Los días siguientes, Isabella Rivas y su hermano Gabriel no se movieron del hospital. Los trillizos—León, Gael y Thiago—habían nacido prematuros y necesitaban permanecer bajo observación.
Hoy era el día del alta, y Gabriel ya estaba con Isabella para llevarlos finalmente a casa.
Isabella observó cómo su hermano cargaba en brazos a Gael y Thiago, y comentó con una sonrisa:
—No los malacostumbres, déjalos en el cochecito. Si no, después no van a querer estar ahí.
—No me importa tenerlos en brazos —respondió Gabriel sin apartar la vista de los bebés.
—Claro, porque cuando yo no dé abasto y tú estés en reuniones, seguro te los llevas a la empresa.
—Por supuesto. Ya mandé a hacer remodelaciones en tu oficina y en la mía. Mandé construir una sala para ellos. Así no tenemos que dejarlos con desconocidos.
Isabella sonrió con ternura.
—Hermano… gracias. Sé que algún día serás un gran padre, pero por ahora, gracias por ser el mejor tío del mundo. Y por ser también el mejor hermano.
Gabriel alzó la mirada, algo conmovido.
—Gracias a ti por convertir a esta familia de dos… en una familia de cinco.
Isabella miró a sus hijos, que descansaban plácidamente.
—Cinco… ya suena a multitud.
Gabriel se incorporó, cargando a los dos bebés.
—¿Estás lista? ¿Tú llevas a León?
—Sí, tranquila. Yo puedo.
Salieron juntos de la habitación, y todo el personal del hospital, por órdenes del director, se reunió para despedirse de la familia Rivas. Como muestra de agradecimiento por el trato recibido, Gabriel donó una suma considerable al hospital para la compra de nuevos equipos y mejoras en las instalaciones.
Al llegar a la entrada principal, algunos periodistas los esperaban. Se habían enterado de la salida de Isabella y sus hijos, y Gabriel, con su expresión habitual de pocos amigos, ordenó:
—Max, encárgate de que no quede ni uno. No quiero una sola foto de mi familia en r************* .
—Sí, señor —respondió su asistente sin dudar.
Isabella sonrió al ver las caras del personal. Muchos en el hospital le temían a Gabriel, pues durante esos días habían comprobado que su amabilidad era exclusiva para ella y los bebés.
Cuando salieron, ya no quedaba ningún reportero. Subieron al auto y se dirigieron a la mansión en las afueras de la ciudad, ubicada en una colina cercana al bosque canadiense. Al llegar, una decoración cálida adornaba la sala principal. Los empleados y Flor, la mejor amiga de Isabella, los recibieron con una sonrisa y un grito al unísono:
—¡Bienvenidos!
Isabella, radiante, se acercó a Flor y la abrazó con cuidado de no presionar al pequeño León.
—¡Viniste! —dijo emocionada.
—¿Cómo no iba a venir si nacieron mis sobrinos? —respondió Flor con alegría.
Gabriel alzó una ceja.
—Querrás decir mis sobrinos.
—No. Yo seré su tía y su madrina —replicó Flor, desafiante.
—No hace falta madrina.
Isabella intervino, con tono conciliador:
—No peleen. Mis hijos van a necesitar mucho cariño, así que pueden ser de los dos. ¿Les parece?
—Ya escuchaste. No calificas —se burló Flor.
Gabriel la miró entrecerrando los ojos.
—¿Y por qué no?
—Porque dijo que necesitan cariño, y tú de eso no sabes nada.
Algunos empleados miraron a Flor con lástima. Otros se tensaron al ver que Gabriel soltó una risa inesperada.
—O tal vez solo doy cariño a quien realmente lo merece.
Isabella resopló con fastidio, y mientras colocaba a los bebés en sus cochecitos, ordenó:
—Sigan discutiendo, pero lejos de mis hijos. Vamos, niños. No escuchen a sus tíos locos.
Gabriel y Flor se quedaron mirándose fijamente. Una pequeña guerra de miradas.
—¿Otra vez? —murmuró Max, acercándose a Isabel.
—¿No le preocupa lo que el señor pueda hacerle a su amiga?
Isabella soltó una carcajada.
—Ya te acostumbrarás. Son así desde niños.
Max se limitó a guardar silencio, pero Isabella agregó con aire soñador:
—Solo espero que Dios me dé vida para verlos juntos. No entiendo por qué se separaron, pero está claro que todavía se aman.
Max miró incrédulo a la señora Rivas y rogó en silencio que ese día no llegara. Si así se llevaban sin ser pareja, no quería ni imaginar cómo serían como esposos.
Poco después, Gabriel y Flor regresaron al salón, esta vez más serios. Isabella los miró con suspicacia, pero no dijo nada al ver cómo ambos se enfocaban en jugar con los bebés, impidiéndole a ella acercarse demasiado.
Isabella solo sonrió al imaginarse lo que podría haber pasado entre ellos.
***
Mientras tanto, en Barcelona…
Flasback...
Matías Soler caminaba de un lado a otro en su oficina, visiblemente molesto. Su teléfono aún en la mano, la llamada con su investigador privado había terminado con una mala noticia.
—Señor, la señorita Rivas partió del país hace dos días, pero no hay registro en vuelos comerciales.
—¿Cómo demonios la perdiste?
—Lo siento, señor. Un grupo de hombres vino por ella y en el aeropuerto los perdí de vista.
Matías cortó la llamada sin decir más.
Fin del recuerdo.
Llevaba meses buscando a Isabella, desde que ella había desaparecido de su vida sin dejar rastro. Al descubrir que la familia Rivas era cercana a sus suegros, puso vigilancia con la esperanza de verla aparecer. Pero habían pasado ya más de nueve meses y no tenía ni una pista.
De pronto, las puertas de su oficina se abrieron. Valentina Duarte entró visiblemente molesta.
Matías alzó la vista, recordando su compromiso.
—Lo siento, Valentina. Perdí la noción del tiempo…
Ella suspiró, y con tono firme le dijo:
—¿Qué te pasa, Matías? Te noto tenso, distraído. Sabes que puedes confiar en mí.
Él la miró, vacilante.
—Lo siento… No quiero hablar del tema. Estoy bien. Vamos a cenar.
Valentina quiso decir algo, pero se limitó a asentir con una sonrisa fingida. Salieron juntos rumbo al restaurante donde habían hecho la reservación.
Seis años después
En las oficinas centrales de la empresa Cordera, ubicadas en Toronto, Canadá, Isabel Rivas se encontraba liderando una reunión crucial con un grupo de inversionistas interesados en el nuevo proyecto hotelero de la familia.
Tras exponer cada uno de los detalles técnicos y financieros, Isabella sostuvo la mirada de los hombres frente a ella con seguridad.
—Sé que la inversión inicial puede parecer arriesgada, pero como habrán visto, en poco tiempo recuperarán su capital, más un quince por ciento de retorno —dijo con firmeza.
El representante del Grupo Montoya, un hombre de traje impecable y mirada calculadora, sonrió ligeramente antes de responder:
—Nos gustaría tomarnos un tiempo para evaluarlo. Como bien ha dicho, es una inversión importante y debemos someterla a la aprobación de la junta de socios.
—Por supuesto. Si desean, podemos visitar las instalaciones. Como mencioné al inicio, la mitad del complejo hotelero ya está en funcionamiento.
Pero antes de que alguien pudiera añadir algo más, la puerta se abrió de golpe y Rita, la asistente personal de Isabel, entró con el rostro desencajado y la respiración agitada.
—Lo siento, señora… pero… no encontramos a sus hijos.
Isabella sintió cómo el mundo le daba vueltas. Se sostuvo de la mesa para no desplomarse.
—¿Qué? ¡Sellen el edificio! Que nadie salga.
Volvió la vista hacia los empresarios y con voz temblorosa se disculpó:
—Lo siento mucho, pero debo retirarme.
El hombre al mando de la delegación asintió con comprensión.
—No se preocupe. Haga lo que tenga que hacer.
Isabella no perdió ni un segundo y salió de la sala a toda prisa.
