Dasha
Amanecí con las chicas en una playa, bajo una sombrilla. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Es algo que no recuerdo. A decir verdad recuerdo poco y nada, ya que cuando ingresamos al club VIP, nos dieron bebidas gratis de bienvenida, como a todos los que llegaban, y después todo parecía distorsionarse.
¿Nos habían drogado? Esa pregunta surge en mi cabeza. Tengo momentos borrosos en la mente: recuerdo que empezamos a bailar con los chicos que nos invitaban, también nos subimos al escenario para cantar karaoke, y tomamos todo lo que nos ofrecían a nuestro alrededor. Todo el mundo estaba muy enfiestado, eufóricos por la música y las luces de colores.
Gente saltando en la pista de baile es lo que se me viene a la mente de repente. Escenas de las pulseras multicolor que cada persona tenía alrededor de la muñeca, pasa frente a mis ojos como un flash. Lentes y sombreros flúor. Bebidas coloridas. Música fuerte.
—Ay, mi cabeza…—se queja Celine tomando asiento en la fina arena playera.
Yo me reincorporo también y siento una punzada fuerte a cada lado de mi cabeza. Me quejo al instante y abro mis ojos con pesadez.
—¿Cómo llegamos hasta aquí?—cuestiono desorientada.
Elena carraspea con dificultad y se frota los ojos. Trae un sombrero naranja sobre la cabeza, y noto que a unos metros de nosotras hay una chaqueta violeta con lentejuelas del mismo color; Celine tiene un collar de estilo caribeño alrededor del cuello.
—No recuerdo nada.—se queja Elena en voz baja.
—Demonios… la cabeza parece estar a punto de explotar.—dice Celine, recostándose nuevamente en la arena. —Tengo como fragmentos sueltos en la mente.
Yo reviso mi cartera en busca de mi teléfono, y me doy cuenta que no tengo mis tacones puestos.
—¿Qué…?—señalo mis pies descalzos.—Ay, Dios…
Encuentro el aparato y mi boca se abre por la sorpresa al ver la hora.
—¡Ya es mediodía!—grito.—Ay, Gael me estuvo llamando… olvidé que iba a desayunar con él.—murmuro.
—¿Mediodía? —inquiere Elena. —Maggie debe estar preocupada por mí.—piensa.
Intento ponerme de pie, pero me tambaleo. Todo me da vueltas. Extiendo mis brazos a los lados, como si pudiese sostenerme de algo.
Mantengo el equilibrio y chasqueo mis dedos para que ellas se pongan de pie también.
—Tenemos que irnos. Ya.—zanjo.—No sé dónde estamos. ¡No tengo mis tacones tampoco!
El no saber qué demonios había sucedido, me tenía de los nervios.
Le envío mi ubicación a Elías, diciéndole que venga rápido.
Elena se pone de pie con dificultad, y entre las dos ayudamos a Celine que parece estar peor que nosotras. Las miro a ambas y suspiro al apreciar la desagradable imagen que le brindan a mis ojos: ojeras, maquillaje corrido, cabello despeinado, ropa arrugada o manchada, aliento feo.
Probablemente yo esté igual que ellas, así que decido no mirarme en la cámara de mi teléfono móvil.
—Pensé que esa discoteca estaría mejor que el bar.—comenta Celine aferrada al brazo de Elena. —Mira cómo terminamos.
—Ah, ¿Es mi culpa ahora?—suelto, avanzando delante de ellas. —No las obligué a nada.
—La pasamos bien. —comenta Elena.—Yo me divertí.
—Acepté salir con ustedes y así me fue.—me quejo.—Encima tuve que pagar casi todos los tragos.
—No parecía afectarte en lo más mínimo.—dice Celine.—Es más, bastante contenta estabas en el bar.—se ríe.
—Nunca más saldré con ustedes, y menos pisaré ese bar de mala muerte.—zanjo.—Quería algo tranquilo y pasó lo contrario.
—Fue culpa de ese trago energizante que nos dieron en la discoteca.—suelta Elena de repente. —Ese que tenía cierto color rosa.—añade con inocencia.
Celine y yo la observamos confundidas. ¿Trago energizante, dijo?
—¿Cuál trago?—pregunta Celine viéndola raro.
—El que nos dieron a todos, chicas.—dice.
—Llevo visitando esa discoteca seguido y nunca me dieron ningún “trago energizante”.—recalco, recogiéndome el cabello.
—Pues, había un chico sin camisa, que parecía un camarero —nos explica. —, y traía una bandeja llena de pequeños tragos de color rosa. Nos preguntó si necesitábamos más energía y dijimos que sí. ¿No recuerdan eso? Bebimos como dos, cada una.
Yo me quedo en silencio, tratando de recordar eso. Hasta que una imagen se reproduce al instante: estamos las tres en el medio de la pista, brindando y bebiendo toda la bebida de un solo trago. Luego gritamos con locura y agitamos los brazos al aire, bailando con las demás personas. Celine tenía puesto unos lentes con forma de corazón, yo la chaqueta violeta fea, y Elena una bufanda de plumas amarillas.
—Uy, esa escena es digna de película.—comenta Celine recordando. Se ríe, y se queja llevándose la mano a la cabeza.—¿Tanto bebimos? Maldita sea.
—Me desconozco.—hablo.—¿Yo bailando con ustedes? Definitivamente bebí demasiado.
—Te subiste a una mesa conmigo. Y aceptaste un cigarrillo de un desconocido. —inquiere Celine.
Retomamos el camino, mientras ellas dos se ponen a hablar sobre lo poco que recuerdan de la noche anterior. Yo simplemente me mantengo en silencio, queriendo desaparecer.
Elías estaciona a un lado de la playa, y se baja del vehículo con rapidez. Nos mira preocupado, y repara nuestro atuendo sin emitir comentarios.
—Señora, estuve toda la noche despierto esperando su mensaje.—me dice.—Pensé que les había pasado algo malo. ¿Están bien?
Él abre la puerta trasera para las chicas, y a mí me abre la puerta del copiloto.
—Estamos bien, Elías. Gracias por preguntar.—le dice Celine, sonriendo. —Tuvimos una buena noche.
—El señor Gael Moore llamó a la mansión muchas veces porque no se podía comunicar con usted. —me informa él, una vez que estamos dentro del auto. —También fue para allá al no recibir noticias suyas.
—Ya hablaré con él. —zanjo. —¿Novedades?
—Eh, sí —murmura con algo de nerviosismo, mirándome de reojo.
Yo no le quito la mirada de encima, indicándole que hable. Él carraspea y se mueve algo incómodo en al asiento.
—¿Sucede algo malo? —pregunta Celine, desde el asiento trasero.
—Dos oficiales de la policía fueron a la mansión hace unas horas. —dice en voz baja, casi como temiendo por su vida.
—¿Qué? —cuestiono. —¿Qué querían?
—No lo sé, yo…
—¿Quién los recibió? ¿Por qué no me avisaron antes? —estallo.
—Estaba Boris cuando ellos llegaron. Y… también el señor Piero Ricci. Él logró calmar las cosas y habló con la policía… no sé qué les dijo, pero ellos se fueron. —habla entre tartamudeos.
—¿Es una broma? ¿Qué hacía ese hombre en mi casa? ¿Es que Boris no se podía ocupar de ese asunto? ¡No necesito que terceros se encarguen de mis problemas! Para eso tengo a mi seguridad. —inquiero con enojo. —No puedo irme un par de horas porque todo es un caos.
—Lo lamento. —se disculpa él.
—Tú eres otro inútil más.
—¡Oye! No lo trates así. —salta Celine en su defensa. —Él hizo lo que pudo. Demasiado hace ya.
—¿Y, según tú, qué hace él? —suelto. —Mejor cállate que no tengo ganas de aguantarte.
Ella suelta un suspiro y se queda en silencio.
Sabía que era mala idea salir. Ahora tengo que soportar el dolor de cabeza que tengo, a la policía que llegó a la mansión y encima le debo un favor a Piero Ricci.
En cuanto llegamos a la mansión, entro directamente a mi habitación para darme un buen baño y sacarme la suciedad y pesadez que cargo encima. Apesto a alcohol, sudor, y no sé qué más.
La cabeza parece a punto de estallar.
Me pongo un pantalón de vestir n***o, unos tacones de igual color y una camisa blanca. Recojo mi cabello en un rodete improvisado, y me coloco unas gafas de sol para ocultar mis ojos cansados.
Me tomo una Aspirina y bajo para ocuparme de los problemas.
Me encuentro con Boris en el jardín, bebiendo café.
—Oh, hasta que llegó la dama perdida. —se burla.
Me tiende una taza de café y yo la acepto de mala gana.
—Hay problemas. —dice.
—Lo sé. ¿Qué pasó? —pregunto, y tomo asiento en una silla.
—Roxanne quedó en libertad. —dice. —Y ella puso una demanda en tu contra.
