No doy crédito 1
Lo ocurrido el sábado pasado fue algo increíble. Si alguien me hubiera dicho lo que iba ocurrir, le hubiera tomado por loco. Era una cena con un matrimonio amigo desde hace tiempo y compañeros de congregación religiosa, donde el sexo, ni se nombra entre los miembros. Es casi un pecado hablar del tema en público y consideramos que es algo que se circunscribe a la pareja en el lecho conyugal, exclusivamente.
Habíamos quedado con Emma y Javi para cenar en un restaurante nuevo que inauguraba un amigo común de los cuatro. Al final de la cena nos invitaron a una botella de cava catalán y la falta de costumbre nos afectó un poco, al menos a Germán, mi marido, y a mí. Dentro de las instalaciones del restaurante, había una sala pequeña donde hacían actuaciones de flamenco y el dueño nos había reservado una mesa, como deferencia de que asistiéramos a su restaurante. Nos es que a ninguno nos entusiasme el flamenco, pero tampoco era cosa de hacerle un feo.
Nos sentaron justo delante del escenario. Cuando las bailadoras efectuaban giros con la falda recogida, teníamos sus muslos a menos de dos metros de la cara. Incluso a veces se les veía hasta las bragas. Emma y yo nos miramos un par de veces y les dijimos a los chicos que mejor nos fuéramos. Ellos estaban embelesados con el espectáculo y dijeron que nos quedáramos un poco más.
Mosqueadas les dijimos que nosotras nos marchábamos. Nos levantamos y ante la evidencia, no tuvieron más remedio que seguirnos. Ya en la calle, Emma le dijo a su marido que era un guarro. Le preguntó qué diría él, si fuera ella la que enseñara las bragas a otros hombres. Disfrutarían de los mulos más bonitos que jamás se han visto, fue su respuesta. Emma se quedó completamente cortada y roja como un tomate.
Dadas las circunstancias decidimos dar por finalizada la velada y les acercamos a su casa en coche. Los hombres se sentaron delante y nosotras detrás, como mandan los cánones retrógrados. Al entrar al coche le pregunté discretamente a Emma porque se había puesto tan colorada con el piropo de su marido. Me dijo que no dijera nada poniéndose un dedo en los labios y se remangó la falda. Llevaba un mini tanga transparente que apenas le tapaba el pubis. Entonces entendí su rubor. Por toda explicación, me dijo que era un capricho de Javi.
Al llegar a su casa nos bajamos del coche para despedirnos. Fue Emma la que dijo de tomar un café en su casa. Nos miramos y decidimos aceptar, al fin y al cabo, aún era pronto. Nosotras nos fuimos a la cocina a prepararlo y los hombres al salón.
Le dije a Emma que me enseñara el tanga de nuevo, ahora que lo podía ver bien. En plan de broma, como si estuviera haciendo un estriptis, se fue levantándola falda dejando aquella maravilla a la vista. Me pregunté si no sería pecado llevar algo tan pequeño, que ni siquiera tapaba las vergüenzas femeninas.
Emma se giró para que viera como era por detrás y mis dudas se fueron disipando. Tenía que ser necesariamente pecado. El culo estaba al aire y solo una tirita de tela desaparecía entre los glúteos. Era una prenda más propia de prostitutas que de mujeres decentes. Sin embargo, algo me decía que me sentiría muy sexy con una prenda como aquella. Y si era pecado, ya le preguntaría a mi confesor, o no, que vergüenza.
Volvimos al salón con la cafetera y el servicio de loza en una bandeja y la dejamos en la mesa. Los hombres ya habían sacado una botella de coñac y cuatro copas de balón. Nos tomamos los cafés y sirvieron las copas. Javi puso música suave y Emma y yo empezamos a bailar en el centro del salón. Germán se me acercó y empezó a bailar conmigo.
Poco tardó Javi en hacer lo propio con su esposa. Las dos parejas bailábamos agarrado. La otra pareja cada vez lo hacía más cerca de nosotros y llegó un momento que sentí que me tocaban el culo. La mano de German no podía ser porque las tenía en mis caderas. ¿Sería una broma de Emma?
Pues no. Sus manos rodeaban el cuello de su marido. Solo había una probabilidad, Javi me estaba sobando el culo. No dije nada por prudencia y no montar un espectáculo. La verdad es que era agradable sentir que le gustas a alguien, después de años con el mismo hombre. Sus caricias cada vez eran más evidentes y yo cada vez me sentía más suelta y disfrutaba más.
Fue Emma la que sugirió un cambio de pareja de baile. Le puse las manos en los hombros a Javi y él lo hizo en mis caderas. Cada vez que él les daba la espalda a ellos, me acariciaba el culo y me estrujaba contra su pubis. No sabía si decirle algo o disfrutar de la sensación. Me decidí por lo segundo. Total, solo podía ser una broma y no se iba a atrever a más. Aunque la verdad me estaba haciendo estragos.
Me fijé en como bailaban German y Emma. Los muy cerdos tenían los pubis pegados. Me recordaba a cómo me lo hacía a mi cuando éramos novios. No había acabado la canción cuando la falda de ella estaba en la cintura y mi marido le acariciaba descaradamente el culo, directamente sobre la piel. No había tela que lo cubriera. En ese momento la mano de Javi ascendió acariciándome el costado y me presionó un seno.
Fue Javi el que puso orden. Dijo que la situación se nos estaba yendo de las manos y era mejor parar antes de que nos arrepintiéramos luego. Desde luego era algo que no íbamos a poder confesar. Ninguno contestamos. Cuando vi la mano de German por dentro de la tela transparente de Emma, cogí la de Javi y me la pasé por el pubis.
Ya no había que darle más vueltas al asunto. Estaría muy mal pero los cuatro lo deseábamos, aunque las consecuencias podrían ser graves después. La incursión de un dedo de Javi, dentro de mí, hizo que me olvidara de todo y decidiera disfrutar.
Fue como si estuvieran coordinados. Primero nos quitaron las camisas, luego los sujetadores y ambos nos besaron los pechos. Cuando German la bajaba la falda a Emma y la dejaba con aquella maravillosa prenda a la vista, opté por bajarme yo misma la falda y arrastrar la braga faja color carne que llevaba puesta. Me daba vergüenza que me la vieran.
Javi me tumbó en un sofá, empezó a chuparme los pezones y al mismo tiempo me hacía con el dedo círculos en el botón del placer. Yo le apretaba el pene y lo agitaba. Cuando se incorporó y me la acercó a la cara, me giré. No estaba dispuesta a hacerle algo a lo que no siquiera era capaz de hacerle a marido, a pesar de que transcurridos los años seguía insistiendo.
Al ver mi reacción se separó un poco y me puso el pene entre los pechos, los presionó alrededor y empezó a masturbarse en el canalillo. Giré la cabeza para ver que hacía Germán y Emma. Ella tenía el pene de mi marido engullido en la boca hasta los testículos y el, con cara de felicidad, entraba y salía como si de un pubis se tratara.
Me dio tanto coraje, que sin pensar lo que hacía, me deslicé hacia abajo y me metí el c*****o de Javi en la boca. El me dejó hacer, no quería forzar la situación después de mi rechazo anterior. Le fui cogiendo gusto al asunto y conseguí alojar más de la mitad en la boca. Volví a mirar lo que hacían. En ese momento Germán se tensaba y Emma chupaba con más énfasis. No me cupo la menor duda, mi marido se estaba corriendo en su boca.
Un mar de dudas se apoderó de mí. Una cosa era chuparle el pene y otra muy distinta que descargara el semen en mi boca. Emma parecía estar encantada a juzgar por la cara de satisfacción que puso al tragárselo. Si yo no lo hacía, ¿me tratarían todos de estrecha y mojigata? ¿Qué pensaría Dios de mí si lo hacía?
No me dio tiempo a seguir decidiendo. Javi me sujetó la cabeza para que no me la pudiera sacar y empezó a lanzarme chorros de esperma e hizo que me atragantara. Me la sacó un poco para que me recuperara y cuando cogí aire volví a metérmela hasta la garganta. Que morbo me dio, comérmele enterito y saborear el semen.
Nada más sacármelo de la boca me colocó con el trasero apoyado en el brazo del sillón. Sabía que tenía el pubis totalmente expuesto, sobre todo cuando me separó una pierna y me abrió los labios con los dedos. No recuerdo haberme sentido tan sexy y expuesta en mi vida y me acaricié los pezones para que Javi me viera.
Acercó despacio la cara a mi sexo. Con la boca abierta lo abarcó entero y la lengua entró dentro de mi como si fuera un pene. La tenía caliente y no dejaba ningún resquicio de piel sin repasar. Empecé a retorcerme de placer y en ese momento me colocó la lengua en el clítoris y empezó a hacer círculos. Le agarré de los pelos y presioné su cara contra mí. Posiblemente fue el mejor orgasmo de mi vida y la primera vez que alguien me chupaba ahí.
Nada más acabar de correrme Germán se acercó y me beso en los labios, era su forma de decirme que todo iba bien. Más tarde me besé con Emma y nos masturbamos una a la otra con la mano y delante de los maridos. Les pusimos la condición de que si se ellos masturbaban, no podían correrse. Tenían que reservarse para nosotras.
También fue la primera vez que toqué y me tocó una mujer. La verdad es que me pareció muy sensual y me quedé con ganas de practicarlo a solas con Emma. Por nuestras miradas, estoy segura de que estará encantada. ¿Cómo será chuparle el sexo a una mujer? Seguro que lo voy a descubrir.
Al final, la noche fue cuando menos innovadora. Cansada de que me follaran siempre con el misionero y alguna variedad ocasional. Javi me empotró desde atrás, mientras me sujetaba con las manos a una mesa, al tiempo que me destrozaba el clítoris con los dedos. Ellos también follaron, pero Germán se corrió fuera porque Emma no toma la píldora.
Al montarnos en el coche para ir a casa, besé a German y respondió dándome la lengua. Me dijo que teníamos que hablar de lo ocurrido esa noche y estuve de acuerdo. Al llegar a casa, por primera vez en todos los años que llevamos juntos, me dijo que quería chuparme el sexo. A pesar de haberlo hecho esa misma noche con otro hombre, no era capaz de superar la vergüenza que me daba que me lo hiciera mi marido. Al final con buenas palabras por su parte, accedí a que lo hiciera.
Dios mío, fue increíble. Me corrí dos veces seguidas antes de que apartara la lengua de mi raja. No me pidió que se la chupara. Prefirió metérmela porque estaba tan excitado que necesitaba correrse. Una vez satisfecha su necesidad, le pedí que se sentara en el borde la cama.
Me coloqué entre sus piernas y me metí su pene en la boca. Tan solo pasándole la lengua por el prepucio, me inundó la boca de semen y lo fui tragando según lo expulsaba. Al acabar, me acurruqué en sus brazos y permanecimos callados. Sin embargo, los dos sabíamos en ese momento que nuestras relaciones sexuales, habían entrado una nueva etapa y teníamos un futuro prometedor.