El reloj marcaba las 10:45 p.m. cuando Méndez llegó a su apartamento, ubicado en una elegante pero discreta zona de París. Su vida allí era una contradicción: lujo envuelto en monotonía. Para un hombre de 35 años, su rutina parecía de alguien mucho mayor, un refugio que él mismo se había impuesto tras años de caos y violencia.
Al abrir la puerta, fue recibido por Ester, su ama de llaves, una mujer francesa de baja estatura con un carácter firme, pero un trato amable.
—Bonsoir, docteur —saludó Ester, con su acento marcado, mientras colocaba una copa de brandy sobre la mesa del recibidor—. Ha llegado tarde otra vez.
—Bonsoir, Ester. Ya sabes cómo es el hospital —respondió Méndez, mientras dejaba su abrigo en el perchero y desanudaba su corbata—. ¿Todo en orden?
—Como siempre. Aunque, si me permite decirlo, trabajar tanto no es saludable.
Méndez soltó una ligera sonrisa, apenas perceptible.
—Trabajar es lo único que mantiene las sombras a raya, Ester.
La mujer lo observó con una mezcla de preocupación y resignación. Ya había aprendido que intentar profundizar en las palabras de Méndez era como golpear una pared de acero.
Después de un par de tragos en el pequeño bar de su sala, Méndez se dejó caer en el sofá frente al televisor. La luz tenue del apartamento hacía juego con la tranquilidad forzada que intentaba crear. Sacó su celular, su verdadera ventana a una vida que alguna vez había sido más que hospitales y quirófanos.
Comenzó a navegar entre foros de autos y motos, su única pasión visible. Era coleccionista, aunque pocos lo sabían. El mundo ignoraba la magnitud de sus riquezas, al igual que su pasado oscuro y violento. Solo Hernán conocía fragmentos de su historia, y ni siquiera él tenía acceso completo.
Mientras deslizaba la pantalla del teléfono, algo captó su atención. Entre sus escasas publicaciones relacionadas con la clínica, notó que alguien constantemente daba "me gusta" a todo: una mujer cuyo perfil reflejaba el nombre Nadira. Curioso, entró a su perfil.
Era joven, probablemente no mayor de 30 años. Su cabello oscuro enmarcaba un rostro amable, y sus publicaciones mostraban una vida sencilla, entre libros, paseos por parques y fotografías de paisajes.
Sin pensarlo demasiado, sus dedos comenzaron a moverse. Escribió un mensaje breve y directo:
—Hola.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Méndez miró la pantalla, sintiendo una leve incomodidad. No sabía por qué había escrito, ni qué esperaba. Sin embargo, la respuesta llegó más rápido de lo que había previsto:
—Hola.
Era simple, pero suficiente para encender una conversación.
—¿Sueles darle "me gusta" a todas las publicaciones de desconocidos? —escribió Méndez, con un tono ligero.
La respuesta de Nadira no se hizo esperar:
—Solo a las interesantes. ¿Acaso te molesta?
Méndez sonrió, algo raro en él últimamente.
—No. Pero me ha sorprendido. No suelo recibir mucha atención.
—Eso dudo mucho. Un médico tan reconocido como tú debe estar acostumbrado.
La conversación fluyó con una naturalidad inesperada. Hablaron de trivialidades al principio: su trabajo, su afición por los autos, y los paisajes que Nadira solía fotografiar. Poco a poco, Méndez comenzó a relajarse, dejando de lado el peso de las urgencias y los recuerdos que lo perseguían.
—¿Siempre estás tan serio, doctor Méndez? —preguntó Nadira después de un rato.
—¿Así te parezco?
—Sí. Misterioso, serio... pero interesante.
—Supongo que es parte del paquete —respondió, casi riéndose para sí mismo—. ¿Y tú? ¿Siempre eres tan directa?
—Solo cuando algo me intriga. Y tú me intrigas, Méndez.
Hubo un momento de silencio en la conversación, como si ambos midieran sus palabras antes de continuar. Méndez decidió cambiar el tema.
—Tus fotos son buenas. ¿Es un hobby o te dedicas a ello?
—Hobby, por ahora. Aunque siempre he pensado que las imágenes pueden capturar lo que las palabras no logran decir.
Méndez se recostó en el sofá, sintiendo algo que no experimentaba desde hacía mucho: una ligera chispa de interés por alguien. Pero, como siempre, su mente lo traicionó. Los recuerdos de Lois y su rostro apagándose frente a él volvieron como un golpe repentino.
—¿Sigues ahí? —preguntó Nadira, al notar el silencio.
—Sí, perdón. Pensé en algo.
—¿Algo malo?
Méndez dudó antes de responder, sus dedos tamborileando sobre la pantalla.
—Digamos que el pasado siempre encuentra la forma de alcanzarnos.
Nadira tardó un poco más en responder esta vez, como si reflexionara sobre sus palabras.
—Tal vez, pero no define quiénes somos. Solo nos recuerda lo que hemos superado.
