GIANNA
Dí vueltas una y otra vez. Aún eran cerca de las cuatro de la mañana. No había podido dormir ni siquiera cerrar los ojos. Mi cabeza aún estaba ocupada recordando lo que había pasado. No podía decir que estaba borracho porque no parecía haber bebido ni una sola gota, pues las copas y las jarras estaban llenas. Sus ojos no se borraban de mi mente por mucho que lo intentara.
Mi boca había sido victima de besos deseosos e implacables que me habían robado el aliento mientras poseía mi cuerpo. Había sido cosa de la sangre, ambos nos habíamos calentado de una forma que nunca antes había sentido. Fue como si el aire tuviera una corriente que causaba escalofrios en el cuerpo mientras por dentro todo ardía y la unica forma de apagar ese incendio, fuera enviando todo a la mierda y haciendo lo que deseaba. Había tomado un baño, pero no se podía borrar lo que recordaría para siempre.
¿Sería malo o bueno?
Debía ser malo en acción, pero bueno en deseo.
Él no me agradaba, pero debía aceptar que había sido una buena sensación. Tenía una forma de hacer el sexo que no esperé. Era brusco, inegablemente brusco, pero ¡Dios! era sumamente candente con cada cosa que hacía.
—Cuando termine contigo, quiero que me digas cuánto oro quieres por esta follada, si es que cuando acabemos aún lo recuerdas—susurró contra mi odio para despues tomar mi boca sin una pizca de consideración. Un gemido brotó de mi garganta mientras sentía sus manos jugando con el amarré de mi bata de seda. La había amarrado tantas veces que se había quedado hecha un nudo. ¿Qué estaba pensando cuando lo hice? No tenía ni idea, solo que en ese momento me estorbó.
No despegó sus labios, simplemente sentí sus dedos contra mi vientre apretando la tela y despues la rasgadura. Una corriente de aire se filtró por el vestido para informarme que estaba roto. Lo había abierto como si se tratara de algun lienzo de papel. Se apartó de mis labios para despues perder su rostro en mi cuello como si estuviera hambriento del sabor de mi piel. Mis ojos estaban fijos en el techo, mientras me dejaba embargar por la sensación que alimentaba la excitación en mi interior.
Necesitaba más.
Un jadeó escapó de mis labios cuando uno de mis pezones terminó en su boca. El calor que mi cuerpo comenzó a experimentar causó que mi frente comenzará a cubrirse de una ligera capa de sudor. Estaba quemándome por dentro mientras él devoraba aquella sensible parte de mi cuerpo con marcada voracidad.
Sus dedos parecían haberse enterrado en la piel de mis muslos cuando las deslizó mucho más hacía el centro. Un gemido inundó la habitación. Rogué a mi boca que no emitiera sonido pero cuando sus dedos se posarón en mi sexo sentí que perdería la capacidad de ordenar a mi cuerpo. La sensación fue lo más placentero que había sentido en mi vida. No eran mis dedos, fueron otros y eso lo mejoró todo. Mis pezones estaban ligeramente hinchados debido a su boca perversa que parecía haberlos tomado de rehenes. Como si deseara regalarme una imagen que nunca se me borraría, besó en medio de mis pechos y me miró desde abajó con esos penetrantes ojos verdes.
—¿Sabes? Tenía ganas de hacer esto desde que te ví cuando llegué a la villa. Tienes unos lindos pechos, maldita sea—susurró en voz baja mientras apretaba uno de ellos—. Ahora dime, Gianna. ¿Mi ley de cero hombres ha funcionado o me encontraré con sorpresas?
—¿Qué coño quieres decir?
—¿Te has acostado con un hombre?
Me ví casi invitada a mentir para enfadarle pero no ganaría nada con ello y tampoco deseaba que parara. Solo quería que continuara y que me siguiera regalando de esa sensación tan deliciosa que ahora no parecía querer dejarme en paz.
Besó cada uno de mis pechos y despues fue apartando la ropa hasta que llegó a mi ombligo. Sentí su lengua humedecer aquella zona y despues escuché el sonido de un beso marcado.
—¿Vas a responderme o quieres que lo averigue?
—No, no he estado con ninguno.
—¿Ves? Eres más obediente de lo que pensaba.
—No te des tanto crédito, si hubiera de donde escoger, habría tomado a un hombre desde hace mucho tiempo.
Lo ví sonreír contra mi pelvis.
—Hiciste una promesa de sangre jurando que siempre serías mía y solo mía y aún así tenías planeado faltarme. Interesante falta de deslealtad para con tu rey.
—Mi rey no es mi dueño , podría haberme considerado suya si él se hubiera considerado igual para mi persona—musité mientras le miraba y apretaba uno de los pechos de forma inquieta debido a la excitación.—Ahora has corrido con suerte.
