Perfecto robo equivocado

1024 Words
Con extremo cuidado nos movimos por los angostos conductos de ventilación de la Joyería Central. Conocía la estructura del local a la perfección. No en balde había sido mi centro de trabajo durante más de cinco años. Los mapas los llevaba grabados dentro de la cabeza, junto a otras cosas importantes que no debía olvidar; como mi aniversario de bodas o el día del cumpleaños de mi esposa. Una confusión en cualquiera de los tres asuntos podría dar al traste con mi vida. Un silbido sonó junto a mi oído. Me rompí la cabeza intentando saber de dónde rayos provenía. Había hackeado las cámaras y alarmas justo antes de ponernos en marcha. ─Hola, mi amor ─Eustaquio realizó con los brazos todo tipo de movimientos para imponerme silencio. ¿A quién se le ocurririría la idea de traer el celular a un robo importante? La respuesta es obvia: a mi primo. Le propiné un pellizco a la altura de la tetilla y recibí un manotazo por contestación. Carcomí mis uñas mientras contaba los segundos en que el desgraciado pariente enamoraba con su amante de turno. De poco valía que me nos liásemos a golpes. En mi familia era yo el inteligente; y, él, el forzudo. Luego de intercambiar besos, frases eróticas y hasta etcétera por vía telefónica, él encendió un cigarrillo. ─¿Qué haces? ─le pregunté entre enojado e incrédulo. ─Cuando me pongo nervioso, mis pulmones me piden una bocanada de humo. No interrumpas, Patricia está a punto de llegar al orgasmo. ─¡Y nosotros de pasar una larga estancia en la cárcel! Tiré un manotazo al aire con tan mala suerte que el móvil voló a través de un agujero. Hizo bip, bip, bip y no volvimos a saber de él. ─¡Me ha costado una pasta! No tenías derecho a arrojarlo por un maldito hueco. Tú no te has roto los riñones para obtener cada centavo ─protestó Eustaquio con lágrimas en los ojos. Sentí algo de lástima por el gigantón sin seso; pero al recordar todo lo que me hacía sufrir su insensatez puse mis emociones en pausa y endurecí mi corazón. ─Quizás no comprendas lo complicado de la situación. Estamos en un espacio reducido, con el cuello en peligro y todavía no hemos visto un centavo. Si vas a llorar, hazlo por una de esas razones ─le reté. Mi primo hizo una serie de ruidos desagradables. Bien sabía él cuanto me mortificaban sus malas costumbres, pero le gustaba molestarme. La mera idea de pasar una larga temporada con él en un espacio cerrado me propinó nuevas fuerzas y puse distancia de por medio. En mis espaldas se clavaron sus rezongos: ─¡Maldita sea la mama por cocinar tan chungo! ¡Odiosa mi panza por enfermar el día en que explicaron en la parroquia que el robo era pecado! ¡Qué condenen al primo -o sea, a mí- por tener un lenguaje tan convincente! ¡Mal rayo lo parta si algo sale mal! ¿Ahora entienden a lo que me refiero? La expectativa de cambiar la tranquilidad de mi rutina por una tonga de días en prisión, mirando la cara de Eustaquio, ponía mis nervios en ascuas. Sucediese lo que sucediese, el futuro se avizoraba oscuro con pespuntes grises. En cuanto se diese la alarma y la policía peinase el local, encontrarían el celular volador. Luego de eso, atar cabos y dar con nosotros sería cuestión de sumar dos y dos. Mordisqueé el látex de mis guantes. Antes de que mis penurias me convencieren de asesinar a Eustaquio, me tiré encima de un retrete. Un olor nauseabundo me revolvió las tripas. ¿Quién coño había dejado un apestoso regalito flotando en el inodoro? ¡Esa situación habría de ser ventilada no más comenzase la nueva jornada laboral! ...Perdón, me había olvidado de que en cuanto pusiese mis manos en las joyas del señor Andrés, sería un fugitivo millonario sin amigos. Quizás no había pensado muy bien el asunto; pero ya no tenía marcha atrás. Deslizarme hasta el suelo fue sencillo, lo difícil se centró en levantarme luego de que los ochenta kilogramos de Eustaquio me cayeron encima. Los huesos de mi columna vertebral ejecutaron una sinfonía en clave de protesta. Sin embargo, mi primo la estaba pasando mucho peor que yo. Tras golpearse la chola con el borde del retrete, había perdido la conciencia. A rastras conseguí llegar el salón. La cabeza me daba vueltas, tanto que me costó reconocer la disposición de los objetos y los arabescos pintados en las paredes. Era como si estuviese en una especie de sueño mal soñado. ¿Alucinaba? Donde debía haber una enorme caja repleta de oro y gemas preciosas, pendía un cartel extremadamente siniestro: Dra. Ana Vetusta. Dentista. ¡Por todos los cielos! El consultorio estomatológico y la joyería compartían una pared y los conductos de ventilación. Me había olvidado de doblar a la derecha luego de pasar el segundo pasillo. Sonreí al descubrir mi error. Aunque mi existencia era una mierda, vivirla sin mirar sobre mi hombro se había convertido en mi mayor deseo durante la última media hora. ─El próximo paciente. ¿Es usted, señor? ─La asistente me hizo una pregunta directa. Debía explicar mi presencia en la clínica, pero en modo alguno ofrecería mi dentadura en sacrificio. ─He traído a mi pariente. El pobre, apenas ha pegado ojo durante la madrugada. ¡Cómo le duele la muela! ─le contesté─. ¿Quién imaginaría que el grandullón es un cobarde? En cuanto la madre salió a comprar unos refrescos, ha corrido a esconderse al baño. Creo que se ha desmayado allí. Será mejor que llame a una ambulancia. Ya imaginaba yo que ese día pasearía en un auto con sirenas y que nos internarían durante una temporada. Por suerte, en lugar de ir a la cárcel, ambos terminamos en el hospital. A Eustaquio le diagnosticaron una fractura de base de cráneo y a mí, una fisura de la quinta vértebra sacra. Últimamente mi primo insiste en que intentemos un nuevo paseo por los conductos de ventilación de la joyería. Yo, por si las moscas, he comprado un par de cascos.
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