Con rabia Regina descubrió que ésto era cierto. El maldito dildo no avanzó más de allí. Frotó más fuerte el clítoris de Valeria, como si éste fuera un interruptor que abre una barrera dentro de sus orificios. Pero no hubo caso. No entró más de eso. A Valeria le dolía mucho, a pesar de eso aguantó con estoicismo. Quería demostrar su punto. —Ahora probá con Felicia. Regina miró a su hija a los ojos y luego se centró en su v****a, poblada de vellos rubios. —Mamá, yo… —No hace falta que digas nada, hija. Sé que es una situación humillante, pero soy tu madre. Es mejor que lo haga y no otra persona. Lo hacemos para cuidar tu reputación… y la mía. En poco tiempo nos vamos a olvidar de toda esta situación absurda. Abrí más las piernas… Felicia obedeció. Estaba pálida. Miraba a su madre con es

