- Creo que… Raymond no querría que estés aquí sola – dijo Adrian lentamente.
- Lo sé – acarició el brazo del sofá, una sonrisa triste en sus labios – Me hizo prometerle que una vez que él ya no estuviera aquí, yo iría a la casa de la manada –
- ¿Por qué no fuiste? – Adrian sentía su garganta seca y tomó un poco de la infusión.
Inmediatamente, el sabor a menta invadió su boca. Era increíblemente refrescante.
- Yo no quería dejar la granja – respondió Lily mirándolo solo un instante.
- ¿Sucedió algo? ¿Alguien te molestó? – su tono se volvió grave.
- ¡Oh, no, no! – se apresuró a tranquilizarlo – En realidad, casi nunca visito la villa. Papá era quien se encargaba de llevar los productos y conseguía lo que necesitáramos. Mamá y yo siempre permanecíamos aquí. Ella lo prefería así –
Adrian frunció el ceño.
- ¿Tal vez ella tuvo una mala experiencia? Ya sabes, por ser humana –
Lily negó con la cabeza, sus cabellos rubios agitándose.
- Nunca nadie la menospreció o le dio un tratado diferente por ser humana. Todos en la manada la acogieron plenamente… Pero mamá no era muy sociable. Ella era feliz con estar en la granja y pasar horas en el manantial… Y yo me acostumbré a esa vida también – dejó el jarro a un lado y descansó las manos en sus muslos. Ocultó el rostro, pero Adrian notó el rictus de dolor en sus labios – Debí obedecer a mi padre… Si hubiera ido a la casa de la manada… - la opresión en su pecho le impidió acabar la frase.
- Lily… - el tono del alfa indicaba que comprendía lo que quería decir.
- Yo sé que eso no habría cambiado nada, Adrian – sacudió la cabeza. No podía resistir pronunciar su nombre, aunque nunca lo había tratado, aunque apenas se conocían. Debía tratarlo con respeto por su condición de alfa, pero su nombre simplemente se deslizaba de sus labios – Como alfa, debes hacer lo correcto para la manada –
Dejó el sofá y se detuvo frente a la ventana. Necesitaba alejarse de él, tomar un poco de aire y prepararse para lo que sucedería.
La tarde había caído y el cielo era tan solo un manto rojizo. Al abrir la ventana, una suave brisa entró a la sala, llevando su aroma hasta el hombre.
En cuanto aspiró su esencia, su lobo se agitó y comenzó a luchar por tomar el control.
- ¡No! – dijo entre dientes, mientras cerraba los ojos y oprimía los puños, luchando contra la bestia en su interior.
- Con la ayuda del Alfa Kent podrás descubrir qué le sucedió al manantial… Su alianza será provechosa para la manada – miró hacia el campo, unas briznas de hierba arrastradas por la brisa y agregó, su tono sorpresivamente calmo – Y ella es la hija de un alfa… Es hermosa y seguramente fue educada desde pequeña para ser luna… Será una maravillosa luna para la manada… - lanzó una mirada a Adrian. Había volteado el rostro, su cuerpo temblaba, sus puños fuertemente cerrados, hasta que la piel de sus nudillos se tornó blanca.
Lily podía percibir la mezcla de sentimientos que flotaban en el aire y parecía rodearla. Confusión, ira, miedo y dolor oprimían su pecho y le hacía difícil respirar. Adrian experimentaba lo mismo que ella y en su corazón, no quería que él sufriera. No quería que él luchara contra su deber a causa del vínculo que los unía.
Se acercó al hombre y se arrodilló frente a él. Con timidez, rozó su rostro con la yema de los dedos, apenas un toque muy suave que le provocó cosquillas, una sensación cálida que recorrió todo su cuerpo.
- Debes hacerlo, Adrian –
Él abrió los ojos. Cambiaban de azul a n***o de forma intermitente, revelando la lucha que sostenía con su lobo.
Su bestia solo quería reclamar a su pareja destinada y la idea de rechazarla le producía una furia que jamás había experimentado.
