Como cada día, despertó en cuanto los primeros rayos del sol asomaron en su ventana.
Se quedó unos minutos en la cama, tan solo mirando al techo. A su alrededor no se escuchaba más que el crujir de la madera. Tomó una profunda respiración y abandonó su pequeña cama.
Se lavó el rostro, cambió su simple bata por un vestido de casa. La tela era áspera y le quedaba un poco grande, pero era cómodo para trabajar en el campo.
Recogió su cabello, largo y rubio en lo alto de la cabeza y se dirigió a la cocina.
A pesar de que habían pasado varios meses, cada mañana esperaba encontrar a su padre en la cocina, tomando su té en silencio.
Él tenía el oído más agudizado que conocía, por lo que era imposible sorprenderlo. Así que, en cuanto ponía un pie en el pasillo, él tomaba los jarros, servía el té, se sentaba frente a la mesa y tomaba el primer sorbo. Cuando ella entraba a la cocina, le sonreía a través del vapor de la bebida.
Cuando perdió a su madre, fue muy doloroso, pero tener a su padre a su lado le ayudó a sobreponerse a esa dura experiencia. Ahora, él no estaba y la ausencia de ambos pesaba mucho más en su corazón.
Amó a su madre, pero jamás tuvo con ella una relación como la que tenía con su padre. Tal vez, se debía al hecho que Iris Montgomery era humana.
Eso no impidió que se enamorara locamente, pero hubo aspectos de la vida de manada que ella nunca pudo asimilar.
Luego de tomar un frugal desayuno, preparó la canasta con sus implementos y se dirigió al sembradío.
Los Montgomery fueron una de las primeras familias que se instaló en el valle y desde entonces, se dedicaron a sembrar la tierra y producir la mayoría de los vegetales y legumbres que alimentaban a la manada.
Su padre parecía tener un don para hacer crecer las plantas de una manera increíble, aunque él solía decir que fue en cuanto conoció a su madre que la tierra comenzó a producir con mayor abundancia.
Sin embargo, ahora que el manantial se había secado, había sido imposible mantener los sembradíos. Ayudaba a su padre desde niña, él le había compartido todos sus conocimientos, pero sin agua suficiente, las plantas habían muerto.
Avanzaba despacio, la mirada fija en la tierra, pero solo encontraba raíces secas y hojas amarillentas. Continuó más allá del cerco de árboles que delimitaba la propiedad. Oculta y a unos pocos metros de la corriente del río que nacía del manantial, se formaba un pequeño estanque. Allí era donde tenía su propio jardín personal, con sus hierbas.
Cuando el manantial comenzó a secarse, sembró algunas plantas en la tierra del estanque, pero este ya se estaba secando también y si no las recogía ahora, se perderían.
La noche anterior había decidido que las llevaría a Nana Aura. Su padre siempre seleccionaba lo mejor de la cosecha para ella, que preparaba los platillos más deliciosos para el alfa y los residentes de la casa de la manada.
Se arrodilló en el suelo oscuro y se tomó su tiempo para arrancar cada hierba, para sentir la tierra en sus manos, limpiar las raíces y colocarlas cuidadosamente en la canasta.
Eran los últimos. Sin agua, sería imposible hacer crecer nada. El hilo de agua que aún corría desaparecía en la tierra reseca, ansiosa de un poco de humedad en medio de ese ardiente verano.
Y sin sembradíos, no podría subsistir. Debería acudir al alfa y ver qué podía hacer por ella… O tal vez era mejor hablar con el Beta Niko. Él parecía mucho más amigable y accesible que el Alfa Ferro.
Volvió a la casa, se cambió su ropa de trabajo por un sencillo vestido, cepilló su cabello y dejó que cayera sobre sus hombros y pecho.
Le tomó poco menos de una hora llegar hasta la villa. Había mucho movimiento esa mañana. Algunas personas la saludaron con débiles sonrisas y otros solo la miraban con curiosidad. Había muchos guerreros en las calles y se preguntó si había algún evento especial.
La casa de la manada ya estaba a la vista cuando notó a la distancia una serie de carretas. Una se había detenido frente a la casa y un hombre descendía de ella. Era muy alto y fornido, su porte muy elegante. Indudablemente era un alfa, por la energía que irradiaba de él.
De la carreta también bajó una mujer. Un poco más baja de estatura, de largos cabellos castaños rojizos. Sus movimientos eran precisos y delicados. Sus ropas elegantes, se ceñían suavemente alrededor de su hermosa figura.
Sintió un cosquilleo en todo su cuerpo y se detuvo abruptamente. Su cuerpo no respondía. Un aroma a pino y ládano invadió sus sentidos y entonces, al alzar la mirada, se encontró con dos zafiros azules que la miraban fijamente.
- ¡Mío! – la palabra se atoró en su garganta.
Su loba se agitaba en su interior, ansiosa por salir a la superficie.
Los dos desconocidos ya llegaban hasta el porche y sacudiéndose del hechizo en que esa intensa mirada parecía haberla atrapado, se apresuró a rodear la casa para entrar por la puerta trasera.
