~Capítulo 18~

4747 Words
Dasha    En la siguiente semana, Celine y yo nos dedicamos de lleno en investigar por qué esa tal Andy Vélez estuvo llamando a Gael. Algo pretende seguramente.  Además de ese asunto, la fábrica donde Roxanne recibía y organizaba la mercancía que le llegaba: todo tipo de droga, ya no existía. Voló en pedazos con una orden mía y obviamente eso la enfureció. La policía intervino y se abrió una investigación en contra de ella, por toda la droga que tenía almacenada. Ella está detenida hasta que ese asunto se aclare. Khan fue llevado también, pero le conseguí un buen abogado y se encargó de pagar la fianza.    Por el momento, el que Roxanne esté tras las rejas es un alivio para mí. Puedo enfocarme en otras cosas sin tener que estar vigilándola.     A Gael lo tenía a mi lado todas las noches, ya que me quedaba con él en su pent-house. Nos la pasábamos muy bien y nuestra “relación” estaba yendo por buen camino.   Piero Ricci era otro tema pendiente: me llamaba a diario para preguntarme cómo me encontraba, sí necesitaba algo, si quería salir a almorzar con él… En todo momento le inventé alguna excusa porque realmente no quería hablar con él.     Los negocios en Rusia estaban bien, teníamos nuevos inquilinos y eso me tenía contenta. Irisa se estaba ocupando muy bien del casino, y recibía comentarios del Príncipe árabe, diciendo que en un mes estaría nuevamente allá y quería que yo estuviera presente. Le dije que iría, obviamente y ella le pasó el mensaje; en tanto el hotel-Casino seguía siendo la principal atracción, era el sitio más frecuentado por los turistas y eso aumentaba las ganancias a diario; Y el hotel, siempre en manos de Katia, estaba en perfectas condiciones, lanzando publicidad en todos los medios y ganando fama y reconocimiento.   Todo lo manejábamos por medio de videoconferencias para definir los detalles o tener las reuniones importantes.     El día sábado había llegado, y yo estaba desayunando junto a Gael en un restaurante de la ciudad. Ya eran las 10 a.m. y el cielo estaba despejado, con el Sol brillando en lo más alto.    —¿Qué haremos hoy? —me pregunta Gael, acomodando sus lentes de Sol. Le da un sorbo a su taza de café, y yo elevo mis hombros.    —No lo sé. Mi prima quiere salir en la noche, pero sinceramente no tengo ganas. Así que, si deseas que tú y yo salgamos a algún lugar, estaré encantada de ir. —le respondo.    Celine había organizado una especie de “salida de chicas”, textualmente así lo dijo. No sé qué se le pasó por la cabeza, pero definitivamente no habrá ninguna salida. Encima invitó a Elena. Eso es totalmente estúpido y fuera de lugar.    —Aprovecha a salir con ella. —me alienta él, apretando mi mano de forma cariñosa. —A mí Demian me invitó para cenar. Probablemente también invite a Piero.    Yo me ahogo con el café.    —¿Ahora son íntimos amigos? Digo, porque en todo este tiempo no has salido con él ni a la esquina. —comento.    —Bueno, no hemos salido porque no teníamos la oportunidad. —inquiere.—No le veo lo malo. ¿Tú no quieres que yo salga con él? Porque noto que te pones tensa cuando lo nombro.    —¿Y yo por qué me molestaría? Además, ¿tensa? ¿Tú me notas tensa? —cuestiono, fingiendo confusión. —Para nada, solamente estaba haciendo un comentario.    —¿Por qué no me dices la verdad? Pensé que no se conocían. Tú me dijiste eso. —añade.    —¿De qué verdad hablas? Te dije que no lo conozco, y es así. —me defiendo. Le doy un sorbo al café y lo dejo a un lado. —Si no me crees, pregúntale a él.    —Lo hice. Y me dijo que sí se conocen desde hace tiempo—dice.    