El amanecer en el bosque de Arandor nunca era completo.
La luz llegaba, pero siempre parecía dudar antes de tocar el suelo.
Aquella mañana, sin embargo, el alba se abrió paso con una intensidad inusual. Rayos dorados atravesaron la bruma como lanzas silenciosas, iluminando la torre negra desde su base hasta la punta perdida entre la niebla.
Era una señal.
Lyrianne lo sintió primero.
No era solo luz.
Era llamado.
El pequeño mensajero feérico dormía dentro de una esfera protectora flotante, suspendido cerca del techo. Su brillo era débil, como una estrella al borde de apagarse.
Aldren se encontraba junto al portal arcano que había abierto en el centro del salón. Un círculo de símbolos giraba lentamente bajo sus pies, trazando coordenadas invisibles entre planos.
—El portal no se mantendrá abierto mucho tiempo —dijo sin mirarla—. Los reinos ya no confían en los caminos entre mundos.
Lyrianne caminó hacia él.
—No es desconfianza, es miedo.
—Es lo mismo.
Ella no respondió.
Porque no lo era.
Se detuvo frente al círculo de luz.
El aire vibraba.
La magia cantaba.
Pero no era una melodía armoniosa. Era una nota sostenida, tensa… como si algo del otro lado estuviera conteniendo la respiración.
—Aldren —dijo ella suavemente—. Cuando crucemos, no estarás entrando como invitado.
—Nunca lo hago.
Sus ojos oscuros se encontraron.
Y por un instante, el mundo pareció esperar.
Entonces la luz del portal se intensificó.
El círculo se abrió.
El reino feérico apareció.
No había suelo.
No había cielo.
Había luz.
Corrientes luminosas fluían como ríos suspendidos en el aire, islas flotantes giraban lentamente unas alrededor de otras, cubiertas de jardines cristalinos y árboles de hojas translúcidas; cascadas brillantes caían hacia el vacío y desaparecían antes de tocar el fondo.
El Reino Alto.
El hogar de Lyrianne.
El exilio de Aldren.
Apenas cruzaron, el portal se cerró detrás de ellos con un susurro seco.
No estaban solos.
Figuras comenzaron a materializarse a su alrededor.
Hadas guardianas, altas, radiantes y armadas con lanzas de luz sólida.
Sus miradas se clavaron en Aldren como flechas invisibles.
Una de ellas avanzó.
—Hechicero del Viento —dijo con voz firme—. El Consejo te concede paso, pero no confianza.
Aldren la observó sin inclinar la cabeza.
—No vine a pedirla.
Lyrianne dio un paso al frente.
—Vengo bajo mi voluntad.
La guardiana la miró, y su expresión cambió:
No a suavidad; a inquietud.
—Princesa Lyrianne —susurró.
No era sorpresa.
Era preocupación.
Antes de que pudiera decir algo más, el espacio vibró; y el aire mismo se abrió como un velo que se aparta.
El Consejo apareció.
No descendieron.
Se manifestaron.
Siete figuras formadas de luz pura, suspendidas sobre un círculo flotante. No tenían alas visibles, pero su presencia llenaba el espacio como una tormenta silenciosa.
Sus voces hablaron al mismo tiempo.
—El Equilibrio ha sido perturbado.
La frase resonó dentro de la mente de ambos.
No en sus oídos.
En sus pensamientos.
Lyrianne inclinó la cabeza levemente.
Aldren no.
Uno de los Consejeros avanzó, su luz era más intensa que la de los otros.
—Aldren, custodio del archivo sellado, portador del sello prohibido, sobreviviente del cataclismo arcano…
Lyrianne lo miró.
No conocía esos títulos.
—Has sido llamado porque la sombra que despierta no pertenece a ningún reino —continuó la voz—. Pertenece al vacío anterior a la creación.
El aire tembló.
—El Intersticio.
El nombre cayó como un eclipse.
Aldren habló:
—Si ya saben lo que es, saben también que no puede destruirse.
—Es correcto.
—Entonces no me necesitan para vencerlo.
Silencio.
La luz de los Consejeros pulsó.
—Te necesitamos para contenerlo.
Pausa.
—Porque tú ya lo hiciste una vez.
Lyrianne giró hacia él.
—¿Qué?
Aldren no respondió, no porque no quisiera, si no, porque no podía negar la verdad.
El Consejo continuó:
—Pero antes debes ser probado.
El espacio cambió.
La luz se concentró.
El suelo inexistente se volvió sólido bajo sus pies, un círculo dorado apareció alrededor de Aldren, elevándose como un anillo flotante.
Lyrianne dio un paso adelante.
—¿Qué prueba?
—La única que importa —respondieron las voces—La luz.
El círculo brilló.
Y entonces la magia de Aldren reaccionó.
Oscura.
Profunda.
Antigua.
Su aura azul se expandió… pero la luz dorada del anillo la atravesó como si fuera agua.
El mago frunció el ceño.
—No es un ataque —dijo.
—No —respondió el Consejo—. Es revelación.
La luz lo envolvió.
Y mostró.
Sombras de su pasado se alzaron alrededor, un círculo de magos caídos, una torre destruida, un cielo partiéndose.
Y él… solo… sosteniendo algo invisible que intentaba devorar el mundo.
Lyrianne sintió que el corazón se le detenía.
—Él… salvó los reinos…
Las visiones cambiaron.
Ahora mostraban otra escena, el mismo Aldren. Pero rodeado de miedo.
De acusaciones.
De destierro.
La luz habló:
—Quien contiene la oscuridad… es temido como si fuera parte de ella.
El círculo se intensificó.
La prueba aún no terminaba.
—Última revelación —dijeron los Consejeros.
La luz descendió hacia su pecho.
Se detuvo.
Titubeó.
Y entonces… cambió de dirección.
Se giró y apuntó a Lyrianne.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué…?
La luz la tocó.
El mundo se detuvo.
Sus alas brillaron con una intensidad cegadora.
Su aura dorada se abrió—y dentro de ella…había otra.
Una luz más antigua.
Más pura.
Más peligrosa.
El Consejo habló, por primera vez con asombro.
—La Heredera del Alba.
Silencio absoluto.
Aldren la miró.
No como mago.
No como estratega.
Como hombre.
—Ahora entiendo… —susurró.
Lyrianne apenas podía respirar.
—¿Entender qué?
La respuesta del Consejo fue unánime:
—Por qué el Intersticio despertó.
El reino entero tembló.
Y muy lejos…en el vacío entre mundos. algo sonrió.