—Ya llegué —anuncié abriendo la puerta, encontrándome a Chris sacando un perchero del colgador. Por el tamaño de la bolsa podía saber que era un traje muy ostentoso.
Chris me miró sonriente y alargó el perchero hacia mí, alegremente.
—Mira lo que he conseguido —dijo. Yo tomé la bolsa oscura y la extendí en el sofá. Mientras bajaba el cierre, Chris se removía impaciente.
—Oh, Dios —murmuré maravillada. Miré a Chris, quién sonreía aún más—. ¡Es precioso!
—Y lo vas a usar tú —confesó satisfechamente.
—¿Qué? ¿Yo? ¡Oh, gracias, gracias, gracias! —exclamé abrazándolo efusivamente, haciéndolo reír—. ¿Cómo lo conseguiste?
—Se lo pedí a una de las actrices de ayer —respondió sonriendo inocentemente.
—¿Y accedió así, sin más? No te creo nada —dije enarcando una ceja. Él se hizo el ofendido.
—¿Qué podría haber hecho yo? —preguntó con cierto aire angelical, moviendo rápidamente sus pestañas.
—Eres un idiota —dije riendo, pegándole un empujón. Él levantó las palmas de las manos, riendo animadamente.
—Bah, cariño, sólo usé mis encantos —confesó finalmente—. Cayó en un dos por tres. De seguro ni imaginaba que era para otra chica, a la cual seguramente ese traje le quedaría mil veces mejor.
Reí incrédula. No me imaginaba a Chris flirteando con una chica sólo para conseguir algo. ¿O sí?
—No me crees, ¿verdad? —preguntó desalentado. Yo negué con la cabeza, sonriendo burlonamente. Su expresión se volvió juguetona y peligrosa. Sentí una corriente eléctrica recorrerme de pies a cabeza—. Déjame mostrarte.
Tragué saliva con nerviosismo. Chris me tomó la cintura y me miró insistentemente. Sus labios se curvaron en una sonrisa insinuante.
—Hola, preciosa —ronroneó seductoramente. Alargó su mano hacia mi rostro y yo apreté mis manos contra su camisa. Sentía todo mi cuerpo palpitar al ritmo de mi pulso acelerado—. Hoy te vi en el escenario, ¿sabes? Te veías… deslumbrante.
Se acercó a mí y respiró en mi cuello. Sentí sus labios contra mi cuello. Mi mente comenzaba a nublarse. Entendía a la pobre chica. Si me hubiese hecho eso a mí, hubiese hecho lo que él me pidiera, sin dudarlo si quiera.
—Me preguntaba si, quizás, podrías facilitarme tu estupendo traje, el que, por cierto, te hacía lucir como una perfecta diosa —murmuró a mi oído. Me respiración comenzó a costar. Sabía que sólo representaba cómo había convencido a la chica, pero tenerlo así…
Chris debía soltarme ahora, pero no lo hacía y eso me estaba matando. Cada vez me costaba más mantener el control de mis actos.
—¿Chris? —llamé, intentando mantener la cordura, con un hilo de voz.
—¿Sí? —respondió aún en voz baja, cerca de mi oído. Me estremecí.
—Ya puedes… ya puedes soltarme —balbuceé, usando lo poco de cordura que me quedaba, mas sus manos seguían firmes donde mismo. No respondió, no emitió sonido alguno. Parecía ser que sabía que debía soltarme, pero algo lo hacía seguir sujetándome contra él. ¿Estaba intentando demostrarme lo fácil que le era jugar con las personas?
—Ya, Chris, fue suficiente —dije finalmente, en mi último ánimo antes de perder completamente la cordura. Deshice el abrazo y me avergoncé al ver las arrugas que había hecho en la camisa de Chris. Ambos nos mantuvimos en un silencio incómodo. Tomé el traje y me fui al cambiador. Antes de cerrar la puerta, escuché a Chris suspirar fuertemente.
Me puse el llamativo traje de plumas celeste y salí. Estaba un poco enfadada por la actitud de Chris. ¿Cómo no se daba cuenta de lo que provocaba en mí? Era obvio que me moría por él, patéticamente, por lo demás. ¿No podía actuar más como un jefe y menos como un idiota?
—Listo, empecemos —dije seriamente. Él me miró haciendo una mueca de desagrado. ¿Tan mal me veía?
—Cariño, te ves preciosa y sin problemas podría retratar tu belleza —dijo suavemente. Se acercó a mí y tomó mis manos—. Pero no me agrada este ambiente tan tenso. Lo que hace hermosos tus retratos es el brillo en tus ojos, tu expresividad, sin embargo, ahora… ahora no veo nada inspirador en tu neutralidad.
Mi malhumor se suavizó. Sencillamente no podía estar enfadada con él. Suspiré, derrotada. Nuevamente, el corazón le ganaba a la razón.
—Lo siento —susurré cabizbaja. Solté sus manos y tomé asiento—. Sólo… sólo dame un momento.
—No entiendo por qué te enfadas —soltó preocupadamente—. ¿Te molesta que me acerque a ti? ¿Te molesta que te toque? ¿Te molesta… mi presencia?
—No, Chris, es sólo que… —dudé antes de seguir hablando. No podía darle mis razones. No aún. Mejor dicho, nunca—. No importa, ¿sí? Simplemente te pido unos minutos.
—Está bien —dijo sencillamente, dirigiéndose al ventanal. Últimamente estaba extraño y eso me preocupaba de sobremanera.
Lo miré durante algunos minutos, me saqué los accesorios y me quedé con las prendas más sencillas. Me acerqué a Chris y lo abracé por la espalda. El tiró su cabeza un poco hacia atrás y tomó mis manos, que se juntaban en su torso.
—¿Qué sucede? —pregunté suavemente. Él puso una de sus manos en el vidrio y bajó la cabeza, suspirando.
—Es sólo que… las cosas no han salido como lo esperaba últimamente —respondió en voz baja.
—No te preocupes, cariño, todo saldrá bien —le dije tiernamente. Me puse de puntas y besé su mejilla. Él sonrió y me miró con ternura.
—Gracias, pequeña —dijo y ahora aquella gran sonrisa fue directo a su mirada también—. Está bien, a trabajar.
Tomó mi mano y fuimos rápidamente hacia el sofá para recoger los accesorios que me había sacado. Los colocó delicadamente y me dio las indicaciones necesarias para la sesión de hoy.
No importaba lo que pasara, siempre volvíamos a lo mismo, siempre amigables, siempre sonrientes, siempre amigos.