Fuera de época

959 Words
Excitación, es eso lo primero que siento al despertar. También los vampiros nos emocionamos, en especial aquellos que hemos vivido demasiado tiempo. No me afecta la brisa nocturna que despeina mi rala cabellera. Estoy acostumbrado a mi frío ataúd. Tras pasar más de cuatrocientos años descansando en su interior, se me han congelado hasta los pensamientos. Hubiese dormido con gusto un par de siglos más si los comejenes no hubiesen hecho un excelente trabajo agujereando la madera. La superficie se deshace en pequeños trozos. Al parecer, los vendedores de la funeraria me pasaron pino por cedro. Si aún estuviesen vivos, clavaría mis largos colmillos en sus frágiles cuellos. Con sumo cuidado, desperezo mis miembros. ¡Rayos! La inactividad anquilosa al ser más fornido, incluso a mí, el excelentísimo Lord Chankland. Me urge mudarme a un nuevo sitio antes de que salga el sol. A juzgar por la oscuridad del cielo, todavía tengo varias horas. Abro la cripta del cementerio y me dirijo a la ciudad. Con los ojos cerrados, me dejo llevar por el bullicio. Mis oídos captan una señal acústica que me perfora los tímpanos. Luego, todo mi cuerpo se desajusta en un movimiento descoordinado. Sin pensarlo dos veces, empiezo a correr. Choco de plano contra la extraña anatomía de una bruja rechoncha. Lleva un sombrero picudo en la cabeza y oscuro ropaje, pero huele a humano. Quizás sea porque se ha zampado a unos cuantos en la cena. ¿En qué tipo de escoba volará? Las comunes no resisten tanto peso. Hablando como los locos, tengo hambre. ─Amiga bruja ─le digo con sumo respeto porque sé que esos seres no se andan con juegos─, ¿dónde consigo sangre fresca? Ella esboza una risa maléfica y me estampa un puñetazo en el pecho. ¡Vaya fuerza tiene la condenada! Hubiese preferido que me lanzase un hechizo de granos en la cara. Nuevamente, la tierra tiembla. ─¡Terremoto! Pese a que grito a todo pulmón, mi voz se pierde dentro de la estridente música. Me alejo de la bruja casi a rastras. Si me cae encima, seré un vampiro aplastado. ─¿A dónde vas? ─me pregunta una calavera andante─. La fiesta es aquí. Intento responder que no necesito su permiso para marcharme, pero no lo logro. La bruja me tira del brazo y me arrastra al centro de un círculo lleno de monstruos. ¿A dónde he llegado? Es esto un caos viviente. Mientras busco la manera de evaporarme, ella pregunta: ─¿Bailamos, precioso? Pone mi cuerpo a girar como si fuese un trompo. Los monstruos nos rodean y, al ritmo de la música, chillan: ─¡Terremoto, terremoto! Las tripas se me hacen un lío. Mis parásitos llevan demasiados siglos en hambruna. Protestan a una voz y se abren paso al exterior. Por mi boca sale toda clase de helmintosaurios prehistóricos y muere pisoteada por los curiosos seres extraños. ─¡Eres nauseabundo! ─vocifera la bruja y me deja plantado. Si me trata de esa forma, debe ser muy poderosa. Una vez libre de mi acosadora y de los parásitos, reinicio mi viaje hacia la fábrica de ataúdes. Me apremia hallar un cuello fresco en el que hincar los dientes, pero no encuentro humanos en el trayecto. Solo unos pequeños bicharracos se me acercan y exigen sin misericordia: ─¡Dulce o truco! Colocan sus manitas torpes en mi traje y lo halan hasta que lo hacen jirones. ─¡Que buenas tretas tienes! ─dice la calavera andante─, podrías trabajar en un circo. ¡Eso ni muerto! Vengo de una estirpe de vampiros de pura sangre, no soy un payaso. Otra vez, me echo a correr. Ya queda poco tiempo para el amanecer. Jadeante y sin fuerzas, llego al sitio en el que se alzaba la funeraria, pero ya no existe. En su lugar, han emplazado un edificio con la palabra «Comisaría» escrita en un enorme cartel lumínico. Al fin he llegado al escondite de los humanos. Me relamo los labios y me apresto a conseguir una presa fácil. Persigo a una chica joven hasta un lugar oscuro y me abalanzo a su cuello. Aunque mis tripas se apresuran con sus festejos, los colmillos ni se acercan a su piel. Ignoro de qué manera ella me ha tirado al suelo. Allí estoy, con las manos inmovilizadas y la boca llena de tierra. ─Todos los años es lo mismo ─masculla con lentitud─. Siempre hay psicópatas que se hacen los graciosos la noche de Halloween. ¡Métanlo en la celda de los hombres lobos! Varios tipos uniformados me llevan a un local de tortura. ─¡Con ellos no me encierren! ─suplico─. Son mis archienemigos. Me destrozarán. Los policías se ríen de mis miserias. Moriré irremediablemente. Me tiran en el interior de una jaula una decena de lobos. A pesar de que no parecen agresivos, me miran de reojo. Tiemblo por dentro y por fuera cuando uno de ellos rompe las barreras del silencio y me pregunta: ─¿No tienes un trago por ahí? Su hedor alcohólico se impregna en mis harapos. Sin embargo, no es esa mi mayor preocupación. El cielo comienza a teñirse de un color rojizo. Estos serán los últimos segundos de mi historia a menos que reaccione. Aúno mis exiguas fuerzas hasta transformarme en un murciélago y vuelo de vuelta al cementerio. Entro a la cripta con el cuerpo un tanto ahumado, pero vivo o... muerto. Me es difícil asegurar mi estatus. Como puedo, me acomodo en las tablas podridas de mi ataúd e intento descansar algunos siglos más. El presente no es para mí. Quizás, cuando despierte en el futuro, todo sea menos desastroso. Miedo, es eso lo último que siento antes de dormir. Debe ser que he vivido demasiado tiempo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD