Dulce venganza
─«Y así, ¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado antojadizo, y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno...».
Poco a poco, me emociono con la declamación de un fragmento de El Quijote. Una vez que introduzco mi cabeza en los clásicos, comienzo a volar sin rumbo fijo. Los libros me cambian el alma. Son esas semillas que germinan en mi interior y fluyen a una velocidad ultrasónica a través de todos mis sentidos.
A pesar de que las pruebas finales están a punto de caerme encima, disfruto cada instante a solas con uno de ellos. Más que estudio, lo considero un pasatiempo. Sin embargo, no logro concentrarme. Mi odiosa vecina se ha empeñado en hacerme la vida un yogurt desde que Adonis, el chico más popular de la escuela, pretende ser mi novio. Ignoro si la mueven los celos o la envidia, solo sé que si se atreve a enfrentarme, peleará contra un molino de viento.
Intento retomar el estudio en el punto en que lo dejé. Me visto mi armadura medieval y ato a Rocinante a un poste. Todo es perfecto hasta que un repiqueteo en el tabique me hace perder la compostura.
Ya no declamo, ahora grito. Cada chillido me raspa la garganta, pero no me importa. No me conformo con un empate, necesito ganar la guerra a esa odiosa mujer aunque el bullicio atraiga las miradas de los transeúntes que pasan frente a mi ventana.
De inmediato, me muerdo la lengua. Pocas personas imaginan qué ocurre dentro de las cuatro paredes de mi habitación. ¡Me tomarán por loca!
Corro a colocar la oreja en la pared. Si mi vecina sospecha que la insensatez se ha apoderado de mi entendimiento, estoy frita. No escucho el más mínimo ruido. Quizás los dioses en desuso de la mitología griega se han apiadado de una pobre alma en desgracia.
Estoy a punto de cantar victoria cuando una notificación de mi teléfono me quita las dudas. El Olimpo no existe; el Internet, sí. Esa bruja ha subido mi ficticia demencia a YouTube con el título: Los locos viven entre nosotros.
Me dirijo al pasillo y llamo a su puerta. Ella abre sonriente, como si destruir mi vida fuese la cosa más natural del mundo.
De nada vale gritar o renegar de los dioses. Lo que necesito es pasar de las palabras a la acción.
─¡Ahhhhh!
Un alarido saca de mi interior gran parte de la ira. El resto se va luego de pegar un puñetazo a la alimaña.
Si va a llamarme loca, ¡que tenga suficientes pruebas!
Regreso a mi cuarto con la mano ardiendo, los dedos hinchados y tres uñas partidas. No he peleado contra un molino de viento, pero al fin logro reconectarme con la lectura. Finales, ¡allá voy!
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Mala suerte
¿Quién querría levantarse a las siete de la mañana para lucir como una idiota delante de la computadora? Yo no, obviamente. Lo menos que deseaba era ver la cara de la señorita Smith. Aun desde lejos, me impresionaban sus enormes espejuelos y el ceño arrugado de su frente. Cuando ella abría la boca, temblaba mi espinazo. ¿Sería omnipresente? ¿De qué manera estaba al tanto de la mímica facial de cada uno de los veintitantos alumnos que torturaba durante la hora y media que duraba la clase virtual?
Cuando las lecciones se toman en la casa, las justificaciones lógicas para ausentarse disminuyen. Luego de exprimirme el cerebro inventando algo que no me pusiese en estado de coma, me conecté arrastrando los jirones del alma.
De repente, su mirada inquisidora se clavó en mí y una mueca sardónica se dibujó en sus vetustos labios. ¿Qué sucedía? ¿Acaso una lagaña prendía de uno de mis ojos o un error cibernético había colocado al fantasma de Napoleón Bonaparte en mi rostro?
Temblando como una hoja a merced del viento, eché una rápida ojeada a mi apariencia. Ajustadores presentes, blusa recatada, pelambrera correctamente recogida en un moño… Nada sobraba o faltaba.
La profesora continuó con su blablablá incoherente; pero, de vez en vez, me lanzaba un rayo de ira a través del monitor. Yo no me concentraba. Me parecía que estaba en el pase de lista en la entrada del infierno.
Tomé la laptop y me moví, buscando la fuente de su mal humor. Por desgracia, no tardé en hallar a mi hermanito Alex, de cinco años de edad, detrás de mí. Lo peor no era que se esmerase en hacer muecas a escondidas, sino que estuviese completamente desnudo.
