El primer roce fue leve pero contundente. Stany cerró sus ojos y disfruto de la electricidad que los unió erizando su piel sin límites. Lentamente, como si fuera a romperse en cualquier momento, fue aumentando la presión hasta que ella le permitió el paso y sus lenguas estallaron en una danza cautelosa pero determinante. Recién entonces se animó a tocarla. Sus manos dibujaron el contorno de sus brazos para luego desplazarse por su espalda, la curvatura ofreciendo un nuevo límite lo invitó a confirmar lo que su imaginación le había aventurado y sin dudarlo clavó sus dedos para acercarla hasta pegarla a su propio cuerpo que no tuvo reparos en demostrar cuánto quería lo que estaba ocurriendo. Un ligero gemido escapó entre los besos cuando ella lo sintió tan excitado y, por fin, se permiti

