Capítulo 4

2329 Words
Capítulo 4   El fin de semana llegó y se fue antes de que me pudiera dar cuenta. Ha sido un buen fin de semana, pude ir a Central Park a comer helados con Lily y me di tiempo para recorrer la ciudad en metro. Explorar es un pasatiempo nuevo para mí y me encanta. Cada día que paso me enamoro más de esta ciudad y de lo que ofrece. Quisiera poder vivir aquí para siempre, nunca irme, o quizá un lugar al cual volver cuando salga de expedición por el mundo. Nueva York es la mejor ciudad del mundo y la amo.  — Sue, no mires… pero… — susurra Lily, estamos desayunando — Tu príncipe acaba de llegar  — No es mi príncipe — ruedo los ojos, sosteniendo mi bolígrafo contra mi bitácora — Es… un amigo…  — Sí, claro — ríe, cruzándose de brazos — Un amigo con el que cenaste el viernes  — Eso fue de casualidad — me encojo de hombros — Además he conversado solo dos veces con él  — Más de las veces que cualquiera de las fulanas con nombres pomposos Ambas reímos.  — Supongo…  — ¡Carajo! ¡Está mirando hacia acá! — río por lo bajo, me giro hacia un lado, efectivamente está mirando en nuestra dirección — ¿Qué haces?  — Saludar… Agito con disimulo la mano, él hace lo mismo.  — Sue, eres la envidia de cualquier fulana con nombre pomposo  — No lo creo  — Escucha lo que tu amiga te dice — Lily se palmea el pecho — Algún día te invitará a salir  — Sí claro y yo vivo en Ponilandia — volvemos a reír — Bueno, te dejo, tengo Historia del Arte en diez minutos  — Nos vemos luego Sonrío y asiento con la cabeza, tomo mis cosas y camino fuera de la cafetería. Apenas conozco al tipo, he conversado dos veces con él y la primera fue demasiado corta como para realmente llamarle “Conversación”, sin contar con que la primera vez que realmente hablé con él le llamé imbécil. No creo que le guste, creo que él ve en mi a una atolondrada y animosa persona. Me gustó verle reír y me siento orgullosa de ser quien lo causó, ser príncipe debe de ser lo más triste del mundo, nadie merece una vida donde no se pueda expresar las emociones ¡Están ahí por algo! Una persona que no muestra alegría no vive, así como una que no muestra tristeza o enojo. Jamás he visto a ningún m*****o de la familia real posar sonriente, siempre están con sus rostros serenos o serios, carentes de emoción ¿Sienten algo? ¿Se sientes felices? ¿Estresados? ¿Asustados? ¿Enamorados? Debe de ser un trabajo muy duro el tener que contenerte en todo momento.     Las clases terminan, almuerzo con Lily y corro a la biblioteca para terminar un deber pendiente. Algún día será más fácil el poder obtener información. Me gusta la lectura, pero no es lo mismo leer una novela a tener que leer un libro entero en busca de información. Sobre todo, el hecho de que todo aquello que encuentre lo debo de copiar a mano y de ahí escribirlo nuevamente en mi máquina de escribir para unirlo a lo demás ¡Y ahí de ti si te equivocas! Algún día inventarán un aparato portátil que una la máquina de escribir, con la capacidad de borrar automáticamente algún error, y copiar lo que un libro dice, todo en uno ¡Sería revolucionario! Como la computadora, aunque esa no la puedes llevar a todos lados. Cierro el libro y camino por entre los estantes en busca de su lugar. Tengo mucho sueño, quiero darme una ducha caliente e irme a la cama… apenas es lunes… apenas llevo un par de semanas de mi primer semestre de universidad… y ya estoy agotada…  — ¡Ah! — mis cosas caen al suelo — Mierda… ¡Fíjate por donde caminas, imbécil!  — Usted debería de caminar prestando atención al camino y no mirando a la nada…  — ¡Oh! Mierda… — sonrío, alzando el rostro — Principito… — levanto todas mis cosas — ¿Por qué siempre caigo a tus pies cuando estás cerca?  — Es un cruel giro del destino el siempre encontrarnos de esta forma  — Sí, sobre todo para mis rodillas — río — Oh, mierda… — mi bitácora cae al suelo — Maldición… — mis demás cosas vuelven a caer — Ah… mis manos pequeñas me traicionan una vez más  — Permítame ayudarle  — No, no hay problema, puedo sola — me lanzo contra el suelo y recojo todos mis papeles y libros — ¿Qué tal tu fin de semana?  — Agradable Es lo único que contesta el rubio.  — Eso no me suena sincero Río, él me imita.  — Estresante…  — Eso sí se lo creo — vuelvo a reír, Alexander sonríe — ¿Qué sucedió? — nos miramos fijamente — ¿Puedo preguntar?  — Me temo que no… Esa respuesta me desconcierta, pero bueno, no es mi asunto.  — Eh… — intento sostener todos mis libros — Bueno, iré a mi habitación  — De acuerdo…  — Nos vemos — le miro, sus ojos cafés tienen un extraño brillo — Ha sido bueno volver a verte — sonrío, él me devuelve el gesto — Aunque nos hemos visto hace dos días…  — Lo mismo opino, Sue… Sonrío aún más.  — Nos vemos Principito — él da un asentimiento con la cabeza, imito el gesto — ¡Oh! ¡Mierda! — mis libros vuelven a caer — Oh… carajo…  — ¿Necesita ayuda?  — ¿Le dan permiso para ayudarme? — el príncipe me mira con los ojos bien abiertos — Mierda… lo siento… — me agazapo contra el suelo y recojo mis cosas — No quise ser descortés…  — Descuide… — Alexander se agacha a mi altura, ayudándome a recoger mis libros — ¿Qué es esto?  — ¡Oh! — se lo arrebato — Es mi bitácora  — ¿Bitácora?  — Sí… — contesto, guardándola en mi mochila — Es como un diario personal que llevo a todos lados y donde escribo lo más trascendental de mi día  — Suena interesante Nos miramos, sonrío, me devuelve el gesto.  — Me gusta mucho escribir — nos levantamos del suelo, él sostiene alguno de mis libros — Supongo que es otro de mis pasatiempos  — Es una persona muy artística, Sue…  — Supongo… — me encojo de hombros, riendo — En fin… será mejor que me vaya antes de que se haga más tarde o que tu asistente narizón aparezca  — Ese narizón es mi secretario real, es mi mano derecha — explica — Es un trabajo muy importante y para el cual debes de estar muy calificado  — De todas formas, no me agrada Sentencio, cruzándome de brazos, Alexander suelta una risita.  — A muy pocas personas le agrada  — ¿Eso te incluye? — el príncipe regresa a su rostro sereno — Vamos… — insisto, él luce inexpresivo — ¿Te agrada el narizón ese?  — Sue…  — Vamos Principito, sácalo de tu pecho — sigo insistiendo — ¿No se te tiene permitido decir abiertamente lo que piensas sobre una persona?  — Depende del contexto… Frunzo el entrecejo y niego con la cabeza.  — Pamplinas…  — Sue…  — ¡Solo dilo! — insisto, tratando de no explotar, me sorprende que una persona no tenga la libertad de pensar y decir lo que desea — Sácalo de tu alma  — Estamos en una biblioteca… Me recuerda, miro a mi alrededor, esbozo un puchero.  — Vamos… Extiendo mi mano.  — ¿A dónde? Pregunta con desconfianza.  — A un lugar donde pueda expresarse con libertad Contesto sonriente.  — Sue… — Alexander mira mi mano estirada y luego a mi rostro — Yo… no…  — Vamos Principito, la libertad de expresión es uno de los derechos inherentes de la persona  — El señor Belmont…  — ¡Al diablo con el narizón ese! — Alexander me mira estupefacto — Vamos — insisto — Sea libre por una vez en su vida… Alexander vuelve a mirar mi mano y nuevamente a mi rostro. Este joven de diecinueve años no sabe cómo tomar una decisión, es timorato y se esfuerza en no demostrarlo ¿Cómo puede vivir de ese modo? No tiene sentido alguno. Mantengo mi mano extendida, miro a Alexander, este no despega sus ojos de mí… toma mi mano… sonrío… su mano es cálida…  — Tenemos diez minutos hasta que el señor Belmont regrese… Asiento a sus palabras.  — Pues tendremos que hacer esperar al narizón ese Salimos de la biblioteca, flanqueados por sus guardaespaldas.  — Sí… — me mira — Sue… — suelta mi mano — Es usted una persona muy atolondrada  — Gracias Sonrío, captando la mirada de algunos alumnos. Mi interior se encoge por una brevedad de segundo. Las palabras de Lily regresan a mi mente. Según ella, soy la envidia de muchas fulanas con apellidos pomposos ¿Será cierto? ¿Por qué? ¿Solo por caminar al lado de su Alteza? No siento que esté caminando al lado de un príncipe, siento que estoy caminando al lado de un niño indefenso que intenta ser un adulto. Alexander ruega por algo de libertad y estoy segura de que no es consciente de ello. Sé que no debería de sentir lástima por él, pero es imposible. Ser príncipe no es una fantasía ni algo maravilloso, es un deber del que no puedes huir, un deber que te carcome hasta el punto de no saber quién eres. Apuesto que Alexander no sabe quién es además de ser un príncipe. Es una pena, nadie merece vivir de esa forma.  — Llegamos… Hago a un lado los arbustos, Alexander me ayuda a no tropezar.  — ¿Por qué me ha traído hasta aquí?  — Porque es en estos arbustos el único lugar en el que le he visto sonreír con sinceridad — contesto, él me mira con sorpresa — Si no puede expresar lo que siente y lo que piensa… ¿Cómo podrá desempeñar bien su deber como rey?  — No creo que haya una relación directa entre una cosa y la otra  — En serio es preocupante que digas que no existe una relación directa entre una cosa y la otra — niego con la cabeza, cruzándome de brazos — Esto es un problema muy serio  — Sue… debemos de volver… — Alexander baja la mirada — El señor Belmont…  — Él puede esperar, tú eres el que manda ¿Cierto? — no contesta — Ser príncipe debe de ser muy estresante…  — No me había percatado ni puesto a pensar en ello… — comienza a decir — Hasta que la conocí a usted  — ¿En serio?  — Jamás me había cuestionado el por qué y el cómo de las cosas, solo las hacía porque es mi deber — asiento con la cabeza — Pero ser el heredero al trono es… difícil… — jadea — Siempre intento estar a la altura, cumplir las expectativas ¡Las de todos! Las de mi madre, las del parlamento, las del pueblo… ¡Las mías! — ríe — Jamás me había puesto a pensar en lo estresado o cansado que me puedo llegar a sentir, solo lo hago porque debo de hacerlo, porque me ordenan que lo haga… — me mira y vuelve a reír — Y ahora estoy hablando sin poder detenerme solo para darte el gusto — sonrío — Quiero ser rey, en verdad lo deseo, pero no quita el hecho de que… quizá… — baja la mirada — Si me hubiesen dejado elegir mi propio destino… no hubiera escogido este… — me mira, el pecho se me estruja — Hay muchos aspectos de mi vida que no puedo controlar… — tensa la mandíbula y aprieta los puños — Hay muchas cosas que quisiera hacer, pero jamás podré… — mi corazón comienza a latir a toda velocidad — Y las que sí puedo hacer… — vuelve a bajar la mirada — Las tienen planeadas de ante mano… — hace una mueca y suelta una risa agria — No tengo el control de mi vida, no tenerlo es lo que menos me gusta de ser príncipe…  — Pensé que no eras consciente de ello… Nos miramos.  — No lo era, hasta que prácticamente me gritaste en la cara que soy un robot programado  — No te lo grité, me reí de ti… Nos miramos fijamente.  — Lo sé… — su rostro ya no es sereno, su rostro demuestra una amalgama de emociones y es lo más humano que he podido ver en él — Y te lo agradezco  — De nada…  — Y… — Alexander se aclara la garganta — El señor Belmont es desesperante e irritante, es el ser humano más irritante que he podido conocer y cuento los días que le faltan para que se jubile — comienzo a reír — Y cuando eso suceda, pediré que se me asigne a alguien no sea tan cargante y cuya nariz tenga un tamaño normal  — Esa nariz es horrible… — me río, Alexander me imita — Espero que sus hijos no la hayan heredado o lo odiarán por el resto de sus vidas Alexander vuelve a reír, le sigo, su risa es contagiosa. Siempre dicen que las personas que lo poseen todo no tienen ninguna razón por la cual quejarse o sufrir. Alexander sufre, aunque no lo diga, ser consciente de que no tienes las riendas de tu vida y que otras personas te controlan como un títere, debe de ser difícil. No quisiera estar en sus zapatos, no quisiera soportar lo mismo que él. Me gusta mi libertad, me gusta sentir que no tengo ninguna atadura, ningún deber de nacimiento qué cumplir. Soy libre de escoger mi propio camino y definitivamente el de Alexander es uno por el cual no quisiera rondar…
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