juntos. Él frunció el ceño. —¿Y con eso qué? Es una vieja amiga, volvió del extranjero y... —No te pedí explicaciones. Ya no las quiero. Levantó el rostro con los ojos empañados. —Sé que todavía la amas. Se nota en tu mirada cuando estás con ella… Y está bien. No te culpo. Matías sintió un nudo en la garganta que no quiso reconocer. Su expresión seguía siendo dura, pero por dentro algo se quebraba. —No te digo esto para reprocharte nada. Desde el día en que me casé contigo, supe que no me amabas. Solo quiero que sepas que esta vez no me interpondré entre ustedes. El silencio se apoderó de la habitación. Más allá de las grandes ventanas, la noche barcelonesa caía como un velo oscuro sobre los cipreses del jardín. El sonido tenue de una fuente era lo único que rompía la quietud. —Déjame decirte algo —continuó ella con voz suave—. La mujer que tienes enfrente te amó por encima de todo. Incluso de sí misma. Te dio su tiempo, su orgullo, sus pensamientos. Pero aprendí que amar también es dejar ir. Y entendí que nunca me mirarás como la miras a ella. Él alzó su copa, bebió con fuerza y dejó el cristal sobre la mesa con un golpe seco. Nunca imaginó escuchar esas palabras de la mujer que creyó despreciar. Pero ahora, el dolor en su pecho lo hacía dudar de todo. —Eres libre —dijo ella con un hilo de voz—. Libre para buscar a la mujer de tu vida. Yo intenté serlo, pero... nunca tuve una oportunidad real. Fue entonces cuando Matías empezó a sentirse mal. El calor le subió por la nuca, sus músculos se tensaron, y un extraño ardor se instaló en su pecho. —¿Qué tenía esto...? —balbuceó—. ¿Me drogaste? Ella se levantó con calma. Caminó hasta él con paso lento y mirada triste. Se sentó sobre sus piernas sin pedir permiso, rodeó su cuello con los brazos y, con las lágrimas a punto de desbordarse, susurró: —Solo te pedí una última cena, pero en realidad... quiero un último deseo. Sus labios apenas rozaron su oído. —Hazme el amor esta noche. Aunque sea solo una vez... hazme sentir que alguna vez fui tu mujer. Él quiso apartarla, quiso empujarla, pero el calor en su sangre era más fuerte que su juicio. Su perfume lo envolvía, una mezcla dulce y amarga de nostalgia. Sus manos temblaron, pero cuando ella lo besó con esa entrega callada, su resistencia se deshizo. Y entonces la tomó. Primero con urgencia, con furia contenida. Después, con lentitud, como si intentara recordar cada centímetro de su cuerpo. Ella temblaba bajo sus caricias, y sus ojos cerrados parecían suplicar que ese momento no se deshiciera jamás. La noche se volvió una mezcla de deseo, llanto y despedida. Afuera, la brisa golpeaba las ventanas de la mansión, como si también quisiera entrar y presenciar esa despedida silenciosa. A la mañana siguiente, mientras ella cruzaba el portón de hierro de la mansión sin mirar atrás, él despertaba aturdido entre las sábanas revueltas, con el cuerpo aún tibio y el alma hecha un caos. No entendía del todo qué había pasado, pero algo en su pecho —doloroso y profundo— le decía que esa mujer, la que se había ido sin reproches, acababa de dejarle una cicatriz imposible de olvidar

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