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3378 Words
—No te muevas porque esto puede salir muy mal, bonita —es el hombre de hoy en la cafetería. —Toma mis pertenencias pero no me hagas nada —pido con algo de intranquilidad en mi voz. —No quiero tus cosas, niña tonta —suelta con odio. —¿Qué quieres entonces? —cuestiono en tono brusco. —Solo te tomaré como venganza con El Diablo —pega más el hierro frío a mi nuca. Cierro mis ojos con fuerza y respiro hondo. —¿Quién es El Diablo? —frunzo el ceño. —Tu dueño —mi ceño se frunce aún más. —No soy propiedad de nadie. —Lo eres de él —su agarre se afloja un poco. Aprovecho para voltearme y hacer que se retuerza de dolor mientras que, con todas mis fuerzas, sostengo su brazo detrás de su espalda. —No soy un objeto para que tomen en posesión —suelto entre dientes. —Eres ruda —hace una pausa—. Me encanta eso —sonríe de lado—. Pero no puede ser así el juego —arrugo mi entrecejo en señal de confusión. En un rápido movimiento me está apuntando con su arma y yo alzo las manos. —Di tus últimas palabras —susurra. Se oye detrás de él como se le quita el seguro a un arma y el hombre abre sus ojos como platos. —Suelta el arma, Alek —la escalofriante voz de Bruno se oye. El tal Alek suelta una risa carente de gracia. —Está bien, Diablo —suspira—. No te desesperes —va bajando el arma a paso lento. —Deprisa —insiste Bruno. Puedo ver como Alek baja el arma pero todo pasa tan deprisa; se oye un estruendo ensordecedor, siento una punzada de dolor en mi abdomen y pierdo la fuerza en mis piernas. Bruno le propicia un golpe en la nuca haciendo que caiga al suelo. —Dea, respira —me inspecciona y cuando toca mi abdomen suelto un quejido. Puedo observar que su mano se encuentra completamente impregnada con mi sangre. En ese instante siento mucho miedo y mi cuerpo está cada vez más débil. —Sangre… —titubeo con pesadez. —Estarás bien —asiento lentamente—. ¡MARCO, TRAE EL PUTO COCHE! —exclama y pierdo el conocimiento en sus brazos. || … || Abro mis ojos con dificultad, inspecciono mi alrededor y me doy cuenta que es la habitación de Bruno. *Otra vez aquí...* Me muevo en la cama pero un fuerte dolor se instala en mi abdomen. Levanto mi blusa y veo que tengo un vendaje bajo mis costillas. —Esto duele —me siento con dificultad en el suave colchón y la puerta se abre. Levanto la cabeza y veo a Bruno con una bandeja en las manos. —Veo que despertaste, dea —deja la bandeja en la mesa de noche y puedo ver que es un almuerzo. —¿Por qué no estoy en un hospital o en casa? —intento levantarme pero él me lo impide. —No te muevas, pueden abrirse los puntos —hace que vuelva a sentarme—. No estás en un hospital porque tengo al mejor médico y no necesitas de un hospital —desvía su mirada—. Mucho menos en este momento —suspira. —¿Qué sucede? —lo observo extrañada. —Ya dije que… —lo interrumpo. —Sí, no es de mi incumbencia —ruedo los ojos cansada de siempre oír las mismas palabras—. ¿Puedes llevarme a mi casa? —mi vista está fija en el techo. —No —es el momento en el cual volteo a verlo. —¿Cómo que no? —clavo mis ojos verdes en los suyos cafés. —No puedo llevarte a tu casa mientras Petrov está por ahí —su vista se encuentra fija en algún punto de la habitación. —¿Quién rayos era ese hombre y por qué me disparó? —me pongo de pie y extiendo mis brazos a mis laterales. —No te alteres —habla calmado—. Recuerda los... —lo vuelvo a interrumpir. —Sí, lo sé —lo observo agobiada—, los jodidos puntos —masajeo mi cien—. ¿Quién rayos era ese hombre? —exclamo fastidiada. —Solo puedo decirte que no es buena persona y que de ahora en adelante permanecerás aquí —se pone delante de mí, haciendo que incline un poco mi cabeza hacia atrás para poder verlo por su altura—. Si quieres ir al trabajo, Marco te acompañará y, si es necesario, irá contigo hasta el puto baño —elevo mi ceja en señal de cuestionamiento—. Vivirás aquí hasta que yo lo diga y no acepto una negativa de tu parte —su tono es frío. —Tú no me puedes obligar a vivir en tu casa —suelto con molestia—. Ni siquiera te conozco —lo desafío con la mirada. —Bien —suspira—. Me llamo Bruno Russo, tengo veintinueve años, soy dueño de una famosa empresa —se pausa