La puerta se abrió dejando pasar a un sirviente que le anunció a Claudio que el desayuno estaba listo y que los señores lo esperaban en el comedor.
Claudio bajó por las amplias escaleras hasta la parte baja de la casa donde se encontraba el comedor, ya se encontraban allí Marcus y Evelyn con el bebé. Con entusiasmo se acercó a la silla del bebé, que ya tenía casi el año, y lo llenó de besos, el niño reía al reconocer al nonno.
—Hola Evelyn —saludó a la muchacha dándole un beso en la mejilla y un tierno abrazo.
—Hola viejo —respondió ella muy cariñosamente, en realidad amaba a ese hombre que los había ayudado tanto mientras escapaban de la hermandad en Venecia. Era como un padre para ellos y un abuelo para el niño.
—Siéntate, Claudio —le dijo Marcus— Desayunemos, que hoy tenemos bastante que hacer.
Claudio se sentó y de inmediato el servicio de desayuno fue puesto a la mesa por un grupo de eficientes empleados de la mansión.
Degustaron el desayuno conversando cosa intrascendentales
Cuando terminaron ambos hombres se pusieron de pie y se dirigieron a un estudio más pequeño que estaba en ese mismo nivel de la casa mientras Evelyn se llevaba al niño a una sala de estar muy cómoda
Entraron en la habitación, y mientras Marcus se sentaba en el escritorio, donde estaba una laptop de última generación, Claudio se sentó en una de las cómodas sillas que estaban al frente del mismo.
—Veamos —Marcus comenzó a teclear en la computadora portátil— No sé si me han contestado los correos que he enviado. Me preocupa que no tengamos información sobre Smirnov, nunca pude confiar en él después que supe la sucia jugada que te hizo.
Claudio sabía perfectamente a cual jugada se refería Marcus. Luego de perder tan dolorosamente a Irina y de recuperar los papeles se trasladó a Moscú para reunirse con Smirnov en una reunión en las oficinas que tenía cerca de ella Plaza Roja un
Mientras Marcus procuraba averiguar que estaba sucediendo Claudio se sumergió de nuevo en sus recuerdos.
Recordaba ése día en Moscú… todavía andaba como medio sonámbulo, sus sentidos los tenía embotados. La muerte de Irina lo había destrozado, literalmente, todavía no podía creer que eso hubiese sucedido. Lo que pasó en esa montaña lo tenía grabado en su mente como una herida fresca que no dejaba de sangrar.
Sabía que tenía que reponerse, quedaban aún muchos enemigos buscándole; apenas había escapado por poco de los hombres del Coronel Karpenco, un poderoso enemigo que se había granjeado por trabajar en bandos opuestos. Se habían enfrentado en varias ocasiones anteriores.
Claudio sabía que no era necesario odiar a sus enemigos, de hecho ésta era una actitud completamente equivocada. En este mundo del espionaje y contraespionaje lo mejor era tener la cabeza fría, cualquier ofuscamiento lo podía llevar a un descontrol que podía resultar fatal. La máxima era: "Jamás involucres tus sentimientos en el trabajo"
Pero odiaba a Nikolay Karpenco, era una rabia sorda que le quemaba las entrañas y le subía por la garganta hasta quemar todo su pecho. Algún día le ajustaría cuentas, por lo pronto tenía que concentrarse lo suficiente para que no lo mataran. Y lo primordial era entregar los malditos papeles al jefe del servicio secreto, tal como había acordado con los británicos.
Éste hombre era Iván Smirnov, toda una leyenda en la historia del espionaje ruso y europeo, un hombre frío e inteligente, pero también cruel y despiadado. Claudio no tenía idea exacta de la importancia de esos documentos, les había dado una rápida ojeada, por supuesto, y leyó sobre los nombres de los involucrados en los macabros experimentos que realizó la KGB en esos años. El nombre de Iván Smirnov estaba en ellos.
Eso complicaba la situación, Claudio se sentía muy mal y sus emociones estaban rotas, también se sentía embotados, confundido. Sin embargo no estaba muerto, sus instintos estaban al máximo. Por ello se acercó a las oficinas auxiliares cerca del Kremlin, con extremas precauciones. Iba preparado para cualquier cosa.
Antes de seguir entrar dejó un pequeño paquete de explosivos en unas plantas, más allá dejó otro paquete en una estatua alegórica a la guerra. Entró al edificio y se detuvo a mostrar una credencial especial que le hacía tener acceso preferencial de manera que no lo revisaban como a la mayoría de los que entraban.
Siguió caminando por un pasillo hasta el fondo, dónde se podían ver unas escaleras, por allí subió no sin antes dejar uno de sus "paquetes" en la base de la misma. Al llegar arriba dejó otra en una maceta que tenía una extraña planta. Satisfecho, palpó el pequeño pero potente transmisor que estaba en el forro de su abrigo.
Se dirigió a una oficina a mitad de pasillo, iba a entrar cuando un par de hombres uniformados salieron de ella, había un escritorio afuera, dónde usualmente estaba un guardia, los dos hombres que salieron se ubicaron en él, lobquebsignificana que habían aumentado la seguridad. Ésta fue la primera indicación que le hizo saber a Claudio que las medidas que había adoptado habían sido correctas.
Normalmente después de la guardia normal que había en la entrada del edificio ya no revisaban a nadie y menos a él que tenía un pase de máxima seguridad, él entraba en las oficinas sin requisito alguno, sin embargo, ésta vez uno de los hombres lo detuvo, estirando su brazo para que el no pasara.
—¿Armas? —le preguntó mientras le dirigía una mirada cargada de desconfianza.
—La de siempre —contestó sin mayor explicación— Siempre entró allí con ella.
—Ahora no puede, nuevas órdenes —dijo el guardia— Y necesitamos registrarle.
Claudio no se opuso, sabía que eso no era normal, pero ya sabía que algo extraño estaba sucediendo allí. Una vez que lo revisaron a él y al maletín que llevaba, le quitaron su pistola. Luego de esto entró a la oficina. Allí había una pequeña antesala con una puerta de comunicación con la oficina en sí, en ella estaban otro par de hombres, les dirigió una evaluativa mirada y siguió a la oficina.
Cuando pasó a la oficina vio a Smirnov sentado en el escritorio, todo parecía normal excepto la 9mm sobre el escritorio, muy cerca de su mano. Había también otro guardia cerca de la esquina de la habitación. Iván le hizo una seña para que se acercara.
—Adelante, querido amigo —le dijo con una sonrisa en su rostro, pero la sonrisa no le llegó a los ojos— ¿Cómo te fue?
—¡Psche! —La expresión le salió natural al encogerse de hombros— Como siempre, solo quieren matarte.
Ivan Smirnov soltó una risa baja mientras le señalaba una silla delante del escritorio que ocupaba.
Claudio casi nunca se sentaba en esas ocasiones, pero ésta vez aceptó sin problemas.
—Traes los documentos contigo, ¿Cierto? —la pregunta era innecesaria, otra rareza.
—Por supuesto —contestó— Sabes que no te visito a menos que sea necesario —esto último lo acompañó con una amplia sonrisa.
Sus sentidos estaban al máximo, el embotamiento había cedido a la tensión que sentía en ese momento. Tan alerta estaba que sintió a los sujetos que en ese momento entraban antes que tocaran la puerta, sus músculos se tensaron.