La luz de la mañana entra a raudales en la habitación y me obliga a abrir los ojos. Gimo ligeramente mientras me alejo de la luz, enredando más las sábanas conmigo. Empiezo a notar los efectos de la noche anterior y me despierto con un dolor de cabeza de muerte. Maldita sea. ¿Por qué fui tan estúpida anoche? Me prometí -no, me juré- a mí misma en mi decimoctavo cumpleaños, después de que Cara me quitara la virginidad alcohólica, que nunca jamás volvería a beber. Odiaba lo que venía después de beber: la resaca. Estúpida, estúpida yo, me abofeteé mentalmente. ¿Por qué no hice caso a mi yo del pasado? Suspiro contra las sábanas, me pongo de lado e intento echarme otra cabezadita antes de despertarme. Pero en cuanto empiezo a cerrar los ojos, oigo un gemido a mi lado. Abro los ojos de gol

