El camino hacia la oficina fue rápido, pero cada paso la hacía sentir más pesada. Al llegar, se detuvo frente a las puertas de vidrio, tomando aire para prepararse para el inevitable mal humor de Maximiliano. Siempre era lo mismo: esa actitud controladora que la hacía sentir más pequeña con cada palabra, cada gesto. Pensar en su matrimonio no le traía rabia, sino una tristeza profunda, una especie de vacío que la devoraba lentamente. Había días en los que podía ignorar ese sentimiento, enterrarlo en algún rincón de su mente. Pero había otros en los que salía a flote, hundiéndola en una sensación de desesperanza que parecía no tener fin.
No ahora, se dijo, apretando los puños con fuerza. No te puedes derrumbar ahora.
Entró al edificio con pasos firmes y conocía el camino de memoria. Llegó al despacho de Maximiliano y tocó suavemente la puerta.
—Adelante—, escuchó su voz, y algo en su tono ya le tensó los hombros.
Al abrir la puerta, se quedó inmóvil por un momento. Maximiliano no estaba solo. Frente a él, de espaldas, estaba un hombre desconocido, y algo en su presencia llenaba todo el lugar. Maximiliano se acercó de inmediato, dándole un beso en la frente, como si fuera el esposo perfecto.
—Mi amor, justo a tiempo—, dijo, con esa sonrisa ensayada que siempre desplegaba cuando había testigos. Seraphina respondió con una sonrisa tan falsa como la suya, mientras el desconocido se giraba para mirarla.
Y entonces lo vio.
Por un segundo, todo lo que había alrededor se esfumó. Aquellos ojos marrones, profundos y oscuros, la atraparon de inmediato. Era un hombre imponente, con una barbilla fuerte y hombros anchos que quedaban aún más marcados por el impecable traje n***o que llevaba. Su presencia exudaba algo que era difícil de describir: poder, misterio, magnetismo. Seraphina sintió cómo su corazón le daba un vuelco en el pecho.
¡Dejá de mirarlo! Se reprendió a sí misma, apartando la vista rápidamente. No podía permitirse ese desliz. No frente a Maximiliano.
—Señor Valmont, permítame un momento—, dijo Maximiliano mientras la guiaba fuera del despacho.
Antes de salir, los ojos del desconocido se encontraron con los suyos otra vez. Una corriente eléctrica pareció recorrerla de pies a cabeza. Sintió cómo la miraba, con una intensidad que casi la hacía tambalearse. Maldición, ¿por qué no podía dejar de mirarlo? Se odiaba por eso.
—Claro, señor Harrison. Tome el tiempo que necesite—, respondió el hombre, con una voz grave y áspera que resonó en el aire como una melodía oscura.
Ya en el pasillo, Maximiliano extendió la mano, y Seraphina le entregó el documento con rapidez, intentando parecer indiferente.
—Acá está—, dijo con voz baja, pero firme.
Él la miró fijamente, sus ojos buscando cualquier señal de desafío.
—¿Cuántas veces te he dicho que no me contradigas?—, susurró, con una calma que era mucho más peligrosa que sus gritos. Aunque sus palabras eran suaves, su tono cargaba una amenaza clara.
Ella tragó saliva y asintió, sintiendo un ligero alivio al darse cuenta de que no había notado nada extraño en su comportamiento.
—Lo siento—, respondió. Luego agregó rápidamente—. Ahora necesito volver a la universidad. Si me ausento otra vez, tendré problemas.
Maximiliano soltó una carcajada baja, cargada de burla.
—No me importa.
De repente, se detuvo y sonrió ampliamente. Ella lo miró confundida, hasta que vio a un grupo de empleados que pasaban por el pasillo. Maximiliano los saludó con su típico encanto falso, actuando como si fuera el jefe más amable y comprensivo. Tan pronto como se alejaron, su sonrisa desapareció.
—Te vas a quedar abajo. No tardaré mucho, y tengo algunas cosas para que hagas.
Ella lo miró horrorizada.
—¡Maximiliano, te dije que tengo que volver a la universidad!
Pero él ya estaba entrando nuevamente a su oficina, cerrando la puerta detrás de él sin siquiera molestarse en responderle.
Seraphina salió del edificio con un suspiro, deteniéndose frente a la entrada. Sacó el móvil con manos temblorosas y le escribió un mensaje rápido a Cassandra: "Tuve problemas con Maximiliano, pero esta noche voy a estar en la salida." En cuanto envió el mensaje, mordió su labio, preocupada. ¿Cómo iba a decírselo a Maximiliano? ¿Cómo iba a pedirle permiso para ir a una fiesta, y encima por la noche? Cerró los ojos con fuerza, intentando no dejarse llevar por la ansiedad.
—Aún no entiendo esto…— escuchó una voz detrás de ella, haciendo que casi se le cayera el celular de las manos.
Giró instintivamente y lo vio. Era él. El hombre del despacho. El desconocido de ojos intensos y mirada penetrante. Por un momento, ambos se quedaron quietos, mirándose.
—¿Perdón?— balbuceó ella, sin comprender lo que había dicho. Sus pensamientos estaban demasiado nublados por la forma en que él la observaba, tan seguro de sí mismo.
El hombre esbozó una sonrisa, sacando un cigarrillo del bolsillo y encendiéndolo con calma. Los movimientos de sus manos eran seguros, precisos, como si incluso eso formara parte de su atractivo.
—Que ese imbécil de ahí arriba tenga a una mujer tan hermosa—, dijo mientras exhalaba el humo lentamente.
Seraphina sintió que la sangre le subía al rostro. ¿Acaso estaba coqueteando con ella? ¿En serio? Era un desconocido. Y ella tenía marido, aunque esa palabra sólo le recordara cadenas y no amor.
—¿Te refieres a mi marido? ¿Maximiliano?— logró preguntar, aunque su voz sonó más débil de lo que esperaba.
El hombre soltó una carcajada, una risa grave y seductora que hizo que ella se estremeciera.
—¿Maximiliano? ¿De verdad ese es su nombre? Parece sacado de una telenovela—, dijo, y volvió a reírse, contagiándola sin querer. —Disculpame, soy italiano. En mi país los nombres son más poéticos. Me llamo Alaric— agregó, extendiendo su mano.
Seraphina dudó un segundo antes de estrecharla, sintiendo un calor inexplicable recorrer su cuerpo.
—Un gusto conocerte—, respondió, casi en automático.
—Dijiste que los nombres tienen significado para ti. ¿Qué significa el tuyo?—, preguntó ella con curiosidad.
Alaric sonrió, esa sonrisa genuina.
—"Gobernante de todos." Y ahora me toca preguntar: ¿cómo te llamas?
Ella tragó saliva, intentando no parecer demasiado afectada por su presencia.
—Seraphina—, respondió, llevándose un mechón de cabello detrás de la oreja en un gesto nervioso.
Alaric la observó en silencio por un momento, como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro.
—Un nombre precioso—, dijo al fin, dando un paso hacia ella. Seraphina sintió que el aire se volvía más denso a su alrededor, pero no podía moverse. Había algo en él que la mantenía clavada al suelo, incapaz de pensar en otra cosa que no fueran esos ojos oscuros.
—¿Sabés lo que significa tu nombre?— susurró, su voz tan baja que parecía un secreto compartido entre ellos.
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar.
—"Los que arden."
Alaric dio una última calada a su cigarrillo antes de apagarlo, sin terminarlo del todo.
—Siempre hay una segunda oportunidad para encontrarse en la vida, Seraphina—, dijo antes de alejarse.— Quizá suceda con nosotros…
Un Lambo n***o se detuvo frente a ellos, y Alaric subió al coche con la misma elegancia despreocupada que parecía rodearlo como un aura. Cuando el auto desapareció por la avenida, Seraphina se quedó mirando el vacío, incapaz de procesar lo que acababa de suceder.
—Tengo tiempo libre—, escuchó la voz de Maximiliano a sus espaldas, sacándola bruscamente de sus pensamientos. Se giró hacia él, sintiendo cómo la realidad la golpeaba de lleno.
—¿Seraphina? ¿Estás sorda?— preguntó con impaciencia.
—No.— Respondió rápidamente, siguiendo a su marido mientras él se adelantaba. Pero su mente seguía atrapada en ese momento, en esos ojos oscuros que no podía sacar de su cabeza.