Capítulo VI - El Mensajero del Reino Feérico

982 Words
El temblor del Archivo Prohibido no se detuvo de inmediato. Fue disminuyendo, como un corazón que late cada vez más lento después de una carrera. Pero algo había cambiado. El aire ya no estaba quieto. Estaba alerta. Aldren cerró la puerta de piedra con un gesto seco. Los símbolos antiguos volvieron a sellarse, uno a uno, como ojos que se cierran tras presenciar algo que no desean recordar. Lyrianne permanecía inmóvil. No por miedo. Por certeza. —Ese libro me reconoció —dijo finalmente. —No a ti —corrigió Aldren—. Reconoció lo que te atacó. Ella lo miró. —¿Sabes qué es? El mago guardó silencio un instante demasiado largo. —Sé lo que no es. Subieron la escalera en espiral. Esta vez el ascenso pareció más corto, como si la torre misma quisiera alejarlos de lo que descansaba bajo sus cimientos. Cuando entraron nuevamente al gran salón, las esferas azules flotaban en calma, pero su luz era más tenue. Cautelosa. Lyrianne avanzó hacia la ventana alta. El bosque seguía cubierto por bruma, pero ahora la niebla se movía en direcciones opuestas, como corrientes invisibles chocando entre sí. —Los límites entre planos se están debilitando —susurró. Aldren no respondió. Porque ya lo sabía. Entonces ocurrió. Un destello. No vino del bosque. Vino del cielo. Ambos alzaron la mirada al mismo tiempo. Una línea dorada atravesó las nubes oscuras como una flecha silenciosa. No cayó. Descendió con intención. Con dirección. Directo hacia la torre. Lyrianne dio un paso adelante. —Eso es magia feérica. El impacto no fue violento. Fue preciso. La luz se detuvo frente a la ventana y quedó suspendida, girando lentamente sobre sí misma. Su resplandor reveló una figura diminuta en su interior. Un mensajero. Aldren extendió la mano con cautela. El cristal de la ventana se abrió sin romperse, como si el vidrio se hubiera vuelto líquido. La esfera entró. Flotó. Descendió. Y se abrió. La criatura dentro cayó de rodillas sobre el aire mismo antes de tocar el suelo. Sus alas eran delgadas como filamentos de luz y estaban desgarradas en los bordes. Su vestimenta, hecha de pétalos pálidos, estaba manchada de hollín oscuro. Lyrianne corrió hacia él. —¡Iriel! El pequeño mensajero levantó el rostro con dificultad. Sus ojos brillaban débilmente. —Princesa… te encontramos… Aldren frunció apenas el ceño ante el título. Lyrianne lo ignoró. —¿Qué ocurrió? ¿El reino está bajo ataque? Iriel intentó hablar, pero su voz salió rota. —Las barreras… cayeron… El aire del salón se enfrió. —¿Cuántas? —preguntó ella. —Tres… y siguen debilitándose… Aldren intervino. —¿Qué cruzó? El mensajero lo miró. Y tembló. No por debilidad. Por instinto. Lyrianne apoyó una mano sobre su hombro. —Está conmigo. Iriel tragó saliva luminosa. —No cruzó algo… Pausa. —Cruzó alguien. El silencio cayó como piedra. —Describe —ordenó Aldren. —No tiene forma fija… aparece como sombra… como g****a… como ausencia… —susurró el mensajero—. La corte lo llama… Su voz tembló. —El Intersticio. Las esferas azules de la torre vibraron. Lyrianne sintió un nudo helado en el pecho. —Ese nombre pertenece a leyendas selladas —dijo ella—A entidades anteriores a los reinos. —No es leyenda —respondió Iriel—. Está despertando. Aldren cruzó los brazos lentamente. —¿Por qué venir aquí? El mensajero lo miró con una mezcla de temor y urgencia. —Porque el Consejo vio dónde cayó ella. Silencio. Lyrianne giró apenas la cabeza. —¿Me siguieron? —No. Te buscaron. Aldren habló, más frío: —Eso no responde mi pregunta. Iriel dudó. Pero respondió. —Porque las visiones dijeron que el único capaz de sellar al Intersticio… vive en esta torre. Las palabras quedaron suspendidas. El bosque crujió afuera, como si hubiera escuchado. Lyrianne miró a Aldren. Él no reaccionó. No negó. No aceptó. Solo preguntó: —¿Qué quieren? El mensajero inhaló con dificultad. —Que regreses. El silencio se volvió denso. Lyrianne parpadeó. —¿Regresar…? Iriel asintió lentamente. —El Consejo feérico convoca al Hechicero del Viento. Las esferas azules chisporrotearon. Aldren sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue peligrosa. —Hace siglos que su Consejo decidió que yo no debía existir cerca de sus cielos. —Las profecías cambian —respondió el mensajero—. El peligro también. Lyrianne observó a Aldren con atención. —¿Qué ocurrió entre ustedes? —Historia antigua —respondió él. —Historia que ahora importa —replicó ella. Sus miradas se encontraron. Tensión. Silencio. Algo más. El mensajero habló otra vez, más débil: —Si no vienes… el portal se abrirá desde el lado feérico, y cuando eso ocurra… No terminó. No hizo falta. Aldren caminó hasta la ventana. El bosque oscuro se extendía infinito ante él. Su refugio. Su reino. Su prisión. —Si cruzo ese portal —dijo sin girarse—, no será como aliado. Lyrianne respondió: —Será como lo que eres. Pausa. —Necesario. El viento se alzó afuera, como si el bosque reaccionara a la palabra. Aldren cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada. Se giró. —Partimos al amanecer. Iriel dejó escapar un suspiro de alivio, y se desvaneció, agotado. Su pequeño cuerpo quedó flotando, sostenido por la magia residual de Lyrianne. Ella lo sostuvo con suavidad. —No está herido —dijo—. Solo drenado. Aldren asintió. Pero no estaba mirando al mensajero. La estaba mirando a ella. —Princesa —repitió en voz baja. Lyrianne sostuvo su mirada sin apartarse. —No lo soy para ti. El mago inclinó apenas la cabeza. —Aún no. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue eléctrico. Afuera, entre los árboles, la niebla comenzó a moverse en espiral. Muy lejos. Algo observaba. Y sonreía.
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