Ingreso al vivero al fin, voy directo al sofá que pedí colocar para ella y la siento alejándome un poco. Las ganas de besarla están taladrándome la cabeza. —Si te calmas, te lo diré —declaro con firmeza. Ella asiente, se ajusta la falda de su delicado vestido y con sus mejillas ruborizadas, se toma su tiempo para calmarse. —Habla. —¿Estás calmada? —Lo estoy. La miro y no, no lo está. Su pecho sube y baja, sus pupilas están dilatadas, sus pezones están erectos. Puede que se haya calmado en el temperamento, pero su cuerpo no lo está. Y el mío tampoco, así que prefiero continuar antes de perder la cordura. —Se llamaba Leandro —hablo al fin mirándola a la cara—. En esos tres meses que estuve viviendo en esa habitación de hotel, salía también a beber al club de mi amigo. Una noche de esa

