Quiero que me hagas tuya

1162 Words
Finalmente llegaron a un ascensor. Subieron en silencio, pero el aire estaba cargado de tensión. Seraphina intentaba no mirarlo, enfocando su atención en las puertas metálicas, pero sentía cómo la mirada de Alaric recorría cada centímetro de su cuerpo. —¿Qué? —preguntó finalmente, girando el rostro hacia él con una media sonrisa. —¿Tu marido te dice lo hermosa que eres? —soltó él. El silencio se apoderó del espacio. Las palabras de Alaric la golpearon. No, su esposo nunca se lo había dicho. Y, de hecho, la simple comparación hizo que sintiera una atracción aún más intensa hacia él. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. —¿Sí o no? —insistió, con desafío y ternura en la voz. Antes de que pudiera responder, el timbre del ascensor señaló que habían llegado. Seraphina, intentando mantener la compostura, señaló la puerta. —Hemos llegado —dijo, esquivando la pregunta. Salió rápidamente, buscando una excusa para no enfrentarse a esa verdad que tanto le dolía. El ascensor los había llevado a una oficina impresionante. Era un espacio amplio, dominado por un enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada. Las luces, los coches que se movían como hormigas, todo parecía sacado de una película. Seraphina se quedó sin palabras. Si pudiera vivir allí, pasaría horas mirando el horizonte y soñando con una vida mejor. Una vida en la que alguien la amara, alguien como Alaric. La decoración de la oficina era sobria, casi lúgubre, con muebles oscuros que reflejaban perfectamente la personalidad de su dueño. Mientras recorría el lugar con la mirada, no podía evitar preguntarse quién era realmente Alaric. ¿Qué secretos escondía? ¿Qué música escuchaba? ¿Qué lo había llevado hasta aquí? Cada pregunta que surgía en su mente la hacía sentir más intrigada, más atrapada por él. Y, mientras tanto, Alaric solo la observaba. Seraphina se detuvo frente al enorme ventanal, perdiendo la mirada en las luces de la ciudad que se extendían ante ella. Todo estaba en silencio, salvo por el leve sonido de su respiración y la de él, que ahora se encontraba justo detrás de ella. Su proximidad la hacía temblar. La voz de Alaric rompió el aire como un susurro grave, haciendo que un escalofrío recorriera su piel. —Es bonito, ¿no? —preguntó él con ese tono ronco que parecía retumbarle en el pecho. Ella cerró los ojos un instante, tratando de controlar las emociones que la invadían. —Sí... es hermoso —respondió en un murmullo. Él no se movió ni un centímetro, pero su presencia lo llenaba todo. Seraphina sintió que la distancia entre ambos era un abismo y, al mismo tiempo, apenas un suspiro. Entonces, su voz volvió a envolverla. —Me estás volviendo loco. El peso de esas palabras la golpeó de lleno. No había duda en su tono, y aunque intentó responder algo, las palabras se le atoraron en la garganta. Finalmente, murmuró: —Qué curioso... —Se giró lentamente para enfrentarlo. Sus ojos se encontraron, y en ese cruce de miradas se desató algo que ninguno podía describir. Todo era tan intenso, tan inesperado. Si alguien le hubiera dicho esa mañana que estaría ahí, frente a Alaric, habría reído incrédula. Pero ahora, era su realidad. —Ni siquiera te conozco desde hace un día y ya... —Se interrumpió. Desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos. El miedo la invadía, no por él, sino por lo que podría significar lo que estaba sintiendo. Por lo que podría hacer. —¿Y qué? —respondió él, levantando una mano para tomarla suavemente del mentón y obligarla a mirarlo de nuevo. —Nada... —susurró ella, pero la intensidad de su mirada la desarmó. No podía engañarse: él también la deseaba. Lo sentía, lo veía en sus ojos. Y, aun así, no podía creerlo del todo. Alaric bajó un poco la voz, acercándose más. —¿Quieres que te diga algo, Seraphina? Ella asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Quería escucharlo, que él llenara ese momento con palabras, que la hiciera olvidar todo lo demás. —Nunca me había sentido así —confesó él, dejando escapar un suspiro que parecía cargado de todas las emociones que había contenido hasta ese instante—. Llevo pensando en ti todo el día. En lo increíblemente hermosa que eres. Y en lo imbécil que es tu marido. Alaric pasó a su lado y dirigió su mirada al paisaje urbano que se extendía ante ellos. Ella lo observó en silencio, procesando lo que acababa de decir. Al final, no pudo contener la pregunta que se le escapó casi sin querer: —¿Por qué no te gusta Maximiliano? Él se mantuvo mirando hacia los tejados de la ciudad. —Porque escuché lo que te dijo por teléfono. Porque ese idiota no tiene ni idea de cómo tratar a una mujer. La sinceridad de sus palabras la descolocó. Un nudo se formó en su garganta, pero no estaba dispuesta a mostrarse vulnerable. —¿Y qué, Alaric? ¿Por eso eres amable conmigo? ¿Por lástima? ¿Piensas que soy débil? —preguntó, con un tono más fuerte del que pretendía. Él giró inmediatamente la cabeza hacia ella, sus ojos destilando algo entre sorpresa y determinación. —Seraphina, no. —Se acercó mientras ella retrocedía instintivamente. —No. —Repitió con firmeza, pero era obvio que no iba a dejar que se alejara. Ella terminó topándose con el borde del escritorio, sin escapatoria. Alaric se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El corazón de Seraphina latía con fuerza. Quiso decir algo, aclarar lo que sentía, pero las palabras no salían. —Fue estúpido de mi parte pensar que tú... —Intentó decir algo más, pero se quedó en silencio. —¿Qué, pensar que no estoy igual de loco por ti? ¿Que no he estado pensando en ti todo el día? —preguntó él. —Sí... —admitió ella. —Pues estás equivocada. Entraste al club esta noche y lo único que quise fue llevarte conmigo. Tenerte conmigo. Para siempre. Las palabras de Alaric la desarmaron por completo. —Créeme, Seraphina. No siento lástima por ti. Nunca lo haría. Y ya te lo dije: jamás miento —dijo con una convicción que no dejaba lugar a dudas. Se inclinó hacia ella, reduciendo aún más la distancia entre ambos. Sus labios quedaron a un suspiro de los de ella. Seraphina sentía que estaba a punto de caer, de perderse en esa profundidad que Alaric le ofrecía. Y, al mismo tiempo, lo deseaba con cada parte de su ser. —Eres única y deliciosa —susurró él, tan cerca que ella podía sentir su aliento. Pero, justo cuando pensaba que iba a besarla, él se detuvo. La distancia, aunque mínima, se mantuvo. Y ese beso que ambos deseaban quedó suspendido.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD