Capítulo 3
Esta semana ha sido muy interesante, ni yo misma me lo puedo creer. He podido ir a ver “Los Miserables” a Broadway, fui a museos con Lily y conocí el puente de Brooklyn ¡Amo esta ciudad! Si pudiera elegir un lugar en el cual vivir para siempre, definitivamente elegiría Nueva York. Me fascina el caos de la ciudad, me encantan los edificios, las personas corriendo apurados, el humo, el olor ¡Hasta las ratas! Amo todo lo que esta ciudad ofrece. Vengo de un pintoresco pueblo en Texas, la vida allá es feliz y calmada. Mis padres aprecian mucho el aire libre y la naturaleza, así que una casa cerca de un enorme lago que en otoño se vuelve el paisaje más mágico que puedes imaginar, un granero, un espacio para cultivar vegetales y unos cuantos animales de granja, es la forma en la que crecí. Amo los paisajes naturales, la libertad que se siente al estar en contacto con la naturaleza, he vivido de esa forma durante dieciocho años. Nueva York me da otro tipo de libertad, una en donde puedo experimentar nuevas cosas, como si mi abanico de posibilidades se hubiese ampliado. Me encantan ambos lugares, tanto mi pueblo como esta enorme y ajetreada ciudad. Quién sabe… de todo puede pasar en Nueva York…
— Uh… pudín de tapioca
Me sirvo una copa en mi bandeja.
— Agradezco tanto el tener esta beca — comienza a decir Lily, sirviéndose una copa de pudín de chocolate — Así el dinero que me mandan mis padres puede ser usado en comida — me mira — La comida de esta universidad es exquisita…
Ella tiene razón, la comida que sirven en la cafetería de la Royal no tiene nada que envidiar a la del mejor restaurante del país. La razón es obvia, aquí vienen los hijos de la élite americana, los hijos de ricos y famosos e incluso de la realeza, así que las instalaciones de esta universidad deben de ser de lujo y eso incluye la comida. Nos sentamos en una mesa libre, hasta la vajilla y los manteles son como los de un restaurante de lujo. Esta universidad vale lo que cuesta…
— ¿Cómo vas con tu proyecto de Historia?
Pregunto, probando un poco de mi almuerzo.
— Bien, va bien — contesta — Ya encontré muchos libros en la biblioteca, ayer los saqué — sonríe — Tendré que pedir prestada una máquina de escribir, porque me quedé sin presupuesto…
— Lo tendrías si no gastaras tu dinero en comida
Me río.
— ¿Has probado el pato a la naranja de este lugar? — vuelvo a reír — ¡Es imposible no comer!
— Más tarde iré a usar los computadores de la biblioteca, le quiero mandar un correo a mi madre, mañana es su cumpleaños
— Me encanta usar las computadoras de la biblioteca, aunque sea para leer las últimas noticias — asiento con la cabeza — Mis padres no tienen computador en casa
— Lo que más me gusta son esas máquinas con las que puedes imprimir el texto — río — Es fascinante de ver
— Lástima que son muy costosas — Lily hace una mueca — Algún día las impresoras y computadores estarán al alcance de los bolsillos de todo el mundo
— Sí… quizá en los noventa
— ¿Te imaginas cómo será la vida en los dos mil? — ambas nos miramos — ¿Existirá el auto volador?
— No lo creo — me río — Aunque sí inventarán una forma más fácil de llevar música a todas partes — le muestro mi reproductor portátil — Mi mochila está llena de casetes y CD en vez de libros — ambas volvemos a reír — En fin… mejor apresurémonos
— Sí, tengo que estudiar para mi examen de Instituciones del Derecho
— Y yo tengo que terminar mi ensayo sobre las Lenguas Romances
Suelto un bufido.
— Mañana es sábado, vamos al Parque a visitar a tu amigo el heladero y luego vemos qué hacer
— ¿No tienes que estudiar?
— Sí, pero tú eres como un perrito que está desesperado por salir a pasear y me causas ternura
Volvemos a reír, la verdad es que tiene razón, soy como un ave que está desesperado por salir de su jaula.
