Día 1 ✈️

2317 Words
Dante Olsen: Mi paciencia estaba al límite. Esa maldita mocosa había tenido la osadía de colgarme el teléfono. Aún podía escuchar el sonido seco de la línea cortándose en mi oído, como un eco que alimentaba mi frustración. ¿Quién se creía que era? Cinco años desterrada en Dinamarca, disfrutando de la comodidad que yo le había proporcionado y ahora tenía la insolencia de desobedecerme. Caminé de un lado al otro en mi oficina, apretando el puente de mi nariz para contenerme. —Esto no puede estar pasando—pensé. Todo mi esfuerzo, toda mi dedicación para llegar a la cima de mi industria , una de las más prominentes en tecnología geoespacial en Europa; y ahora los viejos de la junta directiva estaban cuestionando mi capacidad de liderazgo. Su argumento era simple: no podían confiar plenamente en un CEO de 35 años que no tuviera estabilidad familiar. Para ellos, tener una esposa e hijos era sinónimo de responsabilidad y compromiso, más ahora que necesitaba inversionistas árabes que eran tradicionales en ese tipo de temas. Fue entonces cuando recordé el matrimonio que mi abuelo había orquestado cinco años atrás. Un contrato, un papel que solo existía por la testarudez de un hombre empeñado en cumplir promesas de antaño con su viejo amigo, Karl Hansen. No es que me opusiera totalmente en su momento, pero Melissa tenía apenas 20 años. Una niña, inmadura e insoportablemente tímida. No compartíamos nada, ni siquiera el respeto mutuo. Por eso, tras la muerte de nuestros abuelos, la envié a Dinamarca sin más. Creí que le estaba haciendo un favor, joven atada a un matrimonio sin sentido, era justo mandarla a otro país en donde puediera estar bien, además de una jugosa mensualidad, ¿qué más quería esa niña? Tampoco es que tenía ser su padre o ¿si?. Nunca la extrañé. A decir verdad, apenas recordaba su existencia. Hendrik, mi eficiente asistente, se encargaba de todos los depósitos mensuales para garantizar que no le faltara nada. Para mí, era suficiente. Seguridad, estabilidad económica y la distancia entre ambos. Perfecto. Pero ahora, ella representaba la solución a un problema que no podía ignorar. Suspiré con resignación mientras daba la orden. —Hendrik, prepara un vuelo a Copenhague. Necesito hablar con mi… esposa.— ese término en mi boca era nuevo y tenía un gran peso, no podía explicar lo que me hacía sentir, preferí ignorarlo. Mi asistente alzó las cejas, pero no dijo nada. Sabía que cuestionarme no era una opción. Mientras él organizaba los detalles del viaje, yo repasaba mentalmente cómo haría para convencer a Melissa de volver. No podía perder tiempo buscando otra candidata. Al menos, por contrato, ella seguía siendo mi esposa. De algo me tenía que servir este absurdo arreglo. Era tarde cuando llegamos a la capital danesa. La noche comenzaba a extender su manto oscuro,la ciudad brillaba con una elegancia tranquila. Hendrik me condujo hasta uno de los edificios más exclusivos del centro. No pude evitar arquear una ceja al ver la fachada moderna. Al menos el dinero estaba siendo bien empleado y la “niñita” parecía tener buen gusto. Subimos en el ascensor y con cada número que ascendía, mi irritación crecía. Cuando finalmente llegamos a la puerta de su departamento, toqué con insistencia. “Niñita malcriada”, pensé, recordando la imagen que tenía de ella: una chica tímida con gafas gruesas, ropa pasada de moda y una actitud insegura que me resultaba insoportable, por momentos me resultaba imposible creer que ella haya sido capaz de hablarme así por teléfono y me haya hecho venir por ella. Pero cuando la puerta se abrió, lo que vi me dejó sin palabras. Allí estaba Melissa Hansen, pero no la niña que había desterrado. Frente a mí había una mujer. Su figura había ganado una elegancia natural, aunque la arruinaba con un pijama ridículamente infantil: shorts cortos y una camiseta con un dibujo de algún personaje animado. Por un momento, la contradicción me desconcertó. Ella me observó con una sonrisa irónica que no intentó ocultar. Cruzó los brazos y apoyó un hombro contra el marco de la puerta. —Bueno, bueno… esto sí es una sorpresa…¡mi querido esposo.! —El énfasis en “esposo” estaba cargado de sarcasmo. —Melissa —dije, en un tono seco, sin responder a su provocación. —Necesitamos hablar. Ella fingió sorpresa, llevando una mano al pecho. —¿Hablar? Qué raro, creí que no te acordabas de mi existencia. ¿A qué debo el honor de esta visita inesperada? Mi mandíbula se tensó. Era evidente que iba a complicar las cosas. —No estoy aquí para discutir. Solo quiero resolver este asunto de manera práctica. —Oh, “práctica”. Qué típica palabra de Dante Olsen. —Sus ojos brillaron con una mezcla de burla y desafío. — ¿Y a qué “asunto” te refieres exactamente? ¿O acaso decidiste que cinco años después era un buen momento para preguntarme cómo he estado? Su insolencia era casi admirable. Inspiré profundamente antes de responder. —Voy a ser directo. Necesito que regreses conmigo a Noruega. Ella soltó una carcajada tan sincera como venenosa. —¿Regresar contigo? ¿Ahora sí soy útil? Qué conveniente. La frustración comenzaba a acumularse. —Melissa, esto no es opcional. Mañana mismo, mi jet estará listo para llevarnos— expresé casi como una orden. —¿Tu jet? —repitió, levantando una ceja.—¿Eso significa que ni siquiera te molestarás en quedarte aquí para convencerme? Qué romántico. Casi puedo sentir el esfuerzo que estás poniendo en este reencuentro.— dijo aún más irritante de lo que era, comienzo a pensar en que me agradaba más su versión más tímida que apenas y hablaba. —Esto no es cuestión de romance, Melissa. Es una necesidad. Ella me miró fijamente, como si buscara algo en mi rostro. Finalmente, sonrió con malicia. —¿Y qué necesidad tienes tú de mí, Dante? Porque no me hagas creer que después de cinco años te diste cuenta de que extrañabas a tu esposa. Decidí ser honesto, aunque su sarcasmo comenzaba a ponerme al borde de perder la paciencia. —La junta directiva necesita ver estabilidad familiar. Y tú, como mi esposa, cumples con ese requisito.— explique. Melissa parpadeó, para luego reír. Su risa resonó por todo el pasillo, como si acabara de escuchar el mejor chiste de su vida. Finalmente, se apartó de la puerta, dejándome pasar. —Bueno, al menos eres honesto. Aunque no sé si felicitarte por eso o compadecerte. Entré en su departamento, notando la decoración impecable. Era un lugar acogedor, pero con un estilo refinado que no esperaba de ella. Me volví hacia ella, decidido a terminar con esta conversación lo antes posible. —¿Entonces? —pregunté, cruzándome de brazos. —¿Entonces qué? —respondió, sirviéndose un vaso de agua con toda calma. —¿Aceptas venir a Noruega? Ella se giró hacia mí, apoyándose contra la encimera de la cocina. Su expresión cambió de burlona a seria, pero el desafío seguía ahí. —Acepto… bajo una condición. —¿Cuál? Sonrió, esa sonrisa que ahora entendía era su arma más afilada. —Viviremos juntos, Dante. Solo tú y yo. Nada de asistentes, nada de servidumbre, nada de lujos innecesarios. Un departamento pequeño, como cualquier pareja normal. La idea me tomó por sorpresa, pues si ella vivía en lujos no entendia lo que estaba planeando. —¿Estás bromeando?— le pregunté esperando que así sea. —¿Parezco estarlo? —preguntó, levantando una ceja. —Eso es ridículo, Melissa. —Es eso o nada. —Su tono era firme, como si ya supiera que tenía la ventaja, maldita sea, claro que la tenía. Suspiré profundamente. Esto iba a ser mucho más complicado de lo que esperaba. —¿Cómo puedes pedir algo tan absurdo? —le espeté, cruzando los brazos, mi paciencia al límite.—Durante todos estos años has vivido con lujos gracias a mi dinero, ese que religiosamente se te ha transferido cada mes. Deberías estar agradecida y aceptar regresar sin condiciones, porque, si no, puedo retirar mi apoyo económico ahora mismo. Mi amenaza flotó en el aire, pesada y cortante. Por un segundo pensé que la había intimidado, pero entonces Melissa estalló en una risa desquiciada. No una risa común, sino una de esas que te arañan el orgullo, que dejan claro que ella tenía la ventaja. —¿Es en serio? —dijo, secándose las lágrimas que derramó de tanto reír mientras buscaba su celular. —Dante, ¿realmente crees que necesito tu dinero?— dijo nuevamente usando ese tono de autosuficiencia. La observé con el ceño fruncido mientras manipulaba su dispositivo con una calma insultante. Antes de que pudiera detenerla, giró la pantalla hacia mí. Mis ojos se fijaron en la cifra exacta que le había transferido durante cinco años, ahora siendo devuelta a mi cuenta. Cada maldito centavo. El golpe a mi ego fue directo y devastador. Sentí como si el suelo bajo mis pies se desmoronara. —¿Cómo es posible? —pregunté, mi voz cargada de incredulidad. Melissa dejó su celular sobre la mesa con un ruido seco y me miró con una sonrisa que irradiaba victoria. —Dante, no se te olvide que antes de que me desterraras ya tenía un buen estatus. Y con el tiempo, aprendí a valerme por mis propios medios. Nunca necesité tu dinero. Y, ENTÉRATE tampoco te necesito ahora.