Mentirita piadosa

1633 Words
Maximiliano soltó un gruñido, dejando claro su descontento. Se sentaron juntos a la mesa, donde les esperaba la cazuela recién sacada del horno. Nada en la casa lo complacía, nada de lo que ella hacía parecía ser suficiente. Como esposa, sentía que sólo era un estorbo para él. —Es sólo un cumpleaños—, explicó, tratando de sonar tranquila —Cassandra sólo ha invitado a unos pocos amigos. Vamos a estar en su casa, viendo películas y pidiendo comida—. Aunque ya no le interesaba rogar, había hecho una promesa a Cassandra. Cancelar a última hora no era una opción. Cassandra no lo diría, pero se sentiría decepcionada, y eso no era algo que ella pudiera tolerar. —¿Entonces?—, Temía su reacción si descubría el verdadero plan. No quería ni imaginar las consecuencias. Ahora lo importante era obtener su permiso sin levantar sospechas, manteniendo un semblante lo suficientemente convincente como para evitar el desastre. —¿Me estás diciendo que esto es como una fiesta infantil? ¿A quién crees que engañas?—, espetó Maximiliano con desdén. Ella apretó los labios, sabiendo que él tenía razón en parte, pero no podía echarse atrás ahora. Tenía que pensar rápido para hacerlo cambiar de opinión. Tres años soportando su control habían templado su paciencia, pero esta vez, no estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente. —Por favor, Maximiliano—, murmuró, mientras jugueteaba nerviosamente con su tenedor. —Conozco a Cassandra, y también a su esposo. Son bastante tranquilos. Además, ella está embarazada—, soltó de repente, inventándose la mentira sin pensarlo dos veces. Sabía que tarde o temprano la verdad saldría a la luz y las consecuencias serían terribles. Pero en ese momento, no veía otra salida. —Por eso lo celebramos en su casa. No puede beber ni salir de fiesta—, añadió, esperando que su explicación fuera suficiente. Maximiliano frunció el ceño y se quedó callado, procesando la información. —¿Cassandra está embarazada?—, preguntó con un dejo de incredulidad. Ella asintió en silencio, sintiendo un nudo en el estómago. Después de unos segundos, él soltó un resoplido y se dirigió hacia las escaleras. —Está bien, pero si te llamo, contestas. Y si descubro que me estás mintiendo, te las vas a ver conmigo. ¿Entendiste?—, advirtió antes de desaparecer en su despacho. Ella asintió automáticamente. Sabía que Maximiliano probablemente la llamaría varias veces durante la noche, buscando cualquier pista que delatara su mentira. El miedo le retumbaba en el pecho mientras pensaba en el plan. Después de recoger los platos, la joven se apresuró a limpiar la cocina. Lavó todo a mano y pasó un trapo al mesón, dejando todo impecable. Sin embargo, la tensión no la abandonaba. Se dirigió al baño, con el ceño fruncido y una pesadez que le oprimía el pecho. Una vez bajo el agua tibia, intentó calmarse, pero los pensamientos seguían apilándose como ladrillos en su mente. Maximiliano estaba acabando con lo poco que le quedaba de paz. A sus veintiún años, sentía que vivía bajo un régimen de reglas que no le pertenecían. ¿Por qué? Simplemente porque quería salir, divertirse un rato. Era como estar atrapada en una cárcel emocional que no la dejaba respirar ni un segundo de alegría. Él no la amaba; eso era claro como el agua. Y lo peor es que parecía disfrutar haciéndola sentir insignificante. Mientras el agua caía, relajando su cuerpo tenso, su mente se desvió hacia un rostro que la había perseguido todo el día: Alaric. Apenas un par de minutos a su lado habían bastado para despertarle sensaciones que creía inexistentes. Deseo. Lujuria. Algo tan extraño que casi le parecía irreal. Alaric tenía algo que la hipnotizaba, tal vez su mirada profunda y enigmática, o quizás su sonrisa que parecía guardar secretos. Pero lo que más la inquietaba era cómo esos ojos marrones, tan vivos, parecían desnudar su alma con solo mirarla. ¿Cómo podía anhelar tanto volver a verlo? ¿Cómo alguien como él podía hacerla sentir más viva en un instante que Maximiliano en todos esos años? Pero luego, una duda mordaz se instaló en su pecho. Tal vez no era Alaric quien le gustaba, sino la atención que él le había dado. Ese coqueteo descarado que la hizo sentir deseada por primera vez en mucho tiempo. Lo más probable, se dijo, era que si él la viera de nuevo, ni siquiera la reconocería. Había mujeres más hermosas, más interesantes, más todo. Ella, por su parte, no se consideraba especial. El espejo no era su amigo. Las ojeras profundas hablaban de noches sin descanso, su piel lucía apagada y su semblante reflejaba el cansancio de alguien que camina por la vida sin rumbo. Su sonrisa no era más que una máscara mal puesta, y su cuerpo, más flaco de lo que debía, no ayudaba a levantar su autoestima. Sacudió la cabeza, ¿Por qué se ilusionaba? No había escapatoria de Maximiliano. Salió de la ducha, se secó y empezó a alistarse. Durante media hora evitó con todas sus fuerzas compadecerse de sí misma. En lugar de eso, se enfocó en prepararse para el teatro que tenía que montar. Eligió ropa sencilla: unos jeans desgastados y una blusa blanca, el uniforme perfecto para alguien que no quiere llamar la atención. Nada del vestido rojo ni de los tacones negros que había guardado especialmente para el club. No, esa parte del plan quedaría en espera hasta llegar a casa de Cassandra. Por ahora, su cabello rizado lo recogió en un moño informal, intentando parecer lo más discreta posible. Tenía que convencer a Maximiliano de que no había nada fuera de lo común en sus planes. Miró su reflejo una última vez y respiró hondo. Tenía que seguir adelante. Pero mientras terminaba de arreglarse, una sombra de tristeza seguía colándose en su mirada. Sabía que su destino parecía escrito, pero por lo menos, por esa noche, estaba dispuesta a desafiarlo. Seraphina se plantó frente a la puerta de su despacho para despedirse, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Maximiliano, sentado tras su escritorio, no parecía del todo convencido de dejarla ir. —De regreso a las dos, como muy tarde. Y ni se te ocurra tomar alcohol—, ordenó con ese tono seco que le era tan característico. Ella asintió, apretando los labios para no contradecirlo. No podía arruinarlo ahora. No después de haber conseguido que le diera permiso para ir al cumpleaños. —Está bien, lo haré. Gracias, Maximiliano—, murmuró, tratando de esbozar una sonrisa que pareciera medianamente real. Pero, justo cuando estaba por girarse y salir, él soltó algo inesperado. —Estás muy guapa—, dijo sin apartar la vista de sus papeles. Seraphina sintió como si le dieran una bofetada. ¿De verdad había dicho eso? ¿Lo decía en serio? —Gracias—, susurró con incredulidad, aunque él ya había vuelto a ignorarla como si nada hubiera pasado. Esa frase, tan extraña viniendo de él, la persiguió durante todo el camino hacia la casa de Cassandra. Su conciencia la regañaba, pero su lado más racional la reprendió aún más fuerte. ¿Culpa? ¿De verdad te sientes mal por mentirle a un hombre que te ha mentido y lastimado sin remordimiento? Sacudió la cabeza, obligándose a escuchar esa voz interna que siempre le hablaba con dureza. No debía permitir que un cumplido ocasional la confundiera. Cuando llegó a casa de Cassandra, la anfitriona la recibió con su típico entusiasmo. —¡Seraphina, llegaste!—, exclamó antes de darle un abrazo. Seraphina sonrió con timidez. —Sí, soy yo. Todavía tengo que cambiarme y arreglarme el cabello. ¿Me esperas cinco minutos?—, pidió algo nerviosa. Cassandra asintió y la guio hacia el salón, donde un grupo de chicas ya estaba reunido. Eran cuatro, y todas irradiaban un aire de elegancia que hizo que Seraphina se sintiera diminuta. Vestidas y arregladas a la perfección, las otras chicas la miraron con curiosidad cuando Cassandra las presentó. —Chicas, ella es Seraphina, de quien les he hablado. Seraphina, ellas son Vivienne, aunque le decimos Vivi, Isadora, Celeste y Evangeline—. Todas le dedicaron sonrisas educadas y un saludo breve, mientras ella trataba de mantener la compostura. Se escabulló al baño de Cassandra lo más rápido que pudo, deseando desaparecer de la vista de aquellas chicas tan perfectas. Allí se cambió apresuradamente. Se puso el vestido rojo y los tacones que había traído y soltó su cabello, dejando que los rizos cayesen sobre sus hombros. Miró su reflejo en el espejo y suspiró. De camino al club, Cassandra había alquilado una limusina. Las otras chicas eran amables y conversaban con ella como si la conocieran de toda la vida, pero Seraphina apenas podía concentrarse en lo que decían. Su estómago estaba en un nudo constante, anticipando que algo saldría mal. —¡Llegamos!—, anunció Cassandra con emoción, mientras la limusina se detenía frente al club. Las luces de neón parpadeaban, y un grupo de personas en la entrada las miraba con curiosidad. Seraphina bajó de la limusina mirando al suelo, evitando los ojos de cualquiera que pudiera reconocerla. Aunque no tenía claro quién podría delatarla, la paranoia la mantenía en alerta. Ya dentro del club, el ruido y las luces la envolvieron, pero el pánico no la dejaba. Sentía que cada mirada era sospechosa, cada persona era una amenaza. Aunque trataba de participar en las conversaciones y mantener la normalidad, no podía evitar pensar en Maximiliano. Sabía que tarde o temprano descubriría su mentira, y el precio por esa mentira sería alto. Pero por ahora, solo le quedaba disfrutar lo poco que podía antes de que todo se derrumbara.
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