Lily observó atentamente su rostro, pero él no reaccionaba, no hablaba. Estaba perdiendo la batalla contra su lobo. Así que ella se puso de pie y retrocedió unos pasos. Se abrazó a sí misma, tratando de darse valor porque sabía que en el momento que lo rechazara, ambos sufrirían de un dolor excruciante.
Tomó aire y reuniendo todas sus fuerzas, dijo en voz alta: - Yo, Lily Montgomery Rose, te re…
- ¡No! – el rugido del alfa resonó en la casa, sacudiendo sus cimientos.
Se puso de pie de un salto, sus ojos completamente negros y se abalanzó sobre ella.
- ¡Mía! – la rodeó por la cintura y la estrechó contra su cuerpo. Al contacto, pequeñas chispas se extendieron por su piel. Acercó el rostro a su cuello y aspiró con fuerza su aroma, estrechándola con más fuerza.
Lily estaba inmóvil, demasiado sorprendida para reaccionar.
Adrian se apartó solo un poco y estrelló sus labios contra los de ella y con algo de violencia, la obligó a abrir la boca, su lengua irrumpiendo en ella. Una mano subió hasta su nuca, impidiéndole separarse, mientras su otra mano se aferraba a su cintura en un cerco de hierro.
Tímidamente, tratando de mantener el equilibrio, Lily apoyó las manos en sus brazos, duros y abultados.
Era un beso posesivo, nada delicado. Sin embargo, ella comenzó a responder a él, imitando sus movimientos, sus lenguas encontrándose.
La mano de Adrian descendió por su espalda para rodearla. Sus pelvis se rozaban, no había distancia entre ellos y la presión de su hombría contra su vientre, comenzaba a afectarla. El aroma de su excitación los rodeó y los dedos de la joven se enterraron con fuerza en sus brazos.
Se separó solo un segundo para tomar algo de aire, pero en cuanto vio que los ojos verdes de Lily mostraban pequeñas vetas ámbar que les hacían lucir más brillantes, su lobo gruñó satisfecho al ver que su loba comenzaba a asomar.
Volvió a besarla y se inclinó solo un poco para tomarla bajo los muslos y obligarla a rodear su cintura con las piernas. Sin separarse, cruzó el salón y ya en el pasillo, abrió de una patada la primera puerta que halló.
Ni siquiera se preocupó por mirar dónde se encontraba. Solo la llevó hasta la cama y la depositó sobre esta. Se inclinó sobre ella, ambas manos a sus costados, para no ahogarla con su peso y observó su rostro un instante. Lily permanecía inmóvil, sus ojos muy abiertos, brillando de una manera que jamás había visto. Era como el reflejo de la luz del sol en la miel. Rozó su cuello con los labios y sonrió al ver que toda la piel de la joven se erizaba.
Se incorporó y tomó el borde del vestido y lo sacó por sobre su cabeza.
Dejó escapar un gruñido al ver que no llevaba nada debajo.
- ¿Hace cuánto apareció tu loba? – preguntó con voz grave mientras se sacaba la camisa.
- En la última luna llena – susurró ella con voz apenas audible, su respiración entrecortada y su mirada fija en el pecho del alfa.
“¡Diosa Selene!” Adrian cerró los ojos “Es tan joven...”
Se inclinó sobre ella y depositó suaves besos en su cuello y pecho. Sus pantalones apenas lograban contener su hombría, que se sacudía ansiosa por ser liberada. Una parte suya deseaba tomarla de inmediato, de forma salvaje, poseerla por completo y hacerla suya. Otra parte, deseaba tomarse su tiempo, saborear cada centímetro de su piel, disfrutar de su suavidad y tibieza, de los suaves gemidos que escapaban con cada exhalación.
Sin dejar de besarla, una de sus manos se aferró a su seno. Era pequeño y redondo. La suavidad de su piel no se comparaba con la más fina tela que hubiera conocido. Pequeñas aureolas rosa y pezones que sobresalían, abultados y le provocaban deseos de morderlos.
Se incorporó de nuevo, ahora ambas manos se aferraban a sus senos, sus movimientos no eran delicados, pero ella no se quejaba. Había cerrado los ojos y exhalaba lentamente, su espalda arqueada, invitándolo a seguir.