—Revisen las cámaras de seguridad, las salidas, los accesos. ¡Quiero a todo el personal buscando a mis hijos!
Sacó su celular y marcó a su hermano, Gabriel Rivas.
—¿Qué pasa? Ya estoy por llegar...
—¡Los niños, Gabriel! ¡No los encontramos! ¡Se han perdido!
El silencio al otro lado fue breve, apenas un segundo antes de que Gabriel respondiera con voz dura.
—Que revisen todo el edificio. Yo me encargo del resto.
—Por favor... ven rápido.
—Ya voy en camino.
Gabriel colgó sin más y presionó el acelerador. Para cuando llegó a la empresa, más de cincuenta agentes de seguridad estaban desplegados en la entrada. Se bajó de su auto con expresión severa.
—Busquen a mis sobrinos. Revisen cámaras, registros de personal, cada entrada y salida del edificio. ¡Quiero saber quién entró y quién salió!
Isabella lo esperaba abajo, conteniendo las lágrimas. Cuando lo vio, corrió hacia él.
—No los encuentran, Gabriel. Si algo les pasa… no sé qué haré.
Él la abrazó con fuerza.
—Tranquila. Todo estará bien. Me encargaré de esto. ¿Quién estaba a cargo de ellos?
—Rita… pero no la despidas, Gabriel. Ella es como de la familia.
Gabriel frunció el ceño.
—Perdió de vista a tres niños. No podemos confiar...
—No la vas a despedir. Sabes que León, Gael y Thiago son escurridizos. Ni tus hombres pueden con ellos.
Miró por encima del hombro de su hermana, donde Rita lloraba con desesperación.
—Hablaremos de eso después —murmuró finalmente.
En ese momento, dos guardias se acercaron con una tablet. Reproducían un video. Uno de ellos habló:
—Señor, los niños salieron solos por la puerta principal.
Gabriel apretó la mandíbula.
—¡Malditos mocosos! Revisen las cámaras de toda la ciudad. ¡Encuéntrenlos!
Luego miró a Isabella con severidad.
—Esta vez se pasaron. Te juro que los mato cuando los encuentre.
—Y yo te ayudo. ¿Es que acaso quieren matarnos?
Ambos quedaron en silencio, esperando que el equipo de seguridad diera resultados.
***
Horas antes del caos
León, Gael y Thiago estaban en la sala de estudio que su tío había diseñado especialmente para ellos. Los tres se suponía que debían estar haciendo tareas, pero Gael no parecía concentrado en eso.
—¡Sí, lo logré! —exclamó con una sonrisa triunfal.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó León, mirándolo con sospecha.
—Espero que no vayas a meternos en problemas otra vez —agregó Thiago, frunciendo el ceño.
Gael fingió sentirse ofendido.
—¡Perfecto! Entonces le diré a mamá que el regalo de cumpleaños es solo de *mi* parte.
Giró su tablet y mostró la pantalla.
—Lo compraremos con esto.
León entrecerró los ojos.
—¿De dónde sacaste ese dinero, Gael?
—Le hackeé la cuenta al tío Gabriel… creo que ni lo notó —respondió sin vergüenza.
—¡Devuelve ese dinero ahora! Si el tío se entera, nos mata —dijo Thiago.
—¿Y con qué le vamos a comprar el regalo a mamá? ¡Su cumpleaños es mañana! El tío seguro se olvidó de nuevo. No repetiré lo del año pasado.
León miró a sus hermanos. Sabía que Gael tenía razón.
—Tiene razón… pero...
—Podemos usar solo un poco —interrumpió Thiago—. ¿Qué le regalaremos?
—Un vestido —propuso Gael—. Vamos al centro comercial, retiramos el dinero y compramos uno bien bonito.
León dudó.
—Si se enteran, nos entierran vivos.
Thiago se puso de pie.
—Mamá está en reunión. El tío aún no llega. Si salimos ahora, volveremos antes de que lo noten.
—¡Perfecto! Vamos.
Así, sin que nadie los viera, los trillizos salieron del edificio por la puerta principal. Lo que ninguno de ellos imaginó… fue todo lo que vendría después.