un momento—. Tengo un hermano menor, no estoy casado, vivo solo y tú me deseas con tan solo verme —susurra lo último cerca de mis labios. Entreabro mis labios un poco y él se aleja con una sonrisa. —Eso es todo lo que necesitas —murmura—. Ahora, debes saber que en la noche tendremos una cena —habla con tranquilidad —. Tienes que alistarte, irás conmigo —sale de la habitación dejándome allí de pie. —¿Qué se supone que debo hacer ahora? —susurro en la soledad de la habitación. Entro en el baño que había allí y puedo ver que está diferente al otro día, hay cremas corporales, específicamente las que utilizo yo. Decido tomarme una ducha, quito mi vendaje con cuidado y me introduzco en ésta. *¿Este hombre entro en mi ducha o que rayos?* Me cuestiono a mí misma mientras observo los productos que tenía en mi baño, las mismas marcas y los mismos aromas. Me doy una relajante ducha, cuando decido que es suficiente envuelvo mi cuerpo en una toalla blanca que había allí y piso la alfombra para no empapar el suelo. Seco mi cuerpo por completo con la toalla y luego la dejo a un lado. Comienzo a pasarme todas mis cremas. Cuando acabo coloco la bata de baño negra que había allí y vuelvo a la habitación. Me sobresalto al ver a Bruno sentado en el borde de la cama. —¿Sabes que está mal entrar en la habitación de una chica sin permiso? —cuestiono cerrando bien mi bata. —Es mi casa, no necesito pedir permiso —se encoge de hombros. —Buen punto —señalo—. Pero aún así, estoy aquí, pude haber salido desnuda —subo un poco mi tono de voz. —No hubiese estado nada mal eso —me observa de pies a cabeza sonriendo de forma ladeada. —Basta, asustas —miento y camino hacia el armario. —No, no lo hago —ríe de forma ronca—. Te caliento —se pone de pie y se coloca detrás de mí poniendo sus manos sobre mis caderas. Acerca su rostro hasta mi oreja, puedo sentir su respiración caliente chocar en ella y remover mi cabello. —Conmigo no van las mentiras, dea... —susurra—. Tú y yo sabemos lo que pasa aquí —su mano toca mi entrepierna sobre la tela de la bata. Ahogo un jadeo mordiendo mi lengua. —Y eso no lo puedes negar —muerde el lóbulo de mi oreja de forma sensual haciendo que un suave gemido se escape de mis labios. Pongo mi mano encima de mi boca y me maldigo. —No necesitas negarlo porque puedo leerte con tan solo ver tus ojos —se separa de mí y oigo sus pasos alejarse. Suspiro y agacho mi cabeza. —Tu ropa está en el armario —informa con calma—. Disfruta de tu estancia aquí, luego te diré las reglas —la puerta se cierra. —¿Reglas? —alzo ambas de mis cejas y luego suelto un largo suspiro—. Lo que me faltaba —abro el armario de mala gana. De hecho, sí hay ropa, muchísima ropa; dos prendas mías y el resto era completamente nuevo. Vuelvo al baño y al abrir un cajón encuentro lo necesario para colocarme un nuevo vendaje en la herida. En cuanto acabo camino nuevamente hacia el armario. Voy moviendo los ganchos con ropa de un lado al otro hasta que encuentro un vestido azul, veo que tiene un escote bastante pronunciado así que decido utilizarlo sin sostén. Me quito la bata y busco una bragas, encuentro unas negras de encaje, la paso por mis piernas y luego coloco el vestido. Me observo en un espejo de cuerpo completo y veo lo perfecto que se adhiere el vestido de la parte baja de mi cintura hasta por encima de mis rodillas, en la parte superior es holgado, se ve perfecto, encuentro unos tacones negros y con eso calzo mis pies. Me coloco frente a un tocador repleto de cosas: mis perfumes favoritos y mis productos de maquillaje preferidos. Coloco un labial rojo intenso, mi típico delineado perfecto y un poco de perfume en mi cuello. Busco mi bolso del otro día y veo que mi teléfono sigue allí, salgo de la habitación y bajo las escaleras mientras mis tacones resuenan por todos lados. —Te ves magnífica —menciona en cuanto estoy a su lado. —Lo sé —coloco mis ojos en blanco—. ¿De que es la dichosa cena? —él sonríe. —Sabrás en cuanto lleguemos al lugar —me señala la puerta y suspiro. Camino hasta llegar a las afueras de la casa y veo un hombre de pie junto a un hermoso coche n***o. Subo al automóvil y Bruno hace lo mismo, pronto éste se pone en marcha. —¿Cómo va tu herida? —cuestiona calmado. —Normal —me encojo de hombros—. ¿Hace cuántos días estoy en tu casa? —él me observa. —Cuatro días —parpadeo varias veces. —¿Y Richard? —Hablé con tu amiga y le dije que comunicase que estabas enferma —abro mis ojos. —Wow... —susurro y no vuelvo a mediar palabra por el resto del viaje. || … || Bajamos frente a un lujoso restaurante, el cual no podría permitirme con gusto. Me sobresalto al sentir como Bruno entrelaza sus dedos con los míos; observo nuestras manos unidas y luego a él sin entender la razón por la cual acaba de hacer eso. —Es una cena de compromiso de uno de los socios de mi empresa —explica mientras comienza a caminar con nuestras manos unidas—. Para ellos eres mi pareja, la futura señora Russo —menciona con ironía. —¿Para esta tontería estoy aquí? —detengo mis pasos y él me observa. —Es necesario, dea —susurra—. Haz el esfuerzo —me observa—. Además, creo que me harás un poco más llevadera esta clase de eventos —sonríe de lado. Ambos entramos al restaurante y no pasa ni un segundo para que un hombre mayor se acerque a saludar a Bruno. —Me alegra mucho que hayas podido venir, Russo —el hombre palmea su espalda. —No me perdería el anuncio de tu compromiso con Rose —él sonríe falsamente y aprieta mi mano con sutileza. —¿Y quién es esta bella dama? —el señor posa sus ojos sobre mí. —Paul, déjame presentarte a Kylie, mi mujer —Bruno suelta mi mano y coloca sus dedos sobre mi cintura—. Cariño, él es Paul, uno de los mejores socios de Russo’s —le regalo una sonrisa falsa. —Es mucho más bella de lo que tú has dicho, Russo —Bruno sonríe ladeado—. Espero que disfruten esta cena, luego habrá una fiesta en el jardín del restaurante —habla con un tono dulce. —Muchas gracias, Paul —el hombre se despide con un asentimiento y va con, la que creo es, su mujer. —¿Más bella de lo que has dicho? —enarco una ceja y sonrío burlona hacia su rostro. —Los días que estuviste inconsciente tuve que hacer algunas cosas —hago una mueca—. Te pido que no hagas algún papelón —susurra sobre mi oreja y luego besa mi mejilla. —El beso está demás —me alejo disimuladamente. —Vamos a sentarnos para la cena, dea —me guía con suavidad a la mesa. Estaba a punto de sacar la silla y sentarme pero Bruno me lo impide; me aparta la silla y tomo asiento bajo su atenta mirada, en el momento que me mueve a la mesa se acerca a mi oreja y su respiración choca contra ésta. —Eres la mujer de un gran empresario —susurra—. Debes tener modales, dea —planta un beso en mi coronilla. Toma asiento a mi lado y me observa de reojo. Puedo ver como las demás parejas comienzan a tomar asiento alrededor de la enorme mesa que estaba preparada en este lugar y es imposible no notar las miradas poco disimuladas de algunas mujeres hacia mí. Creo que no esperaban que Bruno llegase junto a mí a este lugar y, sinceramente, no sé si eso sea algo bueno o malo. Me acerco un poco a Bruno, específicamente a su oreja. —¿Puedes explicarme la razón por la que nos observan tanto? —él contiene una risa y se voltea hacia mí, quedando a escasos centímetros de mis labios. —Tengo la fama de ser un magnate soltero de por vida —sonríe de lado—. Eres una total sorpresa para todos, debes dar una buena impresión, cara —planta un beso sobre mis labios. La cena comienza y está siendo demasiado aburrida para mi gusto. Estoy comiendo algo completamente desconocido pero está exquisito, más el vino tinto que estoy bebiendo como agua, una combinación magnífica. Bebo un sorbo más de vino y me sobresalto en mi lugar al sentir como Bruno aprieta mi muslo con su mano por debajo de la mesa. —Deja de beber de esa forma, dea —susurra y suspiro. —¿Cuánto más durará esto? —le observo. —No mucho más —comienza a acariciar mi pierna por debajo de la tela de mi vestido y puedo notar como mi cuerpo comienza a calentarse. —Voy al baño —quito su mano y me levanto en dirección al baño. En cuanto estoy allí recuesto mi espalda sobre la pared, cierro mis ojos y suspiro pesadamente. Oigo como se abre la puerta pero imagino que será otra mujer, así que no doy importancia y continúo en la posición que estaba. Puedo sentir como alguien me está analizando con su mirada, abro mis ojos y allí está Bruno de pie sin quitarme un ojo de encima. —Es el baño de damas —murmuro sin fuerzas y él sonríe. —Ya estás ebria —niego—. Creo que había dicho que las mentiras no son buenas de utilizar conmigo —se acerca hasta llegar frente a mí. —Quiero irme —susurro y él acaricia mi mejilla con su pulgar e índice. —Aún no podemos, dea —su pulgar acaricia mi labio inferior—. Quería que me hicieras esto más llevadero pero no sé si está siendo así —lo observo confundida. —¿Y lo dices por…? —en ese instante pega su pelvis a mi entrepierna y siento una erección creciendo bajo sus pantalones. Sin pensarlo mucho uno mis labios a los suyos en un pasional beso, el cual devuelve de forma aún más feroz. Su mano va hacia mi nuca, sus dedos sujetan mi cabello y con su otra mano eleva mi pierna colocándola a la altura de su cintura permitiéndome sentir como su erección crece cada vez más. Muerdo su labio inferior con sensualidad y lentitud para luego separarme de sus labios. —Debemos volver —habla con dificultad—. La fiesta comenzó hace unos minutos —baja mi pierna y acomoda un poco mi cabello, cosa por la cual lo veo extrañada—. Debes verte bien, dea —toma mi mano y salimos del baño. Llegamos al jardín y se ve perfectamente decorado: hay luces, más mesas, algunas guirnaldas pero todo sin perder el toque elegante. —Necesito sentarme —confieso y él me observa para luego asentir. Bruno toma asiento en una silla y lo observo pero él hace que me siente sobre sus piernas para luego colocar sus manos alrededor de mi cintura. —Hay mil sillas para haberme sentado, Bruno —le oigo gruñir. —Aquí estás mejor —susurra y besa mi hombro desnudo—. Y necesito ocultar lo que generaste bajo mis pantalones —su voz se torna algo ronca. —Culpa tuya por pensar lo que no debes —murmuro algo mareada—. Me estoy durmiendo —confieso. —Resiste un poco, dea —acaricia mi brazo con suavidad. Aparece una mujer mayor con una sonrisa bastante falsa. Se sienta a nuestro lado y observa a Bruno. —No esperaba verte aquí, Bruno —menciona de forma coqueta. —Es la fiesta de compromiso de Paul —menciona obvio—. Si hubiese sido de otra persona no me molestaba en venir —él coloca su brazo alrededor de mi cintura y lleva mi espalda hacia su pecho. —Es bueno verte por estos lugares —sonríe ella y me observa con cara de pocos amigos—. También es un grato gesto que traigas niñas que no se pueden permitir esto ni con dos años de sueldo —me coloco recta y la observo con molestia. —¿Cómo dijo, señora? —dibujo una falsa sonrisa en mis labios. —Lo que es —hace un gesto de superioridad—. Mañana ya no te volverá a buscar alguien con el nivel de Bruno —simplemente la abofeteo con todas mis fuerzas—. ¡¿Cómo te atreves?! —exclama con su voz chillante. —Lidia, lo pediré una sola vez —Bruno suspira—. Vuelve por donde viniste porque no permitiré que le faltes el respeto a mi mujer —la tal Lidia queda estupefacta. —¿Tu mujer? —parpadea varias veces y le sonrío sarcásticamente—. Debe de tener unos cuernos más altos que la Torre Eiffel —y no me contengo. Me pongo de pie y planto un puñetazo en su operado rostro, con el cual, su nariz comienza a sangrar y ella grita exageradamente. —No vuelva a faltarme el respeto, señora —remarco cada palabra. —Ven aquí, dea —Bruno posa su mano en mi cintura y la otra en mi brazo para luego sacarme de allí—. Nos vamos —susurra. Se despide de algunas personas y volvemos al coche en dirección a la mansión. Recuesto mi cabeza sobre el hombro de Bruno durante el trayecto, el alcohol está haciendo efecto en mí y me siento cada vez más agotada. —No debiste haber golpeado a Lidia —susurra. —Me estaba faltando el respeto —mi voz comienza a oírse adormilada. —Pero —ignora lo que dije—, yo hubiese hecho lo mismo —levanto mi cabeza y le observo—. Ella es la hermana de Paul pero si ella tiene dinero es por la herencia de sus padres, nada más —yo me río por lo bajo. —Tiene mucha fachada de ser una arpía total —ahora quién ríe es él. —Me gusta que no te hayas dejado pisotear —el coche se detiene y ambos bajamos. Ingresamos en la mansión y subo a la habitación sin dirigirle palabra alguna.
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