Llego a la cocina, el reloj marca las seis con quince. Mi alarma sonó a las cinco en punto de la mañana. Me levanté, me lavé mis dientes, salí de la mansión para trotar un poco alrededor, para luego volver y darme una ducha fría. Me alisté y ahora estoy aquí en la cocina deseándole los buenos días a Frida. —Buenos días, señor Benedict —me responde el saludo—. Justo a tiempo para su café. —Gracias, Frida —acepto la taza con el líquido caliente y humeante. Le doy un sorbo mientras que ella sigue en sus cosas—. ¿La habitación de Adara está lista? —Sí, señor —me responde con una amable sonrisa—. Ya su ropa y todas las cosas que estaban en su habitación, están ahora en la que me ha pedido llevar todo. —Muchas gracias, Frida. Asiente y una vez más, me da la espalda para continuar en sus que

