Capítulo IV - El Susurro Entre las Piedras

714 Words
La risa no volvió a escucharse. Pero el silencio que dejó fue peor. Las esferas azules suspendidas en el salón comenzaron a parpadear, como si algo invisible intentara apagarlas desde dentro. Los símbolos grabados en el suelo se encendieron con un rojo oscuro, lento, espeso… como sangre despertando bajo la piedra. Lyrianne dio un paso atrás. —No tiene cuerpo… —susurró. Aldren alzó una mano. Una barrera translúcida se desplegó por las paredes de la torre, vibrando con runas antiguas. —No lo necesita. El aire cambió. Se volvió pesado. Denso. Frío. Y entonces comenzó. Un susurro. No provenía de un lugar. No tenía origen. Se filtraba desde todas partes a la vez: entre las grietas, bajo los símbolos, detrás de la respiración. Dentro de la mente. “Aldren…” El mago tensó la mandíbula. Lyrianne lo miró. —¿Te llama? El susurro regresó, más cercano. “El que fue rechazado… el que eligió la oscuridad…” Las llamas azules se deformaron, proyectando sombras que no coincidían con sus cuerpos. Algunas parecían alargarse solas. Otras se movían en dirección opuesta a la luz. —No lo escuches —advirtió Lyrianne. Aldren no respondió. Las palabras no lo estaban rodeando. Lo estaban recordando. El susurro cambió. Se volvió suave. Casi amable. “Podrías abrir el portal… unir los reinos… gobernar ambos…” Lyrianne sintió un escalofrío recorrerle las alas. —No quiere destruir —murmuró—. Quiere corromper. Las sombras comenzaron a deslizarse por las paredes como humo vivo. No tenían forma fija. A veces parecían manos extendidas. A veces alas desgarradas. A veces solo ausencia. Una de ellas se estiró hacia Lyrianne. Aldren reaccionó sin pensar. Un rayo de energía azul atravesó la sala y partió la sombra en dos. La oscuridad se dispersó… pero no desapareció. Retrocedió. Y rió. No fue un sonido. Fue una presión dentro del cráneo. Lyrianne se llevó una mano a la sien. —Está intentando entrar… Aldren la tomó por los hombros. —Mírame. Ella levantó la vista. —Concéntrate en mi voz. No en la suya. Por un instante, el mundo dejó de existir. Solo quedaron: su mirada su respiración su cercanía La sombra retrocedió, inquieta. “Ella te teme…” susurró la voz. Lyrianne apretó los dientes. —No te temo. La presencia cambió de táctica. “Pero te dejará… como todos…” El golpe fue directo. Aldren no se movió… pero sus manos se tensaron apenas. Lyrianne lo sintió. —No la escuches —dijo ella ahora, firme—. Quiere dividirnos. Las sombras comenzaron a girar en espiral en el centro del salón. Se arremolinaron formando un núcleo más n***o que la noche misma. No tenía ojos. No tenía rostro. Pero observaba. Aldren elevó ambas manos. La torre respondió. Los símbolos ardieron con luz intensa y un círculo de protección surgió bajo sus pies, expandiéndose como un latido de piedra viva. La entidad se agitó, comprimida dentro del hechizo, como humo atrapado en un frasco invisible. “No puedes encerrarme… yo soy el vacío entre tus pensamientos…” Lyrianne extendió sus manos también. De sus palmas brotó una luz dorada, cálida, viva… distinta a la magia fría y controlada de Aldren. Por primera vez, sus energías se tocaron. Azul y dorado. Noche y amanecer. La torre tembló. La sombra chilló —no con sonido, sino con presión— y estalló en fragmentos de oscuridad que escaparon por grietas invisibles del aire, disolviéndose entre dimensiones. El silencio regresó. Pesado. Frágil. Lyrianne perdió el equilibrio. Aldren la sostuvo antes de que cayera. Por un instante, ella quedó apoyada contra su pecho. Su luz brillaba débilmente. Su respiración era rápida, temblorosa. —No se ha ido —susurró. —Lo sé. —Solo nos está probando. Aldren la miró. —Entonces que pruebe. Lyrianne alzó la vista. —No entiendes… esa entidad se alimenta de lo que negamos. De lo que duele. De lo que tememos perder. El mago sostuvo su mirada más tiempo del necesario. —No temo perder nada. Ella lo observó en silencio. Y por primera vez… no le creyó. A lo lejos, en lo profundo del bosque, algo volvió a moverse. No como ataque. Como paciencia. La sombra no quería destruir la torre. Quería que ellos mismos abrieran la puerta.
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