- ¡Lily! –
Como era usual, Nana Aura estaba en la cocina, moviéndose de un lado a otro, muy atareada.
- ¿Cómo estás, pequeña? ¡Me alegra tanto verte! – se detuvo un instante y se acercó a ella - ¿Estás bien? –
- Hola, Nana Aura – la joven sonrió y se acercó a la mesa de madera – Sí, estoy bien. Es solo que caminé desde la casa –
- ¡Oh, criatura! ¿Con este calor? Te ofrecería una bebida, pero…
- No, no hace falta – le detuvo con una sonrisa – Veo que estás muy ocupada… Solo traje algunas hierbas. Creí que te serían útiles –
- ¡Oh! Eres maravillosa. ¿Cómo lo haces? – tomó una rama de romero y aspiró su aroma.
- Me temo que es todo lo que me queda – murmuró la joven con algo de pesar.
- Lo sé, querida. Sé que la estás pasando mal, pero no te inquietes – dio unas palmaditas reconfortantes en su mano – Estoy segura que todo se resolverá –
- Vi a unos desconocidos llegar… - comentó y esperaba que la mujer no percibiera el temblor en su voz.
- Sí, es el Alfa Kent. Ha ofrecido una alianza y está a aquí con sus hombres para averiguar qué sucede con el manantial – volvió a sus tareas, sin dejar de conversar con Lily – Dicen que su manada tiene tuberías que llevan el agua hasta sus casas. ¿Puedes creerlo? El Alfa Kent es rico y su manada es una de las más poderosas –
- ¡Oh! ¿Una alianza…? – murmuró la joven, una dolorosa punzada en su estómago que le hacía sentir como si fuera a enfermar.
- Sí. El Alfa Adrian tomará a la hija del Alfa Kent como su pareja elegida –
La alegría de Nana Aura le produjo náuseas.
- Es maravilloso – continuó ella sin percatarse de la palidez de la joven o su expresión angustiada – Finalmente nuestra manada tendrá su luna… Hija de un poderoso alfa, nada menos –
Era un alivio que la mujer estuviera de espaldas. Eso le dio la oportunidad de tomar un poco de aire y reunir fuerzas para salir de allí.
- Debo irme, Nana Aura. Volveré a casa –
- ¡Oh, no, no! Quédate. Pasas tan sola, tan lejos de todos. No es bueno para ti –
- Estoy bien. Sabes que me gusta estar en casa –
- No insistiré esta vez, pero prométeme que volverás pronto y te quedarás un rato conmigo. Aquí en la casa podrás conocer chicos de tu edad, hacer amigos –
- Lo intentaré – asintió Lily con voz ahogada.
- Bien. Dame un momento – tomó unos panecillos de la cesta que descansaba sobre la mesa – Te preparé algo para que cenes –
- No, no. Estoy bien. No hace falta. Debes atender a los invitados –
- ¡Bah! No me tomará más que un instante –
Sin fuerzas para negarse, Lily observó cómo la mujer preparaba un cazo con comida, sin dejar de prestar atención a cualquier movimiento o sonido a su alrededor.
Era absurdo porque Adrian… el Alfa Ferro no estaba cerca. Estaba con sus invitados, obviamente… Estaba con su futura luna…
- Aquí tienes, querida – la voz de Nana la sacó de sus pensamientos.
Colocó el platillo en la canasta, algunos pastelillos y la tendió a la joven.
- Muchas gracias. Me dio gusto verte –
- Igualmente, querida… Y gracias por las hierbas, serán perfectas para la cena de hoy –
- Fue un placer –
Se alejó rápidamente de la casa de la manada. Habría echado a correr, su loba ansiosa por liberarse y volver cuanto antes a casa, donde se sentía segura.
Había encontrado a su pareja destinada. El Alfa Ferro era su pareja destinada. ¿Cómo era posible? Ella solo era una simple joven, ni siquiera era una loba pura. Su madre era una humana y su padre un lobo sin rango…
¿Por qué la diosa Selene le había dado como compañero un alfa?
¿Por qué la diosa la destinaría para ser luna?
Sacudió la cabeza. No, ella no sería luna.
Adrian… El Alfa Ferro había encontrado su luna: una mujer elegante, hermosa, hija de un alfa… Ella sabría como ser luna. Ella sería una pareja adecuada para el alfa. Ella era la luna adecuada para la manada.
Las casas de la villa comenzaban a quedar atrás, así que no tendría que preocuparse por las miradas curiosas. Su loba se había refugiado en lo más profundo de su mente, herida por la idea de no poder estar al lado de su compañero.
Jamás había cruzado una palabra con Adrian, solo lo había visto un par de veces, a lo lejos, pero a su loba eso no le importaba: él era la pareja que la diosa Selene había destinado para ella y ansiaba por él.
Se sorprendió cuando vio la granja. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos, que no se percató de la distancia que había recorrido. Fue entonces que echó a correr hacia la casa.
Una vez dentro, aseguró la puerta, dejó la canasta en la cocina y miró a su alrededor. No había nadie allí para darle consuelo. Se apoyó en la pared y se dejó caer, abrumada por el dolor.