La torre no dormía.
Respiraba.
No con aire, ni con viento, ni con vida… sino con memoria.
Lyrianne lo sintió antes de abrir los ojos.
El silencio era distinto.
Ya no era el silencio tenso de una amenaza cercana ni el silencio pesado de la batalla reciente. Era algo más antiguo. Más profundo. Como si las paredes observaran.
Se incorporó lentamente sobre el lecho de piedra cubierto de telas oscuras que Aldren había preparado para ella.
Su ala herida ardía todavía, pero ya no con dolor, sino con una sensación punzante, como si algo invisible estuviera tirando de su esencia desde dentro.
—Eso no es una herida —susurró para sí—. Es un aviso.
Una luz tenue se filtraba desde el pasillo exterior.
No azul.
No dorada.
Plateada.
Lyrianne frunció el ceño.
La magia de Aldren era azul. La suya, dorada. Aquella luz no pertenecía a ninguno de los dos.
Se puso de pie.
El suelo estaba frío. La torre parecía más grande de noche, como si los espacios se estiraran cuando nadie los miraba directamente.
La luz volvió a pulsar.
Un latido.
Y luego otro.
La curiosidad venció a la prudencia.
Lyrianne salió de la habitación.
El pasillo estaba vacío, pero el resplandor plateado flotaba al final, cerca de una escalera que no recordaba haber visto antes.
Sus alas vibraron apenas, inquietas, como si reconocieran algo que su mente no alcanzaba a comprender.
—No deberías estar despierta.
La voz grave de Aldren surgió desde la sombra.
Lyrianne no se sobresaltó.
—Tú tampoco.
El mago estaba apoyado contra el muro, medio oculto por la penumbra. Sus ojos oscuros reflejaban la luz plateada con una intensidad difícil de descifrar.
—La torre cambió —dijo ella.
—La torre recuerda.
—No es lo mismo.
Aldren guardó silencio.
Luego suspiró apenas.
—Ven.
No fue una orden.
Fue una concesión.
Bajaron juntos la escalera estrecha. Los escalones no estaban desgastados por el uso, sino por el tiempo. Como si generaciones enteras hubieran pasado por allí, aunque Aldren viviera solo.
El aire se volvió más frío mientras descendían.
Más antiguo.
Más denso.
La luz plateada crecía con cada paso, filtrándose desde una puerta de piedra cubierta de símbolos tan viejos que ni siquiera el idioma arcano actual podría traducirlos.
Lyrianne se detuvo.
—Eso… no es magia común.
—No —respondió Aldren—. Es memoria sellada.
Apoyó la palma sobre la puerta.
Los símbolos brillaron.
La piedra tembló.
Y la puerta se abrió.
El Archivo Prohibido no era una habitación.
Era un abismo.
Filas infinitas de estanterías descendían en espiral hacia una oscuridad que parecía tragarse la luz. Libros flotaban lentamente en el aire, girando como planetas silenciosos alrededor de un núcleo invisible.
Pergaminos se desenrollaban solos y volvían a cerrarse. Frascos con polvo luminoso vibraban en repisas suspendidas.
El lugar no olía a moho ni a encierro.
Olía a siglos.
Lyrianne dio un paso adelante, hipnotizada.
—Esto no debería existir en el mundo humano…
—No existe —dijo Aldren—. Está entre planos.
Ella lo miró.
—Un archivo intermedio.
Él asintió.
—Aquí se guardan los recuerdos que ningún reino quiere conservar, pero tampoco destruir.
Una página suelta flotó cerca de ella. Sin tocarla, Lyrianne vio imágenes formarse en su superficie:
Guerras antiguas.
Reinos caídos.
Criaturas olvidadas.
Magos arrodillados ante sombras.
La página se cerró de golpe.
Lyrianne tragó saliva.
—¿Cuánto sabes tú de todo esto?
—Lo suficiente para no confiar en ningún poder absoluto.
Ella lo observó.
—Este lugar no pertenece a un hechicero solitario, Aldren.
Silencio.
El leve movimiento de los libros flotantes parecía un murmullo.
—No —admitió él—. No me pertenece.
—Entonces ¿quién te permitió custodiarlo?
El mago no respondió de inmediato.
Sus dedos rozaron el lomo de un libro n***o suspendido en el aire. El objeto tembló levemente, como si reconociera su presencia.
—Nadie me lo permitió —dijo al fin—. Fui el único que sobrevivió para hacerlo.
Lyrianne sintió un estremecimiento recorrerle las alas.
No preguntó.
Porque entendió.
Aquel lugar no era un premio.
Era una tumba.
Un sonido seco resonó en la profundidad del archivo.
Un libro cayó.
Luego otro.
Luego tres más.
Aldren se tensó.
—No los toques.
Pero Lyrianne ya había girado.
En el vacío central del abismo, un volumen antiguo ascendía lentamente desde la oscuridad inferior. Su cubierta estaba hecha de un material imposible de identificar: no cuero, no piedra, no metal.
Algo intermedio.
Algo vivo.
El libro se abrió solo.
Las páginas pasaron rápido.
Demasiado rápido.
Como si buscaran algo.
Como si olieran algo.
Se detuvieron.
Una sola página quedó visible.
Un dibujo.
Un símbolo.
Lyrianne lo reconoció al instante.
El mismo patrón oscuro que había visto en el cielo antes de caer.
Su voz salió apenas en un hilo:
—Aldren…
Él ya lo había visto.
El símbolo comenzó a moverse sobre la página, retorciéndose como tinta consciente. Las letras antiguas alrededor empezaron a arder en un rojo tenue.
El archivo entero vibró.
Los libros flotantes se alejaron del centro, como si temieran acercarse.
El símbolo latió.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces—susurró.
No en sonido.
En pensamiento.
"Ya desperté"
Lyrianne sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Lo escuchaste?
Aldren no respondió.
Porque sí lo había escuchado.
El libro se cerró de golpe.
Cayó.
Desapareció en la oscuridad.
Todo quedó en silencio otra vez.
Pero ya no era el mismo silencio.
Lyrianne habló primero.
—Eso estaba sellado aquí.
—Sí.
—Entonces no debería poder hablar.
—No debería.
Sus miradas se cruzaron.
Y por primera vez desde que se conocían Aldren no tenía una explicación.
El archivo emitió un crujido profundo, como si algo en sus cimientos hubiera cambiado de posición.
Lejos, muy lejos, en la profundidad; algo se estaba moviendo.
Lyrianne retrocedió un paso.
—No está afuera, ¿verdad?
Aldren negó lentamente.
—No.
La verdad cayó como una piedra entre ellos.
—Está buscando entrar - susurró ella.
El mago la miró.
Y su respuesta fue peor que cualquier advertencia:
—No.
Pausa.
—Está buscando salir.
El archivo tembló otra vez.
Esta vez… desde abajo.