En algún momento, las lágrimas se habían detenido y pudo ponerse en pie. Su vista estaba nublada y le dolía mucho la cabeza. Frente a ella se encontraba la canasta con la comida que Nana Aura le había regalado. No tenía apetito, pero tomó uno de los panecillos y se dirigió a la sala. Se acercó a la silla favorita de su padre. Tenía un lugar privilegiado: era allí donde Raymond reposaba luego de una larga jornada de trabajo. Desde allí, observaba cómo su pareja preparaba la cena y conversaban animadamente.
¡Como deseaba que su padre estuviera vivo! pensó mientras tomaba un bocado. Él sabría qué hacer. Le aconsejaría y la cuidaría.
Perdida en sus pensamientos, no se percató que había acabado el panecillo. Estaba muy sabroso. Todo lo que Nana Aura hacía lo era, pero ahora necesitaba beber algo.
Volvió a la cocina y prendía el fuego, cuando una voz grave y profunda la sobresaltó.
“Lily…”
Miró a su alrededor, asustada. Reconoció su voz de inmediato, era instintivo. Cada lobo de la manada reconocía la voz de su alfa. Había escuchado esa voz en múltiples ocasiones: cuando estaban bajo ataque y él giraba instrucciones o cuando se presentaba un suceso importante, que requería el conocimiento de toda la manada. Pero jamás se había comunicado con ella, jamás le había escuchado pronunciar su nombre y su loba se agitaba, ansiosa por ir con su pareja.
“Lily, estoy llegando a tu casa. Deseo hablar contigo” agregó el hombre ante su silencio.
¿Él estaba aquí? ¿Adrian venía a verla?
Sentía pánico y a la vez alegría, sin que pudiera discernir cuál emoción era más fuerte.
Se dirigió rápidamente a la puerta, pero no era capaz de hacer girar el pomo.
Su corazón latía apresuradamente y a pesar de que agudizaba su oído, no escuchaba más que los ruidos habituales del campo.
- Lily –
Su voz de nuevo la hizo dar un salto, pero no hablaba por el enlace, sino que el sonido provenía del otro lado de la puerta.
- Sé que estás allí, puedo olerte – suavizó el tono - ¿Me permites pasar? Quiero hablar contigo –
Giró lentamente el pomo y abrió la puerta. Su presencia robó el aire de sus pulmones. Ella era mucho más alta que la mayoría de las mujeres de la manada y aun así, debía levantar la cabeza para poder mirarlo.
Su pecho amplio parecía abarcar todo el espacio; la piel oscura, luego de pasar tanto tiempo bajo el sol. Su cabello castaño oscuro y sus ojos… sus ojos de profundo azul zafiro que caracterizaba a los primogénitos de los Ferro y que había dado nombre a su manada.
El aroma a ládano y pino la rodeaba, obligándola a cerrar los ojos y aspirar con fuerza, todo su cuerpo vibrando de nervios y emoción.
- Alfa Ferro – logró murmurar y con un esfuerzo, volvió a mirarlo - ¿Qué le trae hasta aquí? –
- ¿Puedo pasar? – dijo él a su vez.
- ¡Oh, por supuesto! – se hizo a un lado – Adelante –
- Gracias – murmuró mientras daba un paso dentro de la pequeña casa.
Paseó la mirada por el lugar, en tanto Lily cerraba la puerta y trataba de tranquilizarse.
- Nana Aura me dijo que llevaste hierbas frescas para la cocina – comentó con tono casual – Gracias por eso –
- Es un placer, Adrian… alfa – se corrió rápidamente – Pero… ¿vino hasta aquí solo para agradecerme? –
- No, no he venido solo para eso. Tenemos que hablar –
Lily palideció. Ella sabía bien por qué el alfa estaba allí. Pero una parte suya se negaba aceptarlo.
- ¿Hablar? –
- Tu padre falleció hace meses y debí… debí venir y asegurarme que estuvieras bien. Raymond fue un hombre muy apreciado en la manada –
- ¡Oh! – no era eso lo que esperaba escuchar – Usted es el alfa, sé que tiene cosas más importantes de qué ocuparse –
- Como alfa, debo velar por el bienestar de cada uno de los lobos de la manada. Yo debí asegurarme que, al morir tu padre, estarías bien cuidada –
Lily le miró algo desconcertada.
