Mi familia me apoda cariñosamente Tusita porque mi pelo es tan claro como un grano de maíz tierno. Por lo visto, no es el color lo único que he heredado de esa planta. En cuestiones de mala suerte, soy una mazorca con pajas. Bien dice mi tía Evarista que quien nace para tamal, del cielo le caen las hojas.
Vine al mundo con el símbolo de la fatalidad tatuado en la frente. Lo que toco con las manos se convierte en un desastre. Las chicas me rehúyen y los amigos se asustan al verme. Por eso ni chisté cuando me enteré de que, debido a asuntos laborales, mis padres, mi hermana y yo nos mudaríamos a Santiago. Un adolescente común hubiese dado una perreta de las grandes o clamado a Dios. En cambio, yo estampé en mi rostro una sonrisa de oreja a oreja y llené la maleta.
Mis ilusiones hicieron una fiesta cuando mi tía Evarista mencionó el conocido refrán: «Pueblo nuevo, vida nueva». Quizás la mala suerte se olvidase de perseguirme o no encontrase mi dirección.
Partimos hacia Santiago un domingo por la tarde. Por primera vez, desde que tenía uso de razón, el auto no se averió durante un viaje. Tampoco cayó un torrencial aguacero ni un árbol fue talado y abandonado en medio de la vía.
Antes de irme a dormir, organicé los libros dentro de la mochila. Aunque mi madre habitualmente se encargaba de darnos el de pie todas las mañanas, activé la alarma de mi celular y, por si no sonaba, también la del reloj de pulsera.
Convencido de que había engañado al destino, cerré los ojos. Casi podía dar gracias al cielo, pero pronto comprendí que los refranes existen por una razón y que la frase de Evarista: «pueblo nuevo, vida nueva» podía referirse a algo mejor... o peor.
El resplandor de un travieso rayo de sol incidió de pleno en mis ojos, jugueteó entre mis pestañas y se coló por uno de los orificios de la nariz. Cuando desperté, noté que en mi mejilla estaba dibujada una franja de color rojo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el amanecer? En mi pueblo el sol que quema es el del mediodía, no el de...
Rápidamente consulté el reloj. Lo que fue un presentimiento se trocó en certeza. ¡Solo faltaban diez minutos para que el colegio cerrase sus puertas! En tiempo récord me vería obligado a asearme, vestirme y correr como un demente.
Por suerte, la institución escolar quedaba a tres cuadras de mi nueva casa. Para llegar solo necesitaba montarme en mi bicicleta y pedalear hasta romper mis zapatos nuevos.
Mis padres aún dormían. Había pasado la madrugada en vela transformando la vivienda en un hogar. Sin embargo, se olvidaron de que sus dos hijos tenían obligaciones que cumplir.
En la cocina me topé con mi hermana. Su apetitoso pan con tortilla hizo rugir las tripas dentro de mi barriga.
─Dame un pedazo, por favor, llego tarde ─Utilicé un tono suplicante y estiré la mano.
Pese a que daba por sentado que ella se compadecería de mis miserias, no por gusto sus amigos le llaman el huracán Katrina. De un mordisco se tragó lo que quedaba del desayuno y mis esperanzas.
─Prepárate uno. Ahí está el fogón, no muerde ─masculló con la boca llena.
No gasté mis preciados segundos en darle explicaciones. Me empiné el jugo directamente de la botella y salí disparado a asearme.
─El único sitio que tiene agua en el grifo es este ─gritó Katrina desde el interior del baño de la planta baja.
Conociendo a mi hermana tal como lo hacía, supe que tardaría en salir de allí quinientos millones de años. Ella no tenía prisa alguna, pues sus clases comenzaban media hora más tarde que las mías. Refunfuñé en varios idiomas. En cuestiones de soltar maldiciones, contaba con un léxico privilegiado. Me cepillé los dientes con el resto de jugo y subí a vestirme.
Justo en ese instante sonó la alarma del celular. Aprovecho la ocasión para reconocer públicamente que fui un gran idiota. No me había percatado de la diferencia horaria entre Santiago y el pueblo.
Cuán rápido me fue posible, introduje las piernas dentro del pantalón. Di una ojeada al espejo con el objetivo de corroborar que Tusita se había quedado a kilómetros de distancia y dar la bienvenida a un nuevo yo. En mi atuendo todo estaba perfecto, excepto la gran mancha rosada que tenía el pulóver en el centro.
Revisé el resto de mis cosas. Todas, incluyendo mis calcetines habían cambiado de color.
─¿Qué ha sucedido aquí? ─Un grito de ira salió del interior de mi garganta.
─Lo siento. Ha sido sin querer ─respondió Katrina─. Metí mis esmaltes de uñas en tu maletín. Algún pomo ha debido romperse.
A menos que en el mundo de la moda masculina surgiese una línea de ropa adornada con manchones rosados, estaba oficialmente desnudo. No me quedó otra opción que tomar una camisa del armario de mi padre. Debido a que él es mucho más alto que yo, lucí como un payaso de circo. A mi pesar, corrí escaleras abajo. El tiempo no me alcanzaba para analizar otras alternativas.
Entré al colegio un segundo antes de que cerrasen las puertas. Mientras buscaba el aula, un muchacho me dio la bienvenida.
─Hola. Me llamo Carlos y también soy gay ─dijo─. Permíteme decirte que admiro tu valentía. Hoy es tu primer día de clases en este sitio y no has dudado en manifestar tu orientación.
─Yo no... ─balbuceé sin comprender las señales equívocas que él había captado.
─¿Me he confundido? Perdón, es que tu bolso es tan liberal.
Un vistazo a la mochila sacó de mi garganta un grito de horror. Con mis prisas había tomado las cosas de Katrina. La gran cartera rosa que pendía de mi hombro era el orgullo de mi hermana. Durante mucho tiempo, la había adornado con llaveros de peluche y stickers de su cantante preferido.
Di media vuelta y regresé a mi casa con el rabo entre las piernas. Tal como mencionaba mi tía Evarista: «árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza».