Me obsesioné con un culo 1

1063 Words
Era primeros de junio y acababan de inaugurar la temporada de piscina de mi bloque de apartamentos. Es un edificio más parecido a un hotel que a un edifico convencional de viviendas. Solo en mi planta hay veinticuatro apartamentos. Vamos que es imposible conocer a todos los vecinos, incluso a los de tu propia planta. La piscina está situada en la azotea. Es más bien una charca que rodea las salidas de olores de las viviendas, con algunos espacios para tomar el sol sobre césped artificial. Me imagino que el día que nos juntemos más de veinte vecinos, ya no cabremos. Ni dentro, ni fuera del agua. Subí a darme un baño, más por conocerla que por otra cosa. La primera impresión fue bastante desoladora. Eran las seis de la tarde y estábamos unos diez vecinos, casi todas mujeres a excepción de un gay que me comió con la mirada nada más verme y al que dejé claro que pasaba de él. Me senté en una esquina apoyado en la cristalera que hace de barandilla al exterior, desde donde se ven las azoteas vecinas. Saqué el libro electrónico y me puse a leer un rato, esperando que me entraran ganas de darme un baño. Estaba enfrascado en la lectura cuando me pidieron permiso para pasar y tuve que encoger las piernas. No llegué a ver la cara de la chica que me lo había pedido. Empecé a levantar la cabeza y me quedé prendado de culo más bonito que he visto en mi vida. Llevaba un biquini de los que solo tapan lo justo del pubis. Imposible ponérselo si no está completamente depilado, salvo que dejes asomar los pelos por los lados. Una simple tirita lo sujetaba a la cintura. Al pasar puede ver que por detrás no había mucha más tela que por delante. Se le metía entre los glúteos y tan solo un centímetro de tela asomaba por cada lado. Por la distancia entre el culo y el suelo, le calculé una altura total sobre el metro sesenta. Era un culo espléndido. Respingón, con los cachetes redonditos como medias pelotas. La piel era blanca, demasiado tiempo escondido sin tomar el sol. Lo seguí con la mirada hasta que se tumbó en una toalla, a unos cuatro metros de mí. Mi mente empezó a divagar imaginando todas las cosas que haría con él. Miraba al libro y leía sin enterarme de lo que estaba leyendo. Mi mente volvía obsesivamente a aquel culo blanco y maravilloso. Así que, me dediqué a observarlo disimuladamente haciendo que leía, pero sin hacerle caso al libro. La diosa fortuna hizo que se tumbara con los pies mirando hacia mí y los dejara un poco separados. Podía ascender la vista por aquellos muslos hasta encontrarme con el culo e imaginar lo que ocultaba la breve tira de tela. Confieso que me tuve que meter en el agua para que se me bajara la erección. Cuando la vi recoger hice lo propio. Esperé a que se marchara y salí detrás de ella, como si fuera casualidad y no un acto premeditado. Se había puesto una camiseta que le llegaba justo debajo del culo. Era muy ajustada y al andar se le levantaba justo por detrás, dejando a la vista de nuevo aquellos preciosos glúteos. Al entrar en el ascensor nos quedamos uno frente al otro. En ese momento me fije que era morena de pelo y tenía los ojos marrones. Lo que más me llamó la atención fue su sonrisa al preguntarme a que piso bajaba. Le dije que al quinto y me dijo que éramos vecinos de planta. Al salir del ascensor la cedí el paso y me rozó la pierna con el culo. Fue un simple roce casual, pero suficiente para disparar mi imaginación. Iba andando detrás de ella por el pasillo imaginando que le ponía la mano en el culo y ella se detenía para que la pudiera acariciar a conciencia. Casi me choqué con ella cuando paró en su puerta, apartamento dieciocho. Me había pasado el mío de largo sin darme cuenta. Cuando retrocedí hasta el diez que es donde vivo, puso cara de cachondeo y con una sonrisa me preguntó en que iba pensando para pasarme mi puerta. Le contesté que mejor no se lo decía para no hacer el ridículo. Era perfectamente consciente que venía mirándola el culo. Para las mujeres es como un radar innato. No te miran, solo te intuyen y nunca fallan. Unos días después volví a coincidir con ella en la piscina. Ni que decir tiene que yo subía todos los días cobre la misma hora para ver si le veía. Yo tenía mi toalla extendida en el suelo y ella puso la suya a mi lado y me saludó. Cuando se quitó la camiseta, dejo a la vista un biquini distinto. Mierda, este tapaba más que el anterior. Empezó a darse crema protectora y se tumbó boca abajo. Me preguntó si me importaba ponerle crema en la espalda y yo solicito, le dije que para nada. Me incorporé para poder ponérsela y mi rodilla quedó pegada a su cadera. Le rocié la espalda con el spray y empecé a extendérsela. Me pidió que le soltara la cinta del sujetador para no mancharla y que no estorbara. Al descender con las manos hacia el culo, mi presión arterial aumentó considerablemente y el tamaño de mi polla también. Al llegar a la cadera ascendí de nuevo y volví a descender, repetí la misma operación varias veces y cada vez me acercaba más a los cachetes antes de ascender. La rocié las piernas y cuando empecé a pasarle las manos por las pantorrillas, retiró la tela del culo hacia el canal central. No daba crédito. ¿Me estaba invitando a que le pusiera cremita en el mismísimo culo? Para no pecar de atrevido le pregunté si también en las nalgas. Me contestó que no quería quemárselas y después llevar el culo de dos colores. Cuando le puse las manos sobre los cachetes, el corazón me dio un vuelco. No pude evitar apretarlos un poco para probar su consistencia. No dijo nada y se dejó hacer. Me fui envalentonado y cada vez me acercaba más al valle extendiéndole la crema. Al acabar me fui casi a rastras hasta el borde la piscina y me metí. Tenía que bajar el empalme como fuera.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD