Día 2 🏬

2088 Words
Melissa Hansen Desde el instante en que subí al jet privado de Dante Olsen, su mirada taladrándome como si fuera un insecto que accidentalmente había invadido su aire exclusivo, supe que esta sería una travesía inolvidable. Fingí estar dormida detrás de mis gafas de sol, pero en realidad estaba planificando mi próximo movimiento. Porque si algo me ha enseñado mi tiempo limitado en este mundo, es que las oportunidades no espera y yo tampoco. El vuelo de Copenhague a Oslo duró poco más de una hora, suficiente para que Dante murmurara varias veces algo sobre juntas importantes y el tiempo que estaba perdiendo conmigo, vaya que al verlo así me doy cuenta que no ha cambiado a como era hace 5 años, podría decir que es un adicto al trabajo incluso más que antes. Yo, por mi parte, disfrutaba de su incomodidad como si fuera un espectáculo de comedia en vivo. Cuando aterrizamos, un lujoso auto n***o con chofer nos esperaba, por supuesto, cortesía del magnate que ahora estaba atrapado en mis absurdas condiciones para que yo regresara a este país. El trayecto al centro de Oslo fue un desfile de tensión. Dante me miraba con esa mezcla de irritación y asombro que sólo los hombres arrogantes pueden dominar. Yo, por supuesto, permanecía imperturbable, con la espalda recta y una sonrisa apenas visible que delataba mi absoluta seguridad. Sabía que cada detalle de mi atuendo, elegido con precisión para este viaje, estaba jugando con su mente.… todo era un espectáculo cuidadosamente diseñado para recordarle una verdad irrefutable: él podía ser millonario, pero yo era el huracán que estaba a punto de arrasar con su aparente control. Dante Olsen podía tener a su disposición imperios, jets privados y un ejército de asistentes dispuestos a cumplir cada uno de sus caprichos, pero lo que no tenía era el control sobre mí. Y eso, me di cuenta ayer con su visita inesperada, que era algo que lo desconcertaba más que cualquier cifra en su cuenta bancaria. Mientras él intentaba mantener su fachada de hombre imperturbable, yo disfrutaba del juego. Porque sí, Dante Olsen tenía todo el dinero del mundo, pero también tenía algo que yo estaba dispuesta a explotar: orgullo. Y no hay nada más divertido que jugar con un hombre que cree tener el poder absoluto… hasta que descubre que su peor pesadilla tiene nombre y rostro. Al llegar al departamento que había reservado previamente, noté cómo sus ojos se entrecerraban, evaluando con evidente desdén la fachada del edificio. No era un rascacielos brillante ni una mansión, pero tampoco era un lugar marginad. Para mí, era perfecto; para él, probablemente una tortura. —¿Este es el lugar? —preguntó Dante, alzando una ceja mientras observaba el edificio como si fuera un insulto personal. —Sí, aquí es —respondí con una sonrisa sarcástica. —No te preocupes, no es tan humilde como parece desde afuera. El agente de bienes raíces, un hombre entusiasta con un peinado que claramente resistía las leyes de la gravedad, nos recibió con una sonrisa demasiado amplia. —¡Bienvenidos! Este departamento es una joya escondida en el corazón de Oslo. ¿Están listos para enamorarse? —Dudo mucho que eso ocurra —murmuró Dante, ajustando su corbata como si estuviera a punto de enfrentarse a una sentencia de muerte. Subimos al tercer piso en un ascensor que crujía ligeramente, lo suficiente para que Dante frunciera el ceño y yo disfrutara cada segundo. Cuando las puertas se abrieron, me adelanté con decisión, asegurándome de extender un pie en el momento exacto en que él intentaba pasar. —¡Cuidado! —dijo el agente, al notar que Dante perdía el equilibrio y se tambaleaba como un cervatillo recién nacido. Dante se enderezó rápidamente, aunque no antes de golpear su cabeza contra el marco de la puerta. Mi risa contenida fue casi imperceptible, pero el sonrojo en su rostro era inconfundible, juro por Dios que por este momento pagaría miles de dólares. —¿Fue necesario? —me susurró entre dientes mientras el agente fingía no haber visto nada. —Oh, ¿te refieres al tropezón o al golpe? Ambos fueron fortuitos, lo juro —respondí, sonriendo inocentemente. Entramos al departamento, para mí era perfecto: dos habitaciones con baño propio, una pequeña cocina funcional y una sala acogedora con vista a la calle. Dante, sin embargo, parecía estar evaluando si el sofá sobreviviría a su peso o si el baño tenía al menos mármol italiano. —Esto es… modesto —comentó, con el tono de alguien que intenta no vomitar. —Modesto y suficiente —repliqué, girándome hacia él con las manos en las caderas.—Porque, querido Dante, no necesito candelabros de cristal ni alfombras persas para ser feliz. Pero claro, no todos tenemos gustos tan sofisticados como tú.— dije con sarcasmo. Él cruzó los brazos, su mandíbula tensa. —Melissa, esto es ridículo. Podría instalarte en un penthouse con ventanales que den a vistas espectaculares. —¿Y perderme la oportunidad de ver tu cara cuando te instales aquí conmigo? Ni loca.— dije con sinceridad. El agente nos mostró cada rincón del departamento, destacando características que, según él, eran “de ensueño”. Yo asentía entusiasmada mientras Dante suspiraba cada vez más fuerte. Finalmente, llegamos a la sala, donde me giré hacia él con una sonrisa que sabía que lo irritaría. —Bien, lo quiero. —¿Qué? —preguntó, como si hubiera sugerido que nos mudáramos a una cueva. —Es perfecto. Y vamos a cerrar el trato ahora mismo. —Melissa, tengo una junta importante. No puedo perder más tiempo con esto. —Entonces, cancélala. —Mi tono fue tan casual como letal. ¿O prefieres que me devuelva a Dinamarca? Porque, querido, recordemos que tú me necesitas, no al revés. Su mirada oscura se clavó en la mía, pero finalmente sacó su teléfono y, con un bufido, canceló su reunión. El agente, ignorando la evidente tensión, sacó los papeles para firmar. —Entonces, ¿quién hará el pago inicial? —preguntó el hombre, mirando entre ambos. Dante sacó su billetera con la resignación de alguien a punto de sacrificar un cordero. Pero antes de que pudiera siquiera abrirla, levanté una mano. —No, no. Lo haré yo. Dante levantó una ceja, confundido. —¿Con tu dinero? —Por supuesto —respondí con un tono orgulloso. — No necesito tu caridad. El agente, claramente incómodo, nos observó en silencio mientras yo completaba los trámites. Dante me miraba como si estuviera reevaluando todas sus decisiones de vida. —¿Entonces prefieres gastar en esto? —preguntó, incrédulo. —Exacto. —Le guiñé un ojo.—Porque lo quiero, porque puedo y porque me da la gana; porque a diferencia de ti, yo sé que no necesito lujos para disfrutar de la vida.—dije con ironía, pues necesité que me digan que me voy a morir para empezar a vivir como se debe. Cuando finalmente terminamos, salimos del edificio con las llaves en la mano y una nube de tensión flotando entre nosotros. Dante parecía estar elaborando un plan para recuperarse de lo que claramente consideraba una derrota. Yo, por mi parte, caminaba con una sonrisa triunfante. —¿Sabes? —dije mientras nos subíamos al auto.— Creo que vamos a divertirnos mucho aquí. —Divertido no es la palabra que usaría —respondió él, ajustándose la corbata con exasperación. ¡Dante Prepárate!, porque este será el mejor infierno privado que jamás hayas experimentado. Pensé para mis adentros. Y con eso, comenzó nuestra pequeña guerra, una que estaba decidida a ganar, por venganza y porque en estos 30 días, yo no iba a conformarme con menos que vivir al máximo… incluso si eso significaba llevar a Dante Olsen al límite de su cordura. Dante terminó yéndose a su oficina, mientras que yo fui de compras, para adquirir lo que necesitaba para el inicio de esta nueva vida, agradecía que el departamento lo vendían amoblado. Al anochecer finalmente nos instalamos en el departamento, sentí una satisfacción inexplicable. Era pequeño, sí, pero acogedor, lo mejor de todo era el hecho de que Dante estaba visiblemente incómodo. El hombre que probablemente no se alojaba en menos de cinco estrellas ahora tenía que compartir conmigo un espacio que consideraba “modesto”. Dante dejó caer su maletín sobre el comedor, observando el lugar como si estuviera planeando una fuga. —¿Por qué insististe en esto? — volvió a preguntar, quitándose el saco y dejándolo en una silla que crujió ligeramente bajo su peso. —Podrías estar viviendo en un lugar mucho mejor.— me dijo en un tono de negociación. Me senté en el sofá, cruzando las piernas con toda la elegancia que pude reunir. —Porque no estoy buscando un palacio. Estoy buscando algo real. —Levanté las cejas, con una sonrisa traviesa. — Y porque quiero ver si puedes sobrevivir sin mármol italiano y champaña importada. Él soltó un suspiro largo, como si estuviera enfrentando una tortura medieval. —Esto no tiene sentido. —Oh, pero lo tiene, querido Dante. Este es el lugar perfecto para enseñarte una lección de humildad. Me levanté y comencé a caminar por el departamento, evaluando cada rincón con un entusiasmo exagerado, mientras Dante me seguía con los brazos cruzados. —Mira esta cocina —dije, señalando los electrodomésticos básicos.— Con un poco de imaginación, podríamos hacer maravillas. Quizá hasta te enseñe a cocinar. —¿Cocinar? —repitió, horrorizado.— Melissa, no sé si lo has notado, pero soy un empresario no un chef. —Pues prepárate para aprender —respondí con una sonrisa burlona. — Aquí, vamos a hacer las cosas a la antigua, si quieres comer pues tendrás que hacerlo tú mismo.— cuando termine de hablar la expresión de Dante era un poema. Entramos en una de las habitaciones, él observó la cama pequeña con incredulidad. —Dime que esto no es para mí. —Por supuesto que no. —Me giré hacia él, fingiendo estar ofendida. —Esta es mi habitación. La tuya está al otro lado del pasillo. Caminamos hasta la segunda habitación, que era idéntica a la primera. Dante miró la cama, luego me miró a mí, y finalmente se dejó caer sobre el colchón, que emitió un ligero chirrido. —Esto es una broma, ¿verdad? —¿Acaso parezco alguien que bromearía con algo así? —Definitivamente sí. —Bueno, pues no lo es. Te acostumbrarás. Nada de esto se podrá cambiar. — le dije sonriendo. Al día siguiente, decidí que era momento de darle un toque personal al departamento. Había algo liberador en saber que tenía el control total, especialmente cuando Dante se dedicaba a observarme con su ceño fruncido permanente. —Vamos a hacer algunas compras —anuncié mientras me ajustaba mis botas, lista para salir. —¿Qué clase de compras? —preguntó, desconfiado. —Decoración. Este lugar necesita algo de vida. —Melissa, si quieres que financie esto, al menos asegúrate de no elegir nada ridículo. —Oh, no te preocupes, yo pago. —Le lancé una sonrisa venenosa.—Pero tus gustos… no me interesan. Y así comenzó nuestra expedición por las tiendas locales. Escogí cortinas con estampados llamativos, cojines de colores brillantes, un par de cuadros abstractos que sabía que Dante encontraría insoportables. —Eso parece una explosión de pintura —dijo, señalando uno de los cuadros que había elegido. —Exacto, es arte moderno. Algo que claramente necesitas en tu vida, UPS! Olvide que eras un dinosaurio y estás viejo.— le dije con ironía. —¡No estoy viejo!— exclamó casi gritando. —Lo que necesito es que dejes de arruinar mi sentido del buen gusto. —Ah, Dante. Pensé que eras un hombre de negocios, no un crítico de diseño. Cuando llegamos de vuelta al departamento, le asigné tareas inmediatamente. —Tú cuelga las cortinas, yo me encargo de los cuadros. —¿Estás hablando en serio? —Completamente. Piensa en esto como un ejercicio de humildad. Mientras él luchaba con los soportes de las cortinas, no pude evitar notar su expresión de exasperación. Claro, podría haber contratado a alguien para hacerlo, pero ¿dónde estaría la diversión en eso? —Melissa, esto es una pérdida de tiempo. —Tal vez, pero al menos estoy disfrutándolo.— me reí en su cara. Cuando finalmente terminamos, el departamento estaba transformado. Dante se dejó caer en el sillón con un suspiro, mientras yo admiraba nuestro trabajo.
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