Melissa Hansen
Hoy es el sexto dĂa desde que comencĂ© a compartir techo con Dante y debo admitir que no puedo dejar de reĂr al recordar su expresiĂłn de ayer. Ver a ese hombre, que mide cerca de 1.90 metros, con una complexiĂłn imponente y una presencia intimidante, reducido a un manojo de nervios por mi mera existencia, es una delicia que no esperaba disfrutar tanto. ÂżPor quĂ© no habĂa regresado antes para trastornar su vida perfectamente estructurada? Es la pregunta que he empezado hacerme.
Tengo que reconocer mi gratitud hacia los videos de entretenimiento que me topĂ© navegando por internet, en particular el canal de “Jorge Lozano.” Sus consejos sobre cĂłmo enloquecer a un hombre han resultado ser un arma invaluable. SegĂşn Ă©l, “una mujer segura de sĂ misma es la inseguridad de muchos hombres”. Y, por lo que he visto hasta ahora, tiene toda la razĂłn. Uno de sus consejos era hablar al oĂdo a un hombre. Cuando susurrĂ© al oĂdo de Dante con un tono dulce, calmado y ligeramente sensual algo tan mundano como: “Dante, querido, hoy no eres merecedor de un desayuno tan delicioso como este”; el gigante parecĂa haber sido golpeado por un rayo. Su reacciĂłn fue un espectáculo digno de un Oscar.
Ayer decidĂ ir un paso más allá. ElegĂ un atuendo que combinaba elegancia con un toque atrevido, pero sobretodo ese toque colegial inocente.Al aplicar otro de los consejos de mi nuevo gurĂş digital, lo llevĂ© a comer en un restaurante japonĂ©s, además de hacerle una broma “picante” decidĂ buscar cualquier excusa para un contacto fĂsico casual; los resultados fueron gloriosos. FingĂ ayudarlo con su vaso de agua, para colocar mi mano en su pecho y juro que, por un segundo, pensĂ© que el “gran y poderoso Dante” iba a hiperventilar. Su rostro pasĂł del rojo al carmesĂ, en un movimiento tan torpe como adorable, prácticamente huyĂł del restaurante. Si el objetivo era desequilibrarlo, misiĂłn cumplida.
DescubrĂ que los dos puntos dĂ©biles universales de los hombres son la comida y el sexo, por he decidido atacar ambos estratĂ©gicamente. Dante piensa que no me doy cuenta de sus horarios, pero está equivocado. Ayer llegĂł tarde, exhausto, probablemente buscando un momento de paz. Sin embargo, mientras dormĂa, yo ya tenĂa un plan en marcha. RobĂ© su telĂ©fono pensando “aquĂ viene lo mejor”, me sorprendiĂł que no estuviera bloqueado. AsĂ que, con la precisiĂłn de una cirujana, sustituĂ su tono de llamada por un audio que grabĂ© con mi propia voz: un cariñoso y ligeramente burlĂłn “Trabaja menos y sonrĂe más, CEO amargado”. El efecto será devastador cuando suene en pĂşblico, estoy segura. SalĂ de su habitaciĂłn antes de que pudiera notar mi pequeña travesura y me fui a dormir con una sonrisa triunfal.
Esta mañana me despertĂ© con una energĂa renovada. Hoy es sábado, lo más lĂłgico serĂa que Dante se tomara el dĂa libre, pero conociĂ©ndolo ahora se dĂ© su obsesiĂłn por el trabajo, lo más probable es que vaya a la oficina.Eso significa que tendrĂ© el tiempo y la casa para mĂ sola.
No puedo negar que molestar a Dante se ha convertido en mi nuevo pasatiempo favorito. Hay algo delicioso en ver cómo su fachada de hombre arrogante y controlado se desmorona con mis pequeñas tácticas. La clave está en hacerlo sutil, casi imperceptible, para que nunca sepa del todo si lo hago a propósito o si simplemente es una coincidencia, no soy una experta pero puedo decir que esos consejos de Jorge Lozano es la clave de todo mi éxito.
Al fin y al cabo, ¿qué puede ser más divertido que jugar al gato y al ratón cuando sabes que el ratón está comenzando a perder la paciencia?
Hoy me dispongo a atacarlo nuevamente. ¿Qué nueva táctica emplearé?. Pues una de usar una prenda suya, según Jorge esto desestabiliza a los hombres pues usar una prenda suya causará ese efecto de ternura y calentura; con todas estas ideas me propuse a preparar el desayuno.
Mientras revolvĂa unos huevos en el sartĂ©n, escuchĂ© el sonido de la puerta de la habitaciĂłn de Dante abrirse. GirĂ© hacia el pasillo justo a tiempo para verlo salir con el cabello despeinado, algo que me sorprendiĂł es que lo tenĂa ya de su color natural, el verde ya no estaba y se veĂa más sedoso como reciĂ©n cortado, asĂ que lo más probable es que fue a un spa. Se veĂa bien con ropa semi formal usando una camiseta polo gris ajustada perfectamente a su pecho y esa expresiĂłn de “acabo de levantarme y no estoy para juegos”. Claro, yo no podĂa dejarlo en paz.
—Buenos dĂas, dormilĂłn —lo saludĂ© con una sonrisa juguetona mientras seguĂa revolviendo con total tranquilidad.
Él no respondiĂł de inmediato. Se detuvo a medio camino, sus ojos recorriendo mi “outfit” improvisado. Su camiseta me cubrĂa apenas lo suficiente para ser decente, pero dejaba al descubierto mis piernas y, por lo que veĂa en su mirada, su cerebro estaba procesando más de lo necesario.
—¿Por qué… estás usando eso? —preguntó finalmente, su voz baja y tensa, como si temiera la respuesta.
Me encogà de hombros, dejando caer el sartén en la hornilla con un sonido casual.
—Pues… no me queda ropa limpia —dije como si fuera lo más obvio del mundo. Luego le lancé una mirada inocente, alzando una ceja. — No tiene los una lavadora, Dante. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Pedirle a las ardillas que vivan aquà que laven por m�
Él frunció el ceño y se llevó una mano al puente de la nariz, claramente tratando de mantener la compostura.
—Melissa, esa camiseta me queda a mĂ. A ti te… —Se quedĂł callado, mirándome de arriba abajo, sin saber cĂłmo terminar la frase sin sonar inapropiado.
—¿Me queda mejor? —completé, sonriendo maliciosamente mientras me giraba lentamente hacia el sartén para darle la vuelta al tocino. Lo escuché exhalar, casi pude imaginar el vapor saliendo de su cabeza.
—PodrĂas haberme tomado algo más decente —gruñó, cruzando los brazos sobre su pecho como si eso fuera a protegerlo de mi ataque visual.
—¿Decente? Por favor, Dante, ni que estuviera desfilando en la calle —le respondà con un tono despreocupado, volviendo a mirarlo. Luego bajé la voz, fingiendo un aire conspirador.—Además, tu camiseta es muy cómoda. Y huele… interesante. ¿Qué usas? ¿Colonia “CEO misterioso”?
—Melissa —advirtiĂł, su mandĂbula apretándose.
—¿SĂ, Dante? —respondĂ con el tono más dulce e inocente que pude reunir.
Él respiró hondo y se giró hacia la cafetera, como si necesitara la ayuda divina de un espresso para sobrevivir la mañana. Después de unos segundos en silencio, soltó un suspiro.
—Voy a llamar a mi asistente. Vamos a comprar ropa para ti. No puedo dejarte andando por aquĂ vestida asĂ.
No lo esperaba, asà que parpadeé varias veces antes de cruzar los brazos y fingir indignación.
—¿Qué? ¿Es una indirecta? ¿Insinúas que no puedo sobrevivir con lo poco que traje? Porque, sinceramente, creo que lo estoy manejando maravillosamente. Mira esto. — dije Hiciendo un gesto a mi improvisado vestido-camiseta.
Él me mirĂł, claramente intentando no reĂr, aunque sus labios temblaron ligeramente.
—No, Melissa. InsinĂşo que mi paciencia tiene un lĂmite. Y tĂş ya encontraste cĂłmo agotarlo.
—Oh, Âżes un cumplido? Porque lo tomarĂ© como uno. —Le sonreĂ y para añadirle dramatismo, tomĂ© un trozo de tocino del sartĂ©n y lo mordĂ, como si ese simple acto fuera parte de un elaborado plan para sacarlo de quicio.
Él negó con la cabeza, pasó una mano por su cabello y murmuró:
—Esto es una mala idea. Muy mala idea.
—¿Ir de compras? Para nada. Es brillante. Prometo comportarme… al menos un poquito —respondĂ, guiñándole un ojo mientras servĂa los huevos en un plato.
— Mira solo por eso, hoy eres merecedor de este delicioso desayuno — exclamĂ© mientras servĂa su comida.
Dante me lanzĂł una mirada incrĂ©dula antes de tomar su cafĂ© y sentarse a la mesa. PodĂa sentir la tensiĂłn en el aire, pero no sabĂa si provenĂa de la situaciĂłn, de mi ropa, o de su aparente incapacidad para manejar mi encanto natural. Todo indicaba que este dĂa serĂa más entretenido de lo que esperaba.
Fue asà como al final logré convencer a Dante de que fuéramos los dos solos de compras. Decidà arreglarme con un jean ajustado, unos tenis blancos y una blusa sencilla. Nada ostentoso, pero lo suficiente como para verme presentable. Tomé mi bolso y salà a encontrarme con él. Cuando lo vi, tuve que parpadear varias veces.
Dante estaba vestido de lo más relajado, con un pantalĂłn oscuro informal, una camiseta polo gris que le quedaba demasiado bien… Âżuna chamarra de cuero? ÂżDe verdad? ParecĂa un maldito modelo salido de un anuncio de motocicletas. Ese aire de bad boy le quedaba demasiado bien para su propio bien, de cierta forma eso me molestaba. Porque claro, ÂżcĂłmo se supone que yo iba a mantener mi plan de “molĂ©stalo, pero no te involucres” si Ă©l parecĂa la encarnaciĂłn de una fantasĂa ambulante?
—¿Qué tanto me miras? —preguntó con una media sonrisa, claramente consciente de su efecto.
—Nada —mentĂ, alzando la barbilla.— Solo me sorprende que alguien como tĂş tenga una chamarra de cuero. ÂżQuĂ© sigue? ÂżUna Harley en el estacionamiento?
—PodrĂa ser un Mercedes, pero gracias a tu magnĂfica idea de vivir aquĂ de forma “humilde”—respondiĂł con su tono sarcástico de siempre recalcando la Ăşltima palabra, mientras abrĂa la puerta para que saliera.
Llegamos al centro comercial y por extraño que parezca, caminar con Ă©l a mi lado me hizo sentir… diferente. No sĂ© cĂłmo explicarlo, pero habĂa algo reconfortante en su presencia. Era como si, por un breve instante, el caos habitual entre nosotros se esfumara y quedara esta extraña sensaciĂłn de… comodidad. Claro, durĂł poco.
Cuando entramos en una tienda de lujo, las dependientas prácticamente lo reconocieron al instante.
—Señor Olsen, bienvenido. Pase, por favor. —Una de ellas casi se inclinĂł, y las demás sonreĂan con demasiada familiaridad.
Me quedĂ© inmĂłvil por un momento, tratando de procesar la escena. ÂżPor quĂ© lo conocĂan tan bien? ÂżQuĂ© hacĂa Ă©l aquĂ? ÂżAcaso traĂa a otras mujeres? Algo en mi interior se encendiĂł, una mezcla de curiosidad y rabia contenida. Pero antes de que pudiera decir algo, Dante, con su voz profunda y varonil, dejĂł caer una bomba:
—Les presento a mi esposa. Ayúdenla a escoger la ropa que necesite.
Me congelĂ©. ÂżQuĂ©? ÂżEsposa? Mi corazĂłn se acelerĂł y, aunque parte de mĂ querĂa corregirlo, otra parte no pudo evitar sentirse… valorada. Al menos no me negaba. Al fin y al cabo, para bien o para mal, Ă©ramos esposos, Âżno?
Nos llevaron a un área VIP, donde Ă©l se acomodĂł en un sillĂłn con una bebida que le ofrecieron mientras yo empezaba a escoger ropa. AprovechĂ© el momento para armar mi estrategia: nada de atuendos recatados. Si iba a molestar a Dante, lo harĂa con toda la artillerĂa pesada. ElegĂ vestidos ajustados, atrevidos y sensuales, junto con pantalones que resaltaban mi figura. Si iba a jugar, jugarĂa a ganar.
—¿QuĂ© opinas? —le preguntĂ© despuĂ©s de salir con un vestido n***o que se ceñĂa a mi cuerpo como una segunda piel. Me girĂ© lentamente frente a Ă©l, dejando que la tela marcara cada curva.
Dante dejó su vaso en la mesa, sus ojos recorriéndome con una intensidad que me hizo sentir como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—Definitivamente, no es práctico para la casa —dijo con voz ronca, aunque su mirada decĂa otra cosa.