Yo me quedo en silencio y lo miro a los ojos. Me quito los lentes de Sol y los dejo sobre la mesa. «Maldito seas, italiano bocón»    —¿Por qué no me lo dijiste? —pregunta con algo de decepción.    —Pues… porque no lo creí necesario. —respondo con incomodidad.    —¿Que no lo creíste necesario? —cuestiona confundido. —Pensé que no había secretos entre nosotros.    —Dijiste que ya lo sabías, así que no era un secreto. —aclaro.    —Pero me hubiera gustado entrarme por ti misma, y no por alguien más. —zanja.    —¿Y qué más da si te lo digo yo o él? Ya lo sabes. Sí, lo conozco, y eso es todo. —sentencio.    —¿Tuviste algo con él? —pregunta.    Yo suelto un suspiro y niego. Sé que mentirle está mal, pero no puedo decirle la verdad porque eso conllevaría a contarte absolutamente todo sobre mí, y eso es algo que no puedo hacer nunca.    —¿Entonces, si no tuviste nada con él, por qué no me dijiste que ya lo conocías? —inquiere, con calma.     Que pregunte tanto me hace perder la paciencia.    —Ay, Gael, basta. ¿Por qué le sigues dando vueltas a eso? —bufo, ya harta.    —¿Está mal que pregunte? Tengo curiosidad, nada más. —se defiende.    —Bueno, yo también tengo interés en ciertas cosas respecto a ti, y no ando insistiendo con el tema. —le suelto.    —¿En qué tienes interés? —apoya el codo sobre la mesa y descansa su mano bajo la barbilla, mirándome expectante.    —En por qué Norita fue a tu pent-house cuando yo estaba en Rusia. Te pregunté si te habías encontrado con ella y me dijiste que no. —lanzo.—Me mentiste. Eres el menos indicado en pedir explicaciones, mi vida. —le guiño un ojo con descaro.    Él se ríe y apoya su espalda en la silla. Se cruza de brazos y me mira con diversión.    —Ese “mi vida” me encantó. —se muerde el labio con coquetería. —Y, respondiendo a tu pregunta: sabía que te ibas a enojar, por eso no te lo dije. Además, no tiene relevancia su visita. Aquí la verdadera pregunta es, ¿cómo sabes que ella me visitó?    —Eso es lo de menos. Tengo mis dudas respecto a ese encuentro entre ustedes. Fueron pareja, así que no me sorprendería si pasó algo más.    Él se me acerca y toma mi rostro entre sus manos.    —Jamás estaría con otra mujer que no seas tú. Y, ¿sabes por qué te lo digo? Porque te quiero, te amo. Y estoy muy a gusto contigo. No necesito a nadie más. —afirma y me besa con dulzura.    Sus palabras me desestabilizan y tengo que tragarme las ganas de llorar que me entran de repente. Es la primera persona (además de Piero, que lo hizo hace muchos años), que me dice esas palabras tan lindas. Realmente parece sincero.  Mis brazos rodean su cuello y lo abrazo con fuerza, como si no quisiera soltarlo nunca más.   Quiero decirle algo, pero las palabras no salen de mi boca. No puedo responder ante su declaración y eso me enoja. Es como si tuviera las palabras justo en la punta de la lengua, pero no salen.     Me separo de él y trato de mantenerme tranquila. Tengo que mostrar interés en él, pero no demasiado. No puedo pasarme de la raya porque me quemaré y yo estoy aquí por un único objetivo, y tener una relación real con Gael no es.    —Eh, recordé que debo ir a la mansión. —le comento, y procedo a recoger mis cosas con rapidez.    —Te llevo. —dice.    —No, no. Llamaré a Boris. —le respondo.    —¿Estás bien? ¿Me pasé con lo que dije? —pregunta algo incómodo.    —No, Gael. Fue perfecto. Lo que dijiste me encantó. —aclaro de inmediato y le doy un beso en los labios. —Yo también siento todo eso que dijiste, es mutuo. Todo lo que tú me digas, es recíproco.    