Los niños salieron del edificio mirando en todas direcciones. León se acercó a una señora con una sonrisa cálida y le dijo:
—Disculpe, ¿podría detener un taxi para nosotros?
La mujer lo miró con sorpresa y preguntó:
—¿Están solos?
—No, pero mi mamá viene con muchas bolsas y nos pidió que consiguiéramos un taxi. Ninguno quiere parar.
La mujer miró alrededor y, al ver a lo lejos a una señora cargando bolsas, creyó en la palabra del niño. Sin pensarlo demasiado, alzó la mano y detuvo un taxi. Gael le sonrió amablemente.
—Gracias, señorita. Esperaremos a nuestra mamá.
La mujer les devolvió la sonrisa antes de irse. Una vez solos, los tres niños subieron al taxi. Al cerrar la puerta, Thiago dijo:
—Al centro comercial, por favor.
El taxista los miró por el espejo retrovisor.
—¿Van solos?
—Sí. Nuestra hermana tenía que irse, pero nuestros papás nos están esperando allá —respondió León con seguridad.
El taxista, sin dudar, arrancó. Al llegar al centro comercial, los niños pagaron con el poco efectivo que llevaban y bajaron del auto.
—Muy bien, vamos a retirar dinero y luego buscamos el regalo para mamá —dijo Thiago con determinación.
—¿Y cómo haremos eso? —preguntó Gael.
—Fácil. Sacaremos dinero de mi cuenta —respondió su hermano mayor.
Los tres caminaron con naturalidad hasta la zona de cajeros automáticos. Cada uno retiró dinero desde una misma tarjeta.
—¿A dónde iremos primero? —preguntó León.
—A buscar un vestido. Vamos —contestó Thiago.
Entraron a una tienda reconocida. Al verlos, la vendedora se acercó con una sonrisa, aunque algo confundida por los tres rostros idénticos.
—Hola, niños. ¿Se perdieron?
Gael, con su típico carácter fuerte, frunció el ceño.
—No. Venimos a comprarle un regalo a nuestra mamá.
—Ah, ya veo. Muy bien. ¿Qué están buscando?
—Si necesitamos ayuda, la llamaremos —respondió Thiago, cortante.
Los hermanos se dispersaron por la tienda y, al cabo de unos minutos, regresaron cada uno con una prenda.
—Ese vestido está lindo —comentó Gael al ver lo que cargaba Thiago.
—No está mal —agregó León, que sostenía una cartera.
Gael llevaba un saco elegante.
—¿Creen que a mamá le gustará esto? —preguntó Thiago.
—Sí. A ella le gusta vestirse de forma sencilla —dijo León.
De pronto, escucharon por los altavoces del centro comercial:
ATENCIÓN A TODO EL PERSONAL. SE BUSCA EL PARADERO DE LOS HERMANOS RIVAS. REPITO, HERMANOS RIVAS. TRILLIZOS DE SEIS AÑOS. SI ALGUIEN LOS VE, INFORME AL PERSONAL DE SEGURIDAD.
León miró a Thiago con desaprobación.
—Volveremos antes de que se den cuenta...
—Estamos muertos —murmuró Thiago.
Gael resopló con fastidio.
—Paguemos esto y vamos con ellos. Seguro mamá está muy asustada.
Se acercaron a la vendedora, quien ahora los miraba con evidente preocupación.
—Queremos esto —dijo Gael con seriedad.
Los tres levantaron sus prendas.
—¿Niños… se escaparon? ¿Sus padres los están buscando?
—Lo sabemos. Por favor, cóbrenos esto y llame a seguridad. Iremos con ellos —dijo Thiago, apretando los dientes.
La mujer, sorprendida por la madurez de los pequeños, hizo lo que le pidieron. Cobró rápidamente, envolvió los regalos y llamó al personal de seguridad.
Pocos minutos después, un grupo numeroso de hombres entró a la tienda, atrayendo las miradas de todos. Max irrumpió, desesperado.
—¡Jóvenes Rivas, están en serios problemas!
Gael lo miró con el ceño fruncido.
—Ya lo sabemos. No hace falta que nos lo recuerdes.
—No seas grosero —le reclamó León—. Lo sentimos, Max. Solo queríamos comprarle un regalo a mamá.
—¿El tío ya lo sabe? —preguntó Thiago con voz temblorosa.
—Viene en camino, Thiago. Y esta vez… está realmente furioso —respondió Max con tono grave.
Los tres niños sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
—No se preocupe… mamá no dejará que nos haga nada —intentó decir Gael, confiado.
Max los miró con lástima.
—Su mamá está más enojada que él.
Los trillizos se quedaron pálidos. Gael susurró:
—Hermanos, fue un placer compartir esta vida con ustedes.
—Deja de decir tonterías —refunfuñó León.
—Vamos. Que sea lo que Dios quiera —dijo Thiago, resignado.
Max miró a la vendedora.
—Disculpe todo este caos. ¿Cuánto le deben?
—Los niños ya pagaron.
Max levantó una ceja, incrédulo.
—¿Y con qué dinero pagaron todo esto?
Thiago tembló, pero Gael respondió con total tranquilidad:
—Con lo que ahorramos.
—Sí, estuvimos juntando durante mucho tiempo —añadió León, forzando una sonrisa.
Max suspiró.
—Practiquen mejor sus mentiras para la próxima. A mí no tienen que convencerme, pero su madre… ella sí se los va a cobrar. Vamos.
Los niños bajaron la cabeza, cabizbajos, y caminaron escoltados por sus custodios, quienes los miraban con desaprobación. Gracias a ellos, su jefe estaba furioso… y ellos estaban pagando las consecuencias.
***
Al llegar al estacionamiento, Isabella los vio venir y tuvo el impulso de correr hacia ellos, pero Gabriel le lanzó una mirada severa. Ella se recordó a sí misma que estaba molesta, así que frunció el ceño y, cuando los tuvo cerca, les habló con tono firme:
—¿Se puede saber por qué se escaparon de la empresa?
Gabriel cruzó los brazos y los miró con seriedad.
—Contesten.
Los tres niños se sobresaltaron. León, que siempre era el más valiente, fue el primero en hablar:
—Todo esto es tu culpa.
Gabriel lo miró, desconcertado.
—¿Y por qué sus travesuras serían mi culpa? Esta vez se pasaron. Van a recibir un castigo.
—León tiene razón —agregó Gael—. Si no hubieras olvidado el cumpleaños de mamá otra vez, esto no habría pasado.
Gabriel los miró, entre sorprendido y confundido. Luego observó a Isabella, que ya empezaba a mirarlos con ternura.
—¿Y quién les dijo que olvidé su cumpleaños?
Thiago dio un paso adelante, serio:
—Revisé tus cuentas, tío. No compraste nada para mamá.
Gabriel frunció el ceño, claramente irritado.
—¿Y cómo es que sabes eso? ¿Desde cuándo revisas mis cuentas?
Thiago bajó la mirada, nervioso, pero Isabella se adelantó.
—Es suficiente, Gabriel. Lo importante es que están bien. No me vuelvan a asustar así. Si algo les pasara... no sé qué haría sin ellos.
Los tres corrieron hacia su madre y la abrazaron con fuerza.
—Lo siento, mamá. No volverá a pasar —susurró Thiago.
—No estés triste, mamita. Solo fuimos a buscar tu regalo. Íbamos a volver pronto —dijo León.
—Yo no quería ir porque sabía que te ibas a preocupar —agregó Gael con culpa, y luego bajó la cabeza—. Pero soy tan culpable como ellos. Acepto el castigo, pero no te pongas triste.
Isabella suspiró y los miró con dulzura.
—Sin computadoras ni celulares por una semana.
—¿Qué? ¡Mamá! —protestó Thiago.
—Dos semanas —intervino Gabriel.
—¡Pero…! —intentó decir León.
—Tres —zanjó Gabriel.
—Está bien… —dijeron los tres al unísono, fulminándolo con la mirada.
Isabella sonrió apenas.
—Vámonos a casa. Hoy ha sido un día agotador.
Los niños subieron al auto junto con su madre. Gabriel, al ver a Max cargando tres bolsas de regalo, alzó una ceja.
—¿Eso compraron?
—Sí, señor.
Gabriel reconoció la marca de la tienda.
—Revisa mi cuenta personal. Creo que esos mocosos me robaron.
Max sacó su tablet y revisó los movimientos.
—Efectivamente, señor. Hay una transferencia desde su cuenta.
Gabriel negó con la cabeza, sonriendo a pesar del enfado.
—Pequeños monstruos… Los mataría si no estuviera tan orgulloso. No le digas nada a Isabella. Se enojaría más.
Max asintió, resignado. Él solía encubrir a los niños cuando sus travesuras se les iban de las manos. Solo fingía indignación para no perder autoridad.
—Quizá debería considerar cambiarles de escuela. Esos niños son demasiado listos.
—Lo sé. Pero su madre no quiere. Por eso les enseñé todo lo que sé… aunque no esperaba que usaran mis propias lecciones contra mí.
—Lo hicieron por una buena razón. Usted olvidó el cumpleaños de la señora… otra vez.
Gabriel hizo una mueca.
—Planeaba llevarla a su restaurante favorito.
Sin decir más, ambos subieron al vehículo.
***
MÁS TARDE, EN LA MANSIÓN
Ya en casa, los niños se dirigían a sus habitaciones cuando Gabriel los detuvo:
—Alto ahí. Celulares.
Uno por uno, le entregaron los dispositivos. Él los miró fijamente.
—Sé lo que hicieron. Y también de dónde sacaron el dinero.
Thiago tragó saliva. León lo miró y luego preguntó con descaro:
—¿Tienes pruebas?
Gabriel sonrió con calma.
—No las necesito. Pero escúchenme bien: yo los amo, pero mi paciencia tiene un límite. Mucho cuidado con lo que hacen.
Los tres asintieron en silencio y subieron las escaleras. Al girar, Gabriel se encontró con la mirada inquisitiva de Isabella.
—¿Qué les dijiste?
—Que no vuelvan a hacernos pasar un susto así.
—¿A quién habrán salido tan traviesos?
—Tengo una sospecha.
—Yo no era así de niña…
—¿No?
—Claro que no —respondió, algo ofendida.
En ese momento, las puertas se abrieron y Florencia entró visiblemente alterada.
—¿Dónde están? ¿Qué pasó?
Gabriel se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
—Tranquila, amor. Esos diablillos ya están en sus habitaciones.
Florencia suspiró aliviada y fue directo con Isabella.
—Ay, nena… esos niños nos van a llenar de canas.
Después de conversar un rato, Florencia y Gabriel regresaron a su casa, justo al frente.
***
MIENTRAS TANTO, EN BARCELONA
Matías Soler trabajaba como de costumbre cuando recibió una llamada inesperada.
—¿Sí?
—Señor Soler, tengo información importante.
—Señor Mora, ya no estoy interesado en saber nada sobre la señorita Rivas. Estoy comprometido con Valentina y...
—Esta información podría hacerle cambiar de opinión.
Matías guardó silencio unos segundos.
—Te escucho.
—Ayer se activó una alerta en un centro comercial cerca de la capital de Canadá. Se buscaba a tres niños: los hermanos Rivas, trillizos de seis años. Investigué más… y descubrí que son sobrinos del magnate Gabriel Rivas, hermano de Isabella Rivas. Tras la muerte de sus padres, no quedan otros familiares con ese apellido. Por la fecha y la edad de los niños… todo indica que podrían ser...
Matías quedó en silencio largo rato. Luego habló con voz contenida:
—¿Tienes fotos de ellos?
—No. Gabriel Rivas tiene muchos contactos. Siempre logra borrar cualquier información sobre su hermana y sus sobrinos. Pero esta vez hubo un descuido. La alerta llegó incluso a la Interpol.
Matías apretó los puños sobre el escritorio.
—Consígueme todo sobre Gabriel Rivas: empresas, direcciones, cualquier pista. Si ella me ocultó algo así… no se lo voy a perdonar jamás.
Colgó la llamada y miró su mano. Llevaba puesto el anillo de compromiso. Hacía solo unos días que se había prometido con Valentina Duarte. Después de seis años evitando formar una nueva familia, finalmente había decidido cerrar el ciclo con Isabella y apostar por una vida nueva.
Pero el pasado había vuelto.
Y esta vez no lo iba a ignorar.