No doy crédito 2

1980 Words
Unos días después recibí la llamada de Emma. Quería saber como me encontraba y si había tenido algún problema con mi marido. Me comentó que Javi había disfrutado conmigo y ella con German. No me dijo abiertamente que lo repitiéramos, pero era evidente que su llamada encerraba más evidencias de las que mostró. El domingo siguiente, como todos los domingos, tuvimos reunión en la iglesia y el máximo responsable de la congregación nos dio su particular homilía. Habló sobre la familia y el necesario respeto de los hijos a los padres y entre estos. A mí en seguida se me fue la mente a casa de Javi y Emma, hacía siete días. Me preguntaba si German y yo nos habíamos faltado el respeto o no. Lo habíamos hecho y disfrutado juntos y pensé qué, si era de mutuo acuerdo, el respeto entre nosotros estaba a salvo. Inconscientemente miré hacia donde estaba Emma y su familia, con ellos estaban sus dos hijas adolescentes y no pude evitar pensar en la difícil etapa que estarían atravesando y las dudas y miedos de sus padres. En nuestro caso era distinto, nuestro único hijo Oscar, aún solo tiene nueve años. Por otra parte, se me pasó por la imaginación pensar si las hijas sabrían algo de los juegos de sus padres. A la salida, como siempre, nos quedamos todos charlando y comentando sobre la homilía de nuestro consejero espiritual. En nuestra congregación, nunca hablamos de curas. Sobre todo por los hijos. Practicamos una educción basada en el respeto a los mayores y a Dios, como garantía de salud familiar para el futuro. Las mujeres, como no, de la congregación manteníamos limpias las instalaciones por turnos de dos en dos. Emma me recordó que nos tocaba a nosotras el martes siguiente e hicimos planes para ver a que hora nos venía mejor a las dos. De ahí nos marchamos andando a casa. El recorrido lo hicimos con Emma, Javi y las chicas. Pillé más de una vez a German mirando de reojo a su hija mayor de quince años. La niña estaba bastante desarrollada y apuntaba a tener unos pechos generosos. Me apunté en la memoria recriminárselo en cuanto llegáramos a casa y Oscar no estuviera presente. La verdad es que una vez en casa y ya comidos, Oscar se fue a jugar a casa del vecino y nos quedamos solos. German me cogió una mano y me llevó al baño, poniéndome la otra en el culo. Sus intenciones eran inequívocas, le conozco muy bien. Nos lavamos uno al otro y antes de salir de la ducha se arrodilló en el suelo y me dijo que le pasara una pierna por encima del hombro. Mi pubis quedó pegado a su cara. Su lengua no tardó en hacerme estragos en los pliegues del sexo y me corrí como una adolescente. Después cumplí y se la chupé yo, aunque esta vez con más reparo que el otro día. La situación era muy distinta. Le pedí que no se corriera en la boca y estuvo de acuerdo, al menos eso me dijo. Cuando estaba a punto de correrse me la sacó y lo hizo en los pechos. Pero inmediatamente después, volvió a metérmela en la boca. Me sentí a gusto volviéndosela a chupar, sin el miedo a recibir un chorro de semen en la garganta y que me atragantara. Me fue pasando la punta del pene por la cara, recogiendo las manchas de los pechos y ofreciéndomelas para que las chupara. Con cada chupada que le daba, más lo disfrutaba. Llegó un punto en que me la metí en la boca y la succioné hasta que dejo de salirle semen. El martes era el día que había quedado con Emma para limpiar en la congregación. Sabía que tarde o temprano sacaría a relucir lo ocurrido en su casa días antes. En principio mi intención era zanjar el asunto, como si no hubiera pasado. Más por pudor que por falta de interés, la verdad. Cuando llegó el momento, Emma no lo planteo directamente. Me dijo que había ido a una esteticien que le habían recomendado y le habían hecho una depilación casi integral y que Javi, al verla, se había lanzado entre sus piernas y no había dejado de comerla hasta que la hizo correrse tres veces. La curiosidad me pudo. Se ofreció a mostrármelo y le dije que sí. Se levantó el vestido y se bajó las bragas. No me extrañó que Javi se lanzara a chuparlo en cuanto lo vio. Tan solo una tirita de vello de no más de ocho centímetros por uno de ancho, le adornaba el pubis dos centímetros del clítoris. Me dijo que lo llamaban una brasileña. El resto de la piel totalmente blanca, contrastaba con el rosa interno de los labios mayores al separar los pliegues. Me quedé prendada. Me imaginé mi pubis así. Exhibiéndoselo a German y el no pudiendo contenerse y lanzándose encima. Mi yo interior empezó a resquebrajarse en mis convicciones morales y le pregunté si podía tocarlo. La piel era completamente suave, tanto como la interior del pubis. Emma me dijo que no siguiera porque la estaba poniendo a cien y una de dos, le hacía yo una paja o se la tendría que hacer ella. No fui consciente de mis acciones hasta que empezó a jadear. Le puse la mano en el sexo y empecé a acariciarlo buscando los puntos más suaves. Efectivamente este punto coincidió con el clítoris y allí me entretuve más de lo que fui consciente, provocándole un orgasmo tras otro. Me dijo que me descubriera el pubis para observar la diferencia. Me levanté el vestido y me quité las bragas, tenía que ir sin falta a la corsetería a por ropa interior nueva. Me pasó una mano por mis ingles e hizo lo mismo con las suyas. Me invitó a imitarla y antes de retirarla ya le estaba pidiendo las señas de su esteticien. Sabía que yo estaba cachonda a más no poder. Deslizó un dedo hacia dentro y luego hacia arriba, coincidiendo la yema con el punto crítico. Allí se aplicó haciendo que me corriera con un orgasmo que me obligó a sujetarme a la mesa. Sin dejar que me recuperara, se colocó en cuchillas entre mis muslos y metió la cara en medio. La lengua me recorrió desde la entrada hasta el clítoris y de nuevo y volvió a bajar, absorbiendo los labios mayores para después meter la lengua. La segunda vez que me corrí fue devastadora y no solo físicamente. Me había hecho sexo oral una mujer y había sido aún mejor que cuando me lo hizo mi marido. Para colmó era una de mis mejores amigas. No pude reprimirme y la dije que me dejara chuparla aquella maravilla tan suave. El sabor era agradable y el tacto de la piel en la lengua maravilloso. Cuando me aventuré a meterle la lengua entre los pliegues y saborearla, casi me corro de nuevo. Decidimos dejarlo ahí y ponernos a limpiar. Se nos habían ido casi dos horas entre cháchara y sexo. Al marcharnos a casa me dio la tarjeta del centro de belleza. Ella ya no la necesitaba, tenía el teléfono en su móvil. Lo primero que hice al llegar a casa fue pedir cita. Estaba decidida a depilarme el pubis, no como Emma, aunque estaba bien, había decidido hacérmelo entero. Fue una sensación muy rara que una mujer que no conoces de nada, estuviera tan centrada hurgándote el pubis. Me hizo sentirme extraña y excitada a la vez. Últimamente era tocármelo y ya estaba como una moto a relentí, deseando que alguien me acelerara a tope. Nada más llegar a casa, en nuestra habitación, le dije a German que cerrara los ojos y se dejara hacer. Cuando le cogí la mano y me la llevé al pubis, los abrió de golpe y me miró entre las piernas. No daba crédito. Lo acarició, me pasó los dedos por los labios y las ingles. Finalmente, no lo pudo evitar y me pidió permiso para enterrar la cara entre los muslos y chuparme. Estaba tan berraco con mi chichi, que esa noche insistió en chupármelo varias veces. Empezaba a pensar si no sería malo tanto sexo. La verdad es que cuando lo espaciaba, luego era bastante más satisfactorio. Dicho lo cual, le dije a mi marido que a partir de entonces solo tendríamos sexo dos o tres veces en semana y le pareció bien, al fin y al cabo, ya no somos unos adolescentes. Al domingo siguiente nos fuimos los cuatro a comer a un restaurante. La conversación de sobremesa versó sobre las dudas que a cada uno nos asaltaban, sobre la moral y lo que decía la congregación que estaba bien o mal. Al fin y al cabo, los presbíteros eran solteros y se suponía que no copulaban. Al final fue Javi quien cerró el tema. Dijo que algo tan bonito como lo que habíamos hecho, no podía ser pecado y si lo fuera, le daba lo mismo. Estaba hasta el gorro de que le dijeran lo que podía y no podía hacer. Resolvió que nos fuéramos a su casa y nos olvidáramos de los meapilas de la congregación. Al llegar, Emma propuso que yo me fuera a una habitación con Javi y ella a otra con German, para poder proceder con más libertad. Yo me negué. Lo que me apetecía era follar con su marido, pero delante del mío y que ellos hicieran lo mismo, pero todos juntos. Las condiciones ya estaban pactadas y sí alguien se sentía incomodo con alguna situación que lo dijera y se suspendía. Los hombres dirigían los preliminares. Como en todo intercambio que se preste, empezamos por desnudarnos y besarnos nosotras. Sin separarnos, a ella la atacó su marido por detrás y a mí el mío, penetrándonos. Emma me cogió los pechos y empezó a chuparme los pezones. Poco a poco fue incrementando el ímpetu de sus caricias y acabó mordiéndomelos. La verdad es que me gustó y no me quejé. Con los p***s bien empapados de nuestras secreciones, nos hicieron sentar sobre los talones en la alfombra. Germen se la dio a chupar a Emma y Javi hizo lo propio conmigo. Era un doble estímulo, por un lado, las secreciones de su mujer y por otro el sabor de su pene. Pero el objetivo era que se les pusiera bien duro. Javi se sentó en un sillón y me dijo que me sentara encima de él. Al hacerlo tuve la precaución de colocarme su pene en la entrada de mi vulva y me penetré. Fue intenso y la posición idónea para jugar con mi clítoris. Cuando empecé a mover las caderas en redondo para buscar mayor estímulo, me estrujó los pechos y luego empezó a darme cachetes en ellos. Notaba cierto dolor con cada golpe, que lejos de molestarme, me estaba gustando. Era una nueva experiencia. Al final me corrí saltando sobre el pene de Javi, con una mano suya presionándome el centro del placer y la otra pellizcándome un pezón. Mi propia excitación hizo que él también se corriera y lo hizo dentro de mí. Emma le dijo a German que me penetrara y también se corriera dentro. Nada más hacerlo se tiró entre mis piernas y empezó a chupar el semen de ambos hombres, según me salía de la v****a. German se colocó detrás de ella y empezó a masturbarla sin miramientos. En cada envite que le daba con la mano en la v****a, se la introducía hasta casi hasta la muñeca. Yo por mi parte, tanta lengua ahí abajo me estaba llevando de nuevo al séptimo cielo. Javi al darse cuenta de mi estado, se dedicó a darme bofetadas en los pechos otra vez. El orgasmo de Emma coincidió con el mío. Ella se incorporó como pudo y me besó los labios.
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