Debo mentirle para que me crea, para que confíe en mí y en que sus sentimientos son correspondidos.    —Es que no dijiste nada. —susurra.    —Es que… no crecí en un ambiente muy afectuoso, ¿entiendes? Y por esa razón me cuesta demostrar mis sentimientos y decir las cosas que siento. —le explico, porque es cierto. —Así que, te pido, tenme paciencia.    Él asiente de inmediato y se aproxima para darme un beso.    —Te entiendo. No te voy a presionar. Con que hagas esto: demostrarme las cosas, para mí es suficiente. Y es lo que más importa, las acciones cuentan mucho más. —vuelve a besarme.    Llamo a Boris indicándole que venga de inmediato y Gael espera conmigo hasta que él llega.  Me despido, dándole un fuerte abrazo y le prometo que nos veremos mañana temprano para desayunar juntos nuevamente, ya que él esta noche saldrá con su amigo.    En todo el trayecto hasta la mansión, me mantengo con la mente perdida. Las palabras de Gael no salen de mi cabeza, ese “te amo” se repite una y otra vez. Me alegra que él sienta eso por mí, pero también me aterra porque no me puedo dar el gusto de sentir lo mismo.    Enamorarme de él no está en mis planes, y debo tenerlo claro.    **    —¡Dasha, no seas aburrida! —me grita Celine desde la puerta principal.    —Si no te gusta, te puedes ir. Esta es mi casa. —le dejo en claro.    Ella estaba como loca queriendo hacer una fiesta aquí. Parece estúpida. Yo no pienso gastar ni un centavo en sus tonterías.    —Por qué no vas a algún bar de mala muerte, ¿eh? Apuesto a que esos sitios son muy de tu estilo. —le digo con gracia, mientras paso por su lado con mi vaso de whisky en mano.    —Eres una borracha aburrida. Te pasas todo el día con ese vaso de whisky, te hará mal a la larga. —me advierte. —Te pido para que salgamos y no quieres. Te pido para hacer una fiesta aquí y tampoco quieres. —se queja, siguiéndome el paso hasta el jardín trasero.    —No tengo ganas de “divertirme” contigo. —zanjo. —Y mi casa no está para tus idioteces. Si tanto quieres divertirte, ve y hazlo, pero lejos de mi propiedad.    Tomo asiento junto a la piscina y escucho su suspiro.    —¿Pero por qué no quieres salir? La noche está hermosa. Aprovecha y sal conmigo. —insiste, y toma asiento a mi lado. Hunde sus pies en el agua y me mira.    —¿Qué parte de “no quiero salir contigo, ni siquiera a la esquina” no entiendes? —cuestiono.    —Tenemos que celebrar.    —¡Celebrar qué! —exclamo cansada.    —Que llevamos más de un mes aquí. Que el plan marcha de maravilla. Que Roxanne está tras las rejas. Que te estás volviendo más buena… ¡No sé! Las excusas sobran. —dice entre risas.    —Estoy cansada, Celine.—inquiero, dándole un sorbo al whisky.    —Ya le dije a Elena que saldremos. —me informa, y se pone de pie.    —Genial. Ve con ella y déjame en paz. —la echo.    —Iremos las tres: ella, tú y yo. —corrige, señalándome.    —Te dije que no. No me hagas enojar porque te voy a arrojar a la piscina. O mejor aún: al lago. —le advierto con seriedad.    Ella rueda los ojos y se aleja de mí. Suelto un suspiro de alivio porque finalmente se fue y me dejó sola. Termino de beber el whisky y hago el amague de levantarme, pero en vez de eso siento que alguien me empuja por detrás y terminó cayendo al agua fría.    —¡CELINE! —grito con todas mis fuerzas.   **    Alrededor de la medianoche nos fuimos a una especie de bar, el cual se encontraba en el centro de la ciudad. Celine insistió bastante y, luego de insultarla por haberme arrojado a la piscina, terminé accediendo porque también necesitaba despejarme un poco.   Ella invitó a Elena, y aunque me negué a que ella viniera con nosotras, Celine hizo caso omiso a mis palabras e igual la arrastró con nosotras.    —Aún estas a tiempo de volver y ponerte algo mejor. —repite Celine, señalando mi apariencia.    —No me voy a vestir como una… mal viviente, como tú. —le digo. —Además, mi vestido es caro y a la moda. —recalco.    —Ese es el problema: tu ropa cara, idiota. El bar al que vamos no encaja con tu estilo elegante y estirado. —indica.—Allí la gente viste casual. Te dije que te pusieras alguna minifalda de cuero, o una blusa corta que enseñe el abdomen. O algún short incluso con botas altas. Te quedaría muy bien. —comenta y Elena asiente dándole la razón.    —No me voy a vestir de esa manera rara y fea.—inquiero. —Te dije que no quería venir, y si no te gusta la ropa que traigo, te aguantas.    —Yo creo que se ve muy bien, señora. —comenta Elena.    —“creo” no, es así. —le corrijo.    —No le digas “señora”, Elena. —le dice Celine riendo. —Vamos a salir como amigas, a festejar. Hay que tutearnos.    Elena arregla su falda oscura y asiente. Reconozco que luce diferente: está bien maquillada y el cabello suelto le queda muy bien. Celine le prestó ropa que se compró a su gusto: shorts negros, minifaldas de cuero, botas altas hasta las rodillas, chaquetas de cuero, medias de red, etc. Ropa muy de su estilo, más no del mío.   Ambas están vestidas bastante similar, y yo todo lo contrario: me puse un vestido azul marino, ajustado y con escote, y unas sandalias de tacón negras. El cabello lo tengo suelto y me maquillé como de costumbre, resaltando mis ojos.     —Espero que ese bar de mala muerte no sea tan… de mala muerte —le digo con cierto asco.    —Los bares son mucho mejor cuando alguien se quiere divertir. —inquiere Celine.    —Yo he ido un par de veces a ese bar y la música es bastante buena. —comenta Elena.    —¡Ahí está! Si hay buena música, la noche explotará. —concuerda Celine con emoción.    —Podríamos ir a un buen restaurante y ya está. —bufo.    —Ay, no, no seas aburrida.—Celine rueda los ojos. —¡Elías, enciende la radio! —le grita al chofer, con diversión.    Él hace caso e inmediatamente empieza a sonar una canción de Imagine Dragons. Celine y Elena se ponen a cantar a todo volumen y yo me pongo a revisar mis r************* mientras tanto.    Quince minutos después llegamos al dichoso bar y mi cara se contrae al observar la fachada que tiene. Definitivamente aquí no encajo. Celine tenía razón. Todos los que están amontonados en la acera visten muy similar a Celine y Elena, con cosas de cuero o tachuelas por todos lados.     —No entraré a ese lugar horrendo. —les advierto cuando Elías estaciona. —Da la vuelta.    —¡No! Aquí nos quedamos. —zanja Celine.    Noto que más de una persona se queda viendo nuestro vehículo con atención.    —¿Escuchan la música? Está sonando algo con mucho ritmo. Bajemos.—Celine aplaude con euforia.    Elías se baja para abrirme la puerta, mientras que Elena y Celine se bajan por el otro lado de inmediato. Yo suelto un suspiro y acomodo mi vestido una vez que estoy en la acera.  Más de una persona me observa de pies a cabeza. Noto que algunos hombres me guiñan un ojo, o se muerden el labio inferior. Las mujeres, en cambio, murmuran entre ellas con cierta gracia o ponen mala cara.    —Elías, quiero que estés atento al teléfono. —le advierto.    Él se marcha y Celine entrelaza su brazo con el mío. Hace lo mismo con Elena y nos arrastra hacia el interior del local.    —Qué curvas, muñeca. —escucho el comentario de un hombre al pasar por su lado.    Lo ignoro y continúo avanzando.    —¡Vamos a la barra! —grita Celine por arriba de la música fuerte. —La primera y segunda ronda las invita Dasha.—informa.    —No. Yo pagaré mi propio trago, no el de ustedes. —espeto cuando llegamos a la barra.    —¿En serio llorarás por pagarnos los tragos? Qué mujer más ordinaria eres, eh. Tu cuenta bancaria se desborda. —me dice con mala cara. —Invítanos.    —Bien.    Ella me sonríe y se voltea hacia el chico de la barra.    —Yo quiero un whisky doble. —le pido con seriedad.    —No tenemos. —me dice.    —¿Qué? ¿Cómo que no tiene whisky? ¿Qué clase de bar es éste? —cuestiono indignada.    —Creo que estás en el lugar equivocado, preciosa. —dice él con algo de pena, y señala mi atuendo. —Quizás en alguna discoteca lujosa lo encuentres.    —Qué vergüenza de lugar. —bufo.    —Queremos tequila entonces. —pide Celine.    Le entrego mi tarjeta al hombre y él alterna la vista entre ella y yo. Niega con la cabeza, frustrado, y yo miro a Celine sin poder creerlo.    —¿En serio tampoco aceptan tarjetas aquí? —suelto con enojo. Él eleva sus hombros. —Deberían cerrar esta pocilga entonces.    Le entrego unos cuantos billetes, de mala gana, y exhalo.    —Me voy. —les digo a ambas. —Esto es una tortura para mí.    —Dasha, no seas así. Es que tú también eres tonta. Cualquier persona con dos dedos de frente se daría cuenta de que estás siendo completamente estúpida, mujer. —me reprende. —Mira a tu alrededor. Ve la apariencia de las personas que están aquí. Es obvio que todo tu mundo no encaja. Suéltate y diviértete. No mires el bar con ojos críticos, porque así no te sentirás a gusto. Mejor déjate llevar y vas a ver qué la pasarás bien. —me anima.    Me tiende un shot de tequila y yo lo acepto de mala gana. Lo bebo de un solo trago y siento el ardor en mi garganta. Cierto los ojos con fuerza, y Celine celebra junto con Elena. Ambas beben su shot de tequila y le piden más al de la barra.    —¡Vamos a bailar! —grita Celine cuando termina de beber.    Sosteniendo una cerveza en la mano, sigo a ambas mujeres hasta la pista y Celine le hace señas a Elena para que elija una canción en la rocola.     —Esperemos que tenga buen gusto musical—le digo. La poca fe que le tenía muere enseguida al oír las primeras notas de una canción lenta y aburrida. —Sabía que sería un caso perdido—le digo a Celine.    —Al menos accedió a poner una canción. —la defiende.    —Bueno, quizás hubiera sido mejor si no accedía a tal cosa. Esa canción es un espanto. —le digo con obviedad. Le doy un trago a mi cerveza corriente y le hago señas para que vaya a elegir una canción mejor. —Arregla su desastre antes de que alguno de los borrachos se queje.    —¿Tú no puedes ir? ¿Estás clavada en el suelo o qué? —suelta, y se cruza de brazos.    —Sí, lo estoy. —le digo con burla.    Ella me mira con irritación y obedece, yendo hacia la rocola y elige otra canción mientras conversa con Elena.    A los pocos segundos siento la presencia de un chico a mi lado, y cuando giro mi rostro hacia la derecha lo compruebo.     —¿Se te perdió algo? —cuestiono en su dirección.    —¿Puedo invitarte un trago? —pregunta con simpatía.     Lo miro con atención y noto que está ebrio, claramente. Sus ojos están entrecerrados y su rostro se encuentra levemente sudado. El pelo alborotado, la ropa desaliñada y corriente no me gusta para nada.    —No. —zanjo, mirándolo de mala gana, esperando que capte el mensaje.    —No eres de por aquí, supongo. —me observa de pies a cabeza. —La gente me conoce, y las chicas hacen fila por mí.    —¿Te pregunté? Creo que no. —inquiero.    —Sólo digo, que alguien guapa como tú merece a alguien guapo.    —En eso tienes razón. —comento. —Y tú estás muy lejos de esa palabra. Así que piérdete que no mereces ni un segundo de mi tiempo. —le hago un ademán para que se vaya.    —¿Disculpa? ¿Quién te crees para hablarme así? —se altera. —¡Soy muy guapo!    —Me parece que tienes un concepto errado de esa palabra. Ve a hacer el ridículo a otro lado. Fuera. —chasqueo mis dedos, harta.    Él se va, ofendido y yo ruedo los ojos con aburrimiento. Lo que faltaba, tener que soportar a un idiota ebrio que se cree el centro del mundo.    Celine y Elena llegan riéndose. Yo las miro a la espera de que me cuenten el chiste y mi prima postiza señala al sujeto que se fue con otro grupo de mujeres. Ellas le coquetean y él las mira con superioridad, haciéndose el galán.    —Parece que tuviste al primer pretendiente de la noche. —comenta Elena.    —Eso no llega ni a pretendiente. —espeto.    —¡Cambia esa cara, mujer! Aquí no vas a encontrar a un super modelo de revista. Confórmate con algo de ese tipo. —señala al idiota.    —Es de lo mejorcito. —la apoya Elena.    Yo pongo cara de espanto y ambas se ríen. En qué lugar me vine a meter.       Después de unos cuantos tequilas, y otras bebidas que compramos, terminamos junto a un grupo de personas pasadas de copas. Las botellas pasaban de aquí para allá y todos bailábamos con todos.   Celine estaba meneando sus caderas sobre una mesa de madera. Uno de los chicos del grupo le tiende un cigarrillo y ella lo acepta; Elena se encuentra hablando y bebiendo cerveza con un señor de barba larga y fea. Tiene pinta de motociclista, como los demás que están con nosotras.  Mientras tanto, yo me encontraba tomando una cerveza que me compró un extraño. Mi estado de ebriedad era notorio, ya que le aplaudía a Celine los “movimientos” que hacía al bailar y le festejaba las cosas que gritaba.    —¡Dasha, ven! ¡Sube a la mesa! —me grita ella entre risas.    Me tiende la mano y yo me trepo a la mesa, con ayuda del chico del cigarrillo. Acomodo mi vestido una vez que estoy arriba y veo que Celine le lanza un manotazo a ese chico. Le advierte que no se pase de listo conmigo y él se disculpa, diciendo que no me estaba mirando. Yo aprovecho para darle un empujón, por si acaso.    Le entrego mi botella de cerveza a Celine y ella la acepta de inmediato. Hace un brindis con la multitud, quienes nos alientan y beben.   Ella me pasa el cigarrillo y yo le doy una calada, sin dejar de bailar sobre la mesa.    Empieza a sonar una canción movida y Celine grita eufórica. Las personas la acompañan. Pasa su brazo por mis hombros y juntas nos balanceamos hacia los lados, ella sosteniendo la botella y yo el cigarrillo.    La gente baila y nos alienta desde el suelo. Agitan sus brazos y festejan a nuestro alrededor. Acompañan nuestros gritos descoordinados, y más de un hombre nos paga las bebidas. Celine las acepta encantada y Elena también, que se nos une a los pocos segundos.   Ella intenta subirse a la mesa con nosotras, pero las patas de madera no soportan nuestro peso (además no es lo suficientemente grande), y se rompe.    Las tres caemos, pero yo lo llego a terminar en el suelo porque me lanzo a los brazos del primer chico que veo y él me atrapa en el aire. Tiene buenos reflejos.  Elena y Celine se estrellan contra el suelo y empiezan a reír con fuerza e intentan ponerse de pie, pero su estado de ebriedad y la risa les juegan una mala pasada y se quedan sentadas donde están.    —¡Nos caímos! —exclama Celine sin poder creerlo, mientras se lleva las manos al estómago, riendo.    —Oh, gracias por atraparme. —le agradezco al hombre de ojos grises que aún mantenía sus manos alrededor de mi cintura.    —Tú te lanzaste sobre mí. —responde con incomodidad.    —Es lo mismo. —elevo mis hombros y me aparto de él.    La risa de ambas chicas aún se escucha, y algunas personas las ayudan a ponerse de pie, con algo de diversión.    —¡Estúpida mesa! —le grita Celine a los restos de madera que están en el suelo. —No sirvió para nada.    —Lamento la interrupción— se nos acerca un hombre mayor, panzón y alto. —, pero deben pagar por los daños ocasionados. —señala la mesa rota.    —¿Cuánto vale ese pedazo de madera? —cuestiono—Si es que vale algo.    Celine y Eleva se ríen y eso no le hace gracia al señor.    —Ella es millonaria, dueña de importantes Casinos en Rusia. —comenta Elena, señalándome.    Unas cuantas personas se nos acercan con curiosidad y escuchan la conversación.    —Eso no significa nada. Aquí todos deben respetar mi negocio, da igual si ella sea la mismísima reina. —nos advierte.    —En ningún momento me quejé. —le advierto.    —Eres muy aburrido. —le dice Celine. —Te vamos a pagar la estúpida mesa, hombre.    Le tiendo 5 dólares y él me mira con indignación, mientras que Celine y Elena alternan la mirada entre él y yo.    —¿Qué? —le suelto al hombre. —¿Me vas a decir que esa basura vale más? —lo miro alzando una ceja.    Él acepta el dinero y nos pide amablemente que nos retiremos del bar. Alega que estamos muy descontroladas y teme que le destrocemos el establecimiento. Es totalmente absurdo, considerando que hay personas aún más borrachas que nosotras, pero de todas maneras nos vamos para no tener problemas.  Las personas nos alientan cuando nos vamos y más de uno nos saluda con amabilidad. Eso es raro, ya que cuando llegamos, la mayoría nos miraba de manera extraña, especialmente a mí.    —Ese viejo nos cortó la diversión. —se queja Elena, entrelazando su brazo con el mío y el de Celine.    —Vamos a otro sitio. —propongo, avanzando por la calle junto a ellas. —Pero esta vez iremos a una discoteca de mi agrado, y ya sé cuál es el lugar ideal. —comento con una sonrisa, cerrando mis ojos.    Celine saca un cigarrillo de alguna parte de su atuendo, y también un encendedor. Cuando nota mi mirada confusa, simplemente eleva sus hombros, y lo enciende.    —No creo que nuestra apariencia sea la adecuada. —opina Celine, botando el humo por la boca, mientras se señala a sí misma y luego a Elena. —Los sitios a los que vas tú son muy top.    —Ahora les tocará a ustedes joderse. —les digo con burla, y le arrebato el cigarrillo a Celine— Tendrán que soportar las miradas de “¿Qué trae puesto?”— añado y boto el humo.    Le paso el cigarrillo a Elena y ella lo acepta.  Caminamos durante 20 minutos por el centro de la ciudad estrellada, entre risas y charlas banales. Celine se tropieza en más de una ocasión, y en el camino nos detenemos para tomarnos fotos junto a la calle o cuando pasamos por algún local con luces llamativas. Saludamos a los extraños que nos cruzamos, e insultamos a los hombres que nos lanzan comentarios obscenos.    Cuando llegamos a la discoteca VIP, ambas se quedan maravilladas por los autos lujosos que están aparcados en la calle.   La fachada del lugar es extravagante y llamativa.    —Esto es una verdadera discoteca. —les digo. —Si querían diversión, este es el lugar adecuado para eso. Y en minutos lo comprobarán.
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