Nunca más Serena fue la misma desde que él apareció en su vida. Sus palabras dulces resonaban en sus oídos cuál arpegio de guitarra. Y su sonrisa... ¿qué decir de aquella sonrisa que nunca vio y, sin embargo, le acompañaba en sus horas tristes?
Solo porque sí, él improvisaba poemarios colmados de rimas y metáforas; y luego, les añadía música. En ocasiones, le declaraba su amor en los momentos más inapropiados.
─Eres tú mi preciosa princesa. Quiero que seas mi esposa ─susurró una mañana dentro de su pabellón auricular.
Acto seguido, entonó una canción romántica. Por un instante, Serena se dejó llevar por los acordes de la melodía. No fue hasta el comienzo de la segunda estrofa cuando comprendió lo inadmisible de la situación.
─Calla, idiota ─chilló sin hacer mucho ruido─. Estoy en una prueba de matemáticas.
─Se me dan bien los números. Si decides casarte conmigo, tendrás quien te haga las cuentas ─respondió él con indiferencia.
─Lárgate por las buenas o me veré obligada a utilizar la fuerza. Ya todos en la escuela me tildan de desequilibrada por tu culpa. Estás echando a perder mi relación con Cedric.
─Tu obsesión por ese jovenzuelo petulante te impide ver la felicidad que te ofrezco.
─¡He dicho que cierres el pico!
En esta ocasión, el grito traspasó los niveles del silencio. Veintiséis pares de ojos se posaron en la cabeza de la muchacha. En realidad, eran veintisiete. Se me olvidó incluir los del maestro.
─Señorita, ¿se encuentra usted bien? ─preguntó él con cara de pocos amigos.
Aunque a lo largo de su carrera había visto ejecutar a los estudiantes toda clase de artimañas con el objetivo de evitar un examen, quizás era la primera vez que alguien inventaba una discusión consigo mismo.
─Todo está perfecto, profesor. Nadie le molestará durante su turno de clases ─afirmó Serena con un tono de voz bastante alto.
Si de algo estaba segura, era de que ese lunático, que le atormentaba, no era sordo.
Se consideraba una persona desgraciada. Un piojo se había mudado a su cabello unos meses atrás. Como es lógico, varios humanos, incluyendo a familiares y expertos en plagas, intentaron exterminarle; pero no era tan sencillo. Él no era un insecto común. Si se veía atacado con medios químicos, sacaba de la mochila que cargaba en su espalda una careta antigás. En caso de que a Serena le revisasen el pelo con peines asesinos, él se escondía bajo la caspa. Contaba con un sistema de defensa inexpugnable y reservas para sobrevivir. Lo peor era que nunca se iba a mudar; siquiera por aburrimiento. De algún ilógico modo, se había enamorado de ella.
Las ternezas del okupa le ponían a Serena los nervios de punta. ¿Han imaginado lo que significa ser asaltada por una voz sin rostro mientras caminan, duermen o conversan con las amigas? Era como para volverse loca y ser internada en una institución mental.
Cuando comenzó esa odisea, ella tenía una vida social digna de envidia. Las chicas procuraban su compañía y los varones suspiraban a su paso; pero en ese instante, su estatus se tambaleaba y amenazaba con irse directo al subsuelo.
Serena entregó el examen y corrió hacia la puerta principal antes de que circulase por los pasillos la noticia de su reciente metida de pata. Ya podía ir despidiéndose de sus seguidores en f*******:. La bloquearía hasta el más feo.
En sus prisas, chocó con el carrito del conserje. Balbuceó una disculpa y reinició la carrera con la autoestima por debajo del inframundo.
Atolondrada y apestosa, se encontró con Cedric. Desde el inicio del curso, muchos rumores se habían generado acerca de su inminente noviazgo. Era la clásica unión entre el símbolo masculino y la líder de su club de fans.
─Te he estado buscando. En las últimas semanas es más difícil verte que ganarse la lotería. ─El joven acompañó su confesión de un fugaz parpadeo.
Ya sabía ella lo que eso significaba. El ataque era inminente.
La hermosa sonrisa de Cedric le provocaba temblores paroxísticos y sudoraciones. Pese a que deseaba flotar en una nube, la picazón en la cabeza le arrastró de vuelta a la tierra.
─Es que mi abuela está enferma ─mintió deliberadamente.
La anciana ya llevaba medio millón de años en el cementerio.
─¿Es algo de gravedad? ¿Está internada en el hospital? Si lo necesitas, puedo acompañarte.
─De ninguna manera. Te contagiarías.
─¿Tú no has estado expuesta?
─He hecho quimioprofilaxis ─contestó al instante.
Por suerte había aprendido esa singular palabra en la clase de biología.
Con frecuencia decir un embuste conlleva a inventar otro de mayor envergadura. De no poner freno a su imaginación y tapar su bocaza, llegaría a un punto sin retorno.
Cedric se le acercó y rozó su oscuro cabello con el dorso de la mano. Ni el peligro de contraer una plaga apocalíptica habría detenido a sus labios. Llevaba mucho tiempo soñando con robarle un beso.
─En cuestiones de imaginación no hay quien te ponga un pie delante. Mereces mis aplausos a pesar de tu cobardía. Solo ese tipo creería en tus embustes. Por cierto, mi nombre es Joseph ─murmuró el imprudente insecto tras el pabellón de la oreja derecha de Serena.─ Has tomado una decisión. Supongo que esta es mi derrota. Quizás te haya hablado con frases rebuscadas. Es difícil encontrar los vocablos exactos cuando se carga un amor demasiado pesado. Si te quisiese un poco menos, improvisaría aquellas poesías que hacen suspirar a las mujeres, pero las confidencias se me atragantan.
Serena no le soltó una palabrota porque tenía dentro de la boca la agresiva lengua de su... ¿novio? Al lograr desligarse de él, la cara le ardía.
Como por arte de magia, su vida retornó a la supuesta normalidad. La noticia del amorío apagó, entre los estudiantes del colegio, los cuchicheos de su incipiente locura.
Desde que Cedric le dio el primer beso, Joseph cesó de deslizarle al oído palabras románticas. Sin embargo, ella no era feliz. Extrañaba al diminuto idiota enamorado. Necesitaba sus ternezas endulzando sus amaneceres y el emotivo arrullo antes de dormir.
─¿Qué sientes por mí, Cedric? ─le preguntó par de días después.
Pese a que se celebraba la más reciente victoria del equipo de fútbol en la cafetería local, ella no estaba de ánimos para sonrisas y vítores.
─Eres linda y buena. ─Recibió la apática contestación mientras él destapaba una soda.
─No te pregunté cómo me ves, sino los sentimientos que te provoco.
─¿Hablas de sexo?
Él escupió un buche de coca cola sobre la mesa y le dedicó una de esas miradas que desnudan por arriba de las ropas.
Serena recogió sus cosas sin responderle y salió a la calle. Tal vez unos meses atrás, la relación con Cedric hubiese satisfecho sus ilusiones, pero en ese instante necesitaba las continuas expresiones románticas de Joseph. Él no solo se le había colado al cabello, también al corazón.
─Joseph, háblame, por favor. ─Fue sencillo deshacerse del orgullo y suplicar su regreso. Estaba enamorada.─Te lo ruego─ repitió en un susurro.
Solo le respondió el silencio.
Durante los tres días que estuvo en cama, sus lágrimas encharcaron la almohada, el colchón y parte del suelo. Cuando la situación se tornó intolerable, fue llevada a rastras a la consulta del psiquiatra.
─Regresaré si confiesas la verdad ─murmuró Joseph mientras ella aguardaba en la sala de espera.
─¿Por qué?
El miedo a no poder satisfacer sus condiciones, le impidió disfrutar el instante.
─Todos merecemos ser amados.
─Te amo.
─No es suficiente que yo te escuche. Grítalo a los cuatro vientos.
─Me tomarán por demente ─objetó su cuerda consciencia.
─Los enamorados viven en un mundo de perpetua locura.
Si mostrar sus sentimientos era la vía indicada para tenerle de vuelta, vociferaría hasta lacerarse la garganta. El doctor fue la primera persona en conocer los pormenores del asunto. Luego llegó el turno de los familiares. Más tarde, la noticia se hizo viral.
Serena fue señalada con el dedo y degradada al más bajo peldaño de la dinastía escolar. Los sesudos encerraron su amor en una gran bolsa junto a otros síntomas típicos de un adolescente común y le diagnosticaron un trastorno psicótico.
Con la frente en alto, ella desafió los cánones establecidos por la sociedad, pero no lo hizo sola. Su amante le acompañaba.
Una de aquellas noches en que les costaba cesar de mimarse, él tomó una resolución.
─Quiero hacerte el amor ─expresó sin muchos preámbulos.
─Hazlo ─respondió ella sin dudar─. Soy tuya.
Por primera vez, Joseph descendió a sus labios y los rozó con los suyos.
Entonces, sucedió un milagro. En un destello de luces, él abandonó su diminuto y frágil cuerpo y se convirtió en un joven común.
─Mi beso rompió el hechizo de una malvada bruja ─infirió Serena sin aguardar las explicaciones.
Había leído suficientes cuentos de hadas cuando era pequeña. Tenía una mínima idea de cómo funcionaban los besos de amor verdadero.
El chico esbozó una sonrisa pícara y, mientras negaba con su dedo índice, explicó con pocas palabras.
─Soy José, tu compañero de aula. Por años dejé una flor sobre tu mesa, pero tú solo deseabas integrar la clase favorecida en la ruleta de la fortuna social. No te mezclabas con los poetas e inadaptados. Fui invisible ante tus ojos. Nunca notaste mi presencia y, mucho menos, mi ausencia. Una noche, mientras contemplaba el cielo, una estrella fugaz, de una rara manera, me concedió un deseo. Le pedí estar tan cerca de ti que no pudieras evitarme, hablar a tu oído hasta que mis palabras retumbasen en tu cerebro y en tu corazón. Fundí mi espíritu al tuyo sin dudas o temores. A cambio, entregué los restos de mi orgullo y me glorié en mi humillación. ¿Qué ser es más nauseabundo y despreciado que un piojo? Otro cualquiera en mi lugar, hubiese revertido la petición. Sin embargo, me propuse luchar por obtener mi objetivo, y así fue.
Serena entrelazó sus dedos con los de él y sonrió. Aunque su extraño secreto había sido de dominio público y provocado las burlas de los altos estratos estudiantiles, su corazón se convirtió en la propiedad privada de un chico común.