— Sue… — susurra de pronto — Mira…
Me giro con disimulo. Un grupo de chicos entra en la cafetería, flanqueados por unos hombres de traje y lentes de sol. Ahí está él, Alexander, el chico que hizo mi semana un poco más interesante ¿Quién diría que podría conocer al mismísimo príncipe de Norte América gracias a una pelota de baseball? Es decir, él ya lleva un año en este lugar y por lo que he oído, no se relaciona mucho con las personas ¡Y debe de ser cierto! Estamos hablando del mismo chico que no es capaz de estrechar manos porque lo tiene prohibido. Siempre está rodeado de los mismos cuatro chicos, estos son hijos de familias poderosas que tienen relación con la familia real, estoy segura de que los he visto juntos en varias revistas de sociales, es decir, son “amigos” desde la infancia porque sus familias están relacionadas. Qué triste debe de ser no poder hacer nuevos amigos ¿También lo tendrá prohibido? ¿Qué pasaría si de pronto conociera a alguien que le agradara tanto, pero no pudiera hacerlo su amigo? Qué triste debe de ser no tener la libertad para hacer algo tan normal y sencillo como hacer amigos. La mirada de Alexander se posa en nosotras, veo una pequeña sonrisa en sus labios y nuevamente regresa a su rostro sereno. Debe de ser el doble de triste no poder expresar tus emociones ¿También tendrá prohibido mostrar otra emoción que no sea la de serenidad? ¿Por qué la realeza siempre tiene que verse neutra? ¿Por qué nunca sonríen?
— Sabes… — me giro a ver a mi amiga — Jamás querré estar en los zapatos de ese chico
— ¿Por qué? — Lily le da una cucharada a su pudín — A mí me encantaría poder usar sus zapatos — ríe — Son bonitos y elegantes
— Lily… — ruedo los ojos — Me refiero a que… debe de ser difícil y solitario ser un príncipe — me encojo de hombros — Sobre todo el heredero al trono
— Sí, por supuesto — noto el sarcasmo en su voz — Debe de ser muy difícil y triste el vivir en un palacio lleno de sirvientes, con joyas que valen más que la casa de mis padres, comida deliciosa todos los días, lujos y viviendo de los impuestos de los contribuyentes
— No me refiero a eso — pincho un brócoli de mi plato y me lo meto a la boca — Prácticamente lo tuve que obligar a estrecharme la mano…
— Bueno, no es nuestro asunto
— Sí… — suelto un suspiro — ¿Sabes que se me antoja?
— ¿Qué?
— Unos hot dogs con mucha mostaza
Contesto, Lily suelta una carcajada.
— Me encanta tu capacidad para cambiar los temas de forma tan radical
Terminamos de almorzar y regresamos a nuestra habitación, el día de hoy ninguna tiene clases después del almuerzo. Ahora que no tengo mi cámara favorita, debo de sobrevivir con mis otras cámaras ¡Me volveré loca si no puedo tomar fotografías! Amo la polaroid por el simple detalle de que saca fotografías automáticamente ¡La amo! Ahora tengo que cargar centenares de rollos y tendré que esperar una eternidad para ver mis fotografías. Algún día harán más fácil el arte de la fotografía, quizá algún día inventen cámaras donde podrás ver cómo se verá tu fotografía antes de tomarla ¡Son los ochenta! ¡Cualquier cosa puede suceder! Aún tengo un par de rollos, así que quizá salga a fotografiar el cielo nocturno. Ayer encontré un lugar alejado de todo, escondido entre arbustos, solitario y callado, donde pude acostarme en el pasto a contemplar del cielo y dejar que mi mente divagara ¿Cómo será el futuro? ¿Existirá el auto volador como dijo Lily? ¿O los dos mil no será un futuro muy alejado como para que sea inventado? Quién sabe. Lo único que sí sé es que saliendo de este lugar lo primero que haré será irme de viaje ¡A Sudamérica! Quizá vaya a Argentina o a Perú, dicen que en Colombia se bebe buen café. Luego iré a recorrer Europa y Asia. Mi viaje terminará en África y me daré un salto a Australia. Luego, repetiré todo de nuevo. Recorrer el mundo es uno de mis mayores deseos, aprender de las distintas culturas y poder tomar cientos de fotografías. Espero que la vida me lo permita, porque en serio no quiero otro futuro que no sea ese.
— Te envié un correo electrónico en donde te cuento todo lo que viví el día de hoy — presiono el auricular del teléfono contra mi oreja — Te enviaré por correo normal las fotografías que tomé del Empire State, tendré que ir a comprar estampillas
— ¿Y ese chico ya te pagó tu cámara?
Pregunta mamá.
— No, no lo ha hecho aún — agrego una moneda más al teléfono — Espero que lo haga pronto…
— Pero puedes comprarte otra, no te hace falta el dinero
— Lo sé… — jugueteo con el cordón del teléfono — Pero esa cámara significaba mucho para mí, si me la compro con el dinero que me mandan tendré una nueva cámara… — se está empezando a formar una fila detrás de mí — Pero no tendré el mismo significado…
— Ay, Sue…
— Mamá, te tengo que colgar, están esperando para usar el teléfono
— De acuerdo hija — sonrío — Cuídate, no andes saliendo de noche, Nueva York no es igual que casa
— Lo sé mamá, descuida
— Te quiero mucho
— Yo también te quiero mucho… — sonrío — Ya me voy…
— Adiós hija…
La llamada termina, cuelgo el teléfono y me retiro del lugar. Ya es de noche, no he podido salir fuera de los terrenos de la universidad debido a las tareas que tenía pendientes. Apenas llevamos dos semanas en este lugar y ya estamos hasta el cuello de trabajos. Camino hacia una máquina dispensadora, tomo mis últimas monedas y compro unos cuantos dulces. No tengo mucha hambre, Lily se quedó dormida mientras estudiaba y ya no tengo nada más qué hacer. Mis compañeros de clase se iban a reunir en el atrio a hacer una exposición de arte exprés para recaudar fondos y comprar materiales para los becados, es un buen gesto, las personas de la facultad de arte son distintos a los de las otras facultades ¡Jamás veré a los de la facultad de Derecho haciendo una colecta para comprarle una máquina de escribir a Lily! Es una lástima como algunas personas pueden ser tan poco empáticos. Hay pocos becados en esta universidad, es muy difícil conseguir una beca para este lugar, así que la población de becados no llega ni al cinco por ciento de todo el cuerpo estudiantil. Todos podríamos donar algo o hacer colectas para construir una especie de librería que regale materiales a los estudiantes, eso mejoraría mucho la experiencia universitaria de los becados. Llego a mi lugar escondido entre los arbustos, hago a un lado las ramas, trastabillo un poco y…
— ¡Ay!
Caigo, regando en el pasto mis dulces.
— ¿Usted de nuevo? — alzo la mirada, siento la sangre hervir en mis mejillas — Quiero dejar constado — me tiende la mano — Que esta vez no hice nada para que usted termine en el suelo
— Y yo quiero dejar constado que no tenía ni la más mínima idea de que estarías aquí, Principito
— Vine a ver las estrellas — señala su telescopio — Creí que eras mi asistente trayéndome algo de comer
— No, soy solo la tipa que siempre cae al suelo cuando estás cerca — río, él me sigue — Pero traje comida — señalo mis dulces — ¿Le gusta ver estrellas?
— Es uno de los pocos pasatiempos que tengo… — contesta, caminando hacia su telescopio — ¿Usted qué hace aquí? — se gira a verme — No son horas para que una señorita ande sola
— ¿Qué quieres decir con eso? — pregunto con una ceja alzada — ¿Hay horario para que las mujeres podamos transitar? — niego con la cabeza — Mi respeto por ti acaba de caer
— Lamento si la ofendí, no fue mi intención
— Descuide — hago un ademán con la mano, soltando una risita — Pero antes de hablar piense: Yo como hombre puedo hacer esto… entonces una mujer también
— Lo tendré en consideración
— Eso sería bueno
Sonrío.
— ¿Y qué la trae aquí, señorita?
— Te dije que me llamaras por mi nombre — me siento en el pasto, abriendo mi bolsa de papitas — Recuerdas cuál es mi nombre… — palmeo el espacio a mi lado, sonrío — ¿Cierto?
— Por supuesto que lo recuerdo — veo al príncipe dubitativo, finalmente se deja caer a mi lado — Sue Barcley
— Muy bien Principito — le tiendo mi bolsa de papita — No me diga que tampoco puede aceptar botanas
— No se lo diré…
Suelto una risita, que triste debe de ser su vida.
— Vengo a ver estrellas — contesto finalmente — Solo que sin un telescopio
— ¿A usted también le gusta ver estrellas?
— No soy aficionada de la astronomía, pero me relaja ver el cielo nocturno — me recuesto en el césped — Se ve tan infinito, tan pacífico… ¿A sí se sentirá estar en el espacio? — miro al príncipe — ¿Pacífico?
— Quiero creer que sí
Él me mira y de ahí al cielo.
— ¿Eres aficionado de la astronomía?
Pregunto, él vuelve a mirarme.
— Me gusta mucho
Contesta, su mirada es seria y carente de emoción.
— Dijiste que es uno de tus pasatiempos — asiente — ¿Cuáles son los demás?
— Pues… — la postura del príncipe se relaja, mira de nuevo al cielo — Me gustan leer, traje varios libros de casa y aquí compré algunos cuantos más — sonrío, me da risa que se refiera como “Casa” al Palacio Blanco — También me gusta tocar el piano, pero difícilmente encuentro un momento en mi itinerario para poder tocar — nos miramos — Y en la universidad tampoco he podido encontrar el tiempo suficiente para hacerlo
— ¿A no? — frunzo el entrecejo — Pero la sala de música está abierta al uso público a partir de las cuatro
— Lo sé… — asiente con la cabeza — Pero yo no solo estudio — vuelvo a fruncir el entrecejo, no comprendo — Estar aquí no me exime de tener que cumplir con mis deberes — comienza a explicar — Mi agenda ha sido reducida para que encaje con mis estudios superiores, pero no suprimida
— ¿Eso quiere decir que por el día eres un estudiante universitario común y por las noches eres un príncipe heredero? — no puedo evitar reír — ¡Hombre! ¡Eres el mismísimo Batman! — el príncipe comienza a reír a carcajadas — Que estresante se escucha el ser un príncipe
— Pues… — el chico se me queda viendo, su entrecejo comienza a fruncirse — La verdad… — baja la mirada — Nunca me había puesto a pensar en ello — me mira con el entrecejo fruncido — Solo… lo hago…
— Entonces no eres Batman — me termino mi bolsa de papitas — Eres un robot
— ¿Perdone?
— Sí — abro mi paquete de galletas — Eres un robot que está programado para hacer las cosas sin rechistar
— Es mi deber hacer esas cosas
Me mira con severidad.
— Pero también es tu deber pensar en ti mismo y por ti — nos miramos — ¿Tienes esa posibilidad? — le ofrezco una galleta, esta vez sí me la acepta — Me refiero, debe de haber momentos en donde no tengas ganas de hacer nada excepto estar en tu cama — sus ojos brillan — ¿No puedes cancelar todo y tomarte un par de horas para desestresarte tocando el piano? — señalo su telescopio — Esto estaba programado o simplemente decidiste que saldrías a los terrenos a observar estrellas — miro al príncipe, no contesta — Oh por Dios… — dejo a un lado mis galletas — ¿En serio? ¿Programas cuándo llevar a cabo tus pasatiempos? ¿Es que no haces nada con espontaneidad?
— Usted y yo somos muy distintos, tenemos vidas distintas
— Eso veo — asiento con la cabeza — Siento lástima por ti — me termino mis galletas, él me mira con los ojos bien abiertos — Cuando se me pega la gana, salgo con mi cámara a fotografiar lo que sea que me llame la atención — aparto la mirada — Y no descuido mis deberes… — me encojo de hombros — Pero claro, yo solo tengo que hacer deberes universitarios… — le miro — Lo lamento…
— Descuide, sé que es difícil de entender
— Debe de ser muy difícil ¿Cierto? — nos miramos fijamente — No poder ni siquiera darte un par de minutos para ti…
— Al menos puedo leer cuando estoy de camino a algún lado y antes de dormir
— Menos mal o terminarás enloqueciendo — sonrío — Tienes que aprender a relajarte, Principito
— Ya le dije… — aparta la mirada — Usted y yo tenemos vidas muy distintas
— Todos merecemos un momento para relajarnos y pensar en nosotros mismos — me vuelve a mirar — Incluso tú…
— Su Alteza… — me giro, un hombre con la nariz más grande que Texas aparece — Oh… — me mira y luego a Alexander — Disculpe señorita, pero esta es un área reservada para…
— Oh… — me levanto del pasto, detrás del narizón aparecen los mismos hombres de n***o con bolsas con recipientes de comida — Disculpe, yo no sabía qué…
— Espere, señorita — el príncipe me toma de la muñeca, el narizón pega un chillido parecido al de un cerdo — ¿Usted ya cenó?
— Eh… no — veo a los mismos hombres instalar la mesa plegable — Pero aún estamos en horario para cenar… así que…
— ¿Me daría el honor de cenar conmigo?
Abro los ojos al máximo, eso me ha sorprendido.
— Eh…
— Su Alteza… — el narizón da un paso hacia nosotros — Disculpe usted el atrevimiento, pero le recuerdo las instrucciones que su Majestad, la Reina, su madre, nos dio y…
— Conozco las reglas — ambos hombres se miran — Por favor… — el príncipe me mira — Insisto…
No tengo ni idea de qué contestar o hacer ¡Huir! Sí, eso es lo que debería de hacer, largarme de esto, es más que obvio que Alexander no puede ni debe hacer amistad con personas que no estén dentro de su círculo.
— Su Alteza, con el debido respeto — el narizón le muestra una agenda de cuero con bordes dorados — Le recuerdo que…
— ¡Señor Belmont…! — el narizón se queda callado al instante, la idea de huir se vuelve a apoderar de mí — Deseo cenar con la señorita Barclay… — siento un tirón de mi muñeca, Alexander no me ha soltado en todo este tiempo — Si nos disculpa, le pido que se retire
— Su Alteza…
El narizón lo mira con los ojos abiertos al máximo.
— Por favor
Alexander extiende el brazo, señalando el hueco en los arbustos.
— Alteza — el narizón hace una reverencia — Señorita…
El hombre me dedica una agria mirada, luego se retira.
— Eso fue… — me quedo callada, no sé qué decir en estos momentos — Wow… — miro a Alexander, este está estático — Respira, ya se fue — el príncipe esboza una sonrisa de lado — ¿Estás bien?
— Se siente bien poder hacer algo espontáneo… — el príncipe sonríe, guiándome hacia la mesa instalada con la comida ya servida — Gracias…
— De nada… — le miro a los ojos, tiene un brillo travieso en ellos, eso me gusta — ¿No tiene permitido invitar a cenar a sus amigos?
— No tengo permitido modificar mi agenda o ir en contra de las órdenes de mis padres
Confiesa, logro ver un atisbo de tristeza en su rostro sereno.
— Entonces… — tomo mi vaso con agua — Esto no solo es algo espontaneo… — sonrío con picardía — Sino prohibido… — me río — Principito… tenía un lado travieso bien escondido — ahora él es quien ríe — ¿Ve que si fue fácil?
— No lo ha sido — borro mi sonrisa — Ni lo será y probablemente me ganaré una incómoda y desesperante charla — pese a su rostro y voz serena, siento como si me estuviese regañando — Pero usted lo vale…
— ¿En serio? — le miro con una ceja alzada — ¿Por qué…?
— No lo sé… — contesta, mirándome fijamente — Solo sé que… — baja la mirada, aclarándose la garganta — Me agrada su presencia…
— Oh… — sonrío — Gracias Principito — no puedo evitar reír — Esto significa que ya somos amigos ¿Cierto?
— Supongo…
— Jamás creí que tendría un amigo de la realeza… ¡Santa Mierda! — me río, el príncipe se atraganta con su bebida — Oh, mierda, lo siento… — Alexander se limpia la comisura de los labios — Bueno… ya que el idiota narizón ese ya se fue… — el príncipe suelta una pequeña risita, de seguro le ha divertido cómo me he referido a ese tipo — ¡Salud! — alzo mi vaso con agua — Por esta noche llena de sorpresas…
— Salud… — sonrío, chocamos vasos — Y platíqueme… ¿Cuáles son sus pasatiempos? — pincho un trozo de pollo, él se coloca la servilleta en el regazo — Además de la fotografía y tutearme
— ¿Eso hago? — trago con fuerza — j***r, lo siento
— Descuide — sonríe, tomando sus cubiertos — Es agradable…
— Que bien — bebo un sorbo de agua — Porque a veces solo dejo que mi lengua actúe y mi cerebro se apague — él ríe, cortando un trazo de su carne — Me gusta patinar y bailar
— ¿En serio?
— Sí, en casa siempre patinaba
— ¿En hielo?
