Casada con un monstruo
Frente al espejo, ella se dio una última revisada. Lo que veía era lo de siempre: una cara común, sin nada especial. Pero eso era porque había cubierto con maquillaje las huellas de su realidad. Esa mañana, cuando se levantó, se quedó paralizada al verse en el reflejo. Tenía las ojeras marcadas, los ojos hinchados, las mejillas enrojecidas. Su aspecto no era nada saludable y, si alguien lo notaba, Maximiliano no lo iba a perdonar. Así que hizo lo de siempre: se armó de pinceles y polvos para ocultar lo evidente. No podía arriesgarse a que alguien sospechara. Eso era seguro. Si alguien se enteraba, no sólo estaría en juego la imagen de Maximiliano, sino también su propia vida.
Recordó la primera vez que él la lastimó. Estaban recién casados. En una visita, su madre notó unos moretones en su brazo porque llevaba una camiseta de manga corta. Ella inventó rápido que había tropezado y caído en las escaleras. Lo que no le contó fue que Maximiliano la había empujado con b********d la noche anterior porque la cena no le gustó. Ni siquiera cayó al suelo, sino que se golpeó contra el borde de la mesa de la cocina. Después de eso, él la miró con frialdad y le advirtió:
—Que esto no salga de estas paredes. Si alguien se entera, te mato y lo haré parecer un accidente.
Le creyó. No le quedaba de otra. Sabía que Maximiliano era capaz de cumplir cada una de sus amenazas. Desde entonces, cada día despertaba con el mismo pensamiento: "Hazlo de una vez, Maximiliano. No tengo nada que perder. Mi vida ya no tiene sentido."
Ese día salió de casa maquillada, con el rostro perfecto. Caminó hacia la universidad, aprovechando que no estaba lejos. Le gustaba el aire fresco de la mañana, aunque fuera por unos minutos. Esa breve caminata era un respiro en su rutina asfixiante. La universidad era su refugio, un lugar donde podía sentirse casi libre. Claro, hasta cierto punto, porque Maximiliano siempre tenía ojos en todos lados. Él jamás perdía el control. Sabía todo, absolutamente todo.
Cuando comenzó su carrera, soñaba con estudiar literatura. Desde niña, había sido una apasionada de los libros y escribía de vez en cuando. Pero ni sus padres ni Maximiliano estuvieron de acuerdo. Le dijeron que eso no servía para nada, que tenía que estudiar algo "útil", algo que le asegurara un futuro. Así terminó en Empresariales, una opción que no le apasionaba pero que tampoco le desagradaba. Era lo que había, y no tenía muchas opciones. Ahora estaba en el quinto semestre, ya cerca de terminar la licenciatura. Había aprendido a conformarse.
—¡Ey, Seraphina!— escuchó que alguien la llamaba a lo lejos. Giró la cabeza y vio a Cassandra, quien venía hacia ella con una gran sonrisa. —¡Mirá qué linda estás hoy!— exclamó la amiga mientras la abrazaba. Si supiera cómo lucía sin maquillaje ni vestido, probablemente no diría lo mismo. Pero Cassandra no sabía nada. Jamás se lo contaría. Los padres de Cassandra trabajaban con Maximiliano, y él conocía a todos. Por eso, mantener las apariencias era su única opción.
—¡Hola, Cassandra! ¿Cómo estás?— preguntó con una sonrisa forzada mientras caminaban juntas hacia el aula. Tocaba clase de estadística.
—Yo, genial. ¿Y tú?— respondió Cassandra animada.
Ella sonrió, como siempre hacía.
—Bien—. Porque, ¿qué otra cosa iba a responder? Mentir sobre su estado ya era automático.
En el aula, Cassandra intentó convencerla de que la acompañara a celebrar su cumpleaños esa noche. Sería una fiesta en un club nuevo, Luces Rojas, que estaba de moda. Seraphina sintió el impulso de decir que sí. Nunca había salido con Cassandra, y quería hacerlo. Pero sabía que era imposible. Maximiliano le había dejado claro, con una bofetada como advertencia, que no tenía permitido salir de noche. Desde entonces, nunca más se atrevió a mencionárselo.
—Porfa, ven, aunque sea un ratito— insistió Cassandra. Pero Seraphina simplemente no tenía respuesta. Sabía que esa fiesta iba a pasar como todo en su vida: como un deseo que no podía alcanzar.
Seraphina lo dijo casi en un susurro, sin atreverse a mirarla directamente:
—No sé si pueda ir.
Sabía que la decepción de Cassandra llegaría como un golpe inevitable. Y sí, la chica dejó escapar un suspiro, resignada. Ya no insistiría. Había intentado demasiadas veces convencerla en vano, y entendía que la respuesta sería la misma de siempre.
Mientras caminaban juntas, la cabeza de Seraphina era un torbellino. Por un lado, el miedo a Maximiliano la paralizaba; no podía ir al club, eso era un hecho. Pero, por otro lado, odiaba no tener una excusa creíble para Cassandra. No quería que pensara que no le importaba su cumpleaños o que no disfrutaba de su compañía. Y ahí estaba otra vez, sintiéndose como una inútil. Había pasado toda su vida cargando esa etiqueta: mala hija, mala esposa, y ahora también, mala amiga. Su mamá solía repetirle que era una desagradecida. Maximiliano no perdía oportunidad de decirle que no servía para nada, que todo lo que hacía estaba mal. ¿Cómo podía ser diferente con Cassandra? Siempre terminaba cancelándole, fallándole.
Pero entonces, algo cambió. No sabía de dónde había salido esa repentina seguridad en su voz, pero lo dijo:
—¿Sabes qué? Voy a ir contigo. Dime a qué hora tengo que estar.
Cassandra la miró con alegría. Sus ojos brillaban como si acabara de recibir la mejor noticia del mundo. Eso la hizo sonreír, aunque fuera por un instante. Seraphina no podía fallarle esta vez, se lo prometió a sí misma.
—A las nueve y media, en mi casa. Nos vamos juntas— respondió Cassandra emocionada, abrazándola con fuerza. —Gracias, de verdad— repetía entre risas.
Mientras Cassandra reía, Seraphina sintió cómo la sonrisa se le borraba lentamente. ¿Qué iba a hacer ahora? Tendría que inventarle una mentira a Maximiliano. Y, por más que tratara, sabía que él siempre encontraba la forma de descubrir cualquier detalle.
La clase transcurrió lenta, casi insoportable. Cuando finalmente pudieron salir del aula, ambas se dirigían apresuradas a la siguiente. Pero entonces el celular de Seraphina comenzó a vibrar sin parar.
—Dame un momento— dijo, con resignación. —Es mi marido.
Cassandra, sin sospechar nada, le lanzó una sonrisa antes de alejarse:
—Te reservo un lugar, tranquila. Sabes que siempre se llena esta sala.
Seraphina se quedó sola en el pasillo, mirando la pantalla antes de responder.
—Maximiliano— dijo, tratando de sonar neutral.
—¿Dónde mierda estás?— escupió él al otro lado de la línea.
—En la universidad, como siempre— respondió ella, conteniendo el impulso de gritarle que todos los días hacía lo mismo.
—Necesito que vengas a casa ahora. Dejé un documento en la mesa del comedor. Tráemelo. Ya.
El teléfono temblaba en su mano, y ella lo apretó con fuerza, tratando de controlar la rabia que hervía dentro de sí.
—Estoy en clase, Maximiliano. No puedo ir ahora. Si quieres, te lo llevo a las cinco, cuando termine.
—Escúchame bien, Seraphina—, la interrumpió con una voz cargada de ira—. Si no estás en mi oficina con ese maldito documento en diez minutos, te prometo que no vas a volver a pisar la universidad. Y no porque no quiera, sino porque no vas a poder caminar con las paliza que te voy a dar. ¡Muévete ya!
El silencio se instaló entre ellos por un instante. Ella no dijo nada, tragándose las ganas de gritar o llorar. Él, por su parte, parecía querer seguir descargando su furia.
Finalmente, ella cedió. No valía la pena discutir. Nunca lo era.
—Ya voy— murmuró con frialdad, sin siquiera intentar esconder el cansancio en su voz.
—Así me gusta—, respondió él antes de colgar abruptamente.
Seraphina quedó inmóvil unos segundos, con la mirada perdida en el suelo del pasillo. Un peso enorme se le hundía en el pecho, pero sabía que no había tiempo para lamentos. Suspiró profundamente y se puso en marcha.
Mientras caminaba hacia la salida de la universidad, apenas se atrevió a murmurar para sí misma:
—¿Por qué no puedes ser amable, aunque sea una vez?
Pero no hubo respuesta. Nunca la había, y ella sabía que nunca la habría.