La lluvia caía con suavidad sobre los ventanales del centro médico, creando un ritmo constante que Nadira Pepper encontraba reconfortante. Estaba reclinada en la cama, una férula cubriendo su pierna izquierda y pequeños hematomas marcando su piel como testigos de su verdad oculta. Había dicho que fue un accidente de auto, y nadie cuestionó su historia. Nadie, excepto ella misma, que veía en cada mirada compasiva una sombra de duda.
Nadira miraba su reflejo en la ventana. Su rostro aún conservaba esa delicada belleza que heredó de su madre, una mujer que ella nunca conoció pero que su padre había descrito como “el amor de su vida”. Ahora, Nadira, hija única, llevaba en sus hombros el peso de cumplir los deseos de un hombre que ya no estaba.
En su mano descansaba un viejo portarretratos, con la imagen de su padre sonriendo junto a ella en un día soleado. Era un hombre severo pero cariñoso, y su pasión por los autos y las cosas simples como la jardinería la habían convertido en la mujer que era hoy. A pesar de todo, ella lo amaba con devoción. Tanto que aceptó casarse con Renzo Larza, un hombre que apenas conocía, solo para no contradecirlo y proteger los negocios que rodeaban cada decisión del anciano.
Pero Renzo no era el hombre que su padre había imaginado. Los primeros meses habían sido tranquilos, casi normales, pero pronto su verdadero carácter emergió: noches de alcohol, apuestas, infidelidades y, finalmente, el abuso físico. Nadira nunca le contó a su padre, protegiéndolo del dolor mientras el cáncer lo consumía. Su último deseo había sido claro: que ella tuviera un hijo para continuar el linaje de los Pepper.
Sin embargo, Nadira sabía que nunca tendría un hijo con Renzo. No solo por el odio que sentía hacia él, sino porque no quería que un niño creciera en un hogar lleno de violencia y frialdad. Por eso había contratado a un médico que falsificó un diagnóstico de infertilidad, algo que mantuvo a Renzo a raya en cierta medida. Seis años habían pasado desde entonces, y aunque su vida estaba lejos de ser perfecta, Nadira aún tenía un plan.
Mientras miraba el techo del hospital, su celular vibró suavemente en la mesita de noche. Lo tomó y sonrió al ver un mensaje de Méndez, el doctor con el que había intercambiado unas palabras la noche anterior.
—¿Cómo estás? —preguntaba el mensaje, simple pero inesperadamente cálido.
Nadira lo leyó varias veces antes de responder:
—Podría estar mejor. Estoy en el hospital.
La respuesta de Méndez llegó casi al instante:
—¿Qué pasó?
Nadira dudó. No podía decirle la verdad, no aún.
—Un accidente de auto. Nada grave.
Hubo un breve silencio, como si Méndez estuviera pensando en qué decir.
—Espero que te recuperes pronto. Y cuidado al volante la próxima vez.
Nadira rió en voz baja, sintiéndose un poco menos sola.
—Gracias, doctor. A veces la gente necesita un recordatorio de lo obvio.
—A veces, sí. ¿Qué haces para pasar el tiempo en el hospital?
La conversación continuó de forma ligera, y Nadira se sorprendió al notar que había pasado casi una hora chateando con aquel médico. No sabía mucho de él, más allá de que trabajaba en una clínica privada y que tenía una fascinación por los autos. Algo que había descubierto al entrar en su perfil de r************* .
Mientras la charla continuaba, Nadira no pudo evitar imaginar cómo sería conocerlo en persona. Sus fotos mostraban a un hombre atractivo, con ojos que parecían esconder algo profundo. ¿Cómo sería un hijo con sus rasgos?, pensó de repente, y la idea la tomó por sorpresa.
El contrato de su padre nunca especificaba el nombre del padre del niño. Solo pedía que Nadira tuviera un hijo para heredar toda la fortuna de los Pepper. Por primera vez en años, sintió que la solución estaba a su alcance.
Pero por ahora, Méndez seguía siendo solo un extraño del otro lado de la pantalla.
