Las vacaciones de un dios maltrecho

1598 Words
De sueños me he alimentado más de la mitad de mi vida. Evocar el pasado es mi mayor fuente de alegría, quizás la única que me mantiene en pie. Arrastro la vana esperanza de que el futuro se asemeje a aquella lejana época dorada. Si pudiese pedir un deseo, sería dejar de ser. Reconozco que el presente me arranca los trozos del alma. A cada momento me siento morir aunque sé que es imposible. Extraño los bullicios de los humanos, su devoción ilimitada y los sacrificios de seres vivos en mi nombre. Duele ver mis templos convertidos en museos. Quienes les visitan tienen solo un interés: tomarse un selfi y postearlo en las r************* . En frente de mi familia me jacto de entereza. Tengo una esposa que ha sacrificado mucho por amor a mí y también un hijo, una nuera y un nieto. Soy el eje de mi hogar y el referente de un dios en crecimiento. Si él me mira con sus ojos refulgentes repletos de fantasías, una oleada de poder resurge en el interior de mis gastados huesos. Coloco una gran sonrisa en mi rostro cuando Isis se me acerca a hurtadillas y desliza sus labios sobre los míos. Es extraño que el tiempo no haya logrado deshacer nuestro amor. Las maquinaciones de mi malvado hermano Seth, lejos de socavarlo, le fortalecen. ─Osiris, recuerda asearte y afeitarte antes de que te vea Marco. Esa imagen de dios maltrecho déjala para asustar a la mansa corriente del río Nilo ─me susurra mi esposa en el oído. Como un cordero he obedecido sus comentarios nada sutiles. Procuro alejar de mí la explosión de una bomba atómica marca Isis. En el instante en que Marco me acaricia, entra a mi espíritu un rayo de sol. ─Mis papás me han regalado una Tablet por mi cumpleaños ─me cuenta ilusionado. Es un niño casi común que sueña con videojuegos y mangas japonesas. Aún no entiende que su poder es mayor que toda clase de tecnología. ─¿Qué quisieras que te diésemos nosotros? ─pregunta Isis. Es entonces cuando mi mundo se pone de cabeza. ¿Cómo se le ocurre a mi esposa dejar las decisiones en manos de un dios de nueve años? Cierro los ojos convencido de que los deseos de mi nieto desencadenarán la tercera Guerra Mundial. Una areola de luz logra traspasar el velo de mis pestañas. Dentro del brillante cerebro de Marco se está cocinando una idea apoteósica. ─¡Irnos de vacaciones! ─chilla él con inusitada alegría. ¿Vacaciones? Eso no suena bien. ─¿Y si te llevase a pescar al Nilo? ─Intento arrancar la idea de su mente antes de que se vuelva viral; pero una vez que ha germinado no hay manera. La duda se convierte en una innegable certeza: estoy jodido. El primer asunto grave consiste en sacar el pasaporte. Hemos vivido de espaldas a las leyes durante siglos. Nuestros datos no aparecen en los registros oficiales. Solo con un chasquido de dedos resolvería ese problema. Sin embargo, surgiría uno peor. Mi hermano Seth es mi mayor pesadilla desde que me asesinó y desperdigó mis trozos por Egipto. Odia a Isis por recopilar los fragmentos de mi cuerpo y resucitarme y sobre todo a mi hijo Horus por casarse con su exesposa Neftis. Nunca más hemos podido usar los poderes divinos sin vigilar nuestras espaldas. Otra vez me encuentro en una encrucijada. He debido negarme a la petición de Marco. Aunque parezca que estoy a tiempo, me es imposible tronchar sus ilusiones. Muevo un poco los dedos y le doy la bienvenida a nuestra nueva identidad. ─Elige cualquier sitio ─musito a sabiendas de que he metido la pata. Él se tapa el rostro con una mano y apunta con la otra al mapamundi que cuelga en la pared del aeropuerto. De nuevo aprieto los ojos y pido a Ra que quite de mis lomos los siglos acumulados de mala suerte. ─Y el lugar escogido es... ─Isis le sigue el juego. ─Cuba ─anuncia el pequeño con una tímida sonrisa. ¡Mierda! Son diecisiete horas dentro de una lata voladora. Pese a que los humanos se jactan de sus conocimientos de aeronáutica, el concepto se define por sí mismo. Reniego de mis ancestros. Ra me odia, no tengo el menor ápice de duda. ─¿Qué tipo de paseo es ese? Si vamos a viajar, elige Eurodisney ─gruño apretando los puños. No obstante, Marco dice Cuba, y es Cuba. Tarareando una canción caribeña nos montamos a una lata voladora (es mi manera despectiva de conceptualizar a un avión). Una avalancha de ácidos intestinales se pasea del estómago a mi esófago. Dentro de los oídos tengo una orquesta sinfónica de grillos chirriantes. Envidio en silencio a mi hijo y a Neftis. Con el pretexto de cuidar la casa, se han agenciado una gratuita luna de miel. Aunque Isis y Marco duermen durante el viaje, no puedo pegar un ojo. Solo comparo la majestuosidad del pasado con mi ordinario presente. Si no fuese inmortal, me arrojaría de cabeza a la tierra desde las más altas nubes; pero hasta la muerte común me ha sido vedada. No me queda otra opción que cargar sobre mis hombros mi miserable existencia. ___________________ Más allá de una negativa primera mala impresión, descubro que Varadero es un paraíso en medio del infierno. Los turistas parecen poner a un lado sus problemas y disfrutar las vacaciones. En la playa, nos reciben bailando el Punto Guajiro y cantando ¡Cuba, qué linda es Cuba! y otras melodías autóctonas. Ya que estoy aquí, pretendo sumarme a la diversión mientras Marco juguetea en la arena. ─¡Quiero surfear! ─chilla. Pese a que intento explicarle que las olas no se prestan para ese deporte, él es más terco de lo que parece a simple vista. De repente, una masa de agua de dos metros de altura se levanta tras nosotros. Echo una mirada recriminatoria al pequeño, pero al instante me doy cuenta de que está tan asombrado como yo. ¡El poder ha salido de Isis! ─¡Inconsciente!, ¿en qué rayos piensas? ─bramo desmedido. ─Estamos muy lejos de Egipto. Disfruta un poco. ─Imposible. Tu imprudencia me lo impide ─Tiro las palabras al vacío. Un temblor recorre mi espina dorsal. Vivir en las sombras nos ha resultado bien. No entiendo por qué una diosa tan sabia se ha vuelto descuidada. Ha debido contaminarse con algún tipo de virus isleño. Mientras me quedo alucinado, ella está pintando de magenta y verde un cóctel de piña colada solo porque Marco ha insinuado que son sus colores predilectos. La garganta de pequeño resplandece al tomarlo de un tirón. ─Ábrete tierra y trágame ─murmuro sin comprender qué nos sucede. Abismado, observo cómo la arena se agrieta. ─ ¡Terremoto! ─gritan los bañistas. El terror se hace contagioso. Los humanos corren en estampida. Me empujan apartándome de mi familia. ─ ¡Tierra, no! ─Doy la contraorden con rapidez. ─ ¿Qué has hecho? ─me increpa Iris─. ¿Cómo te has atrevido a recriminarme? Al menos, Marco y yo no hemos dañado a seres indefensos. ─Marco ─repito sin apenas mover los labios─. ¡Por Ra! ¿Dónde está? Mi mirada de águila no le encuentra entre la turba atemorizada. Hinco mi rodilla en la arena y derramo todas las lágrimas que he contenido por siglos. Me lamento por el desapego de mis fieles, las glorias pasadas y mis poderes refrenados. No ceso de hacerlo hasta que un charco tornasol me llega a la altura del tobillo y los suspiros me roban las ganas de vivir. ─Tu llanto divino traerá bendición a esta tierra ─musita un presunto desconocido. Esa voz... la he escuchado antes, en aquella existencia gloriosa. Es Seth. Mis alarmas pitan desorbitadas. Reconozco que lo que las mueve no es el ánimo de venganza, sino un miedo atroz. Él ya me ha matado una vez, y no me importa, pero Marco se ha quedado expuesto en la línea de fuego. Es demasiado pequeño e inexperto. Cuando se trata de él, no hay límites permisibles. Así destruya Cuba, América o el globo terráqueo, estoy decidido a luchar. Le hago una señal para advertirle del peligro, pero él no la percibe. Está comiendo un algodón de azúcar que muda de color cada pocos segundos mientras Seth le sujeta la mano. Esta es la peor pesadilla que puede padecer un dios. Los sentimientos por el pequeño me hacen tan humano, que depongo los poderes antes de disparar. ─Luego de cientos de años de lucha, te declaro faraón de Egipto. Doblegaré mi rodilla ante ti, mataré en tu nombre, haré lo que quieras. Solo, no le hagas daño ─afirmo sin titubeos. Mi rendición va acompañada de una reverencia. Me postro y pego mi rostro a la arena. Solo espero misericordia para Marco. Estoy convencido de que en pocos segundos un rayo poderoso me arrancará la cabeza. ─El tío es bueno ─dice mi nieto. Su abrazo me devuelve la esperanza. Aunque Seth le ha soltado y sonríe, todavía sigo sin entender. ─Los faraones son cosa del pasado. Luego de tanto tiempo, he comprendido que nunca aquilaté lo único valioso que siempre fue mío: la familia ─asevera Seth extendiéndome la mano. Quizás no sea lógico confiar en él luego de tanta sangre derramada, pero un instinto primitivo me lleva a aceptar la tregua. He desperdiciado muchas oportunidades para matarle porque mi corazón responde a mis más arraigados sentimientos. Es mi hermano, y le quiero. Entonces me doy cuenta de que una existencia, humana o divina, solo tiene sentido cuando se está rodeado de amor.
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