—Tiene que ser una broma.
—No lo es. Te está acusando de ser la encargada de derrumbar la bodega. Además… —vacila —dice que tú estás en el mundo del contrabando.
Me pongo de pie con rabia y lanzo la taza al suelo. El ruido hace que Boris se sobresalte. Los pedazos de la taza rota se expanden por el pasto, y yo golpeo la mesa con mi puño.
—Dime que el abogado se está encargando de esto. —inquiero, apretando la mandíbula.
—En realidad… Piero Ricci dijo que se haría cargo de eso. —responde con cautela.
—Piero Ricci.. claro. —me río. —Debí suponerlo. Dime, ¿qué estabas haciendo tú, o la seguridad? ¿Por qué ese hombre tiene que encargarse de mis problemas, y no ustedes? —le recrimino.
—Él se ofreció. No supe qué hacer.
—Vete. —chasqueo mis dedos.
—No te enojes conmigo. Intento ayudarte, pero parece que tus problemas del pasado están acechándote.
—¡Eso qué más te da a ti! ¡Ocúpate de tu trabajo! —espeto. —Si te digo que soluciones algo, vas y lo haces. Te pago para eso.
—Mejor ve y dile a ese hombre que no se meta en el medio entonces. —me suelta. —Está todo el tiempo rodeándote, queriendo ser el héroe. Quizás la culpa es tuya por no ponerle un alto y dejarle en claro algunas cosas. —me culpa.
Lo miro.
—¿Qué dijiste? —me acerco a él.
—Si está a tu lado es porque tú se lo permites. Le das ese lugar. Así que no te quejes porque está todo el día detrás de ti. —espeta sin moverse, hasta me sostiene la mirada. —Veo que la lista de pretendientes se extendió. Te informo también que tu príncipe azul ha estado muy preocupado por ti.
—¿Recuerdas cuando te dije que te limitaras únicamente a hacer tu trabajo? —le digo.
—Siempre me he preocupado más por ti que por mí mismo, y no lo ves. Tu enojo siempre cae en mí, cuando lo único que hago es protegerte. —murmura.
Señala a mi espalda.
—Ahí llegó tu Romeo. —dice y se retira.
Yo me llevo ambas manos a la cabeza, sintiendo que no puedo más. No sé si el dolor se deba a todo el alcohol que tomé la noche anterior, o al estrés de los nuevos acontecimientos.
Siento unos brazos rodearme por la espalda, y cierro mis ojos por el exquisito aroma a perfume varonil.
—Estuve preocupado por ti, mi amor. —susurra Gael sin soltarme.
—No estaba pendiente del teléfono. Lo lamento. —le respondo, acariciando sus manos sobre mi abdomen.
Me gira dejándome frente a él, y me besa en los labios. Rodea mi cintura y yo llevo mis manos a cada lado de su rostro.
—Llamé a tu casa y nadie sabía nada. —comenta. —Creí que les había pasado algo malo.
—Tomé mucho alcohol y sinceramente no recuerdo casi nada. —le digo. —Fuimos a un bar y luego a una discoteca. Después todo está borroso.
Me quita los lentes de Sol con delicadeza y me mira a los ojos. Se ríe y yo hago lo mismo.
—Tienes los ojos irritados. —señala, dejando un beso en mi nariz. Luego, vuelve a colocar los lentes donde estaban. —Te amo. —murmura y me abraza.
Me relajo entre sus brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo. Eso me logra calmar un poco.
Sé que no debería sentirme bien a su lado, pero no lo puedo evitar.
—Gracias. —esa palabra sale sola de mi boca.
Él se separa de mí y me mira con extrañeza.
—¿Por qué me das las gracias? —pregunta.
—Por preocuparte, por demostrarme que te importo, por estar conmigo. —soy sincera con él.
Me sonríe con dulzura.
—Siempre estaré para ti. —me asegura. —Te lo prometo.
Su promesa parece real, pero sé que en cuanto se entere de toda la verdad… me dejará.
**
Piero Ricci se había encargado de calmar las cosas con la policía y, aunque vinieron a revisar toda la mansión en busca de pruebas que alabaran la acusación de Roxanne, no las encontraron. Así que no abrieron una investigación por falta de pruebas.
Por otro lado, la mujer que está tras las rejas, Mary, volvió a llamar a Gael y pude escuchar toda la conversación. Al parecer, quiere que él vaya a verla a prisión. Dice que necesita hablar con él por todo lo que ocurrió con su hermana muerta. Gael se niega a ir, y eso parece desesperarla.
Las cosas, en general, estaban tomando un rumbo que no me gustaba para nada.
Lo primero que debía hacer era encarar a Roxanne y terminar con ese tema lo antes posible. Y es lo que haré.
—Celine, quiero que organices un equipo para robar la caja fuerte que está en la bodega de Roxanne.—le indico a ella, mientras expando el mapa del lugar. —Mañana en la noche se llevará a cabo el robo. Quiero que Khan encabece ese grupo, porque él será el responsable en caso de que algo salga mal.
Ella asiente, no muy convencida con lo último que dije.
—Hay una especie de sótano subterráneo, y allí está el dinero almacenado. Es un detalle que la policía pasó por alto porque está escondido. —continúo con el relato.
Dibujó un círculo justo en el lugar donde está escondido el dinero, y ella examina la zona.
—Hay que tener cuidado, puede que hayan policías rondando. —comenta.
—Tú te encargarás de eso. No pueden haber errores. —zanjo. —Khan conoce el lugar a la perfección, así que no será problema. Yo estaré con Roxanne, así que ella no será un obstáculo. Hay que apurarnos, porque ella está intentando tomar ese dinero.
—¿Hablarás con ella? —me pregunta.
—No precisamente. —respondo, acomodando mi Glock tras mi espalda baja. Me pongo una chaqueta de cuero para ocultarla.
—¿La vas a matar? —suelta con sorpresa.
—Ese no es asunto tuyo. Encárgate de ese robo. Quiero todo listo mañana. —señalo.
—Te vas a meter en problemas, Dasha. ¿Vale la pena arriesgar todo lo que tienes por esa mujer? ¿O por la estafa contra Gael? —cuestiona.
—Ambas vinimos a New York con un propósito, y lo vamos a cumplir. —sentencio. —Si no estás dispuesta a sostener tu palabra, dímelo y en cinco segundos tendrás a una patrulla esperando por ti para llevarte a donde perteneces.
Mis palabras parecen dolerle, porque traga saliva y me mira con decepción.
—Sabes que voy a cumplir con el contrato. —dice. —No tienes que recordarme las cosas.
—Parece que a veces se te olvida.
En ese instante veo que Piero Ricci camina en nuestra dirección, así que guardo los planos de la bodega y se los entrego a Celine.
—Recuerda: Khan debe estar allí. —recalco. —Y si algo sale mal, ambos serán los responsables.
Ella se retira, saludando al italiano con amabilidad fingida.
—Por fin la encuentro en casa. —habla él, con una pizca de gracia.
—Estoy ocupada. Y, ya que estamos, le pido que no intervenga en mis asuntos. —le dejo en claro.
—Quería ayudar, y lo hice. La policía no volvió a molestar. —añade, tomando asiento. —Esa madrastra que tienes se ve que es muy… intensa. —se ríe.
—Es un tema personal. Te exijo que no te metas. —inquiero.
Él se pone de pie y avanza hacia mí. Cuando estamos frente a frente, se mete las manos en los bolsillos delanteros del pantalón. Me mira con curiosidad.
—¿Tuviste algo que ver con ese derrumbe? —me pregunta en voz baja.
—¿Ahora estás haciendo el trabajo de la policía? —me burlo, cruzándome de brazos.
—Fuiste tú. —afirma.
—No pongas palabras en mi boca que yo no dije. —zanjo.
—Entonces dime la verdad. —insiste. —Quiero ayudarte, pero no me dices nada.
—¿No te has puesto a pensar en que si yo no te digo las cosas, es porque no quiero tu ayuda? —cuestiono.
—Sabes que me necesitas. —añade.
Yo ruedo los ojos y él hace el amague de pasar su brazo por mi cintura, pero lo detengo en el camino y ejerzo presión sobre mi agarre.
—Tus manos lejos de mí. —le advierto.
Él levanta más manos en señal de rendición, y obedece. Retrocede unos pasos y suelta un suspiro.
—No quiero deberte ningún favor. —suelto. —Sé que tu ayuda no fue en vano.
—No quiero nada a cambio. —responde.
—Sé que estás tramando algo. Lo que yo te hice no fue una estupidez.
Él se ríe y las siluetas de Gael y Fiorella aparecen a la distancia, siendo escoltados por una de las empleadas de mi mansión.
Piero gira su cuerpo al ver que yo me tenso. Mira a su pareja y finge estar tranquilo.
Gael viene serio, como si no le gustara vernos juntos.
—Bienvenidos. —los recibo.
Fiorella me da un rápido abrazo como saludo, y Gael un simple beso en la mejilla.
—Qué inesperada sorpresa. —le digo a Fiorella.
—¡Dasha, hola! Lamento no haberte informado, qué descortés de mi parte. Es que estuve llamando a Piero y como no recibí respuestas, pues fui a buscarlo a la compañía. —explica algo avergonzada. —Me dijeron que estaba aquí, así que Gael se ofreció a traerme.
—Dejé el teléfono en el auto, mi vida. —le dice Piero, dándole un beso en la mejilla. Ella lo abraza.
—Descuida, amor. Quería informarte que en la noche tenemos una cena con unos pintores que llegan desde Alemania. —comenta ella con emoción.
Yo me recuesto al borde de la mesa y estiro un poco la chaqueta que me puse para que el arma no se logre ver.
—¿Les gustaría venir con nosotros? —Fiorella me pregunta, y a Gael también.
—Tengo planes, lo siento, pero agradezco tu invitación. —me disculpo.
Gael me mira y yo me hago la disimulada.
—Eh, yo también tengo una cena programada. —dice él.
—Bueno, ya tendremos tiempo de cenar juntos. ¿Quizá mañana? —insiste ella, sonriendo. —Voy a organizar una pequeña fiesta para anunciar algo importante, y me gustaría que ustedes estén.
—De acuerdo, allí estaremos. —respondo.
—¡Genial! Será a las 8 p.m. —indica. —Vamos, cariño, tenemos que prepararnos. —entrelaza su brazo con el de Piero.
—Dasha, luego continuamos con nuestra charla. —me indica Piero, adoptando una postura profesional.
Ambos se despiden de mí, y también de Gael.
Cuando ambos se van, Gael se cruza de brazos y me mira como esperando una explicación que no pienso darle.
Vuelvo a tirar de la chaqueta, hacia abajo, maldiciendo el haberme guardado el arma bajo mi ropa, y no en la cartera.
—¿Vas a seguir mirándome así? —cuestiono.
—Estoy esperando que me digas qué hacía ese hombre aquí. —dice con seriedad.
—Pues, te quedarás esperando porque no te lo diré. Es un asunto mío. —zanjo.
—Todo lo que tenga que ver contigo, me interesa.
Yo retrocedo unos cuantos pasos hasta encontrar la silla donde tomo asiento.
—Es algo privado, Gael. No tienes que saber todo sobre mí.
—Me dijiste que ambos de conocen desde hace años. ¿Fueron más que amigos? —pregunta con algo de inquietud.
—Gael, tengo que irme. Hablamos otro día. —le corto. Me pongo de pie y agarro mi bolso.
—¿Por qué no me dijiste que la policía estuvo aquí?
Su pregunta me pone los pelos de punta. Levanto la vista y lo miro, sus ojos exigen una buena explicación de mi parte. No sé cómo se pudo enterar de eso, pero si lo sabe, quizás también sepa sobre Roxanne.
—No te lo dije porque es algo privado. —murmuro.
—Tan privado que lo sabe Piero y no yo, que soy tu pareja. —suelta con enojo y decepción.
—Gael…
—¿Cuando tengas un problema correrás hacia él y no hacia mí? ¿Eso harás? —cuestiona dolido.
—Escucha…
—No, escucha tú —me interrumpe. —, piensa muy bien si estar conmigo es lo que realmente quieres. Porque estoy cansándome de esto: yo todo el tiempo estoy demostrando lo mucho que me importas, trato de dar lo mejor de mí para que tú estés bien a mi lado. Sin embargo, no recibo lo que doy, y eso no me gusta. No merezco que me excluyas de tu vida.
Intento hablar, pero continúa interrumpiéndome:
—No sé lo que sientes, porque no me dices nada. No sé si estás enamorada de mí, no sé si te gusto siquiera. Yo soy el que demuestra, el que se expresa, soy un libro abierto contigo. Y tú eres lo contrario. Y me estoy cansando de eso. —habla. —Así que, cuando realmente puedas sentarte y hablar conmigo con total sinceridad, me buscas. Mientras tanto… déjame solo.
Se va, y yo me quedo ahí quieta, mirándolo marchar. No soy capaz de decirle que se quede.
Llevo mi mano a la Glock que tengo tras mi espalda, tensando mi mandíbula con enojo. Se me forma un nudo en la garganta y mis ojos no pierden de vista la silueta de Gael.