Nadira después,En el pasillo, escuchó pasos acercándose. La puerta se abrió y, como esperaba, Renzo entró con su expresión habitual de falsa preocupación Renzo cerró la puerta del hospital tras de sí, el eco de sus pasos llenando la habitación como una amenaza invisible. Se acercó lentamente hasta la cama de Nadira, ajustándose el reloj con gesto estudiado, esa máscara de preocupación que siempre le mostraba al mundo.
—¿Cómo estás, querida? —preguntó, su voz suave, pero sus ojos, fríos como una tormenta de invierno, traicionaban la verdadera intención detrás de sus palabras.
Nadira apretó las sábanas entre sus dedos, luchando contra el nudo en su garganta. Durante años había contenido sus palabras, había callado por miedo, por culpa, por las cadenas invisibles que su padre y Renzo habían tejido a su alrededor. Pero ya no podía más. La furia y el dolor que había acumulado finalmente encontraron su voz.
—Renzo, ¿hasta cuándo crees que lo soportaré? —dijo, su tono firme, pero sus ojos llenos de lágrimas—. Me golpeas, me humillas... y luego esperas que siga fingiendo que es accidental.
Renzo ladeó la cabeza, fingiendo sorpresa, pero la tensión en su mandíbula lo delató.
—Nadira... no dramatices. Fue un accidente, y lo sabes.
—¡Basta de mentiras! —gritó ella, su voz quebrándose—. ¿Por qué no te divorcias de mí? Está claro que no me amas, y yo tampoco a ti. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¡Déjame ir, Renzo!
Renzo la observó en silencio por unos segundos, dejando que sus palabras flotaran en el aire. Luego, se acercó más, inclinándose hacia ella con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Nunca te dejaré, Nadira. Nunca.
Ella se estremeció, pero no apartó la mirada.
—¿Por qué? —susurró, casi rogando—. No tienes nada que ganar conmigo. Ni siquiera puedo darte la herencia completa de mi padre, y tú lo sabes. Todo lo que tienes es esa manutención que te envía el abogado. Quédatela. Tómalo todo. Pero por favor, déjame ir.
Renzo dejó escapar una risa corta, seca, y sacudió la cabeza.
—¿Dejarte ir? —repitió, como si la idea fuera absurda—. ¿Dejar que la gente piense que Renzo Larza no puede mantener a su esposa? En mi familia, Nadira, no existen los divorcios. Tú padre bien lo sabía.
Nadira sintió un vacío en el pecho al escuchar mencionar a su padre. Era como si Renzo usara su memoria como un arma, sabiendo exactamente dónde golpear.
—No metas a mi padre en esto. Él nunca hubiera permitido lo que me haces.
—Oh, querida —Renzo se inclinó más cerca, bajando la voz hasta un susurro peligroso—. Tu padre no era tan diferente de mí. Hizo todo lo necesario para proteger lo suyo, y yo hago lo mismo.
Nadira apretó los dientes, el odio burbujeando en su interior.
—¿Y qué hay del hijo que tanto quieres? —dijo, su voz cargada de amargura—. Sabes que no puedo darte eso, ¿verdad? ¿O es que también piensas obligarme?
Renzo la miró con una calma que resultaba más aterradora que la ira.
—Encontraremos la forma, cariño. —Se enderezó y se ajustó la corbata como si acabara de cerrar un trato de negocios—. Anunciaremos nuestro amor al mundo. Lo prometo, no volveré a lastimarte.
Nadira no dijo nada. Sabía que la mitad de lo que había dicho era mentira, y la otra mitad... era incluso peor. Había visto esa promesa antes, en los ojos de su madre en las fotos antiguas, en los ojos de todas las mujeres atrapadas en jaulas doradas.
Cuando Renzo salió de la habitación, el aire se sintió más liviano, pero Nadira sabía que la tormenta no había pasado. Por primera vez, sin embargo, no se sintió derrotada. Las palabras de Renzo, aunque crueles, solo reforzaron su determinación.
Ella encontraría una forma de escapar. Y esta vez, no sería él quien decidiera las reglas del juego.