—Está bien —asiento luego de haber estado en silencio durante unos minutos—. Voy a arreglarme, espérame en la sala —él sonríe de lado y asiente.
—Como digas, dea —camino de vuelta hacia el interior de la casa y oigo sus pasos detrás de mí.
Cuando estoy subiendo las escaleras puedo ver como cierra la puerta.
Voy hacia el baño, abro el grifo y tomo una ducha rápida, en mis duchas mi gel corporal con aroma a lavanda no puede faltar. Ahora me encuentro delante del armario intentando decidir que vestido ponerme. Los minutos allí delante se me hacen eternos hasta que al fin tomo una decisión.
Tomo unas bragas negras de encaje y luego me deslizo el vestido, del mismo color, por el cuerpo, el cual se ciñe perfectamente como si de una segunda piel se tratase, tiene una apertura en la pierna la cual comienza en la mitad de mi muslo y un escote bastante pronunciado. Me coloco unos tacones también negros y voy hacia el espejo. Tomo el labial rojo y lo aplico perfectamente en mis labios, hago un delineado espectacular en mis ojos, aplico un poco de rímel, me rocío perfume y por último cepillo mi cabello.
Me observo por última vez en el espejo, tomo mi bolso y dentro pongo mi teléfono y las llaves, bajo las escaleras haciendo que mis tacones resuenen por toda la estancia.
—Estoy lista —en cuanto oye mi voz se voltea a verme y vuelve a observarme lentamente.
Me acerco a él pero no emite palabra.
—¿Sucede algo?, ¿Acaso elegí un mal vestido? —frunzo el ceño buscando alguna respuesta en su rostro.
—No, no... —se apresura a decir. Relame sus labios—. Te ves como toda una dea —sonríe seductor.
|| ... ||
Llevo la copa de vino a mis labios y bebo bajo su atenta mirada.
—Te gusta beber, ¿verdad? —cuestiona para después llevarse un poco de pasta a la boca.
—Solo cuando es necesario —dejo la copa sobre la mesa.
—¿Quieres decir que soy aburrido o algo por el estilo? —enarca una ceja sin despegar sus ojos de los míos.
—No, solo que —niego— …es raro, no te conozco de nada y no suelo cenar con mis clientes —hago una mueca con mis labios.
—No soy tu cliente, solo tuve que tomar ese camino para llegar a ti —habla con total tranquilidad y no logro entender nada.
Vuelvo a tomar la copa entre mis dedos y bebo lo que queda de un sorbo, tomo la botella y vierto más en la copa.
—¿Quieres? —señalo la botella.
—No, no me gusta beber, dea —sus ojos están fijos en los míos y me hace erizar—. No deberías de beber tanto, es malo para ti —murmura.
—Solo necesito fuerza —continúo bebiendo.
—Lo único que conseguirás es una jodida resaca y te arrepentirás por haber bebido tanto —me quita la copa de la mano al igual que la botella.
Llama al mesero para que se lleve el vino y este lo hace.
—¡Oye! —me quejo.
—Créeme, me lo agradecerás en la mañana —se levanta de la mesa, deja el dinero suficiente arriba de esta y se acerca a mí—. Te llevaré a tu casa, vamos —me extiende su mano y la tomo.
En cuanto me coloco de pie un fuerte mareo se apodera de mí, siento como si me fuese a caer pero Bruno me sostiene con firmeza por la cintura.
—Yo te cargaré —susurra en mi oído.
—No —menciono firme—. Puedo caminar sola —hablo arrastrando las palabras.
—De acuerdo —me suelta.
Doy un paso y mi tobillo se tuerce haciendo que caiga al suelo.
—Maldición —murmuro en tono bajo.
Oigo la risa de Bruno detrás de mí y luego siento sus manos en mi cintura, las cuales me levantan del suelo.
—Te cargaré, dea —quito mis tacones y él me carga como si de un bebé se tratase.
Camina conmigo en sus brazos y con cuidado me introduce en su coche, cierra la puerta y sube del lado de piloto.
Comienza a conducir pero siento tanto cansancio en mi cuerpo que mis ojos comienzan a pesar y me es imposible mantenerme despierta, así que caigo en un profundo sueño.
|| ... ||
Abro los ojos con dificultad y las horribles jaquecas me martillan la cabeza. Observo con detenimiento la habitación y me doy cuenta que no es la mía; las sábanas son de seda negra, las cortinas son del mismo color y se ve cinco veces más grande que mí dormitorio.
Volteo mi cabeza a mi lateral y hay un espacio vacío pero sé que había alguien porque las sábanas están revueltas.
Levanto la sábana y puedo ver que solamente estoy utilizando mis bragas.
—¿Qué demonios hice anoche? —frunzo el ceño intentando recordar.
Recorro toda la estancia buscando mi ropa pero nada. Logro divisar un armario, así que me levanto y busco algo que ponerme encima, encuentro una camiseta negra holgada, la pongo sobre mi cuerpo y el aroma se me hace familiar pero no recuerdo de quien puede ser.
Sé que es la casa de un hombre porque el armario está repleto de ropa masculina.
Logro encontrar una puerta en la habitación, la abro e ingreso allí.
Es un baño. Coloco pasta dental en mi dedo y la paso por mis dientes, me enjuago la boca y luego seco mis labios.
Salgo del baño, abro la puerta de la habitación y abandono ésta. Bajo por las escaleras que hay a un lateral de mí hasta que mi cuerpo se detiene cuando veo a Bruno con el torso desnudo, lo recorro con la mirada y veo como las gotas de sudor se deslizan por cada músculo perfectamente marcado de su pecho.
*¿Hace más calor aquí?*
—Despertaste, dea —dice mientras seca su sudor con una toalla.
—¿Dónde estoy? —mi voz se oye ronca—. ¿En el lugar que debo rediseñar? —niega.
—En mi casa —bebe de su botella de agua.
—¿Por qué? —enarco mis cejas.
—Te habías quedado dormida y no tenía las llaves de tu casa para abrir, entonces decidí traerte aquí —cuelga la toalla en su hombro y no puedo evitar ver esa V perfectamente marcada que se encuentra sobre sus caderas.
—Las llaves estaban en mi bolso —menciono.
—Rebuscar en el bolso de una dama no es mi estilo —sus ojos se clavan sobre los míos.
—Estaba en ropa interior —asiente—. ¿Acaso tuvimos sexo? —él sonríe y comienzo a preocuparme, no por haber dormido con él sino por haberlo hecho ebria.
—No tuvimos sexo, dea —suelto el aire que contenía—. Tú misma te desnudaste porque decías que tenías calor y aproveché la oportunidad porque habías vomitado el vestido. Está en la lavadora —señala en alguna dirección—. Pero si quieres tener sexo, no me niego —se acerca a mí.
Me alejo porque sé que puede terminar besándome y no me encuentro en aptas condiciones. Sus ojos me analizan de pies a cabeza.
—¿Puedes dejar de verme de esa forma? —muevo mis pies incómoda.
—Es que no puedo dejar de pensar en ti en aquel vestido y ahora te tengo así delante de mí —murmura.
—Quiero irme a mi casa —susurro sin quitar mis ojos de los suyos.
—En unos minutos te llevaré. Voy a ducharme —sube las escaleras dándome una perfecta visión de su trasero.
—Rayos —murmuro para mí.
Comienzo a caminar por la amplitud del lugar pero no sin detener mi mirada en cada detalle que tiene la casa, o mejor dicho, mansión. Es un lugar hermoso, desprendía mucha seriedad y arrogancia, igual que Bruno.
Mis pasos van hacia el enorme ventanal con vista al patio y me detengo frente a él para contemplar su belleza.
—Que magnífico sería poder despertarme cada día y contemplar la belleza de este lugar —cierro mis ojos y respiro profundamente
Pero me sobresalto en cuanto siento unas fuertes manos posarse en mis caderas y un aire caliente sobre mi cuello.
—Esa camiseta te queda jodidamente bien —me estremezco al oír su voz.
—¿Podrías traerme mi vestido? —él suspira.
Se aleja hasta desaparecer, nuevamente, y en cuanto vuelve me tiende el vestido que llevaba anoche, mojado.
—Vamos, dea —toma unas llaves en su mano y sale, sin pensarlo dos veces le sigo.
Minutos después estamos dentro de su coche y ambos estábamos sin mediar palabra. Me limito a observar los paisajes que nos rodean y trato de no voltear hacia él.
—¿Te duele la cabeza? —niego—. Eres suertuda, con todo lo que bebiste anoche no tendrías ni que poder ver una luz —volteo hacia él y tiene los ojos fijos en la carretera.
—No sobrepasé mi límite —murmuro y Bruno eleva sus cejas con ironía.
—No quiero imaginarme como estará tu hígado con todo lo que bebes —ruedo los ojos—. Es malo para ti —suspiro.
—Ese es mi problema —él ríe.
—Será el problema para tu familia cuando comiences a vomitar sangre por una falla hepática —suelto una pequeña risa.
—No lo creas —elevo mis cejas de forma sarcástica—. Mi hígado está en perfectas condiciones —sonrío.
El coche se detiene frente a mi casa y estaba a punto de bajarme pero Bruno me jala hacia él para comenzar a devorar mis labios con furor.
Tardo unos segundos en responder pero luego lo hago y lo atraigo más hacia mí sujetándolo por la nuca. Se deleita con el sabor de mis labios al igual que lo hago con los suyos, pero me aparto porque comencé a sentir demasiado calor.
—Adiós —bajo del coche con mi bolso y mi vestido para luego adentrarme en mi casa.
Cierro la puerta detrás de mí, recuesto mi espalda sobre ella y suspiro.
—¿Dónde rayos pasaste la noche? —aparece Dafne delante de mí y observa mi vestimenta—. ¿Y por qué estás así vestida? —frunce el ceño.
Solamente llevaba la camiseta de Bruno la cual me llegaba hasta la mitad de los muslos, así que simulaba algo no tan extraño, mientras que el vestido que tenía puesto anoche lo llevaba en la mano.
—Ayer bebí más de la cuenta —hago una mueca—. Me quedé dormida mientras Bruno me traía a casa pero, según él, como no podía abrir la puerta me llevó a su casa —lanzo mi bolso y mi vestido al sofá.
—¿Y tuvieron sexo? —sube y baja sus cejas con picardía.
—No —la veo hacer una mueca desilusionada—. Me desnudé en su habitación y tenía el vestido hasta arriba de vómito. Cuando me desperté no recordaba nada y estaba solamente en bragas —ella ríe—. También pensé que había tenido sexo —Dafne niega y se sienta a mi lado—. Me vestí con esto y no hay más explicaciones —palmea mi hombro.
—Ese hombre te desea, Kylie —ahora quién ríe soy yo—. No es broma, se nota en su mirada —asiento sarcástica.
|| ... ||
Estaba en la cafetería que queda a unos metros de la empresa, almorzando algo con Dafne y Erick.
—¡¿DORMISTE CON EL DIOS GRIEGO DE RUSSO?! —chilla Erick haciendo que ponga mi mano en su boca.
—No y calla, Erick —digo y vuelvo a sentarme correctamente.
—¿Sabes el privilegio que tienes de solamente estar cerca de ese hombre? —Dafne ríe al escuchar a Erick.
—No es un privilegio, es una tortura —suspiro cansada.
—Solo es una tortura porque aún no te has acostado con él —señala mi amiga—. Cuando eso pase la tortura será que no puedas caminar —lleva un tomate a su boca
—Concuerdo con ella —habla Erick mordiendo su sándwich.
—Yo no lo hago —niego y doy un sorbo al jugo de naranja.
Mi amigo se atraganta con su sándwich, no entiendo porque su reacción hasta que observo la entrada y soy yo quien se ahoga con la bebida.
—¿Qué les pasa? —Dafne se voltea buscando el porqué de nuestras reacciones—. Oh, ya entendí —vuelve su mirada hacia nosotros.
Puedo ver como entra con su traje, el cual se ciñe completamente a su cuerpo, se quita sus gafas de sol y pude notar como todas las mujeres del lugar babean por él.
Sus pasos vienen hacia la mesa en la cual nos encontramos.
—Hola, dea —me penetra con esos ojos tan profundos.
No respondo nada.
—Hola, Bruno —dice Dafne.
—Sí —Erick se recuesta sobre la mesa y lo observa—. Hola, Bruno —parpadea varias veces mi amigo.
Bruno hace una expresión extraña al ver a Erick y vuelve a observarme.
—Creo que debemos irnos —dice Dafne tomando a Erick del brazo.
—No, pueden quedarse —casi suplico.
—Debemos trabajar, tenemos una cita en quince minutos —y así es como desaparecen.
*Que amigos tan geniales que tengo.*
La mirada de Bruno no se despega de mí.
—¿Qué haces aquí? —cuestiono entrecerrando mis ojos.
—Quería verte —se sienta a mi lado.
—¿Por qué o que? —frunzo el ceño.
Va a hablar pero se oyen disparos.
—¿Qué carajos? —suelto sin entender.
—Ven aquí, dea —me envuelve entre sus brazos y terminamos en el baño de la cafetería escondidos.
—¿Puedes explicarme que demonios sucede? —me suelto de sus brazos y lo observo con el ceño fruncido—. Siempre que apareces hay disparos o suceden cosas extrañas —mi tono va subiendo.
—No puedo decirte nada —murmura.
—Ah, está bien —asiento rápidamente—. Entonces me iré —abro la puerta del baño y veo a un hombre alto, fornido y con mala cara.
En ese instante el hombre me observa y se acerca a mí; no siento miedo, simplemente le enfrento.
—Hola, bonita —sonríe de una forma perturbadora.
Bruno se pone delante de mí y le habla.
—¿Qué haces aquí, Petrov? —el tono frío y duro de Bruno asusta.
—Pues mis hombres me informaron que estabas cerca y aún tengo asuntos pendientes contigo —él me observa de pies a cabeza—. Simplemente quise pasar a saludarte —la cara de ese hombre genera mucha desconfianza.
Intento escabullirme pero un hombre gigante y súper fuerte me toma en sus brazos impidiéndome la movilidad.
—Y pues vi que tienes una chica encantadora —habla con lentitud—. La quiero —el desconocido me sonríe de forma asquerosa.
—No puedes tocarla, Alek —salta Bruno.
—¿Y por qué? —cuestiona éste acercándose.
—Es mi mujer —responde tan duro que asusta.
*Si claro, también tendremos tres hijos, no te jode.*
El hombre que había entrado queda en silencio hasta que suelta un largo suspiro.
—Suéltala, Marcus —el grandote me suelta haciendo que me golpee contra el suelo—. Esto no se acabará tan fácil, Russo —suelta con odio y se va.
Bruno me ayuda a ponerme de pie.
—¿Estás bien, dea? —me observa analizándome.
—Sí, lo estoy —refunfuño—. Ahora explícame que coño fue todo eso —me cruzo de brazos.
—No puedes saberlo, perdón —acaricia mi labio inferior con su pulgar y sale de la cafetería.
|| ... ||
Caminaba de vuelta a casa, sola. Por las calles aún había gente caminando hasta un cierto punto en el cual me encontraba desolada.
En algunos momentos escuchaba pasos detrás de mí, pero en cuanto volteaba hacia atrás no se veía nada extraño y seguí con mi camino. Estoy maldiciendo el no haber ido a buscar mi coche al taller, este viaje a casa no me está gustando para nada.
El frío de la noche me abraza, por lo cual, me envuelvo entre mis propios brazos y continúo caminando. Es inevitable no voltear mi mirada cada cierto tiempo, no mentiré, estoy bastante nerviosa y no veo la hora de llegar a mi casa.
En mi mente el camino que queda es interminable y la gélida noche se hace presente cada vez más.
Siento como alguien coloca algo frío en mi nuca, mi respiración se corta y mis manos comienzan a temblar.
*Todo iba tan bien.*