Día 6 🛍️🔥

3326 Words
Melissa Hansen Hoy es el sexto día desde que comencé a compartir techo con Dante y debo admitir que no puedo dejar de reír al recordar su expresión de ayer. Ver a ese hombre, que mide cerca de 1.90 metros, con una complexión imponente y una presencia intimidante, reducido a un manojo de nervios por mi mera existencia, es una delicia que no esperaba disfrutar tanto. ¿Por qué no había regresado antes para trastornar su vida perfectamente estructurada? Es la pregunta que he empezado hacerme. Tengo que reconocer mi gratitud hacia los videos de entretenimiento que me topé navegando por internet, en particular el canal de “Jorge Lozano.” Sus consejos sobre cómo enloquecer a un hombre han resultado ser un arma invaluable. Según él, “una mujer segura de sí misma es la inseguridad de muchos hombres”. Y, por lo que he visto hasta ahora, tiene toda la razón. Uno de sus consejos era hablar al oído a un hombre. Cuando susurré al oído de Dante con un tono dulce, calmado y ligeramente sensual algo tan mundano como: “Dante, querido, hoy no eres merecedor de un desayuno tan delicioso como este”; el gigante parecía haber sido golpeado por un rayo. Su reacción fue un espectáculo digno de un Oscar. Ayer decidí ir un paso más allá. Elegí un atuendo que combinaba elegancia con un toque atrevido, pero sobretodo ese toque colegial inocente.Al aplicar otro de los consejos de mi nuevo gurú digital, lo llevé a comer en un restaurante japonés, además de hacerle una broma “picante” decidí buscar cualquier excusa para un contacto físico casual; los resultados fueron gloriosos. Fingí ayudarlo con su vaso de agua, para colocar mi mano en su pecho y juro que, por un segundo, pensé que el “gran y poderoso Dante” iba a hiperventilar. Su rostro pasó del rojo al carmesí, en un movimiento tan torpe como adorable, prácticamente huyó del restaurante. Si el objetivo era desequilibrarlo, misión cumplida. Descubrí que los dos puntos débiles universales de los hombres son la comida y el sexo, por he decidido atacar ambos estratégicamente. Dante piensa que no me doy cuenta de sus horarios, pero está equivocado. Ayer llegó tarde, exhausto, probablemente buscando un momento de paz. Sin embargo, mientras dormía, yo ya tenía un plan en marcha. Robé su teléfono pensando “aquí viene lo mejor”, me sorprendió que no estuviera bloqueado. Así que, con la precisión de una cirujana, sustituí su tono de llamada por un audio que grabé con mi propia voz: un cariñoso y ligeramente burlón “Trabaja menos y sonríe más, CEO amargado”. El efecto será devastador cuando suene en público, estoy segura. Salí de su habitación antes de que pudiera notar mi pequeña travesura y me fui a dormir con una sonrisa triunfal. Esta mañana me desperté con una energía renovada. Hoy es sábado, lo más lógico sería que Dante se tomara el día libre, pero conociéndolo ahora se dé su obsesión por el trabajo, lo más probable es que vaya a la oficina.Eso significa que tendré el tiempo y la casa para mí sola. No puedo negar que molestar a Dante se ha convertido en mi nuevo pasatiempo favorito. Hay algo delicioso en ver cómo su fachada de hombre arrogante y controlado se desmorona con mis pequeñas tácticas. La clave está en hacerlo sutil, casi imperceptible, para que nunca sepa del todo si lo hago a propósito o si simplemente es una coincidencia, no soy una experta pero puedo decir que esos consejos de Jorge Lozano es la clave de todo mi éxito. Al fin y al cabo, ¿qué puede ser más divertido que jugar al gato y al ratón cuando sabes que el ratón está comenzando a perder la paciencia? Hoy me dispongo a atacarlo nuevamente. ¿Qué nueva táctica emplearé?. Pues una de usar una prenda suya, según Jorge esto desestabiliza a los hombres pues usar una prenda suya causará ese efecto de ternura y calentura; con todas estas ideas me propuse a preparar el desayuno. Mientras revolvía unos huevos en el sartén, escuché el sonido de la puerta de la habitación de Dante abrirse. Giré hacia el pasillo justo a tiempo para verlo salir con el cabello despeinado, algo que me sorprendió es que lo tenía ya de su color natural, el verde ya no estaba y se veía más sedoso como recién cortado, así que lo más probable es que fue a un spa. Se veía bien con ropa semi formal usando una camiseta polo gris ajustada perfectamente a su pecho y esa expresión de “acabo de levantarme y no estoy para juegos”. Claro, yo no podía dejarlo en paz. —Buenos días, dormilón —lo saludé con una sonrisa juguetona mientras seguía revolviendo con total tranquilidad. Él no respondió de inmediato. Se detuvo a medio camino, sus ojos recorriendo mi “outfit” improvisado. Su camiseta me cubría apenas lo suficiente para ser decente, pero dejaba al descubierto mis piernas y, por lo que veía en su mirada, su cerebro estaba procesando más de lo necesario. —¿Por qué… estás usando eso? —preguntó finalmente, su voz baja y tensa, como si temiera la respuesta. Me encogí de hombros, dejando caer el sartén en la hornilla con un sonido casual. —Pues… no me queda ropa limpia —dije como si fuera lo más obvio del mundo. Luego le lancé una mirada inocente, alzando una ceja. — No tiene los una lavadora, Dante. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Pedirle a las ardillas que vivan aquí que laven por mí? Él frunció el ceño y se llevó una mano al puente de la nariz, claramente tratando de mantener la compostura. —Melissa, esa camiseta me queda a mí. A ti te… —Se quedó callado, mirándome de arriba abajo, sin saber cómo terminar la frase sin sonar inapropiado. —¿Me queda mejor? —completé, sonriendo maliciosamente mientras me giraba lentamente hacia el sartén para darle la vuelta al tocino. Lo escuché exhalar, casi pude imaginar el vapor saliendo de su cabeza. —Podrías haberme tomado algo más decente —gruñó, cruzando los brazos sobre su pecho como si eso fuera a protegerlo de mi ataque visual. —¿Decente? Por favor, Dante, ni que estuviera desfilando en la calle —le respondí con un tono despreocupado, volviendo a mirarlo. Luego bajé la voz, fingiendo un aire conspirador.—Además, tu camiseta es muy cómoda. Y huele… interesante. ¿Qué usas? ¿Colonia “CEO misterioso”? —Melissa —advirtió, su mandíbula apretándose. —¿Sí, Dante? —respondí con el tono más dulce e inocente que pude reunir. Él respiró hondo y se giró hacia la cafetera, como si necesitara la ayuda divina de un espresso para sobrevivir la mañana. Después de unos segundos en silencio, soltó un suspiro. —Voy a llamar a mi asistente. Vamos a comprar ropa para ti. No puedo dejarte andando por aquí vestida así. No lo esperaba, así que parpadeé varias veces antes de cruzar los brazos y fingir indignación. —¿Qué? ¿Es una indirecta? ¿Insinúas que no puedo sobrevivir con lo poco que traje? Porque, sinceramente, creo que lo estoy manejando maravillosamente. Mira esto. — dije Hiciendo un gesto a mi improvisado vestido-camiseta. Él me miró, claramente intentando no reír, aunque sus labios temblaron ligeramente. —No, Melissa. Insinúo que mi paciencia tiene un límite. Y tú ya encontraste cómo agotarlo. —Oh, ¿es un cumplido? Porque lo tomaré como uno. —Le sonreí y para añadirle dramatismo, tomé un trozo de tocino del sartén y lo mordí, como si ese simple acto fuera parte de un elaborado plan para sacarlo de quicio. Él negó con la cabeza, pasó una mano por su cabello y murmuró: —Esto es una mala idea. Muy mala idea. —¿Ir de compras? Para nada. Es brillante. Prometo comportarme… al menos un poquito —respondí, guiñándole un ojo mientras servía los huevos en un plato. — Mira solo por eso, hoy eres merecedor de este delicioso desayuno — exclamé mientras servía su comida. Dante me lanzó una mirada incrédula antes de tomar su café y sentarse a la mesa. Podía sentir la tensión en el aire, pero no sabía si provenía de la situación, de mi ropa, o de su aparente incapacidad para manejar mi encanto natural. Todo indicaba que este día sería más entretenido de lo que esperaba. Fue así como al final logré convencer a Dante de que fuéramos los dos solos de compras. Decidí arreglarme con un jean ajustado, unos tenis blancos y una blusa sencilla. Nada ostentoso, pero lo suficiente como para verme presentable. Tomé mi bolso y salí a encontrarme con él. Cuando lo vi, tuve que parpadear varias veces. Dante estaba vestido de lo más relajado, con un pantalón oscuro informal, una camiseta polo gris que le quedaba demasiado bien… ¿una chamarra de cuero? ¿De verdad? Parecía un maldito modelo salido de un anuncio de motocicletas. Ese aire de bad boy le quedaba demasiado bien para su propio bien, de cierta forma eso me molestaba. Porque claro, ¿cómo se supone que yo iba a mantener mi plan de “moléstalo, pero no te involucres” si él parecía la encarnación de una fantasía ambulante? —¿Qué tanto me miras? —preguntó con una media sonrisa, claramente consciente de su efecto. —Nada —mentí, alzando la barbilla.— Solo me sorprende que alguien como tú tenga una chamarra de cuero. ¿Qué sigue? ¿Una Harley en el estacionamiento? —Podría ser un Mercedes, pero gracias a tu magnífica idea de vivir aquí de forma “humilde”—respondió con su tono sarcástico de siempre recalcando la última palabra, mientras abría la puerta para que saliera. Llegamos al centro comercial y por extraño que parezca, caminar con él a mi lado me hizo sentir… diferente. No sé cómo explicarlo, pero había algo reconfortante en su presencia. Era como si, por un breve instante, el caos habitual entre nosotros se esfumara y quedara esta extraña sensación de… comodidad. Claro, duró poco. Cuando entramos en una tienda de lujo, las dependientas prácticamente lo reconocieron al instante. —Señor Olsen, bienvenido. Pase, por favor. —Una de ellas casi se inclinó, y las demás sonreían con demasiada familiaridad. Me quedé inmóvil por un momento, tratando de procesar la escena. ¿Por qué lo conocían tan bien? ¿Qué hacía él aquí? ¿Acaso traía a otras mujeres? Algo en mi interior se encendió, una mezcla de curiosidad y rabia contenida. Pero antes de que pudiera decir algo, Dante, con su voz profunda y varonil, dejó caer una bomba: —Les presento a mi esposa. Ayúdenla a escoger la ropa que necesite. Me congelé. ¿Qué? ¿Esposa? Mi corazón se aceleró y, aunque parte de mí quería corregirlo, otra parte no pudo evitar sentirse… valorada. Al menos no me negaba. Al fin y al cabo, para bien o para mal, éramos esposos, ¿no? Nos llevaron a un área VIP, donde él se acomodó en un sillón con una bebida que le ofrecieron mientras yo empezaba a escoger ropa. Aproveché el momento para armar mi estrategia: nada de atuendos recatados. Si iba a molestar a Dante, lo haría con toda la artillería pesada. Elegí vestidos ajustados, atrevidos y sensuales, junto con pantalones que resaltaban mi figura. Si iba a jugar, jugaría a ganar. —¿Qué opinas? —le pregunté después de salir con un vestido n***o que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Me giré lentamente frente a él, dejando que la tela marcara cada curva. Dante dejó su vaso en la mesa, sus ojos recorriéndome con una intensidad que me hizo sentir como si el aire se hubiera vuelto más denso. —Definitivamente, no es práctico para la casa —dijo con voz ronca, aunque su mirada decía otra cosa. Sonreí, satisfecha, me di la vuelta para regresar al probador. Todo iba según lo planeado… hasta que el cierre de uno de los vestidos se atascó. —¿Alguien puede ayudarme? —pregunté en voz alta. Pero no hubo respuesta. Claro, justo ahora las dependientas desaparecían. Antes de que pudiera intentar solucionar el problema sola, sentí unas manos grandes y firmes rozando mi espalda. Mi cuerpo se tensó. Giré la cabeza solo para encontrar a Dante detrás de mí. —¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, tratando de sonar molesta, aunque mi voz salió más suave de lo que esperaba. —Estoy ayudando a mi esposa. —Su tono era descaradamente sarcástico, pero el roce de sus dedos en mi piel tenía un efecto que nada tenía que ver con sarcasmo. —Puedo manejarlo sola —intenté decir, pero mi voz tembló ligeramente cuando sentí que su cuerpo se acercaba más, su pecho casi tocando mi espalda. —¿Estás segura? —susurró junto a mi oído, su aliento cálido haciéndome estremecer. Sus manos bajaron lentamente por mi cintura y de pronto me encontré incapaz de moverme. No estaba bajando el cierre. En lugar de eso, sus brazos me rodearon, pegándome a él. Mi respiración se volvió errática y mi mente, que siempre estaba llena de ideas y planes, se quedó en blanco. —Dante, ¿qué… qué estás haciendo? —pregunté, intentando mantener el control, pero mi voz apenas fue un murmullo. —Solo estoy ayudando. ¿No es eso lo que pediste? —susurró, su tono bajo y provocador, mientras su pecho firme se presionaba más contra mi espalda. Sentí cómo el calor subía por mi cuello y llegaba a mis mejillas. ¿Qué estaba pasando? Nunca había sentido algo así. Mi cuerpo, traidor, parecía relajarse contra él. Pero entonces, algo en su actitud cambió. Sentí una presión inesperada contra mi espalda baja. Mi mente dio un salto y antes de que pudiera procesarlo, lo empujé con toda mi fuerza, girando para mirarlo con ojos entrecerrados. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le espeté, tratando de recuperar el aliento y, con ello, mi dignidad. Él, maldito descarado, solo sonrió, inclinándose levemente hacia mí con una expresión que mezclaba burla y deseo. —Solo estaba ayudando. Pero si no quieres mi ayuda… —se encogió de hombros, como si no hubiera pasado nada, aunque sus ojos seguían encendidos de algo que me hizo sentir vulnerable y peligrosamente viva al mismo tiempo. Lo vi salir del probador con una calma que parecía calculada, mientras yo me quedaba ahí, luchando por recuperar el control de mis pensamientos y mi respiración. “Esto casi se sale de control”, pensé mientras me quitaba el vestido, aún sintiendo el calor de sus manos y su presencia sobre mi piel. Pero lo peor de todo fue darme cuenta de algo aterrador: una parte de mí… no estaba tan segura de querer que se detuviera. Esto estaba mal. Muy mal. Pero se sentía tan bien. ¡Oh, Dios! Mi pobre cuerpo virgen había reaccionado de una forma que jamás imaginé posible. Era como si un simple contacto hubiera encendido algo en mí que no sabía que existía. Me apoyé contra el espejo, mirando mi reflejo con incredulidad. ¿Cómo podía un solo momento con él causar tanto caos en mí? Y entonces, una pequeña vocecita, descarada y traviesa, surgió en mi cabeza: —Vamos, Melissa, ¿qué tienes que perder? Al final, te vas a morir, ¿no? —susurró con malicia. Me mordí el labio, porque, aunque no quería admitirlo, tenía razón. Total, ¿qué era una pequeña distracción en medio de mi venganza? Además, si lo pensaba bien… él me debía esto. El invencible Dante Olsen me había arrastrado a este matrimonio forzado, me había convertido en su compañera solo por obligació y si todo seguía así, era casi seguro que moriría virgen por su culpa. —No es justo, —pensé mientras me cruzaba de brazos. Si ya estaba aquí, si este hombre tenía el poder de alterarme de esa manera con un solo roce, ¿por qué no aprovecharlo? Si él era la causa de mi caos interno, bien podría ser también la solución. Cuando salí del probador, ahí estaba Dante, esperándome con unas cuantas bolsas de compras en sus manos. Lo miré con incredulidad y arqueé una ceja. —¿Qué es esto? —le pregunté cruzándome de brazos. Él, con esa maldita sonrisa arrogante que me sacaba de quicio y me empezaba a encantar al mismo tiempo, respondió: —Pequeños detalles para mi esposa. ¿No se supone que debo consentirte? Lo miré fijamente, buscando rastros de burla en su tono. Pero no, parecía genuino… o al menos tan genuino como puede ser alguien como él. —¿Consentirme? Bueno, si esto es tu versión de consentirme, espero que no sea un secuestro encubierto. —Melissa, si quisiera secuestrarte, ya estarías en una isla privada.— dijo tan arrogantemente. Rodé los ojos. Este hombre siempre tenía que ganar. La verdad, estaba demasiado cansada e intrigada como para discutir, así que dejé el tema y mejor seguimos con el día. Ya era tarde y teníamos hambre. Fuimos a un restaurante cercano y, sorprendentemente, la comida estuvo tranquila. Aunque no podía evitar sentir cómo las mujeres de las mesas cercanas lo miraban de reojo. Lo peor es que él lo sabía. Dante se movía como si el lugar entero le perteneciera. Decidí ignorar todo eso y centrarme en mi comida, pero mi paciencia casi se agotó cuando una mesera se le acercó más de la cuenta. —¿Necesita algo más, señor Olsen? —preguntó con una voz demasiado melosa para ser casual. Yo no pude evitar soltar: —Sí, necesita que nos traigas la cuenta, por favor. Pero tranquila, él sabe usar su tarjeta. No necesitas enseñarle. Dante me lanzó una mirada entre divertida y advertida. —¿Estás celosa, Melissa? —¿Celosa yo? Por favor. Solo me preocupa que la pobre chica se tropiece contigo y nos cobren los platos rotos. Él soltó una carcajada. Lo odiaba tanto. Y, a la vez, odiaba lo bien que se veía riéndose. Cuando llegamos al departamento ya era casi las 7:00pm. Solté un suspiro al ver el reloj. Entre compras, comida y aguantar a Dante, el día me había dejado agotada. Pero había algo que no podía ignorar: me había comprado cosas que realmente me gustaron. Decidí que, por esta vez, sería amable. Entré a la cocina y me puse manos a la obra. Preparé algo sencillo, pero rico: una ensalada fresca y un filete de carne bien hecho. Cuando terminé, lo llamé. —Dante, ven a cenar. Él apareció en la cocina con una expresión de curiosidad. —¿Tú cocinaste? —No, la cena se materializó por arte de magia. Por supuesto que cociné. Pero si no lo quieres, puedo guardarlo y tú puedes pedir sushi o lo que sea que coman los arrogantes millonarios como tú. —No he dicho que no lo quiera, solo me sorprende. Gracias, Melissa. Su tono tenía una sinceridad que me dejó descolocada por un momento. Pero claro, no podía dejarle ver eso. —No te acostumbres, Olsen. Esto no es un servicio diario. Se sentó a la mesa y probó un bocado. Sus ojos se alzaron hacia mí con aprobación. —Está bueno. Quizá deberías abrir un restaurante. Podrías llamarlo “La esposa vengativa”. —Muy gracioso. Quizá deberías escribir un libro: “Cómo irritar a tu esposa en 10 pasos”. —¿10? Yo creo que lograría desestabilizarte solo con 3 pasos .— otra vez usando su tono sensual. Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Aunque no lo admitiera, esos momentos con él, entre sarcasmos y tensión, estaban empezando a ser mi parte favorita del día.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD