capítulo 2

1861 Words
Matías se levantó de la cama con la cabeza latiendo intensamente. El dolor parecía querer partirle el cráneo y pronto comenzaron a venir imágenes borrosas de lo que había sucedido la noche anterior. Intentó ordenar sus pensamientos, pero su mirada recorrió el cuarto en busca de Isabella. No la vio en la habitación. Entonces, se levantó tambaleándose un poco y fue directo al baño, esperando encontrarla allí. Pero al girar el rostro, vio sobre la mesa de luz un papel doblado y un sobre. Con sorpresa y algo de temor, tomó ambos. Nunca pensó que Isabel tendría el valor para hacerle algo así. Sacudió el papel con incredulidad y empezó a leer la carta. “Mi amado esposo, Hoy se cierra un ciclo en nuestras vidas. Te deseo de todo corazón que puedas ser feliz. Nunca quise que esto terminara así… Yo te amaba, pero me hubiera conformado con ser solo tu amiga. Mi hermano y tu familia insistieron en continuar con el matrimonio, aun cuando yo ya me había negado. Sabía que tú no me amabas, y por encima de todo quería que fueras feliz. Eso ya no importa. No te culpo por estos años de infelicidad. Fui yo quien, aun sabiendo que si me quedaba a tu lado sufriría, decidió quedarse. Como te dije antes, espero que ahora puedas ser feliz. Te deseo lo mejor. Adiós, Matías.” Arrugó la carta con frustración y frunció el ceño. —¿Y esto es todo? Arruinó mi vida y se va como si nada —dijo en voz baja, mientras la rabia lo invadía. Se quedó en silencio unos segundos y, sin querer, su mente lo llevó años atrás, a la universidad, a la época en que Isabella había sido solo una dulce niña que lo cuidaba y acompañaba en sus días difíciles. *** Recordó aquella tarde en la biblioteca. Estaba concentrado entre libros y apuntes cuando la voz de Isabel resonó llamándolo. —¡Matías! La bibliotecaria le hizo un gesto para que guardara silencio. —Shh —susurró. Isabella sonrió tímidamente y asintió. Caminó hasta su mesa y, dejando un sándwich y un jugo sobre el escritorio, le dijo: —No solo tienes que estudiar. Recuerda comer, Matías, o te enfermarás. Él la miró y sonrió. Desde que había ingresado a la universidad, Isabella había sido su gran amiga. Siempre atenta, siempre cuidándolo. Le tenía un cariño especial y por eso la dejaba estar a su lado en sus horas libres y en los ratos de estudio. —Está bien. Solo que necesito encontrar una solución para la situación actual de la empresa familiar. Isabella lo miró preocupada. —¿Tan grave es? Matías bajó la voz para que nadie los escuchara. —Sí, pero por favor no digas nada. Isabella había asintió. —No te preocupes, guardaré el secreto. *** Pero los problemas solo empeoraron. Cuando Isabella acudió a Gabriel, su hermano, para pedir ayuda, la noticia del acuerdo matrimonial entre sus familias se filtró rápidamente. Todo el mundo en la universidad y en los círculos sociales supo que Matías había sido obligado a casarse con ella para salvar el negocio familiar. Matías se sintió traicionado. No solo por Isabel, sino también por su familia. Cuando Valentina se fue, él culpó a Isabel por todo. Su odio fue creciendo día tras día, alimentado por las burlas de quienes antes se llamaban amigos. Lo llamaban vividor, oportunista, y muchas otras cosas crueles que solo aumentaron su resentimiento. Cuando Isabella intentó explicarle la verdad, su orgullo no le permitió escuchar. Le juró en la cara que nunca sería suyo. Que, aunque lo obligaran a casarse con ella, jamás la tocaría. Así fue como, tras su despedida de soltero, Matías se quedó dormido en un hotel y, al despertar, ni siquiera se molestó en cambiarse para ir a la boda. Quiso mostrar con eso todo lo que le esperaba a Isabella junto a él: un matrimonio sin amor, sin respeto. Durante los años siguientes, Matías contrató a mujeres de la farándula para fingir romances con él. Aparecían en eventos juntos, en fiestas y fotos, con el objetivo de que la sociedad viera que él seguía libre. Se distanció completamente de la familia Rivas, y solo se relacionaban en las reuniones formales de la empresa. Estaba herido y enojado, resentido por lo que consideraba una traición. Cuando Valentina volvió, no pudo resistirse a verla. Cada vez que tenía oportunidad, la invitaba a tomar un café o salir a caminar. Creía que, si las cosas hubieran sido distintas, ahora estaría casado con ella, no con Isabella. Pero la llamada de Isabella fue una sorpresa. No esperaba que ella le buscara después de tanto tiempo. Aceptó la invitación, aunque hacía meses que no pisaba su propia casa. Había una razón para ello. Isabella era una mujer dedicada, dulce y alegre. Y, sobre todo, increíblemente hermosa. Durante años, Matías había disfrutado haciendo su vida un infierno, pero con el tiempo, ver cómo la alegría de Isabella se desvanecía y su rostro se marchitaba con cada una de sus infidelidades y desprecios había dejado de darle satisfacción. Algunos días, entraba a la mansión para verla. La encontraba ilusionada, con la cena lista, esperando que él llegara. Esos momentos le hacían pensar cuántas veces ella lo había esperado y él nunca apareció. *** Matías volvió al presente y miró con rabia el acuerdo de divorcio. No podía creer que todo terminara así, que Isabella tuviera la fuerza para dejarlo ir. Cerró los ojos, tratando de ahogar el dolor que sentía, pero algo en su interior sabía que esa era la única salida para ambos. En el silencio de la mansión, la noche se hacía eterna, y sobre la colina cercana al Laberint d’Horta, las luces de Barcelona parpadeaban como una promesa de un futuro incierto. Al llegar a la mansión y verla bajar, no solo notó que ella estaba diferente, sino que su tranquilidad al hablar denotaba que algo estaba tramando. Al ver el salón comedor y todo lo que había preparado, pensó que quizá era su aniversario o alguna ocasión especial. Pero cuando ella empezó a hablar del divorcio y de sus sentimientos por él, su corazón se fue apretando cada vez más. Sabía que ella lo amaba, pero nunca se lo había dicho en persona. Mejor dicho, nunca le había dado la oportunidad de hacerlo. Al ver la profunda tristeza en sus hermosos ojos grises, sintió un nudo en la garganta. Cuando notó la copa de vino servida, la tomó sin pensarlo dos veces. Nunca imaginó que ella lo hubiera drogado con un afrodisíaco para finalmente acostarse con él. Bajo los efectos de la sustancia intentó no descargar su ira ni su frustración. Otra vez, esa mujer estaba tomando decisiones por él, moldeando su vida a su antojo. Y después, todo se volvió borroso… hasta que despertó. Al ver el acuerdo de divorcio y leer la carta, su corazón volvió a apretarse, pero esta vez la ira fue más fuerte. De inmediato entró al baño, se duchó, se preparó y al salir de la habitación, llamó a su asistente para que activara una alerta migratoria: no permitiría que Isabella, su Bella... abandonara el país sin enfrentar las consecuencias. Por otro lado, Bella se encontraba en un restaurante desayunando con su amiga Florencia. —Ay, nena, voy a extrañarte —dijo Florencia con nostalgia. —Puedes venir a visitarme cuando quieras. —¡Canadá está literalmente en otro continente! Mi vida está aquí. ¿Qué haría una chica como yo en un lugar como ese? Bella sonrió ante la actitud de su amiga. —Yo también voy a extrañarte, loca. —Oye, vamos a casa. Mi madre querrá despedirse de ti. Bella asintió, pagó con su tarjeta y ambas se dirigieron juntas a la mansión Villa Lobos, situada en una colina cerca del Parque del Laberint d’Horta, en Barcelona. Bella pasó toda la tarde con su amiga y su madre. Al llegar la noche, su hermano Bastian la llamó. —¿Hola? —¿Por qué tenías el teléfono apagado? Intenté llamarte todo el día. —Lo apagué porque salí temprano de la mansión. No quería que Matías me encontrara. Bastian relajó el ceño, aliviado de saber que su hermana no había cambiado de opinión. —Bien. ¿Dónde estás? —En la mansión Villa Lobos. —Espérame ahí. Ya voy por ti. —Está bien… Bella apenas pudo decirlo; Bastian ya había colgado. Florencia, al verla, comentó: —Veo que tu hermano sigue igual. —Es de pocas palabras. —Es un hombre frío, gruñón e increíblemente hermoso. Si no tuviera tantas cualidades negativas, yo hubiera seguido con él… Bella sonrió. Su amiga era única. Aunque lo negara, seguía enamorada de Bastian, y él de ella. Pero ambos eran demasiado orgullosos para admitirlo. —¿Cuándo dejarán de pelear como niños y me darán sobrinos? Florencia se ruborizó por completo. —¡Calla esa boca! Bella solo rió divertida y continuó molestándola un poco más. Ella y Bastian habían sido novios durante años, pero un día se distanciaron sin dar explicaciones y nunca volvieron. Aun así, Bella mantuvo la amistad con Florencia y su familia, ya que los Villa Lobos fueron los únicos que la apoyaron cuando sus padres fallecieron. Un rato después, Bastian estacionó su auto deportivo frente a la mansión. Florencia se puso algo nerviosa; hacía cinco años que no lo veía. Salió junto con Bella a la entrada. Apenas vio a su hermano, Bella corrió hacia él, y Bastian, al verla, abrió los brazos. —Hermano... Bastian la atrapó entre sus brazos, acariciándole la cabeza. Sonrió al sentir su cálido abrazo. —Tranquila, pequeña. Ya estoy contigo. Al notar que el abrazo se aflojaba, se separó un poco y, al ver su rostro, le limpió las lágrimas. —No llores. —Lo siento tanto… Bastian levantó la mirada. Al ver a Florencia junto a ellos, dijo: —Luego hablaremos de eso. Volvió a mirarla y añadió: —Gracias por cuidar de ella, pero ya tenemos que irnos. Florencia frunció el ceño. —No lo hice por ti. Ella es mi amiga. Sin importarle la mirada seria de Bastian, caminó hasta Bella y, arrebatándosela de los brazos, dijo: —Nena, cuando quieras me llamas. Por favor, no dejes que este bruto te intimide. Y si necesitas que vaya, tú solo dime, iré de inmediato. Bastian la miró con gesto severo. —¿Sabes que te sigo escuchando? —Y tú sabes que no me importa. Bella sonrió, aún con lágrimas en los ojos. —Ya basta, no peleen. Te llamaré ni bien llegue. Florencia la abrazó una última vez. —Vayan con cuidado. Y tú… —miró a Bastian— trátala bien. Bastian sonrió, viendo que ella no había cambiado nada. —Adiós, Florencia. Florencia los miró alejarse con tristeza. Primero, por su amiga, que se marchaba una vez más a su país; segundo, porque Bastian se despidió de la misma forma en que lo había hecho aquella vez en la que ella le dio un ultimátum. No quiso pensar más en eso y volvió a entrar a la mansión de su familia.
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