A duras penas logré terminar esa oración pues metió la cabeza en medio de mis piernas y comenzó a besar el interior de mis muslos para poco a poco irse acercando con esa inclemente boca a mi sexo. Cuando su lengua se hizo de mi clitorís sentí toda clase de sensaciones alrededor de mí. Quise cerrar las piernas de forma instintiva pero no lo logré porque me lo impidió con sus manos.
—Abré las piernas a menos que desees que te obligue a manerlas abiertas, Gianna. Uff, joder, pero que lindo coño tienes ¿Debo pensarme si sacarte del palacio o encerrarte en alguna ala? Pareces ser viciosa, así que creo que la idea del ala podría interesarte.
Su boca comenzó a moverse en mi interior. Lamiendo, chupando pero sobre todo humedeciendo con su boca cada milimetro de mi ser. Nunca me había sentido tan humeda y tan excitada en aquel momento. Su lengua estimulaba mi clítoris y despues recorría mis pliegues sin remordimiento alguno. Alargó su mano hasta acariciar mi cuello, pues debido a su tamaño y posición podía hacerlo. Empecé a cuestionar mi tamaño, tal vez había sido mala idea provocarlo, pues me veía como una delicada muñeca de trapo delante de un hombre que podría hacerme añicos con las manos si se lo proponía.
Uno de sus dedos acarició mis labios hinchados por sus besos causandome un cosquilleo. Mi espalda se arqueó mientras yo intentaba canalizar cada una de las sensaciones que sus acciones me provocaban. Esto era demasiado. Alargué mi mano para apretar las sábanas y él aprovechó para juguetear con uno de mis pezones. Mis ojos estaban brillantes, anhelantes y deseosos de poder sentir lo que había más allá, el placer que siempre encontraba despues de que mis dedos obtuvieran el punto. Necesitaba encontrar la placentera sensación que me dejaba viendo nublado y con las piernas temblando.
—Dios. ¡Si! ¡Por favor!
Mi voz era una mezcla entre excitación y súplica. Uno de sus dedos recorrió mi muslo y despues lentamente deslizó uno de sus dedos en mi interior.
—Joder, pero mira que belleza—articuló con fascinación mientras deslizaba lentamente uno de mis dedos. Sus ojos se oscurecieron de placer—, se me pone dura nada mas de sentir lo apretado que estar.
—Maxim…
—Shhh—besó mi monte venus y despues bajó de nuevo para ponerme al borde del abismo—, sabes espectacular. Me encanta.
Mis dedos apretaron las sábanas mientras mi boca se entreabria entre jadeos y sensaciones. Cerré mis ojos y cuando su boca chupó de nuevo sin dilanción, me dejé caer ante las circunstancias. Mi corazón bombeaba rapido y mis ojos se vieron sumergidos en una oscuridad mientras la corriente de placer me dejaba descolocada y provocaba toda clase de respuestas.
Mis vellos se erizaron.
Mi ojos casi se llenaron de lágrimas, pero no de dolor, si no de placer.
—¡Joder!
Tomé aire, tanto como si hubiera corrido un maratón. No se me fue permitido recuperarme. Tomó mi mano juntó con la suya y la guió hasta mi sexo.
—¿Sientes eso? Estás humeda y eso quiere decir que ahora puedo follarte incesantemente y sé que vas a gemir, no de dolor, si no de placer. Voy a hacerlo, pero quiero que me lo pidas. Dime que quieres que te folle.
Mierda.
Pude haber cerrado la boca y decirle alguna negativa pero acababa de tener un orgasmo y no tenía idea de dónde estaba mi cabeza ahora. Mi corazón estaba a nada de salirse de mi pecho y entonces respirando con dificultad contra sus labios, se lo dije:
—Follame, follame tanto como quieras y desees, majestad.
Algo que no pude entender ocurrió en aquel momento. Me besó y despues se colocó en medio de mis piernas. Había tenido muchas imagenes de él antes, mucho antes, pero esa había sido una de las más sensuales. Mientras se deslizaba en mi interior me sentí diferente, extraña, sumergida en un limbo donde nada importaba, lo unico que importaba era lo que estaba sintiendo y la sensación envolvente y placentera que ese hombre me estaba causando.
No pude apartar mis ojos, los mantuve fijos en su mirada mientras mis labios se entreabrian y dejaban escapar un gemido ligero ante su lenta y cada vez más profunda embestida. No había sido muy doloroso pero sí incómodo, al menos los primero segundos.
—Mierda, que bien se siente—jadeó con voz ronca mientras bajaba la mirada para observar lo que estaba pasando con nosotros y cada músculo de su fuerte cuerpo se tensaba. Se movió un poco —. Gianna.
La forma en cómo pronunció mi nombre me erizó la piel. Ronca, sensual, excitada y sumamente varonil, un cóctel que podría causar un orgasmo a cualquiera que escuchara aquel susurró en el oído. Primero, tomó mi cuerpo como si deseara probar cada detalle, sentir cada fibra muscular y besar cada rincón de mi piel con detenimiento. Dejó que mi pequeño cuerpo se acostumbrara a su tamaño para despues aumentar la fuerza y la velocidad con la que embestia. Mientras lo hacía, besaba mis pechos y dejaba que mis dedos se perdieran en las hebras de su cabello.
Mis ojos miraban al techo mientras mi cuerpo subía de arriba a abajo debido a su fuerza que no parecía medir demasiado. Por la forma en cómo mi cuerpo estaba siendo tratado cualquiera hubiera podido pensar que estaba sufriendo pero estaba siendo todo lo contrario. Estaba demasiado ocupada escuchando sus jadeos y gruñidos de satisfacción, a la par que chupaba mis pezones y acariciaba mi clítoris arrastrándome junto con él a una nueva liberación y al encuentro con el placer. Sujetó una de mis manos con fuerza y despues entrelazó sus dedos con los míos.
—Me odias pero parece gustarte…
—Te odio a ti, no a esto—respondió para despues sonreír gustoso mientras me embestía con fuerza y apretaba el agarre de su mano sobre la mía—. Una cosa no tiene que ver con la otra, Gianna.
Una fuerte estocada me hizo suspirar y despues soltar un sonido de satisfacción pura. Iba a necesitar más de esto, no podía pensar en otro lugar perfecto para mis manos que no fueran mi espalda y tampoco verlo de otra forma que no fuera sobre mí mientras me veía como si fuera un cervatillo para un tigre hambriento. Me veía voraz, deseoso.
¿Dónde estaba ese deseo?
No nos habíamos visto en seis años y debía decir que habíamos cambiado. Yo había dejado de ser esa mujer menuda de brazos delgados y rostro jovial, que prefería un maquillaje inocente a uno sensual o llamativo. Había dejado de tener una mirada pura a una completamente distinta, endurecida por los años de encierro y por las duras circunstacias que él amor me hizo vivir. Ninguno era el mismo y cada uno enfrentaba sus propios demonios.
Me levanté de la cama sumida en los recuerdos y no pude evitar asomarme en el balcón para poder tomar un poco de aire fresco. La tormenta había parado, al menos por un par de horas, pero parecía estar reagrupandose de nuevo para dar un nuevo embate con lluvias torrenciales y tormentas vendavales.
Mi mano ardió un poco, recordé que tenía el corte de su espada. Analicé la herida con ojos analiticos. La melancolía se hizo de mi persona y me odie por ello. ¿Por qué me sentía de esta forma? Puede que él hubiera sentido solo deseo carnal, pero para mí fue diferente.
—¿Porque no puedes escucharme Maxim?—había preguntado para despues hacerme un lado cuando el enorme cuadro cayó al suelo haciendo que el cristal que lo cubría se hiciera añicos. Me tomó por el cuello y me lanzó contra la pared.
—¡Porque confiaba en ti maldita sea, confie en ti! ¡No hubo nadie en Alsten a quien valorará más y en quien confiara cada uno de mis anhelos! ¡Te confie el secreto de ella y ahora está muerta!
—Te juro por lo más sagrado que tengo que es…
“Mi amor por ti”
—No, tu no tienes nada sagrado mas que el puto dinero y el amor por el poder. Tu padre lo hizo, seguramente pensando en que esa mujer se anteponía entre tu persona y él trono. Te odio y te detesto con toda mi alma y no hay en día en que no oré a Dios rogando porque estés muerta.
Ni siquiera un insulto de mi padre me hubiera dolido tanto. Recordaba que durante el primer año había llorado cada noche y siempre despertaba teniendo la misma pesadilla y el mismo recuerdo de los días de sufrimiento. Me sentí debil por permitir que los recuerdos del pasado me golpearan en el futuro. Había terminado en su cama y había sentido que el pasado no había sido enterrado como creía. El recuerdo de lo que alguna vez añore ser.
Antes luchaba por el amor.
Ahora luchaba por la supervivencia y venganza, así de simple.
Una estela apareció en el jardín, caminaba de forma lenta entre el verde césped cubierto por la brisa nocturna. Estaba despierto. Su imponente presencia se desplazaba con las manos detras de la espalda mientras parecía estar pensativo. Cuando la luz de la vela que yacía a un lado mío llamó su atención se encontró con mis ojos observandolo.
No supe cuantos segundos, fueron, lo que sí, que bastaron para hacerme desear apartar la mirada, entrar y cerrar con llave. Sus ojos estaban cargados de malicía y supe que debía prepararme para que intentara humillarme al día siguiente, ese era su plan. Sonrió burlonamente y despues me dió la espalda.
Él tenía un plan y yo acababa de descubrirlo. No había nada mejor para un manipulador, que hacerlo creer que te estaba manipulando y quien se creía ganador, terminaba perdiendo.