— Sí, mi pueblo hay una pista de patinaje a la que siempre iba con mis amigos
— Wow… — el príncipe me mira con los ojos bien abiertos y la expresión llena de sorpresa — ¿Qué se siente patinar en hielo? ¿Ha jugado con la nieve?
— Espera… — parpadeo — ¿No tienes permitido patinar en hielo?
— Pues… no…
— ¡¿Es en serio?!
No puedo evitar reír.
— El hermano de mi bisabuelo, el heredero al trono, sufrió un accidente mientras patinaba en hielo, se golpeó la cabeza y murió
— Wow…
— Desde entonces, los herederos al trono tienen prohibido los deportes sobre hielo
— Eso es tan lógico — suelto con todo el sarcasmo que logro expresar — No te permiten patinar sobre hielo, pero sí jugar baseball sin casco con una pelota que puede dejarte en coma dependiendo de cuán fuerte la lances… — Alexander comienza a reír — Es totalmente lógico…
— No dije que las leyes sean lógicas
— Y vaya que no lo son
Volvemos a reír.
— Usted es una persona muy agradable pese a lo atolondrada
— ¿Atolondrada yo? — me señalo, sonriendo — No Principito, estoy demente — volvemos a reír — Solo soy yo siendo yo… — me encojo de hombros — Mis padres siempre me han dado la libertad de expresarme como se me dé la gana y ser lo que quiera ser
— Eso noto — el príncipe toma un sorbo de agua — Nunca nadie se habría atrevido a llamarme “Principito” y usted lo hace como si fuese una persona digna de mi entera confianza
— Ey… después de casi matarme con una pelota, supongo que me gané ese derecho — bromeo, él solo sonríe — Pero si te resulta ofensivo, puedo llamarle “Su alteza” y hacer reverencias
— No… — contesta con rapidez, le miro con sorpresa — Me gusta que me llame así — nuevamente me siento confundida — Es decir… jamás me habían tratado con tanta familiaridad — nos miramos fijamente — Y es agradable…
— ¿En serio? — asiente con la cabeza — Es decir, a tu familia también la tratas con formalidad, reverencias y los tratas de “Usted”
— Sí…
— Que horror… — el príncipe se encoje de hombros — ¿Y esos chicos con los que siempre andas?
— Son personas que conozco desde la infancia
— Son tus amigos — el príncipe no contesta — ¿No los consideras tus amigos?
— Harry Winchester, Thomas Pritzker, Albert Bush y Louis Rothschild no son exactamente mis amigos — se encoge de hombros — Son hijos de personas que tienen mucho dinero y poder — vuelve a encogerse de hombros — Hemos estudiado en el mismo internado y son la clase de personas con las que debo de relacionarme y yo soy la clase de persona con la que ellos deben de relacionarse…
— Es decir que les impusieron ser amigos — nuevamente, no contesta — Sí que es triste… — niego con la cabeza — Bueno… — extiendo la mano — Soy Sue Barclay — el príncipe me mira sin comprender — Mi padre es dueño de un supermercado en Texas y mi madre se dedica a hacer mermeladas en casa — sonrío — No soy la persona con la que debes de relacionarte porque no soy importante y mi apellido no suena como a marca de helado europeo — sigo diciendo — Pero te ofrezco mi amistad sincera
— Gracias….
Alexander extiende su mano y toma la mía, sonríe.
— Acabas de aceptar un acuerdo contractual de amistad — le informo, él suelta una risita — Ya tienes una amiga
— Gracias… — vuelve a reír — De verdad… usted está loca — ahora soy yo quien ríe — Gracias…
— De nada Principito — sonrío — Ahora que somos amigos, no tengo ninguna vergüenza para exigirte que me pagues mi cámara
— No lo he olvidado
Volvemos a reír.
— Y gracias por la cena a la luz de las estrellas, jamás creí que cenaría con el chico que heredará el país
— No heredaré el país, heredaré la responsabilidad de representarlo ante el mundo y ser su rey
— Hasta que eso suceda, salud — alzo mi vaso con agua — Para que te encuentres a ti mismo antes de que tengas que sentarte en un trono
— Salud…
Chocamos nuestros vasos. Alexander es agradable, espero que la vida le sonría. No obstante, esto me ha servido para confirmar mis sospechas: Ser príncipe no es para nada un cuento de hadas.