- Estoy bien, alfa. Los Stevenson fueron muy buenos conmigo… y el Beta Niko estuvo aquí –
- Pero estás sola, haciéndote cargo de la granja – replicó Adrian, su tono un poco más duro – Nana Aura, ella… ella me dijo que tu madre falleció hace unos años –
Lily asintió e hizo un gesto para que él tomara asiento.
Adrian dudó un momento, pero, finalmente ocupó la silla más cercana, mientras la joven permanecía de pie a cierta distancia de él.
- Mamá murió hace cinco años, alfa – dijo la joven en voz muy baja, pero Adrian comprendió claramente lo que decía.
- ¿Cinco años? – se irguió, tenso.
- Sí… en el ataque de los errantes…
- ¿Cómo es posible? Ellos entraron por el borde sur…
- Mamá había ido a la manada de las Zarzas a visitar una antigua vecina. Se había mudado allí cuando su hija encontró su pareja destinada –
- Pero… ¿caminaba sola de vuelta, en medio de la noche? –
- Papá le dijo que podía quedarse allí y volver por la mañana, pero ella jamás pasaría la noche fuera de casa. Así que, aunque ya era tarde, regresó. Ella decía que no temía al bosque o a la noche… Los errantes la sorprendieron cuando estaba por llegar al borde del territorio… y la atacaron… - Lily bajó la mirada – Papá dijo que probablemente temieron que alertara la manada… Ni siquiera se percataron que era humana –
Adrian se puso de pie y de dos zancadas llegó hasta ella. Deseaba tocarla, deseaba poder estrecharla contra su pecho, pero temía que lo rechazara.
- Lo siento tanto… - murmuró con voz ahogada.
- Fue un momento muy difícil para todos en la manada… Perdimos a nuestro alfa… Perdiste a tu padre – y le miró con los ojos húmedos por las lágrimas.
- Ella solo era una mujer inocente –
- Solo sucedió… Perdimos otros miembros de la manada por los ataques de los errantes – exhaló un suspiro – No lo descubrimos hasta dos días después… Si mis padres hubiesen sido una pareja destinada, él habría sentido su muerte. Él lo habría sabido en ese mismo momento… Algunos dijeron que, de alguna forma, era un alivio… El dolor por perder tu pareja es tan grande que algunos no pueden sobrevivir mucho tiempo… Pero, aunque ella no era su pareja destinada, papá no volvió a ser el mismo… Creo que de no ser por mí… él se habría dejado morir –
- Lo sé – Adrian la miró con pesar – Luego que mi padre murió… mi madre se convirtió en un cascarón vacío –
- Yo era muy joven para poder consolarlo o darle algún apoyo… Él trataba de mostrar que estaba bien, trabajaba con más ahínco en la granja… Trató de seguir delante de la mejor manera que pudo…
Se hizo un silencio. Lily miraba al suelo, tratando de ocultar cuánto le afectaba hablar de su padre y Adrian solo podía observarla, paralizado por la gama de emociones que lo embargaban. Emociones que nunca se había permitido experimentar.
- ¿Desea algo de beber? – dijo la joven de pronto.
- ¿Ah? –
- Prepararé una infusión…
- No, no, estoy bien – dijo Adrian, reaccionando.
- Me tomará solo un momento –
Sin más, Lily pasó a su lado y se dirigió a la cocina. Adrian volvió a la silla y secó el sudor de sus manos en el pantalón.
- Raymond… ¿enfermó? – preguntó sin dejar de seguir sus movimientos.
- Sí, su salud se fue deteriorando… pasaba más horas fuera, en el campo… Y cuando el cauce del manantial comenzó a disminuir, necesitaba hacer más viajes para traer agua… Yo traté de ayudarlo en cuanto me fuera posible, pero él no aceptaba mi ayuda en el campo… Nada era igual sin mamá aquí… Y sé que papá no quería dejarme sola, pero llegó un momento en que ya no tenía más fuerzas –
Permanecieron en silencio mientras la joven acababa de preparar la bebida. Tomó dos jarros y volvió a la sala. Se detuvo frente Adrian y le tendió uno de ellos. Al rozarse sus dedos, el hombre sintió el cosquilleo eléctrico de su vínculo recorrerle todo el cuerpo. De inmediato, su lobo se puso alerta.
Lily lo había percibido también y Adrian voy aparecer en sus ojos verdes unas vetas ámbar, que desaparecieron tan rápido que creyó haberlo imaginado.
Ella retrocedió unos pasos y se sentó en el viejo sillón que estaba frente a él.