Esa respuesta lo desarmó. Había una verdad simple en sus palabras que Méndez no estaba preparado para confrontar, pero tampoco podía ignorar.
La conversación continuó por una hora más, ligera y sin pretensiones. Cuando finalmente dejaron de hablar, Méndez dejó el celular sobre la mesa, mirando la pantalla oscura del televisor. Había algo en Nadira que le intrigaba, y al mismo tiempo, lo inquietaba.
Por primera vez en años, sintió una chispa de curiosidad por lo desconocido
Entonces ya cuando el reloj marcaba la medianoche Méndez, aún sentado en el sofá, encendió su celular nuevamente. Por alguna razón, el silencio del apartamento lo inquietaba más que de costumbre. Quizá era la conversación con Nadira, o tal vez la creciente presión de las fiestas que se aproximaban, un recordatorio constante de lo que había perdido.
Sin pensarlo mucho, buscó en sus contactos y seleccionó un nombre que no había marcado en meses: Esteban.
La llamada no tardó en conectar. Al otro lado de la línea, una voz grave y ligeramente burlona rompió el silencio.
—Méndez, el hombre invisible. Pensé que te habías olvidado de mí.
—Nunca podría olvidarme de ti, hermano.
Esteban soltó una carcajada.
—Hermano… Ya casi había olvidado cómo sonaba eso saliendo de ti. ¿Qué te hizo llamar? ¿El espíritu navideño?
—Más bien el insomnio —respondió Méndez con un tono seco, aunque una pequeña sonrisa se asomó en sus labios.
—Siempre tan divertido. Pero hablando en serio, ¿cuándo piensas dejar esa vida aburrida en Francia y regresar a casa?
Méndez guardó silencio por un momento. La palabra “casa” no encajaba con Chile para él, no desde que había dejado ese lugar.
—Sabes que no puedo, Esteban.
—No puedo o no quieres —respondió su amigo, con un tono que delataba su frustración—. Han pasado cinco años, Méndez. Cinco malditos años. Desde que te fuiste, ni siquiera celebras Año Nuevo con nosotros. Es como si estuvieras huyendo.
Méndez apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerrando los ojos mientras trataba de elegir las palabras correctas.
—No estoy huyendo. Solo… no pertenezco a ese lugar.
—No me vengas con excusas —interrumpió Santiago, su voz más seria ahora—. Aquí nadie te juzga por lo que hiciste. Lo que hicimos. Si alguien tiene problemas con tu pasado, que se las arregle conmigo. Tú eres familia, Méndez, y eso no cambia.
Familia. Esa palabra golpeó a Méndez como un puñetazo al estómago. Era cierto que Esteban lo consideraba su hermano, pero en Chile, en ese oscuro mundo del que había escapado, no era visto como un médico. Era la muerte andante, el hombre que traía el final con una precisión quirúrgica.
—Esteban, lo aprecio, pero... no puedo regresar. Aquí soy alguien diferente. Aquí soy solo un médico.
—¿Y qué? ¿Allá no lo eras? Porque yo recuerdo que tus manos no solo destruyeron; también salvaron vidas, Méndez.
—Eso no es lo que el resto recuerda —respondió con un tono amargo.
El silencio al otro lado de la línea se extendió por unos segundos. Cuando Esteban volvió a hablar, su tono era más tranquilo, casi conciliador.
—Mira, no voy a presionarte. Pero te lo digo de corazón: no sé cuántos años más podamos vivir así, viéndonos solo a través de una pantalla o escuchándonos en llamadas esporádicas. La vida no espera, hermano. Este Año Nuevo, vuelve. No por mí, sino por ti.
Méndez dejó escapar un suspiro, mirando las luces de la ciudad a través de la ventana de su sala.
—Lo pensaré, jefe.
—Eso es lo mejor que puedo esperar de ti, supongo —respondió su amigo, soltando una risa ligera—. Pero si no vienes, al menos envíame uno de esos autos de tu colección. Algo para recordar que sigues vivo.
—Sigue soñando —respondió Méndez, con un tono burlón.
—Cuídate, hermano. Y recuerda: la puerta siempre está abierta.
La llamada terminó, dejando a Méndez con un nudo en el estómago. No podía ignorar que Esteban tenía razón. Había algo en su aislamiento que no podía mantener para siempre, pero la idea de regresar a Chile y enfrentarse a los fantasmas de su pasado lo aterrorizaba.
Se levantó del sofá y fue hasta el ventanal, apoyando una mano en el cristal frío. Desde ahí podía ver las calles vacías de París, tan distintas a las caóticas y vibrantes de Chile.
—"La vida no espera" —murmuró para sí mismo, repitiendo las palabras de Esteban.
Pero para Méndez, la vida parecía estar congelada, atrapada en un bucle interminable entre el hombre que era y el hombre que intentaba ser.
Esa noche, el sueño no llegó, y las palabras de su mejor amigo resonaron en su mente como un eco que no podía ignorar.
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