«¡Tierra, ábrete y trágame!», pensé enardecida e intenté mover a Alex hacia la habitación contigua. Mis gestos, en lugar de asustarle, le incitaron a llevar su malcriadez a un nivel superlativo. Me dedicó una sonrisa pícara mientras cogía su micropene y hacía pipi en mis zapatos.
─Mami! ─grité sin contenerme─. ¿Dónde rayos estás metida? Mira lo que está haciendo tu hijo.
Cuando me enojaba con Alex, él dejaba de ser mi hermano y se convertía en un extraño ser metamórfico de dos patas.
─¡Alana Rodríguez! ─gruñó la profesora justo antes de desconectar mi señal.
Gracias a mi nada querido pariente, me tocaba remontar la opinión negativa de una bruja catedrática. Si eso no es mala suerte, ¿cómo lo defino?
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Embrujo
Cuando la niebla pende sobre mis recuerdos y me fundo a los espacios más oscuros, vuelvo a aquel sitio donde nos conocimos.
Era apenas una joven recién salida del cascarón. Creía que esgrimir un libro de poesía era la solución a mis miserias. Venía de un hogar disfuncional y pretendía, a toda costa, pintar de arcoíris mis fantasías.
Pero de falsas sonrisas está pavimentado el camino al infierno. La mano que me extendiste llevaba garras de gavilán.
─Prometo protegerte siempre ─me aseguraste─. No tendré más sueños que tus sueños ni más luces que tus sombras. Fúndete a mi ruido y hagamos de dos cuerpos un arpegio sonoro con una cadencia cristalina.
Tantas palabras bonitas hilvanadas con caricias desarmaron mi entereza en un momento. Fui tuya en cuerpo y espíritu. Luego... ya no hubo un luego. Nos convertimos en dos extraños sin futuro. Tú seguiste tu rumbo y yo me quedé varada en el mismo sitio.
Siempre que la tristeza cae sobre mis hombros, regreso tras mis pasos. Como depredador que acecha a su presa, espero tu llegada. Eres demasiado predecible.
Te acercas a una chica y, con aire enamorado, le lanzas una promesa:
─Te protegeré siempre...
Te interrumpo antes de que las mentiras hagan mella en su endeble resistencia. Me prendo a tu brazo y finjo ser tu novia. Aunque me asquea tu cercanía, ya he salvado a dieciséis muchachas del embrujo de tus besos.
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Como si fuera nuestro último día
De vez en vez, cuando la nostalgia me azota, vuelvo a mirar esa fotografía. ¡Éramos tan jóvenes, un par de críos recién salidos del cascarón! Cumplíamos apenas dieciséis años.
─Este es mi regalo. Sonríe ─me dijo Alana mientras apretaba el botón de la cámara. Pinta de color fucsia las estrellas. Entra a una tienda y róbale un beso a un maniquí. Vive como si hoy fuese el último día.
Nunca imaginé que las sabias palabras de mi hermana pudiesen hacerse realidad. Aquella noche, mientras le esperaba para celebrar con nuestros padres, nunca llegó. Fue terrible la agonía de lo incierto.
Luego, una llamada telefónica me dio la más horrenda noticia que puede recibir un ser humano: ella había dejado de existir cuando un auto le impactó en la autopista.
Llorar no me ha devuelto los sueños, rezar tampoco; pero intento subsistir por los dos. Salgo a la calle y coloreo las nubes con su sonrisa como si fuese nuestro último día.
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El camino a Roma
Cuando me quedé tirada en la carretera, deseé no abrir los ojos. Hacerlo significaba enfrentarme a la realidad, y yo prefería flotar entre las nubes.
─Camila, ¿estás viva? ─preguntó mi hermana pequeña, zarandeando mis huesos ya maltrechos.
Quise gritar que no, porque el auto que se dio a la fuga tras atropellarme, no solo se había llevado mi visión; también me arrebató los sueños. Sombras grises me acecharon por dentro y por fuera y amordazaron las palabras. Apenas logré llorar y maldecir. ¿Para qué contar a Karla que no era más que un zombi andante, un despojo humano?
En la recuperación se emplearon recursos, tiempo, esfuerzo, lágrimas y trozos de mi alma. Cuando me dieron de alta médica, no tenía un objetivo. Creía que jamás sería capaz de alcanzar la gloria olímpica; aunque me esforzase como nunca antes, no vencería a una tortuga en la pista. Todos los años de duro entrenamiento habían perdido su razón.
Cada tarde, caminaba apoyada en mi bastón y me sentaba en un banco del parque. Allí, escuchaba las risas de los transeúntes y me nutría de su felicidad. Hasta que, un día, un hombre se me acercó.
─Siento el dolor de tu espíritu ─me dijo. Por su voz, supe que era un anciano y, por el sonido de su bastón en el asfalto, que también era invidente.─ Este consejo te doy: «Todos los caminos llevan a Roma. Si no te sientes capaz de volar, anda».
Luego me compartió su testimonio y sembró en mí la llama de la fe. La noche en que el periódico local en que trabajaba como cronista se incendió, él rescató a varios de sus colegas del fuego, pero sufrió graves quemaduras y golpes en la cabeza. Así, se sepultó en un mundo sin colores. Lejos de considerarlo una traba, aprendió Braille y continuó regalando sus escritos a los lectores.
¿Cómo llegaría a mí Roma? ¿Habría una manera de alcanzar la victoria deseada? Llorar no me traería beneficio alguno. ¡Estaba aún viva! Debía arrancar de mi interior las raíces de amargura y aprender a agradecer a Dios en las buenas y malas.
Aquella noche apenas dormí. Al igual que una niña pequeña, alimenté mis ilusiones. No más amaneció, convencí a mi hermano de que me llevase al estadio.
El olor del sudor, la brisa batiendo mi camiseta... Aunque ya no era capaz de ver la línea de meta, una nueva ilusión recorrió mis nervios oxidados. El mundo no se había acabado. También las personas con discapacidades prueban la gloria olímpica.
Sí, muchos caminos llevan a Roma. Por eso, he echado gasolina a mis sueños y corro de la mano de mi guía. El infinito me espera.
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Renuncia
Fueron mis manos, aquellas que un día llevaron luz, las que impusieron un mundo de sombras. Así, como en un soplo, la fantasía dejó de ser y las tinieblas trajeron zozobra.
Resquebrajados fueron los cimientos de Versrisa, sin miramientos ni compasión. No hubo juglar afanoso que entonase una canción.
Un sitio donde la magia acompañaba al humor, fue invadido por el llanto, la miseria y el horror. Adiós se dio a la esperanza, a la paz, a la poesía, y en un cementerio oscuro fue enterrada la alegría.
Camino por callejuelas evitando tu mirada, porque de hallarla, imagino, que se quedará callada. Ya murieron los momentos en que, con tu gran sonrisa, me tirabas de las trenzas y rompías tu camisa; nos chupábamos las ganas escondidos de la abuela, y cocinábamos versos dentro de una gran cazuela.
Pero ya todo es pasado, se fue el amor con la brisa. Sirvo a un reino de tinieblas, hoy renuncio a tus caricias. Un elogio he recibido de mi gran Maestro Sith y, sin embargo, parece, que falta parte de mí.
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Tatuaje mágico
Ansío el arte y los deseos con que tu risa sonaba
cuando volvía tarde a casa y me hundía en tu mirada.
A la Fuerza he prometido servicio y fidelidad,
y a tus pupilas aladas, pasión por la eternidad.
Muchas cosas han cambiado desde que el Sith atentó
contra los nexos sagrados que avivan el corazón.
Peregrinos, en las calles, van carentes de emoción,
pronto agachan la cabeza si se topan con un Lord.
Aunque vivo en un planeta que presume del humor,
más que risas y piruetas, prefiero hacerte el amor.
Si acaso mi prosa cursi te sonara a fantasía,
le añadiré un par de versos y le llamaré poesía.
¿Qué importa si los sesudos critican mi ortografía
o si fingieren sordera a causa de mi afonía?
Por Versrisa te prometo, que donde quiera que esté,
sea en el frente o la trinchera, tu recuerdo llevaré.
Y me lo ataré a mi cuerpo, irá tatuado a la piel,
con él construiré los cascos de mi nave y el dintel
porque la magia que emanas me hace rimar sin parar,
y el brillo de tu mirada, mueve mi paso al marchar.