SonreĂ, satisfecha, me di la vuelta para regresar al probador. Todo iba segĂşn lo planeado… hasta que el cierre de uno de los vestidos se atascĂł.
—¿Alguien puede ayudarme? —preguntĂ© en voz alta. Pero no hubo respuesta. Claro, justo ahora las dependientas desaparecĂan.
Antes de que pudiera intentar solucionar el problema sola, sentĂ unas manos grandes y firmes rozando mi espalda. Mi cuerpo se tensĂł. GirĂ© la cabeza solo para encontrar a Dante detrás de mĂ.
—¿Qué estás haciendo aqu� —pregunté, tratando de sonar molesta, aunque mi voz salió más suave de lo que esperaba.
—Estoy ayudando a mi esposa. —Su tono era descaradamente sarcástico, pero el roce de sus dedos en mi piel tenĂa un efecto que nada tenĂa que ver con sarcasmo.
—Puedo manejarlo sola —intenté decir, pero mi voz tembló ligeramente cuando sentà que su cuerpo se acercaba más, su pecho casi tocando mi espalda.
—¿Estás segura? —susurrĂł junto a mi oĂdo, su aliento cálido haciĂ©ndome estremecer. Sus manos bajaron lentamente por mi cintura y de pronto me encontrĂ© incapaz de moverme.
No estaba bajando el cierre. En lugar de eso, sus brazos me rodearon, pegándome a él. Mi respiración se volvió errática y mi mente, que siempre estaba llena de ideas y planes, se quedó en blanco.
—Dante, ¿qué… qué estás haciendo? —pregunté, intentando mantener el control, pero mi voz apenas fue un murmullo.
—Solo estoy ayudando. ¿No es eso lo que pediste? —susurró, su tono bajo y provocador, mientras su pecho firme se presionaba más contra mi espalda.
SentĂ cĂłmo el calor subĂa por mi cuello y llegaba a mis mejillas. ÂżQuĂ© estaba pasando? Nunca habĂa sentido algo asĂ. Mi cuerpo, traidor, parecĂa relajarse contra Ă©l.
Pero entonces, algo en su actitud cambió. Sentà una presión inesperada contra mi espalda baja. Mi mente dio un salto y antes de que pudiera procesarlo, lo empujé con toda mi fuerza, girando para mirarlo con ojos entrecerrados.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le espeté, tratando de recuperar el aliento y, con ello, mi dignidad.
Él, maldito descarado, solo sonrió, inclinándose levemente hacia mà con una expresión que mezclaba burla y deseo.
—Solo estaba ayudando. Pero si no quieres mi ayuda… —se encogiĂł de hombros, como si no hubiera pasado nada, aunque sus ojos seguĂan encendidos de algo que me hizo sentir vulnerable y peligrosamente viva al mismo tiempo.
Lo vi salir del probador con una calma que parecĂa calculada, mientras yo me quedaba ahĂ, luchando por recuperar el control de mis pensamientos y mi respiraciĂłn. “Esto casi se sale de control”, pensĂ© mientras me quitaba el vestido, aĂşn sintiendo el calor de sus manos y su presencia sobre mi piel. Pero lo peor de todo fue darme cuenta de algo aterrador: una parte de mĂ… no estaba tan segura de querer que se detuviera.
Esto estaba mal. Muy mal. Pero se sentĂa tan bien. ¡Oh, Dios! Mi pobre cuerpo virgen habĂa reaccionado de una forma que jamás imaginĂ© posible. Era como si un simple contacto hubiera encendido algo en mĂ que no sabĂa que existĂa. Me apoyĂ© contra el espejo, mirando mi reflejo con incredulidad. ÂżCĂłmo podĂa un solo momento con Ă©l causar tanto caos en mĂ?
Y entonces, una pequeña vocecita, descarada y traviesa, surgió en mi cabeza:
—Vamos, Melissa, ¿qué tienes que perder? Al final, te vas a morir, ¿no? —susurró con malicia.
Me mordĂ el labio, porque, aunque no querĂa admitirlo, tenĂa razĂłn. Total, ÂżquĂ© era una pequeña distracciĂłn en medio de mi venganza? Además, si lo pensaba bien… Ă©l me debĂa esto. El invencible Dante Olsen me habĂa arrastrado a este matrimonio forzado, me habĂa convertido en su compañera solo por obligaciĂł y si todo seguĂa asĂ, era casi seguro que morirĂa virgen por su culpa.
—No es justo, —pensĂ© mientras me cruzaba de brazos. Si ya estaba aquĂ, si este hombre tenĂa el poder de alterarme de esa manera con un solo roce, Âżpor quĂ© no aprovecharlo? Si Ă©l era la causa de mi caos interno, bien podrĂa ser tambiĂ©n la soluciĂłn.
Cuando salà del probador, ahà estaba Dante, esperándome con unas cuantas bolsas de compras en sus manos. Lo miré con incredulidad y arqueé una ceja.
—¿Qué es esto? —le pregunté cruzándome de brazos.
Él, con esa maldita sonrisa arrogante que me sacaba de quicio y me empezaba a encantar al mismo tiempo, respondió:
—Pequeños detalles para mi esposa. ¿No se supone que debo consentirte?
Lo mirĂ© fijamente, buscando rastros de burla en su tono. Pero no, parecĂa genuino… o al menos tan genuino como puede ser alguien como Ă©l.
—¿Consentirme? Bueno, si esto es tu versión de consentirme, espero que no sea un secuestro encubierto.
—Melissa, si quisiera secuestrarte, ya estarĂas en una isla privada.— dijo tan arrogantemente.
RodĂ© los ojos. Este hombre siempre tenĂa que ganar. La verdad, estaba demasiado cansada e intrigada como para discutir, asĂ que dejĂ© el tema y mejor seguimos con el dĂa.
Ya era tarde y tenĂamos hambre. Fuimos a un restaurante cercano y, sorprendentemente, la comida estuvo tranquila. Aunque no podĂa evitar sentir cĂłmo las mujeres de las mesas cercanas lo miraban de reojo. Lo peor es que Ă©l lo sabĂa. Dante se movĂa como si el lugar entero le perteneciera. DecidĂ ignorar todo eso y centrarme en mi comida, pero mi paciencia casi se agotĂł cuando una mesera se le acercĂł más de la cuenta.
—¿Necesita algo más, señor Olsen? —preguntó con una voz demasiado melosa para ser casual.
Yo no pude evitar soltar:
—SĂ, necesita que nos traigas la cuenta, por favor. Pero tranquila, Ă©l sabe usar su tarjeta. No necesitas enseñarle.
Dante me lanzĂł una mirada entre divertida y advertida.
—¿Estás celosa, Melissa?
—¿Celosa yo? Por favor. Solo me preocupa que la pobre chica se tropiece contigo y nos cobren los platos rotos.
Él soltĂł una carcajada. Lo odiaba tanto. Y, a la vez, odiaba lo bien que se veĂa riĂ©ndose.
Cuando llegamos al departamento ya era casi las 7:00pm. SoltĂ© un suspiro al ver el reloj. Entre compras, comida y aguantar a Dante, el dĂa me habĂa dejado agotada. Pero habĂa algo que no podĂa ignorar: me habĂa comprado cosas que realmente me gustaron. DecidĂ que, por esta vez, serĂa amable.
Entré a la cocina y me puse manos a la obra. Preparé algo sencillo, pero rico: una ensalada fresca y un filete de carne bien hecho. Cuando terminé, lo llamé.
—Dante, ven a cenar.
Él apareció en la cocina con una expresión de curiosidad.
—¿Tú cocinaste?
—No, la cena se materializó por arte de magia. Por supuesto que cociné. Pero si no lo quieres, puedo guardarlo y tú puedes pedir sushi o lo que sea que coman los arrogantes millonarios como tú.
—No he dicho que no lo quiera, solo me sorprende. Gracias, Melissa.
Su tono tenĂa una sinceridad que me dejĂł descolocada por un momento. Pero claro, no podĂa dejarle ver eso.
—No te acostumbres, Olsen. Esto no es un servicio diario.
Se sentĂł a la mesa y probĂł un bocado. Sus ojos se alzaron hacia mĂ con aprobaciĂłn.
—Está bueno. Quizá deberĂas abrir un restaurante. PodrĂas llamarlo “La esposa vengativa”.
—Muy gracioso. Quizá deberĂas escribir un libro: “CĂłmo irritar a tu esposa en 10 pasos”.
—¿10? Yo creo que lograrĂa desestabilizarte solo con 3 pasos .— otra vez usando su tono sensual.
RodĂ© los ojos, pero no pude evitar sonreĂr. Aunque no lo admitiera, esos momentos con Ă©l, entre sarcasmos y tensiĂłn, estaban empezando a ser mi parte favorita del dĂa.