Despierto con el primer rayo de sol y el peso de la noche anterior aún en mi pecho. Siento el calor de Sheyla a mi lado, sus brazos enredados en los míos, y, por un momento, todo parece estar en paz. Pero esa paz es frágil, y lo sé. Hay alguien allá afuera que desea arrebatárnosla, y no pienso permitirlo. Después de un desayuno silencioso pero cómplice, Sheyla me besa en la mejilla y se despide. Hoy tiene una reunión de trabajo, y me asegura que estará bien. Me siento tentado a acompañarla, pero sé que sería darle una razón más para dudar. Debo confiar en ella y en mí mismo. Apenas cierra la puerta, el sonido de mi celular rompe el silencio. Al mirar la pantalla, veo el número del investigador privado que contraté. Al responder, percibo una urgencia en su voz que me pone en alerta de inm

