Cuando se despertaron de su sueño, descubrieron que habían sido llevados a un bosque. Aladino y Jazmín no sabían hacia dónde dirigir sus pasos. No encontraban la lámpara mágica y a la batería de la alfombra voladora se le acababa la carga.
Una voz cascada se hizo eco entre los árboles. Rumpelstiltskin estaba cerca. De eso no cabía la menor duda.
─Le marcaré a mi padre ─Jazmín sacó el teléfono celular del bolsillo de su bedlah.
─La línea a la que usted ha llamado está fuera del área de cobertura ─chilló la odiosa voz remedando a la operadora.
Jazmín se prendió del cuello de su amado. La desesperación se asomó a sus inmensos ojos almendrados cuando le confesó:
─Es Rumpelstiltskin. Quiere a nuestro primer hijo. No cesará de torturarnos mientras no se lo entreguemos.
Aladino no daría a ese villano la oportunidad de quebrarles la voluntad. En sus vagabundeos había aprendido que muchas batallas se ganan con inteligencia y no con el uso de la fuerza bruta.
─Responde mi acertijo ─le desafió─. Si vences, te obedeceremos. De lo contrario, nos devolverás al genio y volveremos a casa.
El chico colocó la oferta sobre la mesa. Ahora solo restaba esperar la reacción del malvado hechicero. Él era propenso a hacer tratos. No sabría cómo negarse.
Un escupitajo sobre la yerba corroboró su respuesta afirmativa.
─¿Cuál es la programación fílmica de este fin de semana en Agrabah? ─preguntó la rata callejera.
Estaba seguro de que triunfaría. A diferencia del mago, él tenía acceso a las nuevas tecnologías.
Rumpelstiltskin se dio por perdido. Al no sentar las bases de la competición, había caído en su propia fosa. No era más que otro burlador burlado.
─¡Te lo dijo una bruja! ─vociferó antes de tirar la lámpara y desaparecer.