capítulo 3

1822 Words
En el auto de Gabriel. De vez en cuando, Gabriel la miraba de reojo. Sus ojos estaban apagados, con profundas ojeras, y su expresión era de una tristeza que le calaba el alma. Apretó con fuerza el volante, conteniendo la rabia y la impotencia, y siguió conduciendo en silencio hasta llegar al aeropuerto. Al bajarse del auto, sus hombres de seguridad se acercaron con rapidez. Uno de ellos habló en voz baja: —Señor, hay una alerta. La señorita no puede salir del país en ningún vuelo comercial. Gabriel alzó una ceja con calma, pero con tono firme respondió: —Qué suerte que tengo mi propio avión privado. Se giró hacia Isabella, que parecía distraída, y le dijo con suavidad: —Vamos, Isa. Ella asintió en silencio. Al instante, una veintena de hombres se movilizó para escoltarlos hasta la pista privada. Una vez a bordo del jet, Gabriel esperó a que despegaran antes de hablar. —Tranquila, Isa. Estás a salvo ahora. Conmigo no va a pasarte nada más. —Gabriel… no fue tu culpa. Yo… —Sí lo fue —interrumpió él—. Debí sacarte de ahí en cuanto todo empezó. Te fallé. Y también fallé a nuestros padres. Isabella se inclinó hacia él y, con ternura, apoyó una mano en su mejilla. Sonrió levemente. —No me fallaste nunca. Siempre estuviste para mí. Te amo, hermano. Por eso, en este momento tan oscuro, eres el único en quien confío para sacarme de este pozo. Gabriel la miró con el corazón hecho trizas. Verla así de rota era un dolor que no se permitía mostrar delante de nadie. —Te lo prometo, Isa. No voy a dejar que te vuelvan a herir. Nunca más. Ella solo asintió y se recostó en el asiento, agotada. *** Ocho meses después… En una oficina amplia y luminosa en el centro de Toronto, una de las sedes principales de Empresas Cardona, Isabella revisaba documentos con atención. Era hora del almuerzo, y justo cuando iba a tomar el teléfono para llamar a su hermano, las puertas de la oficina se abrieron de golpe. Gabriel entró con el ceño fruncido. —¿Viste la hora? —Estaba a punto de llamarte —respondió Isabel con una sonrisa culpable. Él relajó un poco la expresión, pero no del todo. —Tienes que comer bien. No puedes seguir saltándote las comidas. Isabella se levantó con algo de dificultad. Su vientre, redondo y pronunciado, apenas le permitía maniobrar detrás del escritorio. Gabriel, sin decir nada, le ofreció el brazo y la ayudó a incorporarse. —No me regañes o le diré a tus ahijados que eres malo conmigo —bromeó. Gabriel colocó con cuidado una mano sobre el vientre y sonrió. —Ellos saben que yo soy el proveedor oficial de chocolate. No creo que se enojen conmigo. —Tengo antojo de pizza —anunció Isabel. —Perfecto. Vamos. Caminaron juntos hacia la salida. Al pasar frente al escritorio de su secretaria, Isabella se detuvo. —Rita, voy a salir a comer con mi hermano. Puedes ordenar el escritorio y sacar copias del informe que te dejé. Después de eso, date el resto del día libre. Creo que no volveré. Gabriel la miró serio y agregó: —No, definitivamente no volverás. Necesitas descansar. Rita sonrió con calidez. Le encantaba ver esa faceta protectora del jefe “robot”, como todos en la oficina lo apodaban. —Claro, señora. Vaya tranquila. Que tenga un lindo fin de semana. Gabriel tomó del brazo a su hermana con delicadeza y la ayudó a llegar al ascensor. Con el tiempo, muchos se habían sorprendido al descubrir que Isabel era la hermana del temido Gabriel Cardona. Él, que era conocido por su carácter frío y su mirada de hielo, se transformaba por completo cuando ella estaba cerca. La cuidaba con un amor tan visible que más de uno había llegado a sospechar si realmente eran solo hermanos. Pero bastaba presenciar una sola de sus discusiones para darse cuenta de que sí, lo eran. Hermano y hermana. Unidos por sangre… y por un vínculo inquebrantable. Cuando el embarazo de Isabel comenzó a notarse, todos en la oficina lo entendieron: el jefe sí tenía corazón. Solo que lo reservaba para ella. Porque en cuanto Isabella se iba, el temido “robot sin emociones” regresaba, y la oficina volvía a su rutina: tensa, eficiente… y completamente a su merced. *** Mientras comían tranquilamente en un restaurante del centro de Toronto, Isabella dejó de repente su porción de pizza sobre el plato. Frunció el ceño y se llevó una mano al abdomen. Gabriel la observó con atención. —¿Qué pasa? —Nada… solo es un pequeño... mmm... Sin esperar más explicaciones, Gabriel sacó unos billetes de su billetera y los dejó sobre la mesa. Se levantó rápidamente y le tendió la mano. —Vamos al hospital. Isabella asintió, sin ánimos de discutir. Al intentar levantarse, Gabriel simplemente la alzó en brazos, sin preocuparse por las miradas curiosas del restaurante. —Gabriel, estoy bien —protestó ella con suavidad. —Eso lo dirá el médico —respondió él, serio. Sus escoltas, que esperaban afuera, se apresuraron al ver a su jefe cargar a Isabella. —Al hospital. Ahora —ordenó Gabriel. Ninguno cuestionó la orden. Subieron al vehículo de inmediato. Durante el trayecto, Isabella sintió cómo un líquido caliente se escurría por su pierna. Alarmada, volteó hacia su hermano. —Gabriel… Él bajó la vista y su rostro se endureció al ver el charco de líquido con rastros de sangre. —¡Aceleren! ¡Tenemos que llegar ya! Los gritos de Isabella no tardaron en llenar el vehículo. —¡Ahhh... hermano me duele! ¡Haz que pare, por favor! Gabriel le sostenía la mano con fuerza, intentando mantener la calma. Con su pañuelo, le limpiaba el rostro sudado. —Tranquila, Isa… ya casi llegamos. Respira conmigo. Diez minutos después llegaron al hospital. Gabriel la tomó nuevamente en brazos y entró directo a urgencias. —¡Un médico! —gritó, desesperado. Al reconocerlo, los enfermeros corrieron a atenderlos. Rápidamente llamaron al director del hospital y llevaron a Isabella con la obstetra. Gabriel no se separó de ella ni un segundo, ni siquiera cuando le pidieron salir. —Doctora —dijo Isabella con voz temblorosa—, aún faltaba un mes. ¿Mis bebés están bien? La médica revisó el monitor y sonrió. —No se preocupe, todo indica que estos pequeños ya quieren nacer. Gabriel, al mirar la pantalla, se quedó perplejo. —Perdón, ¿cuántos son? Nos dijeron que eran gemelos, pero... ahí veo tres cabezas. La doctora se rió con suavidad. —Felicidades, papá. Son trillizos. Probablemente uno estuvo escondido detrás de los otros durante los controles anteriores. Isabella miró a su hermano con los ojos llenos de lágrimas. —Tres... Gabriel sonrió por primera vez en horas. —Vamos a necesitar otra cuna. Ninguno corrigió a la doctora. Ya estaban cansados de explicar su verdadera relación. La médica les explicó el procedimiento, y tras una hora, llevaron a Isabella a la sala de partos. Gabriel quedó esperando afuera. Sus escoltas lo acompañaban, y Max, su asistente, corrió a la mansión a pedirle al ama de llaves que preparara el bolso con ropa para Isabella y los bebés. Cuando Max llegó al hospital, encontró a Gabriel caminando de un lado a otro como un león enjaulado. —Señor, traje lo esencial para la señora —dijo Max, entregándole el bolso. Gabriel apenas asintió, impaciente. —¿Por qué están tardando tanto? Los escoltas intercambiaron miradas nerviosas. Justo en ese momento, varios médicos corrieron hacia el quirófano. Gabriel perdió la poca paciencia que le quedaba. —¿Qué está pasando? ¿Qué pasa con Isabel? Intentó entrar, pero una enfermera lo detuvo. —Por favor, señor. Espere aquí. En breve los médicos saldrán a informarle. —¿Tranquilo? ¡Es mi hermana la que está ahí! ¡Déjenme pasar! La enfermera mantuvo la calma. —No complique nuestro trabajo, señor. Le daremos noticias pronto. Espere aquí. Max, viendo la tensión, se acercó y le habló con firmeza. —Señor, por favor, tranquilícese. Si no se calma, lo sacarán. La señora va a necesitarlo cuando despierte. Ella lo va a necesitar bien. Los escoltas pensaron que Max acabaría despedido por atreverse a levantarle la voz, pero Gabriel solo lo miró y asintió. —Tienes razón. Debo calmarme. Volvió a sentarse, sin apartar la vista del quirófano. *** Dentro del quirófano… Isabella logró dar a luz a dos bebés sin complicaciones. Pero el tercero nació con el cordón umbilical enredado en el cuello. No respiraba. Al ver lo que ocurría, Isabella entró en pánico. La pérdida de sangre era mucha, y su corazón comenzó a fallar. Los médicos llamaron refuerzos de inmediato. Mientras un equipo atendía al bebé, otro luchaba por estabilizar a la madre. El quirófano era un caos. Y de pronto, todo se detuvo. El sonido más esperado por todos: el llanto del tercer bebé. Y la estabilidad de Isabella finalmente se logró. *** El médico salió al pasillo y Gabriel se le acercó de inmediato. —¿Cómo está mi hermana? ¿Y los niños? —Tuvimos complicaciones —dijo el doctor con honestidad—. Uno de los bebés nació con el cordón umbilical en el cuello, casi no sobrevive. Y la madre sufrió un infarto. Pero gracias al equipo, ambos están bien. Gabriel se apoyó contra la pared, aliviado. —¿Puedo verla? ¿Y los niños? —Isabella será trasladada a una sala. Los bebés están en Neonatología. Una enfermera lo guiará para que pueda verlos. Gabriel le estrechó la mano con sinceridad. —Gracias. No olvidaré esto. —Solo hago mi trabajo —respondió el médico, y se retiró. Poco después, una enfermera los condujo a la sala de neonatos. Max le entregó el bolso con la ropa de los bebés y, tras un rato, pudieron verlos a través del vidrio. —Estos son los suyos —indicó la enfermera. Gabriel observó con una mezcla de emoción y temor. —Son tan pequeños… —¿Sabe qué son? —preguntó Max. Gabriel negó con la cabeza, sin despegar los ojos del vidrio. —Mis sobrinos. Con eso me basta. Se giró hacia sus hombres. —Quiero a tres de ustedes aquí. Las 24 horas. Si alguien se acerca con intenciones extrañas, ya saben qué hacer. Los escoltas asintieron de inmediato. Gabriel miró por última vez a los bebés y se dirigió a ver a su hermana. —Bueno —comentó Max—. Son igualitos a su tío. Espero que no hereden su carácter… Los guardias se acercaron al vidrio. Miraron a los pequeños, a Gabriel… y palidecieron. Tres versiones miniatura de Gabriel Rivas. La sola idea los dejó helados. Sin decir palabra, tomaron posiciones. Y no apartaron la vista ni un segundo de los bebés León, Gael y Thiago.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD