Se sirvió otra copa, ya ni siquiera llevaba la cuenta. ¿Sexta? ¿Séptima? Había perdido el rastro desde hacía rato, aunque eso no era lo importante. El reloj marcaba que ya habían pasado más de dos horas desde que todo empezó, pero la calma seguía siendo un lujo que no podía permitirse. El miedo le calaba hasta los huesos, la paranoia de imaginar a Maximiliano irrumpiendo por la puerta principal del club y desatando un infierno real. Si la encontraba, la cosa terminaría mal: primero la liquidaría a ella y luego a cualquiera que se atravesara en su camino. Todo porque le había mentido.
Era cerca de la una cuando miró su reloj. La noche había transcurrido entre abrazos y regalos para Cassandra, la homenajeada, quien se veía genuinamente feliz. Seraphina tragó saliva, luchando por mantener las lágrimas a raya. Era el mismo vaivén emocional durante toda la velada: una fachada de diversión y sonrisas falsas, mientras su estómago se retorcía de puro pánico. Sentada entre las chicas, fingía interés en las conversaciones, pero su cabeza estaba en otro lado. Por dentro, no paraba de rezar para que nadie notara que temblaba.
—Voy por otra copa, ¿alguien más quiere? —soltó, intentando sonar casual. Cuando se puso de pie, el mareo fue instantáneo. La verdad, estaba bebiendo mucho más de lo que debía, y aunque sabía que lo mejor sería parar o al menos hidratarse, el miedo que Maximiliano le inspiraba era más fuerte. Solo quería que el alcohol se llevara ese terror. Y ese cóctel, que ni siquiera sabía a licor, parecía ser su única solución. Al ver que todos negaban con la cabeza, se dirigió hacia la barra con pasos algo erráticos.
El lugar estaba abarrotado, y tuvo que abrirse paso entre cuerpos sudorosos que bailaban al ritmo de la música. Al fin llegó al bar y pidió lo mismo de siempre. El barman ya la tenía ubicada y, sin que ella lo dijera, comenzó a preparar la bebida. Mientras esperaba, su mirada vagó hacia la multitud. Gente que estaba ahí para olvidarse de sus problemas, para dejarse llevar por el efecto del alcohol y disfrutar del momento. ¿Y ella? Ella solo sobrevivía.
Soltó una risita amarga para sus adentros. Su vida era un loop de días que pasaban demasiado lentos, madrugadas en las que rogaba que todo acabara de una vez. Soñaba con que algo bueno sucediera, con que un milagro le diera un respiro. Pero nada de eso había pasado.
—¿No te dije que las vueltas de la vida siempre son cabronas, preciosa? —una voz rasposa, cargada de sarcasmo, le atravesó el aire.
Su piel se erizó. Cerró los ojos por un segundo, tratando de convencerse de que había imaginado todo. Quizá eran los tragos de más, jugándole una mala pasada. Pero esa voz, grave y áspera, no la había abandonado ni por un segundo desde esa mañana.
Se dio la vuelta, y ahí estaba. Alaric. Él, con esa mirada afilada que la escaneaba de pies a cabeza, dejándola sin aire. No necesitó palabras para desarmarla. Todo en él era peligroso, y más aún ahora, cuando ella no estaba en su mejor momento. Intentó, sin éxito, no clavarle los ojos. Su cabello rizado caía despreocupadamente sobre su frente, y sus labios, perfectamente delineados, sujetaban un cigarrillo con desinterés calculado. Esa camisa blanca que llevaba puesta le quedaba impecable. Seraphina sintió un torbellino de emociones confusas.
—Invito yo —dijo él, tomando su copa recién servida y extendiéndosela.
Ella aceptó, aún en shock. Mientras sostenía el vaso, se preguntaba qué debía hacer. ¿Salir corriendo? ¿Tragarse todo el contenido de un golpe? ¿Perder la cabeza y lanzarse sobre él?
“Cálmate, Seraphina, cálmate. No la vayas a cagar otra vez”, se regañó internamente. Pero sabía que eso era más fácil de decir que de hacer.
Seraphina dio un sorbo a su bebida, tratando de mantener la compostura mientras lo miraba directamente a los ojos. Intentó sonreír, pero la confusión se reflejaba en su rostro.
—¿Otra vez tú? —soltó con un tono de aparente diversión.
Alaric no apartó la mirada de ella ni un segundo. La escrutaba con descaro, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor, y la verdad era que a ella tampoco le importaba nada más. En ese instante, su mundo se reducía a él: a sus ojos intensos, a sus labios perfectamente delineados. Se reprendió mentalmente al darse cuenta de lo que estaba pensando.
Él se apoyó en la barra, relajado, mientras Seraphina, con la mente enredada, se hacía preguntas que no podía responder. ¿Qué veía en ella? ¿Por qué la buscaba? Claro, no era fea, pero sabía que estaba rota, y esa fragilidad no se podía maquillar, por más que lo intentara.
—Me alegra que estés disfrutando de mi nuevo lugar —comentó él.
Seraphina arqueó una ceja, sorprendida, y no pudo evitar reír.
—¿Tu club? ¿Es tu estrategia para conquistar a las mujeres? —bromeó mientras le daba otro sorbo a su vaso. No tenía mucho sentido lo que decía, pero la presencia de Alaric parecía borrar cualquier noción de coherencia.
—¿No me crees, Seraphina? —pronunció su nombre con una cadencia que le erizó la piel. Ese tono ronco, seguro, combinado con el alcohol que ya corría por sus venas, desató una lucha interna en ella. Se mordió los labios, intentando no perderse en el hechizo que él proyectaba. Deseaba algo que no se atrevía a nombrar: quería sentirse amada, deseada. Y la forma en que Alaric la miraba, con un brillo intenso en los ojos, la hacía olvidar que estaba casada con un hombre al que no amaba.
—Claro que no te creo —respondió con una sonrisa desafiante. Él la miró como si acabara de lanzarle un reto, y la curva en sus labios se ensanchó con malicia.
—Ven conmigo —ordenó con suavidad, pero con firmeza, mientras tendía su mano hacia ella.
Seraphina, sintiéndose atrapada en una corriente de emociones contradictorias, aceptó su mano cálida. Alaric la condujo entre la multitud, cruzando el bullicio del club hasta llegar a una puerta vigilada por un guardia corpulento que los dejó pasar sin decir una palabra. Tragó saliva, sintiendo cómo el nerviosismo se acumulaba en su pecho.
—¿Hablabas en serio? —murmuró mientras subían por unas escaleras estrechas. Alaric se detuvo a mitad del camino, girándose hacia ella. Sus ojos oscuros la atraparon por completo.
—Nunca miento —contestó con seriedad. Luego, con un gesto casual, apartó un mechón de cabello que le caía sobre la cara. El contacto breve, tan sencillo y tan cargado de significado, hizo que el corazón de Seraphina tamborileara descontrolado. Estaba perdiendo el control, y lo sabía.