— me dijo con un aire de autosuficiencia. Su respuesta fue como una bofetada. No solo había perdido el control de la conversación, sino que ahora parecía que había perdido la primera batalla. Inspiré profundamente, tratando de mantener la compostura. —Esto no cambia nada —dije, recuperando un poco de autoridad en mi tono. —Si quieres jugar a ser independiente, bien. Pero necesito que regreses conmigo a Noruega.— le dije imponiéndome. —¿Regresar contigo? Claro que sí, querido esposo. Pero será bajo mis términos.— contraatacó. La sonrisa en su rostro era tan cínica que tuve que apretar los puños para no responder con algo que luego lamentaría. No tenía otra opción más que aceptar… por ahora. Hasta que encontrara un punto débil, jugaría según sus reglas. —De acuerdo —dije entre dientes. —Haremos las cosas a tu manera, pero esto no significa que hayas ganado. —Claro que no, cariño. Esto solo significa que de perder tanto. —Con un movimiento exagerado, abrió la puerta de su departamento y me hizo un gesto para que saliera. —Al menos déjame quedarme aquí esta noche —dije, tratando de recuperar algo de dignidad. —¿Quedarte? —respondió con una carcajada sarcástica. —Dante, tú tienes millones, jet privado y asistentes que te resuelven la vida. Esto —dijo señalando su departamento, — es mío. Así que no, querido esposo, no eres bienvenido aquí. Dime la hora y te veré mañana en el aeropuerto.— dijo con más seriedad. Con una mezcla de irritación y resignación, caminé hacia la puerta. Me detuve un segundo antes de salir y, girándome hacia ella, dije: —Esto no termina aquí, Melissa. —Oh, lo sé. Por eso estoy disfrutándolo tanto. Buenas noches, esposo. —Y con un portazo suave pero firme, selló mi humillación. Eran casi las doce de la noche cuando me encontré en el auto con Hendrik, quien me miraba de reojo con una mezcla de preocupación y curiosidad. —¿A qué hotel vamos, señor? —preguntó con su tono impecablemente profesional. —Al mejor de la ciudad —respondí automáticamente, necesitando algo de lujo para calmar mi ego magullado. Sin embargo, mi suerte parecía haberme abandonado. Hendrik regresó minutos después con la noticia que terminó de destruir mi día: no había suites disponibles en ninguno de los hoteles de lujo cercanos. —¿Qué me estás diciendo, Hendrik? —gruñí, frotándome las sienes. —Que solo queda una habitación sencilla, señor. Si desea, puedo seguir buscando… —No. Tómala. —Suspiré, resignado. Aquella habitación modesta era un cruel recordatorio de mi fracaso del día. Mientras me hundía en el colchón demasiado blando para mi gusto, mi mente no dejaba de girar en torno a Melissa. ¿Cómo era posible que esa mocosa de hace cinco años, tímida y sumisa, se hubiera convertido en una oponente tan hábil?. Debo admitir que no dormí nada y ha sido la peor noche de mi vida. Al día siguiente, la vi. Melissa llegó puntual, como si quisiera demostrar que incluso en eso podía superarme. Su cabello rubio, ahora más corto y sofisticado, caía perfectamente sobre sus hombros. Un par de gafas de sol escondían esos ojos azules que siempre habían sido su rasgo más llamativo. Pero lo que realmente llamó mi atención fue su atuendo: un conjunto crema ajustado que irradiaba elegancia y clase. Por un momento, me quedé en silencio, sorprendido. Jamás lo admitiría, pero había que reconocer que tenía el porte de una Olsen. Al menos en eso, mi abuelo no se había equivocado. —¿Qué? —dijo Melissa alzando una ceja, al notar mi mirada.—¿Te sorprende que pueda lucir tan bien sin tu dinero?— me dijo de forma mordaz. —No, para nada —respondí con una sonrisa forzada. — Solo estoy calculando cuántos contratos cerraré gracias a tu porte impecable.— respondí mintiendo, nunca le diría que se veía bien. Ella sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era de esas que prometían guerra. —Espero que valga la pena, Dante. Porque, créeme, no vine para ponértelo fácil. Y con esas palabras, subió al jet con una elegancia que me hizo apretar los dientes. Tenía la sensación de que Melissa Hansen iba a ser la prueba más complicada que la vida me ha puesto en estos 35 años de mi vida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD