Cuando se miraron en el espejo, no estaban preparados para encontrar una cara diferente. ¿Terror, incertidumbre, repulsión? Era difícil definir la amalgama de sensaciones que se entremezclaban.
Como de costumbre, Mauro fue el más osado de los dos. Se acercó con sutileza y se llevó tres dedos a la nuca. Pensar nunca había sido su hobby. Prefería el camino simple, el de la burla más cruel e insensata. Movió las manos y sacó la lengua como un crío pequeño a pesar de ser un adulto con bastantes años en las costillas.
—Observa esto, Batkú —dijo—, me parezco a Ra.
—¿Y quién es ese? —preguntó el aludido, quien, a las claras siquiera tenía idea de mitología egipcia.
—¡Mira que eres memo! El dios del sol, el primer faraón, el... Olvídalo y ven a echarme una mano. Vamos a llevar a este trozo de vidrio al mercado. Estoy seguro que ganaremos con su venta unos cuantos pesos. No nos haremos millonarios, pero...
—¿No notas algo extraño? Juraría que vi una imagen rara la primera vez que nos reflejamos en él.
—Aunque a mí me sucedió igual, pronto comprendí que era solo el resultado de la incidencia de los rayos del sol en la superficie. ¿No creerás que es este el espejo mágico de la malvada bruja de Blanca Nieves? Yo confío en la ciencia y no en los cuentos de camino.
—También yo —Batkú balbuceó una graciosa imitación del silbido de la serpiente les sacó las risas.
Al espejo no le hizo gracia el comentario. Se enojó tanto que cuando se le acercaron nuevamente, les mostró el reflejo de la Bestia.
Luego de reponerse del susto, los humanos revisaron un manual de instrucciones que venía adosado al marco de madera.
«¡Atención! Si me miras, padecerás tu mayor pesadiya, pero si te haces mi amigo, podré concederte tus mejores sueños».
Extraña profecía que, en lugar de asustarles, propició nuevas burlas.
—Con un racimo de plátanos soy feliz —rezongó Batkú.
Otra vez, ambos se echaron a reír. Luego, volvieron al poblado criticando la ortografía del mensaje.
—La persona que escribió pesadilla con «Y» es un completo estúpido —se burló Mauro.
—Conozco esa palabra desde que era un bebé—añadió Batkú—. Le debería dar pena a quien escribió esa insulsa parrafada.
—Regresaremos al amanecer con la carreta del vecino para llevarle al poblado.
Esa noche, mientras dormían, visiones horrorosas les perturbaron el descanso de tal manera que, al día siguiente, regresaron al sitio donde estaba el espejo antes de la hora pactada.
—Queremos que desaparezcan los malos sueños —suplicó Mauro titubeante.
Batkú no pronunció palabra alguna, pero su expresión angustiada era el retrato de los terrores de su alma.
—Lo haré si se reflejan en mí una última vez —les respondió el espejo.
No encontraron manera de negarse. De lo contrario, otra pesadilla destrozaría sus nervios. Cuando se pararon frente al cristal y abrieron los ojos, un intenso resplandor salió de su interior. Luego de unos segundos, ambos estaban ciegos.
—¿Por qué nos haces esto? Íbamos a ser tus amigos —Batkú restregó sus opacas pupilas.
—¿Podrías perdonarnos? —rogaron una vez más.
—No lo haré —aseveró el espejo—. Dos clases de seres se acercan a mí: los que se mofan de los errores y los que en realidad buscan mi amistad. ¡Márchense! Me he alimentado de sus mayores miedos, ya que se negaron a compartirme sus mejores sueños.
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Por supuesto que sé que pesadilla se escribe con «Ll»; pero si eso fue lo único que apreciaste de mi relato, me alimentaré de tus mayores miedos...